Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

UN DÍA EN LA VIDA DE FLORIÁN MATA


 
–Buenos días, Elpidia. Hágame usted el favor y páseme los periódicos al despacho y que nadie me moleste.

–Ahora mismo. Por cierto, antes de que se me olvide, han vuelto a llamar los de la AUSLEMA.

– ¿Perdón, que han llamado quiénes?

–Los que llamaron el pasado martes, la Asociación de Usuarios de Sanidad en Lista de Espera Más de 3 Años.

–Ahhh, esos, ya vienen pidiendo otra vez. Sólo saben hacer eso: quejarse y pedir. ¡Pedir, pedir y pedir!

–Pues han solicitado que los reciba cuanto antes, dicen que es urgente, ¿qué quiere que les diga?

– Le tengo dicho que no se le ocurra pasarme llamadas y peticiones de asociaciones de quejicas pedigüeños... En fin, usted ya sabe lo que tiene que hacer, Elpidia.

–Sí, lo de siempre  –“hacer lo de siempre”  en su micro-universo laboral es un brillante y recurrente eufemismo que equivale a: “darles largas hasta que se cansen y dejen de insistir” –.
 
En la insondable soledad de su despacho, el Director General Autonómico de la Secretaría de la Subsecretaría de la Delegación de Presidencia de Coordinación de la Vicepresidencia de la Vicenconsejería de la Subdirección General del Ente Público Comarcal de Sanidad, se encuentra sumido en sus habituales y trascendentales labores: diseñar sesudas estrategias para el juego que se acaba de bajar a su Iphone, ojear los periódicos (siendo más precisos: ojear la sección de deportes de los periódicos) y revisar con supremo esfuerzo un catálogo de cruceros de lujo que se encontraba sobre su mesa de diseño de caoba australiana. Ya son las 12 de la mañana y nuestro héroe, Florián Mata, en unos minutos se irá a la sede del Partido. Antes, el preclaro Director de la Secretaría de la Subsecretaría llama a su Secretaria por el interfono (un maravilloso invento que posibilita eludir el contacto visual):
–Elpidia, tengo que comunicarle algo. Verá: Es usted una buena funcionaria, una secretaria muy profesional y competente. No tengo ninguna queja de usted, qué duda cabe, todo lo contrario. Pero he hablado con el Jefe de Servicio para que le asigne a otro departamento. Muy a mí pesar me he visto obligado a corregir unas disfunciones internas coyunturales dimanantes de la actual situación colateral de la disyuntiva propia de la sinergia de la planificación solvente de la adecuación de los recursos… No vaya a pensar usted que es algo personal, ¿eh? La próxima semana otra persona vendrá a sustituirla. Con ella vendrán un par de asesores personales, quizás cinco, que nos ayudarán a planificar las políticas de austeridad que hemos de poner en marcha cuanto antes.
 
–¿Va a sustituirme por otra funcionaria? –pregunta Elpidia, compungida y con el orgullo herido–.

– No, no, no sé me ocurriría cambiarle por otra funcionaria. Es alguien de fuera, personal de confianza. Se trata de mi sobrina política. Y no piense mal: la he elegido únicamente porque es la persona más capacitada para el puesto, que sé que los funcionarios son unos malpensados y se ponen en seguida a despotricar sin motivos. Tendrá usted la oportunidad de conocerla el próximo lunes, ya que deberán pasar unos días juntas para explicarle todo lo que necesite. Bueno, se me hace tarde. Por favor, llame al chófer –que será el encargado de llevarle en el coche oficial a la sede del Partido para recoger un modesto sobresueldo para compensar su “sobrededicación” y sus “sobreesfuerzos”– que me recoja en veinte minutos. Reserve una mesa en el New Rich para seis a las tres en punto. La facturación va para gastos de representación (¡faltaba más!).
 
Florián Mata, tras salir de su despacho y pese a estar seguro de haberse ganado la estima (y el voto) perenne de la Secretaria gracias a su sinceridad y encanto, decide dedicarle a Elpidia unas palabras de consuelo. Al fin y al cabo, él es un hombre tremendamente compasivo:
 
– ¡Un día precioso! Ya tenemos aquí la primavera.

– ¿Primavera? Pero si estamos en febrero–, responde ella ligeramente aturdida y “más ligeramente” hastiada, sin levantar la vista de sus papeles.

–Que sí, le digo yo que sí. Venga, acérquese, asómese un momento por la ventana… Mire, allí, ¿lo ve?

– ¿Si veo el qué?

–Qué va a ser: ¡Brotes verdes, coño!




 
 
 
 
__________________________________________________ 
  


"Va, pensiero..."

 

¡Grande, Inmenso!

 

 
(La tierna vulnerabilidad del gigante)
 



EL BUSCAVIDAS

A Jose Luis, presente en mi pensamiento, alguien en quien confiar y que me enriquece con los destellos de su propio mundo.
.

Aunque por el título pueda parecerlo, no voy a hablar de la película de Robert Rossen. No puedo, sin embargo, obviar los paralelismos entre el Buscavidas que encarnó Paul Newman y el Buscavidas que a veces me visita. Ambos son arrebatadoramente guapos. Ambos identifican carácter con destino. Ambos hacen poesía de la derrota. Ambos te desarman con una mirada. Ambos solitarios sin remedio.

