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LA LÓGICA DEL SENTIMIENTO

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Duele el amor.

Duele el dolor.

¿Qué no duele?: Estar muerto.

Como una trascendente revelación súbita, se presentó insolente en mi pensamiento este aforismo. Su irrupción me provocó un acceso de júbilo. En esos momentos me sentía brillante y clarividente, la inspiración no me ha pillado trabajando, me dije. Unos minutos más tarde, tras someter la reflexión a la gelidez analítica, comprendí, desolada, que mi reciente contribución a la filosofía occidental no era más que una frase obvia, de Perogrullo. Lo curioso es que, pese a que soy consciente de su insignificancia ideológica, no paro de repetírmela. Se presentó insolente, pero ahora se encuentra en mi pensamiento como un huésped educado, incluso tímido, que no tiene intención de irse. De vez en cuando levanta la voz y yo le hago los coros susurrando entre dientes: duele el amor… duele el dolor… ¿Qué no duele?: Estar muerto. La cabeza puede decir lo que quiera, mi corazón da un pequeño vuelco cada vez que rememoro esas once palabras, y cada vez que rememoro… Realmente me siento orgullosa de una frase tan obvia y de Perogrullo. La lógica no puede vencer a la lógica del sentimiento.

Lógica y sentimiento… ver esos dos conceptos, orgullosos y pendencieros, juntos me ha hecho recordar una escena cinematográfica… Cada persona vive dos vidas: la que vive y la que recuerda. Ahora voy a hablar de un recuerdo por lo que no puedo atenerme a la literalidad, sé que lo que voy a contar no es preciso. Quien busque exactitud puede recurrir al DVD. Quiero dejar claro que no voy a hablar de una escena sino de mi recuerdo de esa escena. Y recordar es más construir que sustraer.

La película se llama “La balada de Cable Hogue” (Sam Peckinpah) y la escena en cuestión tiene lugar entre el propio Cable Hogue (un espécimen del salvaje oeste: rudo, viril y de principios inquebrantables) y un reverendo de vida disoluta que no duda en utilizar la palabra de Dios para seducir a inocentes féminas. El reverendo dice algo así: “¿Por qué será que por mucho que uno haya viajado, por muchas mujeres que haya conocido, al final aparece una que, sin esperarlo, va y te llega a lo más hondo?”. Cable le pregunta qué se puede hacer. El reverendo entonces le contesta en un tono más descreído y menos bucólico: “Bahhh, no es grave. Creo que se pasa con la muerte”.

Creo que hay mucha sabiduría en las palabras del reverendo. Debería ser una obligación y un derecho encontrar a ese alguien que te llega a lo más hondo. ¿Para qué vivir si no?

Al fin y al cabo, las únicas cosas realmente graves que hay en esta vida son aquellas que no se pasan con la muerte.

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Sr. Lúzbel, Madonna nunca ha sido para mí un referente estético y mucho menos espiritual. Entre la frase de la diva y la mía, me quedo con la mía. No es brillante, es de Perogrullo y, con toda seguridad, es pretenciosa. Su sentencia (“Si andas sufriendo porque te dejó un tipo alto y guapo, agénciate otro, más alto y más guapo") es divertida pero, despojada de su sentido del humor, me parece una solemne estupidez; al menos debería de haber matizado empleando la palabra “intentar” y aun así, me sigue pareciendo banal. Para Cable Hogue era imposible reemplazar a esa persona, sencillamente porque para él no existía nadie de más altura y más belleza que aquélla que le llegó a lo más hondo, allá en su remota cabaña de madera.
(Y entiendo que se muestre dispuesto a reemplazar al tipo de la barba, no hay más que ver la expresión de su cara. Si tiene ocasión vea la película, le puede encantar)

EN BUSCA DEL ANCIANO PERDIDO




Estimado anónimo:

No me ruborizo al confesarle que no entiendo lo que quiere decirme. No le entiendo pero no va desencaminado. Es cierto que babeo por un anciano, llevo años haciéndolo. Tal es mi amor que hace poco me decidí a dar el gran paso. Me tomé unos días de vacaciones, dejé todo en orden en mis páramos domésticos y emprendí su búsqueda. Una notable distancia nos separaba. Nada que no pueda arreglar un par de aviones.

Varías horas después de embarcarme en mi particular aventura, me encontré en el país inmenso de ese anciano inmenso. Mis fantasías y mis ensoñaciones siempre habían cubierto a San Petersburgo con un manto blanco, con la intimidante y bella estética que confiere la nieve al tejido urbano. No fue el caso (septiembre al fin y al cabo), incluso el cielo me recibió insolentemente despejado. Pero San Petersburgo no necesita ninguna vestidura nívea, porque la verdadera belleza sólo se puede apreciar en la desnudez y San Petersburgo es bello desnudo.

Me sentí cerca del anciano. Tan lejos y tan cerca. Podía luchar contra la distancia (y de hecho lo hice) pero no podía luchar contra la autoritaria distancia del tiempo. El anciano que buscaba murió hace dos siglos. Se llamaba Fiodor Dostoievski. Y estuve allí por él

Toda búsqueda imposible tiene algo de patético y algo de conmovedor. El sutil romanticismo de la derrota sin remedio.

Pero mi búsqueda no era imposible, encontré al anciano. Lo encontré en cada canal, que mi mente automáticamente imaginaba helado. Lo encontré en los puentes. En los fastuosos palacios.

Sí, estaba allí por ese anciano. Porque necesitaba caminar por las mismas calles que transitó (y aún transita) Raskolnikoff en compañía de su culpa y sus recuerdos. Porque, simplemente, él inoculó en mí el hechizo Ruso.

Después vino Moscú, pero eso es otra historia o quizás no. Rusia es como sus mujeres: tremendamente bella pero con un aura inaccesible, impenetrable. Rusia también es seductora pero distante, lo que hace que no puedas entregarte a ella sin reservas. Siempre se encarga de mantener las distancias contigo. Creo que sólo los rusos pueden comprender de verdad a Rusia. Los demás sólo podemos mirar… que no es poco.

Ese anciano comprendía muy bien a Rusia. Y comprendía muy bien a las personas. Su pluma era un escalpelo que diseccionaba el alma humana.

Quizás yo no encontré a Dostoievski y mi búsqueda fue imposible.

Pero él siempre me encuentra a mí:

Cada vez que abro un libro suyo.

UN HOMBRE MIRA



Quieren hacernos creer que arte y complejidad son términos concatenados, que la sencillez es cosa de mediocres, que la pureza artística sólo se encuentra en lo ininteligible, que arte es todo aquello que no puedes comprender. Y es mentira. No, no voy a creerlos, ya no. No cuando la mirada de un hombre me ha mostrado lo sublime.