Recuerdo la primera vez que me visitó el Buscavidas. Recuerdo que cuando me vio no me saludó y cuando se fue no se despidió. Con el tiempo comprendí que, en su caso, no es un rasgo relacionado con la falta de educación o el desprecio. Es simplemente una forma de ser y de estar que siempre se caracterizó por no someterse a convencionalismos y demás grilletes sociales. ¿De qué sirven los holas y los adioses? Muchas cosas, no todas buenas, se podrán decir del Buscavidas pero entre ellas no se incluye la impostura, la artificiosidad, ni apariencias poco sinceras. El Buscavidas pasa por la vida sin máscara, desnudo, con la insolencia del que nunca tuvo nada que ocultar. Sus actos no son consecuencia de su soledad, su soledad es consecuencia de sí mismo. Decía Audrey Hepburn en Desayuno Con Diamantes: “nunca entregues tu corazón a un ser salvaje”. El Buscavidas es un ser salvaje, entregarle tu corazón es un mal negocio. Pero es un seductor. Sabe que tiene encanto y sabe cómo utilizarlo: sabe que la verdadera fuerza de una persona reside en la mirada y en la sonrisa; sabe que las mata callando y las remata susurrando; sabe que la chica no se va con el chico bueno; sabe que con su indiferencia pícara es tan sólo cuestión de tiempo que ella acabe cayendo. Lo malo es que cualquier relación con el Buscavidas se establece bajo la ley infrangible de la brevedad. Su corazón es pasional y sincero pero liviano y fugaz. Tiene muy presente que la gente va y viene, que los amores no son eternos, que al final lo único que queda es uno mismo. Jamás echará el ancla en ninguna persona porque él navega en océanos infinitos en donde la noche nunca acaba, porque él sólo morirá con la muerte y no con la traición de lazos que se quiebran. Sí, enamorarse del Buscavidas es muy mal negocio. Pero es inevitable.

Lo primero que me llamó la atención de él fue su voz: rota, cazallera pero increíblemente suave, una voz que lleva tatuada los restos de mil batallas, la mayoría perdidas. ¿Cuántas madrugadas habrá sobrevivido sin nadie a su lado, con la compañía de un solo recuerdo? Es la vida que ha elegido, la única que puede y ha podido llevar. Cada vez que lo veo me doy cuenta de que no puede ser de otra manera. En mi casa tengo un canario amarillo precioso (cuyo nombre omitiré por respeto hacia él) que, además, es un auténtico referente moral. Todas las mañanas lo saco a la terraza (las noches las pasa dentro de casa, tengo miedo de que el frío nocturno le haga daño) para que le dé el aire. Tenemos una curiosa relación: cada cierto tiempo le hago una visita, asomo la cabeza por la pequeña ventana que da a la terraza y empiezo a silbarle, él (simpático, maravilloso) siempre me contesta piándome. Desde hace un tiempo, cuando salgo a hacerle una de estas rutinarias visitas, me encuentro al Buscavidas en el tendedero, cerca de mi canario. Está allí porque mi canario tiene la engorrosa costumbre de desperdigar parte de su alpiste por el suelo de la terraza, situación que el Buscavidas no duda en aprovechar para alimentarse (hay que tener en cuenta que vive en el aire pero no de él). Yo entonces silbo. Ahora no solo contesta mi canario, ya que el Buscavidas se une a la conversación con un ruido muy parecido a un graznido. Yo sigo silbando hasta que el Buscavidas, sin previo aviso y sin despedirse, decide irse volando. Entonces mi canario y yo lo observamos, pero sin enfadarnos, porque ambos comprendemos que el Buscavidas sólo es prisionero del cielo.

UN EGOISMO SUTIL



Dos hombres hablan. Más bien uno habla (Abraham) y el otro escucha (Víctor). Los dos tienen un cubata de Ron en la mano. La fluidez verbal de Abraham y el mutismo sereno de Victor no denotan ebriedad. Los ojos de ambos sí:

–... Es tal como te digo: existe la pureza en la amistad pero no la amistad pura. Algo parecido podríamos decir del amor y de todo aquello que lleva implícito la exigencia de generosidad recíproca. La generosidad, como tal, no existe... Sí, sí, no me mires así, ya sé que odias mis momentos de inspiración y mis palabras rimbombantes, pero escucha con atención: las relaciones interpersonales no son más que un tejido de egos, un maldito juego de fuerzas. Si la generosidad está supeditada a un baile de poder nada es sincero, todo está viciado. La solidaridad, la empatía y todos los demás puentes que nos unen con nuestros semejantes, están podridos por la cegadora visión de nosotros mismos. En la interacción humana nada puede ser inmaculadamente sincero, Victor. Mira, vamos a detenernos en el caso del amor. Bueno, mejor no nos detengamos en el amor sino en el sexo. ¿De verdad crees, Victor, en algo tan absurdo como la generosidad sexual? El sexo oral y otras manifestaciones eróticas encaminadas a proporcionar placer a tu pareja no son sino formas encubiertas de narcisismo. No buscamos el disfrute per se de nuestro compañero de cama. Simplemente ansiamos auto-afianzarnos, engordar nuestra autoestima demostrándonos a nosotros mismos que somos capaces de expender placer, de hacer gozar a nuestra pareja con nuestras habilidades innatas para el ejercicio de la libido. ¿Cómo podemos atrevernos a hablar de generosidad si nos referimos a uno de los terrenos más competitivos que conoce el hombre? Al fin y al cabo, el sexo, más allá de sus fines reproductivos, el sexo como salvoconducto amoral del placer, es una mera cuestión de medida, lo único que importa es quién se mueve mejor, etc. Pura competición. Un simple revolcón se convierte, por arte de magia, en una asquerosa y tácita calibración social de nuestra virilidad o feminidad, o lo que es peor, de nuestra valía personal. Nunca podemos ignorar el peor y más fiero demonio que ha creado la sociedad: la comparación. ¡Dios, como odio las comparaciones!... ¿Nunca te lo había dicho? Pero bueno, no nos desviemos del tema. Te estaba hablando de la egolatría inherente al sexo, a las relaciones sexuales, ¿no? Espera, espera, ¿crees que no estoy viendo esa sonrisilla que asoma a tus labios y que patéticamente intentas disimular? ¿Crees que a estas alturas me voy a ofender por una idiotez así? Sé que siempre me has tomado por un loco de lengua suelta, un pedagogo de verdades melifluas y alma cirrótica... ¿Y pienses que puedes ofenderme? No por favor, no niegues con la cabeza. A estas alturas ni tú ni nadie, Victor, puede poner en peligro mi orgullo. Mi egolatría ha levantado ante mí un muro impenetrable, imperturbable, incluso, ante los devastadores golpes de la complicidad y la compasión. ¿No comprendes que para mí ya no existe nada ni nadie esencial? Déjalo, no importa. Y si importa es porque estoy borracho, el alcohol tiene la rara habilidad de inocular trascendencia a lo trivial. Ahora respóndeme a otra cosa: cuando paseas por la calle y una chica guapa pasa por tu lado, en el momento precedente en que os encontráis de frente, ¿te fijas únicamente en su belleza, te recreas y deleitas sin ambages en su beldad? ¿O, por el contrario, observas si ella se fija en ti, intentas averiguar en su mirada si a una mujer tan bella le resultas atractivo y apetecible? Tú bien sabes la respuesta. Pues en eso precisamente consiste el sexo: un espejo hipócrita construido en la figura de otra persona. Me dan ganas de reír cada vez que oigo a esos románticos huecos, amantes del amor, que hacen afirmaciones como “en la cama lo que más me gusta es ver como disfruta mi pareja”. ¡Y un cuerno! Escúchame atentamente, Víctor, te voy a regalar una verdad irrefutable y que nunca vas a olvidar: el altruismo sexual es la forma más sutil de egoísmo.

PD: No entiendo muy bien la psique masculina pero a pesar de ello, me cuesta creer que Abraham tenga razón. Ojalá un día podamos saber qué diría Víctor, a ver si ofrece una perspectiva diferente y no tan pesimista de las relaciones humanas.

UNA LÁGRIMA EN EL PAÑUELO


Me dices que el silencio
está más cerca de la paz que los poemas
Pero si te regalara el silencio
(porque yo sé lo que es el silencio)
me lo devolverías diciendo:
Esto no es el silencio,
es otro poema.
(Leonard Cohen)





Paul no soltaba su mano y ella se quería marchar... El tren lanzaba vapores mezclados con humo. Aquello era un ir y venir de gente en plena estación de Córdoba... Teresa soltó una lágrima y le dijo que no se llamaba Mary. Paul le dijo: yo me llamo Domingo.
-Aún así, Paul, no trates de entenderme, soy demasiado complicada y poco o nada previsible. Los silogismos conmigo se convierten en sofismas… Y sobre todo y ante todo quiero y debo ser leve.
Mary soltó su mano y Paul cerró el puño para retener aquella calidez; como si algo fuera suyo ahora; como si el corazón de aquella mujer se hubiera quedado impregnado en la palma de su mano y viviera en ella durante unos segundos. Aquellos labios, fresas en una película en blanco y negro, le decían el adiós más definitivo. Un final esperado porque Paul, hombre cabal, sabía de las fronteras de la amistad.
El silencio empañó la estación. Mary dejó el pañuelo en el suelo para que el viento se hiciera cargo de toda la soledad y subió al tren. Pero la despedida no podía ser definitiva, porque lo que dejaba a medias jamás cesaría de rondar en su cabeza. Las ruedas de la vida se movían con el tren, y con ellas el corazón de quien lo deja todo en Córdoba.
Lejos, en la distancia, un niño corría detrás de un pañuelo.

(Por Buscador y yo)

Hubo una vez...

Me pregunto dónde y cuándo lo leí. Sólo sé que llovía y que la tarde invitaba a buscar cuentos para leer, y así fue como conocí esta historia que ahora relato y que me pesa en la memoria como los sueños que se repiten. Porque es verdad que la vida está llena de casualidades y de poros invisibles que ayudan a mover y dar forma al mundo.