Un hombre está sentado en una terraza, trasiega cerveza con la única compañía de su (precioso) perro, viendo como se suceden los días y las noches como un círculo siniestro e inevitable, espectador de un mundo que no para de girar y ya no comprende demasiado bien. Es el crepúsculo de un hombre solitario, de un hombre que ha amado pero que ya sólo le queda el regalo y el castigo del recuerdo. Porque eso son las personas que hemos querido para nosotros: amor, recuerdo y, finalmente, nada cuando nosotros somos nada. Amor, recuerdo y nada. Proceso tétrico ¡Qué triste que la estela del recuerdo no se pinte con tinta indeleble! ¡Qué triste que ni siquiera la memoria nos sobreviva! La muerte siempre nos gana y el tiempo siempre gana a todos. No existe la inmortalidad. Cuando todo termine sólo quedarán la inmortalidad y el tiempo. Y la inmortalidad no tiene nada que hacer.

Sí, ese hombre ha amado. Y ahora está solo. Cuando éramos niños y nos dañábamos íbamos corriendo en busca de nuestra madre, nuestro padre, o cualquier adulto que nos pudiese ayudar o consolar. Esa es la naturaleza del dolor: un mecanismo de dentro hacia fuera. Cuando sentimos dolor (estímulo interno) nuestro primer impulso es buscar a alguien (respuesta externa). El dolor físico en soledad es un gigante, porque ya no se trata únicamente de dolor: también es indefensión, desamparo. Sin embargo, los solitarios, los verdaderos solitarios, no siguen esta secuencia sino la contraria: ante el dolor sólo encuentran alivio en el aislamiento, en el silencio, en definitiva: en sí mismos. Dan al estímulo interno una respuesta interna. Para los solitarios el hombre es un lobo y nunca permitirán que un lobo lama sus heridas. Ese hombre que bebe cerveza, mira y recuerda, ese hombre que un vez amó, siempre ha sido un solitario. Siente dolor (físico y emocional), siente tristeza, pero siempre se mantiene a una distancia prudencial de los lobos. ¿Cómo va a ser un solitario si siempre tuvo a alguien a su lado? A menudo los solitarios se encuentran rodeados de gente. Si quieres encontrar a un verdadero solitario no te fijes en sí hay gente a su alrededor: observa como reacciona ante el dolor.

Ese hombre que está en la terraza se llama Walt Kowalski y es el personaje de una película. Lo interpreta Clint Eastwood y la película se llama Gran Torino. No voy a hablar de dirección, interpretaciones, guión y demás aspectos técnicos, eso se lo dejo a los críticos. Es difícil ejercer de taxidermista, someter a la gelidez analítica, aquello que amas. De Gran Torino puedo decir que me conmovió, que me hizo reir, que sentí tensión, que me hizo llorar. Sólo sé que durante dos horas fui feliz. Están los que dicen que es una americanada, que tiene fallos, que eso no es arte, que arte sólo es Kiarostami y Angelopoulos. Puede que tengan razón y que la equivocada sea yo. No por ello, sin embargo, voy a dejar de identificar el arte con aquello que me hace feliz.

El arte también es sugerencia, aborrece la línea recta, repudia lo explícito. Walt quiso mucho a su mujer, la adoraba. ¿Cómo lo sabemos? ¿Acaso lo sabemos porque salen imágenes en las que llora a moco tendido la pérdida de su mujer? No: lo sabemos a través de sus miradas. Clint Eastwood mira y su tristeza y sus miedos pasan a ser nuestros. Su mirada es un puente que nos conduce a su alma, que en realidad es la nuestra. No hay trampa ni cartón. Sólo las personas de mirada transparente son de fiar. Y Walt lo es. Aunque en realidad sólo es un personaje de ficción.

Sé que he de olvidar muchas cosas en mi vida. Pero la imagen de ese anciano sentado en una terraza, bebiendo cerveza, acariciando a su perro, mirando, recordando, creo que me acompañará durante mucho tiempo. Tal vez toda la vida.

LA ECHABA DE MENOS



Eastwood lo ha vuelto a hacer. Su mano helada sigue cortando con fuego. No es una película perfecta, una obra maestra, cierto. Peca de maniquea, el metraje se dilata un poco más allá de lo adecuado y algunos aspectos del guión son mejorables. Es una película no perfecta que cuenta con una escena perfecta. Una escena que te reconcilia con el cine y con la vida. La película es más que esa escena pero esa escena es más que muchas películas. Hablo de “El intercambio”. He de advertir que si alguien no la ha visto y tiene intención de hacerlo no siga leyendo pues destriparé aspectos esenciales del argumento.

Ahora seré brutalmente concisa, no pretendo resumir la película o hacer una sinopsis de la misma (obviare la mayor parte de la trama) sino contextualizar la escena de la que hablo: una madre (Angelina Jolie) deja a su hijo solo en casa y éste desaparece. Años después se entera de que su hijo y otros niños estuvieron encerrados en la cabaña de un asesino en serie y fueron asesinados. Atrapan al susodicho asesino y lo llevan a juicio, en el que comparecen los padres de los niños asesinados (unos veinte). El hombre es condenado a muerte y ejecutado. El tiempo pasa. Se ve a una Angelina que, en la medida de lo posible, sigue con su vida. Entonces, estando en el trabajo, recibe una llamada telefónica. No me acuerdo que es lo que dice Angelina pero la escena te da a entender que es posible que hayan encontrado a su hijo. Llega corriendo a la comisaría y nada más entrar se encuentra con una de las madres que estuvo en el juicio; ésta le abraza y le dice que ha aparecido su hijo (no el de Angelina, el suyo). Las dos se dirigen a la cristalera tras la cual aparece un niño que está siendo interrogado por un policía. Y aquí llega la escena:

El niño le cuenta al policía que él, junto a otros dos niños, intentó escapar de la cabaña del asesino. También le hace saber que su huida fue posible gracias a la valentía del hijo de Angelina, que se jugó su propia vida para ayudarle a escapar. Le confiesa que no sabe que ocurrió con los otros dos niños ya que durante la escapatoria cada uno siguió un camino diferente. A continuación, le narra lo que hizo con su vida durante esos últimos años: se hizo pasar por huérfano, vivió en una casa con otros padres, etc. El policía extrañado le pregunta por qué en este tiempo no intentó volver a su hogar. El niño le responde que tenía miedo, miedo a que volviendo a su casa el asesino pudiese encontrarle, miedo a que pudiese hacer daño a sus padres. Entonces el policía, escamado, le pregunta lo que cualquiera de nosotros le hubiese preguntado: ¿Por qué antes no y ahora sí? ¿Qué sentido tiene volver en este momento, cuando (supuestamente, él no sabía que el asesino había sido ejecutado) seguía corriendo los mismos riesgos que años atrás? Entonces entra la mano helada de Eastwood que corta con fuego y te desgarra el corazón. El niño mira al policía con ojos llorosos y le dice entre sollozos: echaba de menos a mi mamá. Dicho esto, el policía se calla, no hay más preguntas (no puede haberlas). Los padres irrumpen en la habitación y madre e hijo se abrazan.