(Flora on Sand -P. Klee)

Hubo una vez un aguador que todos los días llevaba a la ciudad desde un lejano manantial dos enormes cántaros de agua para abastecer a la población. Uno de ellos era hermoso, nuevo y de buena factura. El otro se había ido desgastando con el tiempo y ya era tan frágil que el agua se filtraba a través de él y cuando llegaba a su destino había perdido gran parte del contenido.
El cántaro más fuerte se había cansado de ver cómo hacía la mayor parte del trabajo y sin embargo recibía el mismo trato y cuidados que el otro, hasta que un buen día le preguntó a su dueño en tono displicente el porqué no se desprendía de un cántaro que ya resultaba inservible. El aguador sonriendo le contestó:
-Te equivocas, él es tan útil y valioso como tú. No siempre es lo que ves... Tú eres muy eficaz, llevas el agua a su destino sin derramar una sola gota y debes de estar satisfecho por cumplir tan bien tu cometido.
-Es precisamente por ello que no entiendo cómo es que no te deshaces del otro- le respondió.
El aguador suspiró y alzando la vista hacia el sendero le dijo:
-Mira hacia atrás…, observa ese el camino que recorremos todos los días y sobre el que se han ido derramado las pequeñas gotas de agua de tu compañero.
El cántaro observó entonces atónito cómo sobre la planicie gris y yerma había crecido un reguero de flores de todos los colores y formas imaginables, que olían a limón, y que habían convertido aquel camino en la senda más hermosas del lugar.

EL PEQUEÑO ATAUD

... Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?...
(Claudio Rodriguez)


No sabía dónde colocarme porque no encontraba mi lugar allí, si es que acaso lo tenía. Finalmente me situé a la salida de la ermita, detrás del coche fúnebre, para ser testigo de como introducían en él la pequeña cajita blanca que no parecía un féretro sino un embalaje de juguete. Aquél pequeño ataúd era la más contundente representación de la tristeza. El vehículo inició la marcha muy despacio, dispuesto a atravesar las que ni siquiera podrían llamarse calles, pues se trataba de una aldea abierta al cielo con pequeñas casas diseminadas y dispuestas de cualquier manera en el minúsculo núcleo urbano. No sé porqué no podía apartar la mirada del ataúd y comencé a caminar hipnotizada detrás de él. Aquella mañana no faltaba nadie: todos los de la aldea, los de alrededores y los que habíamos acudido desde diferentes puntos de la Región nos reunimos allí convocados más por un sentimiento de solidaridad que por cumplir con el compromiso social de hacer acto de presencia. Yo seguía la lenta marcha de la procesión fúnebre tras el coche, cabizbaja, en medio de un sordo y a la vez estridente silencio sólo interrumpido por gemidos y sollozos. El cielo, imprudente, sin un atisbo de nubes, parecía querer proyectar una inoportuna alegría sobre nosotros e inundarnos con la intensidad de su azul. A veces miraba ese cielo, como siempre que acudo a un entierro -queriendo pensar que es el mejor lugar al que pueden dirigirse las almas de los que nos abandonan- pero sin poder apartar la vista de la pequeña cajita blanca. Y sin embargo no sentía nada, incapaz de pensar en su contenido me encontraba abstraída y ausente. De repente sentí que la abuela de la niña muerta sollozaba a mi lado. Esa mujer era de todos ellos la persona que yo más quería, la más fuerte… Me sobrecogí al recordar sus palabras cuando los médicos de la U.C.I le comunicaron a toda la familia que ya no se podía hacer nada por la vida del bebé. Tendrían que desconectarla. Ella, la abuela, se dirigió a la madre de la niña y moduló la voz con la mayor de las dulzuras para hacer una la más contundente de las declaraciones que he escuchado: "Hija, el Señor nos ha mandado esto y nosotros…", respiró profundamente, como queriendo recuperar el aliento ¿Y nosotros qué… Pensé?, ¿Ellos qué…? ¿Se tomarían la revancha…? Quise imaginar cuál sería el final de esa frase, de unas palabras de un valor incalculable si eran capaces de mitigar un dolor apenas tolerable. Pero me resultaba imposible prever el final de la frase porque nada cabía en ella. Puse sin disimulo mis cinco sentidos para escucharla con claridad, hasta que la oí decir: "…. Y nosotros… Nosotros, nos aguantamos". Eso era, sí, quizás la única salida; resistir la dureza del brutal golpe y resignarse con dignidad. Eso los salvaría. No olvidaré la inesperada fuerza contenida en esas tres palabras que me hizo recordar la película "Las uvas de la ira" y a esa madre de familia que conjura los horizontes de la desesperación diciéndoles a los suyos que van a salir adelante porque ellos son auténticos, son únicos; son "la gente"…. Nada hay que otorgue mas fuerza que el saberse digno, o no saberse y un buen día descubrirlo. Recordando esto no puede evitar estrechar a la abuela junto a mí sin intención de soltarla ya durante el resto del recorrido. Aquella figura menuda vestida de negro pareció sentir mi calor y toda la comprensión de que yo era capaz y noté que quería seguir caminando así, abrazada a mí.
Había perdido la noción del tiempo, sólo sé que la comitiva continuaba solemne su paso, sin saber si esto ocurría en transcurso de unos minutos o de una eternidad, quería decir algo pero odio las poses y las palabras huecas. Me pregunté qué querría ella escuchar en aquel momento. Finalmente le dije lo que sentía, aun a sabiendas de lo cursi y melodramático que podría resultar. Le susurré al oído que su pequeña nieta siempre estaría con ella. Ella, inmediatamente, con su sentido práctico de la vida y de la muerte me respondió que así sería, incluso después de que ella muriese, pues ya había dispuesto que las enterrasen juntas.
Desde el coche los vi alejarse. Ellos permanecerían en el cementerio un rato más. El cielo empezaba a nublarse a la vez que el azul radiante dejaba paso a una tonalidad más oscura e intensa en la gama de los violetas. La imagen se desenfocaba a medida que me alejaba pero a la vez se fijaba en mi memoria lo que parecía uno de esos recordatorios antiguos. Una delicada estampa con nubes descoloridas por minúsculas lágrimas, el hilo verde de un camino jalonado de chopos y un solitario cometerio rural que no es más que una nítida mancha blanca de luz en medio de la inmensidad de los ocres.
(13-12-2006)

Si supiese...