Es una escena perfecta porque te demuestra como cualquier sistema lógico se viene abajo ante el amor de un niño por su madre; la razón siempre tendrá perdida la batalla ante un amor de este tipo. Es una escena perfecta porque te hace llorar y sabes que tus lágrimas no son gratis. Es una escena perfecta porque una madre siempre es la primera mujer en la vida de un hombre.


A las madres: porque la primera noche estuvimos en sus brazos.

DIGNIDAD PICKWICKIANA



Todos tendemos a categorizar; establecemos categorías y encontramos ejemplares que, a nuestro juicio, se adecúan a ellas. A continuación subcategorizamos y seguimos el mismo proceso pero en un estrato jerárquicamente inferior. Y lo hacemos por una mera razón: porque simplifica las cosas. Es un mecanismo que proporciona un tremendo ahorro cognitivo. Agrupar y establecer relaciones hacen más sencillo todo. ¡Tranquilos!, tranquilos, voy a dejar ya esto, no pretendo escribir un artículo sobre la psicología del pensamiento. ¿Entonces a que viene está soporífera introducción?

Viene a cuento porque voy a intentar, en cierto sentido, introducir el concepto de taxonomía en la esfera del humor. ¿Se puede acaso establecer tipologías, clasificar, un concepto tan ambiguo, tan amplio, tan subjetivo, como el humor? No creo que se pueda llevar a cabo esta tarea, al menos de una manera intensiva, extensiva y científica. Sin embargo, todos conocemos el humor irónico, el humor negro, el humor escatológico y demás ejemplos que se adscriben al concepto más abstracto de “humor”. Yo creo haberme dado cuenta de la existencia de un tipo de humor con unas características muy peculiares, tan peculiares que es posible que no constituyan una subcategoría con entidad propia (tal vez no sea más que la mezcla de diferentes tipos de humor), pero yo la voy a tratar como tal. Lo llamaré humor Pickwickiano. Ah, y por cierto: es mi favorito.

Hace poco terminé una novela de Charles Dickens, la primera que escribió: “Los papeles póstumos del club Pickwick”. Me la llevaría a una isla desierta. Es una de las mejores experiencias literarias que he tenido. ¿Es por su profundidad ideológica, por el penetrante aroma filosófico que desprenden sus capítulos? No, no es un libro que pueda constituir un pilar sobre el que se asiente una vasta edificación intelectual. ¿Es por su exquisita prosa, por su excelencia estilística? No, es un libro directo, ameno, poderosamente descriptivo pero poco ornamentado. ¿Entonces porque dicha novela me ha podido marcar tanto? Por una simple razón: es posiblemente el libro que más me ha divertido, que más me ha hecho disfrutar. La obra tiene como única (o principal) meta entretener y vaya si lo consigue. El divertimento por el divertimento. Hay que decir que el entretenimiento como fin artístico está injustamente devaluado. Compadezco a aquellos que, por ejemplo, no ven arte en una comedia de Billy Wilder porque sus ojos se esconden tras los opacos vendajes del intelectualismo; aquellos que sólo pueden identificar lo sublime con lo serio.

La novela plasma las crónicas de las peripecias de Samuel Pickwick, presidente del club Picwick, y sus compañeros del club (los Pickwickianos) en su aventura del saber. En todo momento se nos describe (a través de las actas del Club Pickwick) al señor Pickwick como un sabio, un “hombre inmortal”, fuente inagotable de conocimiento, además de un inigualable referente moral. Es un hombre, además, con un exacerbado sentido de la dignidad y el orgullo personal. En este punto, en la dignidad pickwickiana, nace mi particular concepción del humor pickwickiano. Dickens durante más de mil páginas nos narra como un hombre de tal altura se ve envuelto en diversas situaciones de lo más absurdas y rocambolescas. Ahí está la clave: pienso que el contraste entre la intachable y solemne dignidad del personaje y el esperpento de los hechos y de los actos es el epicentro del mejor humor. El humor Pickwickiano nace del contraste, una especie de dialéctica humorística que conduce irremediablemente a una hilaridad visceral.

Me puse a pensar y me di cuenta de que el humor pickwickiano no sólo se encuentra en el propio Picwick. Por ejemplo, un escritor que me encanta es Eduardo Mendoza. Es un magnífico gestor del lenguaje, alguien con una escritura virtuosa y dinámica. Al margen de sus magníficas novelas “serias” (ej: La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios, etc.) escribió una trilogía descacharrante: El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, El tocador de señoras. Libros todos ellos profundamente diuréticos. ¿Y que los hace tan graciosos? El mero hecho de que el protagonista, un auténtico impresentable (paciente psiquiátrico, ladrón, etc., etc.) habla y describe (las novelas están escritas en primera persona) las delirantes y patéticas situaciones que vive con el lenguaje de James Joyce; una especie de cruce entre El Vaquilla y Dostoievski. Tampoco hace falta focalizar el esfuerzo analítico en la literatura. Miremos al cine, un ejemplo actual: Leslie Nielsen (el protagonista de pelo blanco de películas como Aterriza como puedas, o la saga de Agárralo como puedas). ¿Qué hace que ese tío sea devastadoramente gracioso (por lo menos a mí me lo parece)? Efectivamente: su humor pickwickiano: la constante oposición entre su rictus serio, su dignidad y las monumentales chorrdadas que constituyen todas y cada una de sus acciones. Por cierto, ¿Charlot sería un icono universal del humor si el genial Chaplin no le hubiese conferido su inquebrantable dignidad? ¿Qué pensáis? El contraste es la clave. Al fin y al cabo, otras formas no pickwickianas de humor (aunque muy similares) como el sarcasmo y la ironía también tienen su génesis en el contraste.

Volviendo a “Los papeles póstumos del Club Pickwick”. Hace tiempo en un documental, que no recuerdo siquiera de que trataba, una persona dijo una frase que se me quedó grabada en la memoria: es tan insólito poder afirmar que algo o alguien te ha hecho feliz. Sí: es tan insólito que un libro te haya hecho feliz...

Siddhartha por un día





Dibujados en los contornos del mar tengo unos días de playa por delante… Hasta que llegue la marabunta….Hasta ¿pronto?




Sabes que siempre ocurre lo mismo. El primer día de playa, el primer paseo por la orilla del mar y te aventuras por los pasadizos de tu pensamiento en busca de ese santo grial que es la evasión. Inicias el paseo pesando que el mar y el rumor de las olas te van facilitar el acceso a la forma más trascendental de meditación: la mente en blanco. Lo anhelas, necesitas dejar de pensar y lo vas a conseguir: vas a volverte bradipsíquica, tu encefalograma se va a ralentizar y finalmente te vas a sumergir, sin reservas, en un estado de anestésica idiotez.