Me levantaría tarde (sobre las doce y media del mediodía). No podría ser de otra manera, lo contrario sería traicionarme. Soy un ave nocturna, un nocturno y para los nocturnos las mañanas no son más que una desagradable y eterna transición. Me desperezaría y no haría más que el vago hasta la hora de comer. A eso de las dos de la tarde empezaría a comer. Lo haría solo. Comer es de esas actividades que siempre he disfrutado más en soledad. El menú estaría compuesto por una lata de berberechos, unos trozos de pulpo al horno y, de plato fuerte, cantidades industriales de carne de buey a la plancha. Todo ello rehogado con un buen tinto. De postre tomaría un sorbete de limón con Vodka y una tableta de chocolate blanco. Durante el convite acometería el visionado de un episodio de "Los Simpsons" y otro de "Padre de Familia". Dichos episodios no serían escogidos de forma azarosa sino que los seleccionaría concienzudamente y con antelación. No dormiría la siesta. Haría la digestión escribiendo una carta a un par de amores perdidos. Estas cartas serían exageradas, hiperbólicas, bonitas y quizás poco sinceras. Pero no podrían ser de otro modo. Bien mirado poco sinceras implica intrínsecamente algo sinceras. Un poco antes de las cuatro de la tarde, tras escribir las misivas, me iría de putas. Y lo haría porque no querría tener sexo con ninguna conocida. Buscaría el sexo por el sexo. Buscaría sexo no sexo con. La sesión constaría de dos eyaculaciones ya que una sabría a poco y tres serían demasiado. A partir de las cinco de la tarde vería a cuatro amigos: a X, Y, B y Z. Pero no los vería a todos a la vez sino uno por uno. Primero vería a B, tan sólo necesitaría diez minutos, nunca ha hecho falta más tiempo entre nosotros. Con Y emplearía quince o veinte minutos y tejeríamos nuestras palabras con nostalgia. Con Z bebería cerveza y nos adentraríamos el uno en el alma del otro. Y por supuesto X sería el último. No sé lo que haría con X, eso no importaría. Pero estaría con él media hora. Tal vez le abrazaría. Tal vez le diría cosas que ahora no diría. Alrededor de las seis y media de la tarde estaría con mi familia, todos juntos. A ellos no los abrazaría ni daría muestras de afecto corporal. Sería falso, inoportuno, impostado. Los tequieros serían miradas y los abrazos palabras. Tal vez contaría algunos secretos, sólo tal vez. Sobre las siete de la tarde llegaría el momento de la soledad. Lo primero que haría en mi propia compañía sería leer a un solo autor: Dostoievski. Leería fragmentos de "Los hermanos Karamazov" (entre ellos, por supuesto, las últimas páginas) y el epílogo de "Crimen y castigo". Al terminar la actividad lectora dejaría la habitación en semipenumbra y escucharía con los ojos cerrados un disco de cabo a rabo: "Avalancha" de "Héroes del Silencio". La banda sonora de mi vida. Terminada la escucha vería una película "El hombre tranquilo" y me reconciliaría con el mundo. Cuando terminase el visionado del film de John Ford, vería dos capítulos de la serie "Los Soprano" –que, al igual que con "Los Simpsons" y "Padre de Familia", habría preseleccionado detenidamente–. Al finalizar estos quedaría, más o menos, una hora y media para la medianoche. No cenaría. Me serviría un ron con hielo y limón y emplearía esa hora y media en ver, en DVD, el momento más feliz de mi vida: el partido en el que el Real Madrid ganó su novena Copa de Europa. Vería otra vez la bolea de Zidane y las paradas de Casillas y lloraría. Entonces llegaría las doce de la noche, el nacimiento de un nuevo día.

Si supiese que me queda un solo día en la tierra lo pasaría así.

John Self

Lo visto y su posibilidad

El suelo cruje a sus pies como la tela a punto de usar para estrenar la mañana que ya se adivina en lontananza. La soledad gloriosa de este árbol auspicia en su futuro declive al retoño que se ve a lo lejos dispuesto a recoger su relevo. Los árboles son el "alfa" y el "omega", el terreno y el yermo de la ecuación de otro día que se dispone a nacer. Ambos forman parte de una posibilidad que nunca será probable y que ni siquiera sabemos cómo se riega.
El cielo, brillante como el suelo, lo baña todo mientras el sol mira a la tierra no queriendo creer lo que está pasando, lo que la vida fue y será… Hay algo de primigenio, de crisálida; de la voluntad del resplandor del día que se cierne sobre ti, siempre distinto y siempre el mismo.