Los mejores deseos son aquellos que nunca se cumplen. Y me temo que este es un deseo de los buenos. Cuando has recorrido unos pocos metros de playa, te das cuenta de que estás más cerca de los astros que de mostrar una mirada indiferente y abstraída ¿Quién podría aislarse ante tal cantidad de grasa, tripas, flacideces, michelines, mollas, cartucheras, celulitis? ¿Quién podría aspirar a ser Siddhartha en ese oasis de desinhibición visual? Pese a todo te sientes frívola y optimista (más lo primero que lo segundo) y te haces un favor pensando: “bueno, después de todo, no estoy tan mal”.

Continúas el paseo y ni siquiera tratas de enmascarar una sonrisa malévola cuando observas a un ejemplar oriundo de villa-gimnasio, mostrando el resultado de muchas horas de esfuerzo, tenacidad, y constancia dedicadas al trabajo de la fibra muscular. Pertenece a esa estirpe de exhibicionistas que cuando se cruzan con una persona atractiva no la miran, sólo miran si ella lo está mirando. Súbditos del rey Espejo. Le diriges una mirada impúdica, a sabiendas que no hacerlo supondría una afrenta para su ego, pero no contiene un ápice de admiración o deseo –en contra de lo que él supone-. Nunca he pensado que el diámetro pectoral correlacione negativamente con el número de neuronas, pero me da en la nariz que el efebo que tengo delante no es Dostoievski.

Prosigues tu antes paseo ahora vía crucis. Observas esbeltos cuerpos de mujeres aunque, todo hay que decirlo, escasos y en su mayoría adolescentes. Pero indefectiblemente, vuelves a fijarte en las flacideces y más que nada en las obesidades que se cruzan por doquier y piensas: “¡Dios, espero que ese no sea mi futuro!”. Sigues caminando mientras intentas ahuyentar estas elucubraciones tan terroríficas. Ahora te percatas que en la playa el monopolio –hoy por hoy indiscutible- de la grasa se ve seriamente amenazado por una joven rival: la silicona. Inconfundible su presencia en aquéllas que toman el sol acostadas con los pechos inmóviles, como embudos de acero, sin desparramarse ni un milímetro, mostrando un busto que ha perdido la delicada textura de los flanes y ahora desafía enhiesto la ley de la gravedad.

Ha llegado ese momento en que sólo aciertas a ver cuerpos y no seres humanos y las diferentes formas de terrorismo estético que los segundos practican con los primeros. A lo lejos se ve venir a una mujer de unos 150 Kg. de peso, sus pechos parecen dos boyas colosales y ha tenido la feliz idea de realzarlos con un biquini fucsia con un estampado que imita la piel del Leopardo. Me encanta la gente que no muestra complejos (aunque eso no quiere decir que no los tenga). Ella no aparenta tenerlos y se exhibe como auténtica apología de la impudicia, preguntándonos a todos a través de su apariencia: ¿Y qué…? Ella es ella y su circunstancia (un biquini fucsia). Y yo la admiro por ello.

La micro-odisea playera ha finalizado. Te despides del mar quien creías musa de tus divagaciones y resulta que no lo has mirado ningún instante. Te das cuenta que, pese a todo, tu periplo por la evasión y el nirvana no ha resultado en vano, pues en ti acaba de germinar una certeza devastadora, inexcusable:

¡Esta noche cenaré fruta!

SOBRE ARROZ NEGRO Y FANTASÍA

Cuando el viento del Oeste trae la niebla del mar,
las islas lejanas se vuelven visibles. (Y. Mishima)

Y un buen día (hoy) estás comiendo un arroz negro y, de repente, tienes una visión reveladora que no aciertas a comprender, y menos aun su relación con el arroz negro (otra cosa sería si el arroz fuese amarillo), pero ha ocurrido, y te guste o no tienes que admitir que has sido capturada por una impertinente inspiración, una extraña certeza. Tu conciencia te ha mostrado por primera vez en tu vida una de las ilusiones de tu vida: vestirte con un Kimono en Kioto y saber que se siente en la piel de una Geisha. No es la primera vez que te ocurre algo así. Hace años, cuando aprobaste esa oposición inaprobable lo celebraste comprándote una alfombra persa que pisar descalza. Nunca antes habías pensado en alfombras, siempre se ubicaron en las antípodas de tus anhelos. Sin embargo, “aprobar” y “alfombra persa” fueron dos eslabones de una cadena causal de una consistencia lógica irresistible.

El caso es que vestirse con un Kimono en Kioto no es algo ni improbable ni descabellado, de hecho lo voy a hacer. El seis de septiembre parto hacia Japón. Tengo el billete comprado desde hace tiempo. Pensaba que lo que me impulsaba a realizar este gran viaje era tener la posibilidad de relacionarme con la cultura oriental, adentrarme por una geografía ignota y apasionante, poder conocer y comprender un poquito más el mundo. Nada de eso. Ese paroxístico arroz negro te ha dicho que la fuerza invisible que ha motivado tu viaje a Japón –puede que más de uno esté pensando que el arroz negro en realidad es Freud- es ese deseo de sentirte Geisha.

Lo haré. Sí. Viviré mi fantasía Geisha calzándome un Kimono en Kioto, desprendiéndome de mi mentalidad europea, de la dictadura de la costumbre, de esa muerte cultural llamada convencionalismo y, por supuesto, de los dogmas feministas cuyos excesos insultan mi inteligencia.

Lo haré: vestiré un Kimono y viviré la ficción de ser una Geisha en Kioto, o mejor una Maiko (aprendiz de geisha), una muñequita de porcelana que recita escogidos Kaikus de la poesía arcaica nipona para, para, par… ¿para un público cualificadísimo?... ¿Seguro? Sé realista: será para un obeso directivo borracho de la Mitsubishi, con aspecto de luchador de sumo, mórbido y sudoroso, que, cual mosca cojonera, intentará meterte mano en cuanto te des la vuelta... Uffff, incluso las fantasías pueden llegar a ser crueles.

Lo haré: vestiré el Kimono… pero creo que ya no quiero saber qué siente una Geisha. La culpa de todo la tiene el arroz negro, que llena mucho. Para rebajarlo me pedí un sorbete de limón con vodka que no llegué a paladear cuando vi que el camarero lo portaba sobre una bandeja y el sorbete me guiñaba un ojo, pícaro, seductor anunciándome nuevas y sorprendentes revelaciones sobre mí misma.

PD: ¿Seré yo la única que tiene revelaciones tan absurdas como inesperadas? ¿No hay por aquí ninguna Geisha que siempre soñó con comer arroz negro?






y... lo hice

LA GRAN TRAGEDIA


El porqué me subí al carro de los más de siete millones de blogs que hay en la red es todavía un misterio para mí, aunque algunos tienen las ideas muy claras sobre el interés del género femenino en el particular; por ejemplo el periodista Arcadi Espada asegura lo siguiente: “…Cuando una señorita se pone a contar los polvos que hizo la noche anterior, eso no es lo que se entiende por periodismo. Eso son los casos del 90% de los blogs, los polvos, sobre todo, los polvos que no se han podido hacer (risas)”. Esto lo dice el señor Estocada, o Espada, o Estilete, que no se anda con rodeos, tal vez desde autoridad moral que confiere el tener un blog serio: “Escribo un blog periodístico porque firmé un contrato con Espasa porque me parece importante deconstruir el texto periodístico, ya que es una tarea fundamental de esta época pero también me gustaría escribir uno distinto, sobre las cosas cotidianas.”
Esto me animará a no entrometerme nunca en tareas tan fundamentales y tener que deconstruir textos periodísticos. Pero mira por donde sí podría escribir sobre las cosas que le gustaría contar a don Arcadi, es decir, las cotidianas. Así que nada de reflexiones, ni de libros, cine o relatos… Hoy, dando un repaso a mi cotidianeidad más absoluta, escribiré sobre lo que hice el domingo pasado. Pero que nadie se inquiete pues no seré procaz.
Sobre las 12 de la mañana, fiel a un ritual que ya parece ancestral, enciendo una barrita de incienso (sándalo) y pongo el CD de Paolo Fresu “Mare Nostrum” a todo el volumen que resulta posible sin que los vecinos aporreen mi puerta –ejercicio de precisión milimétrica, todo hay que decirlo-. Hasta que me enamoré de la sugestiva música de Fresu escuchaba con devoción a Carlos Cano (y mi canción preferida “¡Qué desespero!” unas seis o siete veces) … Mientras preparo algo para comer paladeo a pequeños sorbos mi combinación favorita (1/2 de Zinzano rojo, 1/4 de Martini blanco, unas gotas de vodka y hielo picado) y observo por la ventana las montañas de color cobalto que encierran este valle en el que vivo, a la vez que me abstraigo imaginando que volaré por encima de ellas rumbo a Japón antes de que acabe el año. Y de repente, me digo… ¡qué bien me siento! Pero más que a las ensoñaciones viajeras tal vez se deba a que no me duele una muela y recuerdo a Kundera corregir a Descartes diciendo "siento luego existo" (“Pienso luego existo, esa es una frase pronunciada por alguien que daba muy poca importancia al dolor de muelas”, aseveraba el escritor checo en su novela “La inmortalidad”). Entonces me pregunto: “¿Es la felicidad la ausencia de dolor?”. Los sorbos del combinado de Martini y la envolvente atmósfera creada por Fresu me dan una contestación contundente, inapelable: “No pienses, no te hagas preguntas trascendentes. No pienses en lo bien que sientes, sólo siente. Disfruta el momento”. Obedezco con placentera sumisión los pedagógicos consejos de mis amigos etílico-musicales y me extravio en los terapéuticos páramos de la mente en blanco.
Pero lo más memorable siempre está por llegar. Sobre las tres de la tarde, relajada tras un opíparo banquete (entendiendo por “opíparo banquete” un sencillo aperitivo y una frugal ensalada) emprendo la lectura de un periódico local, ávida de ver lo que se deconstruye por ahí. Y, de repente, encuentro una noticia que vale mil misas... Un periodista entrevistaba a un monje budista oriundo de mi localidad -ya de por sí es algo tan exótico como un torero nativo de Osaka- que se hace llamar Felpeto Bonzo (constatación empírica e irrebatible de que un nombre artístico puede ser una obra maestra) que, con una oratoria que haría palidecer a Demóstenes, deja una frase para la eternidad: “En la próxima reencarnación no quiero ser persona de nuevo sino paquidermo”. Durante los siguientes cinco minutos paso de las risas a las carcajadas sin solución de continuidad. Una vez me he serenado –aunque con alguna recaída que otra- pienso que algo así no puede caer en el olvido. Decido entonces escribir un libro al que llamaré “La gran tragedia de no reencarnarse en paquidermo” o “Deconstruyendo a Felpeto”. No mucho más tarde –aún más serena que antes... y ahora un poquito cuerda-, comprendo que sólo se me ocurren títulos pero nada que escribir. La razón es sencilla: hay cosas que se explican enteras por sí mismas. Un Monje budista español llamado Felpeto Bonzo que añora reencarnarse en paquidermo... ¿Acaso alguien puede atreverse a añadir una coma a tan desgarrador documento? Además, tampoco deja de ser trágico que cualquier cosa que pudiese escribir acerca de Maese Bonzo nunca superaría a ninguno de los títulos que he mencionado antes.
En fin… señor Espada, éstas son las cosas cotidianas de las que usted hablaba, incluida la extraña poesía de la vulgaridad, que diría Baroja, y también éstas son las cosas que me hacen olvidar este mundo absurdo que no sabe a dónde va (esto es de Aute). He de confesarle que siempre he experimentado sentimientos ambivalentes hacia usted. Por una parte me gusta su valentía, su descreimiento, su cultura, su afán desmitificador (o deconstructor, si lo prefiere); Sirvan de ejemplo sus comentarios poniendo a parir las novelas de esa vaca sagrada literaria de la actualidad llamada Ruiz Zafón, o el artículo poético e impactante que escribió sobre la tragedia de Fernando Maura (gracias al cual conocí el blog de Fernando, del me hice devota). Por otra parte me desagrada su deje prepotente, su sabelotodismo (sí, sé que esta palabra no existe), el hecho de que se sitúe permanentemente más allá del bien y del mal. Me gusta la gente que opina no la que pontifica; aquellos que están demasiados seguros de sí mismos suelen provocarme desconfianza. Quien no duda no es de fiar... a excepción de Felpeto Bonzo, cuyo conmovedor ejemplo de inquebrantable e inequívoca adhesión al mundo paquidermo me conduce hasta las lágrimas (sí, sí, de risa, pero hasta las lágrimas al fin y al cabo).
Ser o no ser paquidermo, esa es la cuestión.

-A Alberto M (la semejante criatura), porque “La risa es bella”, ¿o era la vida?


LAS MUSAS CAPRICHOSAS

¿Qué tengo que ver con vosotros, escritos malhadados, frutos de mis vigilias, yo que sucumbí de modo miserable por culpa de mi ingenio? ¿Por qué reanudo el trato con las Musas, que constituye mi delito y motivó mi falta y mi condenación? “Las Tristes” Ovidio