Vengo de la noche y soy fruto de la casualidad. Nací volando porque mi madre me ofreció como alimento para un pájaro. Atravesé extensos campos y sobrevolé montañas en un solo día… Pero claro, estos son recuerdos de infancia y de la incertidumbre de no saber dónde echaría raíces. Escuchaba el corazón de mi piloto: bumbum bumbum bumbum... -acelerado como el de un humano que se lleva un susto- hasta que fui a parar donde me veis ahora.
Una hormiga quiso llevarme a su hormiguero pero me salvó una tormenta de verano hundiéndome en la tierra que me vio nacer. Mi alumbramiento tuvo sus peligros y a punto estuve de ser devorado por una cabra si no llega a ser por el disparo certero de la honda de un pastor. He conocido el frío y los días calurosos del verano, la sequía y los momentos de abundancia, la soledad y a quien ha buscado cobijo en mi sombra. En este lugar tan aislado he crecido y me he hecho mayor. Como mi madre, también he dado mi cosecha, y un hijo crece cerca de mí. A veces nos intercambiamos polen y, resulte o no chocante, por Primavera somos afectuosos gracias al viento, las abejas y otros insectos.
Hoy comienza otro día y cuesta sobrellevarlo pues el año no ha sido muy lluvioso. Mis frutos son escasos y enfermizos. Hasta los nidos de mis amigos los pájaros se empiezan a quedar vacios en la búsqueda de tierras más productivas. Con el sol en el horizonte exhalo oxígeno y eso me llena de orgullo. Antes de amanecer el viento agita mis ramas anunciando el nuevo día con un sonido que agrada a los hombres y, desde mi soledad, me siento importante. En las tardes de verano un labrador duerme a mis pies y yo le refresco y le arrullo tras su fatigoso trabajo en la campiña, porque es un amigo fiel y en más de una ocasión me salvó la vida. Durante todos estos años puedo dar fe de quién soy, y así lo sentirá quién se acerque a mí… soy VIDA.
Buscador
(Dedicado a "Amigo" y a Sirena)

EL FINAL SE ACERCA

El campo estará verde. Espero resistir hasta que llegue la primavera y poder conocer a mi futuro nieto. Los días son batallas de supervivencia y lucho con todas mis fuerzas para impedir que, de alguna manera, este cáncer no se adueñe de mí.
Procuro levantarme de la cama todos los días y aún sin ganas debo de hacerlo. Las fuerzas me fallan y llegara el momento en que Daniel me tenga que limpiar como a un recién nacido. Por las noches, ya entrada la madrugada, me despierto y lo siento llorar. Son momentos que no soporto. Hasta ahora siempre se mostró entero, infundiendo optimismo y agarrándose a la esperanza que nos dio el médico. Daniel es un niño que teme a la soledad. En ocasiones soy yo la que estrecho su mano, la acaricio y con unos golpecitos en ella le digo: " venga hombre....que todo va a salir bien...a ver...mírame ¿No hemos salido de cosas peores?, ¿No te acuerdas cuando no teníamos nada y salimos adelante?". Él no dice nada, entra en un silencio del que no es capaz de salir; un hermetismo que hace daño y le rompe el corazón. Se quiere hacer el fuerte y no sabe que hay cosas que pueden con todo, que la única forma de sobrellevarlas es aceptarlas. Si los hombres no tuvieran ese pudor por mantener ocultos sus sentimientos vivirían mejor y dejarían de querer ser quienes no son. Esto me saca de quicio.
Hay momentos en los que me siento agotada. No tengo ganas de leer, ni de hablar, ni de ver la televisión, ni de escuchar la radio. Me molesta el tic tac del despertador, tanto que llega a agobiarme. Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac… En lugar de medir el tiempo parece que marca la cuenta atrás hasta que llegue mi muerte. Estrellaría todos los relojes del mundo contra el suelo.
Los días para Daniel y para mí transcurren cargados de continuos silencios. Parece como si en cada uno de ellos pasara un ángel que nos robara la voz .Recuerdo aquella canción de Silvio Rodríguez que me gusta tanto. A veces daría cualquier cosa por saber qué es lo que piensa Daniel, y me preocupa. Creo que escribo todo esto porque no me atrevo a decírselo con palabras… Es una forma de engañar este silencio.
Fuera el viento sopla con fuerza y el sol se está poniendo. Daniel está abajo. Lo escucho trastear e la caja de herramientas y golpear con el martillo. Que esté ocupado en algo devuelve la cotidianeidad a esta casa, como si no hubiera pasado nada... como si los días tranquilos del invierno regresaran y la paz de este hogar fuera el vivir de siempre.
Siempre me has dado miedo por temor a perder lo que la vida me ha otorgado. Siempre te miré como a la sombra oscura que hace desdichada a una familia; un esqueleto llevando al hombro una guadaña afilada dispuesta a segar la vida de cualquiera. Tu nombre siempre me dio miedo, por eso ahora quiero que lo cambies y no te llames muerte. Cuando te presentes no te reprocharé lo que me haces dejar en esta vida. Cuesta decir esto por lo mucho que me costó conseguir lo que voy a abandonar. Ahora soy consecuente con la suerte que me ha tocado...Lo dejo todo, pero me llevo el amor que di y recibí.
"Buscador"