No soy escritora. Soy tan sólo una persona que escribe. Philip Roth, el gran escritor norteamericano, dijo en una ocasión en relación con el oficio de escritor: “Los aficionados buscan inspiración; los demás nos levantamos y nos ponemos a trabajar”. Yo, encuadrada dentro del grupo de los aficionados, afronto la escritura sin ninguna implicación moral, sin que medie ningún sentimiento de responsabilidad ante algo o alguien, como un ejercicio puramente hedonista. Escribir por escribir, esa es mi justificación, esa es mi fuerza (o mi debilidad, según se mire). No existe nada más difícil en el mundo (por lo menos para mí) que coger una pluma y garabatear en el papel frases o pseudofrases si no me encuentro motivada para ello. Nunca tecleo una palabra si antes no he encontrado la idea, el pensamiento, el sentimiento, el impulso, en definitiva, la inspiración. Por ello, no puedo comprender que existan personas (a las que, por cierto, admiro) que puedan encarar este empeño creativo desde una perspectiva meramente laboral, no como algo ocioso sino como una obligación más. Sin embargo, es curioso como muchas de las manifestaciones artísticas más memorables que ha producido la humanidad fueron concebidas de esta forma: Dostoievski escribió muchas de sus novelas para pagar deudas; la pintura de la Capilla Sixtina acometida por Miguel Ángel fue un encargo papal; directores como John Ford, Howard Hawks, eran meros asalariados de las todopoderosas productoras de Hollywood que dirigían sus películas como si estuviesen haciendo simples recados. ¿Y alguien es capaz de decirme novelas mejores que las de Dostoievski?, ¿de nombrar un ejemplo de mayor sublimidad pictórica que la Capilla Sixtina?, ¿de recordar una muestra de poesía cinematográfica más conmovedora que casi cualquier película de John Ford? La cuestión es que ni Dostoievski, ni Miguel Ángel, ni John Ford (ni Shakespeare, ni Da Vinci, ni Kurosawa, etc., etc.) no esperaron con los brazos cruzados a que la inspiración acudiese a ellos. Parafraseando a Pablo Picasso: la inspiración los pilló trabajando. La creación artística es una forma de búsqueda con una característica peculiar: búsqueda y el trabajo son conceptos, en este caso, con una relación muy cercana a la sinonimia; la creación artística se sustenta en el pilar del esfuerzo. No puedo evitar sentir grima por todos aquellos personajillos del mundo del cine, de la literatura… que van con ínfulas de artistas, creyendo que cada creación suya será agasajada hasta el paroxismo por las generaciones venideras, que cada obra suya quedará bien visible en la atalaya del tiempo como ejemplar inmortal. En la mayoría de las ocasiones, creerse artista es el primer paso para no serlo.



En cualquier caso el concepto de inspiración, en el que no solemos ahondar, es realmente curioso. No voy a intentar desglosar su significado, sería tan utópico como intentar explicar un sentimiento. Pero hay un aspecto de ella que me llama poderosamente la atención: su carácter descaradamente caprichoso, su imprevisibilidad, su anarquía. Muchas veces se nos presenta solícita, por sorpresa, con la presteza y el rigor de una visita indeseable; otras veces, por el contrario, se esconde, agazapada como un animal asustado en su madriguera. Su origen es incierto, su etiología desconocida. Me considero una persona muy humana (o, como diría Nietzsche: “demasiado humana”) que se emociona con todos esos sucesos que conmueven los corazones del mundo: la caída del muro de Berlín, el once de septiembre, las grandes hambrunas… sin embargo, todos esos hechos me suelen resultar, paradójicamente, poco inspiradores; sucesos que son capaces de sumergirme en una catarata emocional pero que, en cambio, no me insuflan ninguna fuerza expresiva, es decir: me hacen sentir muchas cosas pero no me siento motivada para expresarlas. Sin embargo, puedo ir andando por la calle, darle una patada a una piedra y, de repente, impulsada por la trascendencia de este hecho, sentirme preparada para querer escribir un tratado de metafísica. Lo vacuo me lleva a la verborrea, lo extraordinario al más descorazonador mutismo. ¿No es la inspiración algo verdaderamente complicado, contradictorio?...

¿O, en realidad, lo somos las personas?

Frontera de sombras

Adoro esta fotografía que, para mí, representa la transición de las fronteras de la infancia. Si das un paso más atravesarás la sombra que como el espejo te llevará a otra época… Sólo la luz es segura y por eso dudas mientras te hallas en el umbral, resistiendo la tentación de seguir adelante y cambiar miedo por fantasía, presente por pasado.
Así son algunos pasos que damos o no damos en la vida.

Junto a la puerta de la entrada había un cuadro de dimensiones colosales ocupando toda la pared. Se trataba de una pintura mural tenebrista en la que destacaban los tonos rojos, ocres y verdes. Cada vez que mis padres me llevaban a la Catedral yo me quedaba justo allí, anclada al suelo, maravillada ante la representación del gigante San Cristóbal transportando a un minúsculo niño Jesús en el hombro y cruzando un turbulento río que apenas le llegaba por los tobillos. Ese cuadro me fascinaba por su tamaño descomunal (lógico teniendo en cuenta que albergaba un gigante) y porque sospechaba que encerraba un enigma que nadie había advertido y que yo podría descifrar. Siempre me hacía la misma reflexión: vamos a ver… si el pobre gigante era malo por naturaleza (como todos los gigantes de los cuentos), ¿cómo se habría obrado el milagro de convertir en bueno a este gigante? ¿O es que simplemente era tonto? Tampoco tenía muy claro que a medio cruzar el río, el gigante no se arrepintiese de su buena acción y lanzase al niño por los aires. Me preocupaba mucho que el indefenso niño se mostrase tan confiado en la sumisión del gigante, porque un gigante santo era algo que no me cuadraba.
Justo allí, en cada visita a la Catedral, me detenía cada vez más retadora para desafiar al gigante y encontrar en el cuadro un detalle o una señal que me revelase por fin su verdadera naturaleza. Claro que mi valentía sólo era producto de la seguridad que me daba saber que el gigante estaba condenado a permanecer pegado a la pared, y que no se abalanzaría sobre mí para llevarme con él al oculto y siniestro reino de los gigantes verdaderos.

(16-2-2008: Ahora sí, ahora comprendo por qué me fascina tanto esta fotografía, ahora entiendo porqué escribí un comentario y más abajo un recuerdo… ahora todo encaja como las piezas de un puzle. Sin duda es una fotografía onírica, ese niño es él, el niño Jesús del cuadro; se ha materializado en el pequeño que ha saltado del hombro del gigante porque ha llegado por fin a la otra orilla; a la vida y allí está: expectante, indefenso, anclado en la realidad y, como en ella, entre sombras, luces y fronteras.)

Una frase no gratuita

Hace poco hojeaba en una revista una entrevista de varias páginas a un tal Oscar Niemeyer, por lo visto toda una leyenda viva de la arquitectura mundial. La iba a pasar por alto pero me llamó la atención que destacaran en uno de los titulares la siguiente frase del arquitecto: "La vida es tener una mujer al lado, y que sea lo que Dios quiera". Inmediatamente pensé que el hombre había intentado decir una frase ingeniosa, con un toque original y excéntrico, pero había acabado diciendo una solemne estupidez. Aun así leí el párrafo del que se había extraído la frase:
-Oscar N.: "Un día me preguntaron ¿Qué piensa usted de la vida? Yo respondí: "la vida es tener una mujer al lado, y que sea lo que Dios quiera". Admito que era una frase un poco animal, una frase egoísta porque en el mundo existe la miseria, existe la pobreza y es a estos temas a los que debemos prestar atención. Por lo demás, le insisto en que la vida no tiene nada importante; es un minuto, un minuto que pasa deprisa. Lo importante es ser fraternos, simples, imaginativos, disfrutar de las personas…"
Tras leer estas reflexiones tan sensatas seguía sin comprender lo enigmático de la frase de la mujer, hasta que en el último párrafo de la entrevista encontré por fin su verdadero sentido al revelar el arquitecto que se acababa de casar por segunda vez… ¡Con noventa y nueve años! Además de lo insólito de casarse a esa edad, Niemeyer demostraba que creía sus propias palabras. Digo yo que si la vida se reduce a tener una mujer al lado, tal vez lo que él está intentando es burlar a la muerte y vivir con su segunda mujer otros 99 años más, jajajajaja.