LA HUELLA DE UN BESO... RESTOS DE UN NAUFRAGIO... AÑORANZA DE UN AMOR

"Desde la lejanía, en lo más profundo del recuerdo… apareces tú, como tus labios que se amoldan a los míos mientras cierro los ojos a la vez que pedía que nunca cesara aquella sensación. Lejos, inalcanzable, se revela tu imagen en mi pensamiento sintiéndote y adentrándote; entrecortando la respiración como si aquello fuera el final de todo.
Ahora estoy aquí, en medio de ninguna parte; entre montañas que añoran la nieve y dejan el agua como recuerdo. Altos montes que acarician las nubes como dedos por tu piel, algodones por donde juegan las alas de mi pensamiento cautivo de tu deidad. Belicoso enfrentamiento entre tu ser y mi ser. Bocas que entrelazan el deseo como en un enfrentamiento pendenciero, pugnaz y marcial. Así es nuestra relación. Bocados al alma para ser devorados a la vez y… soledad cuando te marchaste.
La realidad y deseo se funden en mi mente. Añoro volverte a ver. Poner la mirada al pasado es recorrer el ayer y allí donde te conocí, en mis manos levanto una tormenta. Busco palabras que expresen el sentido de la huella que me has dejado. Quién fuera...
Desde aquí, los prados son acariciados por el viento y aquel recuerdo es el canto de una sirena, que no se pude eludir, simulando en su murmullo las olas del mar. Son sólo restos de un naufragio. La verde hierba tiene suaves danzas besando al viento, a la vez que tu talle en tenues coreografías. Perdido en esa imagen onírica y sutil, tu mirada baila con la mía, tus ojos en mi alma y yo...abro ante ti mi corazón. Quiero morirme siendo manantial, saciando tu ser."

Hace mucho tiempo que escribí el germen de este texto y no sé si ésta es su forma definitiva. Espero que os guste.
Buscador

La ciudad doliente

Me estoy refiriendo a las Ciudad de los Muertos. Está en Egipto. Se trata de una ciudad dentro de otra ciudad. La llaman “de los muertos” porque es, simple y llanamente, un cementerio, una inmensa necrópolis situada en el centro de El Cairo. No hay un censo de población y los más optimistas hablan de 12.000 personas, pero todo el mundo sabe que allí, entre muertos y sepulturas, malviven más de un millón de almas. Lo hacen en un laberinto de casas construidas sobre tumbas y lápidas e incluso –los más paupérrimos- dentro de los propios panteones (bien realquilados o bien gratuitamente) en la compañía de los muertos de las familias más pudientes.
La Historia de la civilización egipcia hace en este lugar un guiño sarcástico, como si no quisiera olvidar su proximidad con el más allá y con todo lo que esta cultura tuvo de implicación en el culto a la muerte
Desde la fortaleza de Saladino, junto a la Mezquita de Alabastro, se divisa a vista de pájaro todo El Cairo. Sólo se perciben tonos grises, azulados, marrones, arenas y ocres. El negro y el blanco apenas existen, porque no son colores. Y los que sí lo son, a excepción de los ya mencionados, parece que nunca se han dibujado en ese inmenso decorado, tamizado por una especie de neblina que como una tormenta de arena envuelve la silueta de la ciudad antigua. La impresión de pobreza es inmediata, como si se tratase de una ciudad en ruinas. Sabes que allí abajo fluye la vida de una forma desbordante y casi intolerable, y que los sentidos apenas pueden soportar tantos olores a especias, comidas, perfumes, sudor, tabacos, y tantos ruidos, voces, gritos, motores, y el trasiego constante de una multitud que es multitud en sentido estricto y que, en ningún otro sitio como allí, te sobrecoge.
Los orígenes más remotos de la ciudad de los Muertos hay que buscarlos en el siglo XII, en los enterramientos de los nobles mamelucos; pero su espectacular crecimiento se debe al asentamiento de miles de refugiados durante la “Guerra de los Seis Días”, a mediados de los años sesenta. Impresiona saber que esta ciudad, lejos de extinguirse, crece imparable.
Que Amenawi, el guía egipcio, nos propusiera visitar la Ciudad de los Muertos como atracción turística, me pareció algo tan miserable y morboso como difícil de rechazar. Su oferta era hacer una visita nocturna y fuera del circuito. Astuto, y con obvios fines crematísticos, sabía que el efecto tétrico en aquella ruta crecería exponencialmente a partir de las doce de la noche, en medio de la oscuridad y ya sin bullicio. Intentó convencernos de que no a todo el mundo le ofrecía la oportunidad de adentrarse en el mismo corazón de la Ciudad de los Muertos, un lugar, por otro lado, poco recomendable y nada seguro.
Yo me senté junto a él en el asiento delantero del pequeño autobús para grabar todo aquello pero pronto dejé de hacerlo, apenas se veía. Transitábamos muy despacio. A veces, en algunos tramos, incluso con los faros apagados, no sé si más debido al respeto por el lugar sagrado y a sus moradores –según Amenawi- o a una pequeña puesta en escena para hacer más efectista la visita. No obstante, el lugar no era de atrezo, la gente era real y los cientos de miles de muertos también estaban allí, así como nosotros; los nunca mejor llamados “guiris”, invadiendo su intimidad con premeditación y nocturnidad.
Si Dante hubiera conocido un lugar así tal vez lo habría incorporado a cualquiera de los círculos infernales de su Divina Comedia, sin que desmereciera en ninguno de ellos. Es curioso el paralelismo existente entre la estructura del infierno dantesco, con la escatología musulmana (en su fe, no se entra en el paraíso sin antes recorrer el infierno) e incluso con el hecho de que la Ciudad de los Muertos sea un cementerio musulmán y que los cuatro últimos círculos dantescos que forman el “Infierno Inferior” sea una ciudad con mezquitas rojas y murallas de hierro.
Como fin de fiesta, Amenawi aparcó el autobús en un pequeño descampado para que visitásemos una de aquellas vivienda-panteón con familia incluida. Yo no quería hacerlo, pero todos bajaron y me dio pavor quedarme allí, sola en medio de toda aquella oscuridad. A pesar de la hora había niños jugando en las puertas de los panteones y mujeres de diferentes edades que parecían atareadas. Nos sonreían y hablaban con Amenawi, que se veía era muy popular allí, una especie de benefactor. El grupo se dispersó y yo me vi repentinamente en la intimidad de uno de esos panteones. Se trataba de una habitación con techos muy altos y escaso mobiliario, apenas unos muebles de cocina al fondo y una mesa en el centro que ocupaba casi todo el espacio. A un lado, en un camastro, dormitaba en posición fetal un anciano al que la luz mortecina y amarillenta que iluminaba la estancia le hacía parecer moribundo. Al otro lado, tras una cortina, se adivinaba una sala fúnebre reconvertida en dormitorio donde pensé por un momento que vivían los muertos y morían los vivos, al igual que ocurría cuando enterraban a los faraones con su séquito. Todo, absolutamente todo, era sombrío, macabro, triste, lúgubre y tétrico, incluido un enorme televisor en color, cuya presencia supongo que se debía a las comisiones que Amenawi les proporcionaba a aquellas familias por mostrar su descarnada intimidad.
Respiré una vez fuera del panteón porque dentro había contenido la respiración todo lo que me había sido posible. Detrás de mí salió una mujer y se me acercó sonriéndome de forma amistosa. Yo no entendía como podía sonreír, sin el menor atisbo de resentimiento… Le entregué todo el dinero que llevaba (un fondo que pertenecía al grupo) sin poder mirarla a los ojos. Aunque para ella aquello representaba una pequeña fortuna, no me paré a pensar qué destino le daría y si lo compartiría con las otras mujeres o si lo guardaría para ella. Había algo más importante que no me dejaba pensar, ni me dejaba reaccionar. Me notaba ida, porque lo único que sentía en ese momento es como si toda la vergüenza del mundo hubiera caído sobre mis hombros. Sentí sí, vergüenza en cantidades colosales, y lo que es peor, me sentía culpable de estar allí, en la intimidad de la paupérrima ciudad y ser testigo de tanta humillación.
Lo llaman hipocresía… Dicen que mientras el hombre tiene capacidad de elegir tiene oportunidad de cambiar las cosas. ¿Tienen ellos esa oportunidad? Y si la tienen, ¿los límites de esa capacidad traspasan las fronteras de la ciudad de los muertos? Y los turistas que van por allí, ¿por qué contemplamos todo aquello como si fuese un espectáculo?
En La Divina Comedia, en la antesala del infierno dantesco hay un dintel y en él una inscripción que dice: “Por mí se va a la ciudad doliente, por mí se va al eterno dolor, por mí se va tras la perdida gente”.
(14-4-2007)