El puente

"Nadie es libre. Hasta los pájaros están encadenados al cielo"
(Bob Dylan)
De camino a mi trabajo paso frente a un viejo puente de hierro. De un tiempo a esta parte me he fijado que decenas de palomas se posan sobre él. Ya no hay día que no mire a lo alto del puente; me resulta muy sugerente el contraste entre la solidez de los hierros y la fragilidad de esos pájaros, entre la frialdad y la calidez, entre la pesadez de lo que está firmemente anclado al suelo y levedad de lo que se suspende en el aire.

"Amigo"

EL RETABLO DE GANTE O LA ADORACIÓN DEL CORDERO MÍSTICO

1432. Jan y Jubert van Eyck

















 








Al abandonar la Catedral de Gante me sentí alterada. Tenía una sensación de inquietud que había somatizado con los clásicos nervios en el estómago y que no sabía a qué se podía deber. Tan sólo hacía unos minutos que había estado contemplando, o mejor dicho, admirando el cuadro de la Adoración del Cordero Místico, también llamado el Retablo de Gante, que se conserva en la vieja capilla de la Catedral.
Pronto me di cuenta de que esa inquietud me la había producido el cuadro. Y no es que se tratase de una sensación nueva, sino que me resultaba muy difícil de reconocer, por las poquísimas veces que la he experimentado ante una obra de arte. Era, sencillamente; emoción.
Para nada influyó el que se tratara de un cuadro de dimensiones colosales, con una historia alucinante y que, a poco que te fijes, ofrece un espectáculo preciosista, minucioso y repleto de detalles; colores intensos y brillantes, con un impactante juego de luces, etc., etc. Tampoco el hecho –que ahora conozco- de que ese políptico esté repleto de referencias esotéricas y de llamadas al simbolismo. Ni mucho menos, que se trate de un cuadro emblemático en la Historia del Arte, buque insignia de la llamada “Escuela Flamenca” que iniciaba los comienzos del realismo en la pintura. Todo esto, puede despertar el interés, pero nada más.
¿Qué había pasado esta vez? ¿Por qué esa pintura me había impresionado de aquella forma? El caso es que lo sé perfectamente; fue debido a la consciencia de percibir in situ belleza, y por la sorpresa que me causaron dos de las doce tablas que lo componen, concretamente la de Adán y la de los Ángeles cantores.
Adán, aparece desnudo, encerrado en un nicho oscuro y todo su cuerpo emite luz, como si se tratara de una bombilla. Me gusta ese hombre que no se muestra desesperado aunque acaba de perder el Paraíso. Ni siquiera está triste ni resignado. Está sereno y, sencillamente acepta el destino que le ha tocado en suerte. Eso sí que es una huída hacia delante, y por eso no se ha detenido y sigue andando. Pero lo que me dejó estupefacta fue ver el pie de Adán fuera del cuadro. Me da igual con qué intención se pintó de aquella forma, porque ese pie fuera de su lugar habla de mundos paralelos, y consigue –a modo de cordón umbilical- que Adán se escape de la tabla y penetre en el mundo real, a la vez que introduce al que cree estar en esa realidad, en ese paraíso que es el cuadro. Este detalle, me pareció sencillamente genial.
En otra tabla aparece un grupo de doce ángeles cantando. Son clónicos, con idénticos rasgos pero, a la vez, están individualizados y, por supuesto, son andróginos. Toda la preocupación con la que viven su real irrealidad se centra en la música, de tal modo que al observar la diversidad de sus gestos crees oír un coro cantando a diferentes voces (tenores, barítonos etc.) La genialidad de esta tabla es hacerte creer que, además de ver auténticos ángeles, los escuchas cantar. Seguro que alguien pensaba en el privilegiado estatus celestial que aguarda a los ángeles en el terrorífico agujero negro de la eternidad, cuando llamó a la sonrisa inconsciente e involuntaria de los recién nacidos; "sonrisa de ángel".
Por todo esto, desde siempre, pero ahora más si cabe, me fastidia que los “expertos” o “entendidos” en pintura tengan la osadía de afirmar que un punto negro (del tamaño de una nuez) sobre fondo completamente blanco es una obra de arte.

Amigo anónimo:
Cuando leas estas líneas, yo estaré en Bélgica.
Te entregaría las llaves de ésta, tu casa, pero no tiene puertas.
Hasta muy pronto, "amigo", hasta la vuelta.

La República Independiente de Ikea o las monarquías trasnochadas

No hay color. Me quedo con la primera, aunque represente el consumismo y sea un símbolo de la globalización. Es obvio que Ikea realiza una eficaz promoción empresarial, conjugando en su eslogan un sistema de organización del Estado con una circunscripción microscópica y doméstica, dando la bienvenida a la instauración de una república independiente en tu propia casa. Se rinde así a la evidencia de que la instauración de la República es un fin en si mismo; lógico, deseable y al alcance de todos. Me pregunto si los creativos repararon también en que publicitarían subliminalmente que lo contrario a la “idílica” república casera sería la “indeseable” monarquía casera. Las connotaciones de esta última, en el marketing de ventas, no serían sino referencias a lo caduco, obsoleto y trasnochado, que es precisamente lo que no vende Ikea.
Con la pervivencia de las monarquías en pleno siglo XXI, sin ningún tipo de distinción, se demuestra que la Historia no progresó siempre bajo los dictados de la evolución ideológica ni de sus conquistas más preclaras. Frente a la Ciencia y la Tecnología, cuyos avances se realizan a pasos agigantados, dejando en desuso lo que queda inservible, obsoleto e inútil, la Historia solo avanza a trompicones, obteniendo, por un lado, enormes conquistas sociales y políticas (ya acuñadas en esa frase feliz de “libertad, igualdad y fraternidad) y, por otro lado, involucionando en la pervivencia de dictaduras de cualquier índole como formas políticas de gobierno, y definitivamente estancándose en formas representativas de Estado con cargo a las monarquías, que ya es mucho representar.
El primer día que vi el anuncio de Ikea comenté que no me gustaba, que era una especie de “misil fallido”. Y con todo y con eso, si me hubieran dado el enorme presupuesto de la publicidad de Ikea, habría construido letra por letra el mismo eslogan, visceral y panfletario, para dar -subliminalmente- la bienvenida a la República como alternativa a la (necesaria) desaparición de la monarquías.
Por favor, no retiren el anuncio. Jajajaja.

El Intruso

Cuentan los taurinos que cuando al torero Rafael "El Gallo", una celebridad de su época, le presentaron al filósofo Ortega y Gasset -sin ningún tipo de complejos por su ignorancia- preguntó abiertamente: ¿Qué es un filósofo? A lo que le contestaron: "Maestro, es un hombre que vive de su cerebro". El Gallo se limitó a comentar lacónico: "Ya, es que hay gente pa tó". Parece imposible que una frase tan ingenua pueda encerrar tanta sabiduría, una mirada al interior, a la insondable naturaleza del ser humano. La verdad incontestable que encierra este aforismo se sustenta empíricamente cada vez que uno lee noticias tan hilarantes como esta:

Agencia EFE:
El fiscal del juzgado de lo Penal número 3 pidió ayer 18 meses de prisión para un joven que fue juzgado en Murcia acusado de abusar sexualmente de una chica cuando esta dormía con su novio en un hotel. La joven declaró que estaba dormida y notó como alguien la tocaba por todas partes y la besaba, pensó que era su novio, pero se trataba de un intruso que se había metido en la cama desnudo con ellos. El imputado había accedido al dormitorio a través de la ventana que estaba abierta. El novio declaró que cuando abrió los ojos pensó que se trataba de una pesadilla.

PD.: No puedo dejar de reírme imaginando la situación. ¡Como me habría gustado preguntarle al "intruso"!: ¿Eres real o te has escapado de una película de Woody Allen? Jajajajaja

Sobre la serie de T.V. "Padre de Familia" (El antidiscurso mediático del “Yankee go Home”)

He visto pocas veces esta serie de dibujos animados para adultos, pero las suficientes para darme cuenta de que es asombrosa. No me extraña que para mucha gente se haya convertido en una serie de culto.
Los dibujos tienen todos los ingredientes de lo *anti-Kistch (que diría Kundera). Es irreverente, muy irreverente, tremendamente irreverente y además es transgresora, iconoclasta, desvergonzada. Sus personajes hablan con absoluta desinhibición.
El dibujante, acorde con la personalidad de los seres que ha creado, los dibuja sin ningún tipo de concesión a la estética, como pequeñas caricaturas que, curiosamente, nos hacen olvidar que se trata de dibujos para creer finalmente que estamos ante seres humanos, y que es normal que los bebés hablen y que los perros también hablen y anden con dos patas y que todo, por descabellado que resulte, nos parezca real.
Pero la grandeza de esta serie, reside, sin duda alguna en unos diálogos, cáusticos hasta el paroxismo y la forma en que se arremete contra la sociedad americana, sus mitos, ídolos, políticos, actores y demás personajes mediáticos. Sabemos que nadie está a salvo y eso nos regocija (al menos a mí). Se trata de poner el dedo en la parte de la llaga que más duele, sirva lo siguiente como ejemplo:
Susan Sarandon: -"Hola. Soy Susan Sarandon"
-"Todos me conocéis por ser la madre de Tim Robins"
-"¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ Pues no, soy su mujer!!!!!!!!!!"
Y aunque no sea este el mejor ejemplo del enorme calado irónico de sus diálogos, yo me digo que si esta gente hace autocrítica descarnada y es capaz de reírse de sí misma sin ningún tipo de complejos, tal vez Europa debería abandonar esos aires desdeñosos con que mira a América y agachar la cabeza ante tan saludable síntoma… Y más que nunca, ahora que el viejo continente parece haber sucumbido a la globalizadora seudo-ética de lo Kistch.

(* Kistch: equivalente a "todos juntos con el buen rollito")

Arturo Pérez Reverte (peligroso, vivo e inquieto)


“Si no hay una compañera capaz de dar la réplica y coger el rifle si atacan los indios, no merece la pena. A mí siempre me interesó la mujer capaz de coger el Winchester y disparar por la ventana; nunca pude soportar a la mujer que da grititos y se te agarra al brazo…” (Arturo Pérez Reverte en una entrevista)


Me gusta la gente agresiva, radical y engreída. La gente que, por su trayectoria vital, puede permitirse el lujo de ser así… Me gusta Arturo Pérez Reverte, finalmente convertido en un iconoclasta y despojado de falsas humildades. No en vano, alguien ha dicho que la más perversa de las vanidades es la vanidad de la modestia.
De sus bien perfiladas facetas, me gusta más la del Reverte crítico que la del lírico. Me gusta más el Reverte que dice que todos los españoles somos unos imbéciles, gilipollas y unos hijos de su madre, que el Reverte tierno y sensible que aconseja y reconforta a su “hija” por haber sido una niña “diferente” a causa de su inquietud intelectual.
Sin embargo, Reverte es único y nunca se abandona completamente a la molicie sentimental. Su talante radical le persigue implacable, hasta cuando –inusitadamente- aparece como un padre protector, aprovecha la ocasión para decirnos que a excepción de ella (la niña que se emociona viendo una película de la muerte de un anarquista) la gente de su edad se divide en dos grandes grupos: “una minoría de analfabetos desorientados…, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche…”
Y hablo de su talante radical desde la admiración –un sentimiento difícil de profesar hoy día por alguien- al menos por mi parte. Pero, ¿cómo no sentirlo por un lenguaraz indomable?
Otra de las cosas que me ha llamado la atención y que no convendría ni mencionar por respeto a lo políticamente correcto -y que por lo tanto menciono- es cómo este hombre ha guardado celosamente su intimidad y su vida privada. Creo que nunca he leído un comentario acerca de su mujer. Sí, ella, su compañera, si la tiene, o si la tuvo, quién pudiera ser o haya sido la persona o personas que han disfrutado de su cercanía, de su cotidianeidad. Casado, soltero, viudo o divorciado… ¿Quién es o ha sido la afortunada? ¿En qué medida ha ejercido influencia sobre él o sobre su obra? Pérez no habla de ella, la ningunea, y hace bien. Sin embargo reconocer su existencia es algo que sí han hecho plumas de la categoría de Miguel Delibes, admitiendo la notable y positiva influencia que ejercieron sobre ellos y sus obras…Pero haces bien, Pérez, porque tal vez ella no ha influenciado en absoluto tu obra ni tu vida y si lo ha hecho puede ser que vengan las feministas a tomar el rábano por las hojas y desvirtúen a su antojo cualquier comentario que pudieras llegar a hacer…¡Hasta ahí podríamos llegar! ¡ sobre todo tú ! jajajaja...
En fin, así veo yo a este tipo duro, jacobino, erudito, curtido en mil batallas, de personalidad sobresaliente, y descreída… Uno de mis pocos admirados, D. Arturo, usted si que es “gente de dormir inquieto, peligrosa y viva”.