La dama del amanecer

Salió rápidamente de su casa para llegar en el preciso momento en el que la noche deja paso al día. Colocó el cubo metálico que hacía las veces de pedestal justo en medio del camino que trazarían los rayos del sol al salir. Se subió a él, inclinó la cabeza y se dispuso a esperar con la mano tendida para ofrecer una rosa al primer individuo que pasase por allí. Estaba muy quieta, tan inmóvil como su perrito de trapo o como los adornos que había colocado a su alrededor.
Todo el mundo había oído hablar de esa historia del amanecer, pero en realidad nadie la vio jamás. Cualquiera que hubiese recibido esa flor se habría tenido que pellizcar para asegurarse de estar despierto y comprobar si aquello era real o si todavía estaba sumergido en el mar plateado de los sueños. Sin embargo yo cada día la observaba desde la ventana de mi ático.
Aquella mañana se respiraba un agradable olor a tierra mojada. Abajo la gente comenzaría una vida nueva y ella... siempre ella. Nunca vi nítidamente su cara y aunque los reflejos metálicos le daban aspecto de frialdad componía una figura artística y cálida. Miré al horizonte y me quedé así un rato; ausente como ella, observando las enormes manchas grises que se acercaban navegando como buques en el mar de mi imaginación. Todo un espectáculo grandioso que imprimía en mi alma una serenidad inusual. Silencio y belleza por todas partes. Me resultaba imposible asimilar y devorar todo lo que se mostraba a mis ojos; y solo mi nariz, con hambre voraz, inspirando con fuerza robaba con gula aquel ambiente.
Hoy el reloj de la torre de la Catedral está dando siete campanadas, lentas, pesadas, de una gravedad tal que hace volar sus palomas buscando no sé qué. Miro mi reloj y recobro mi peso existencial en la tierra. Sólo la naturaleza marca el efímero transcurrir de la vida humana. De nuevo mi mirada se posa en ella, subida al pedestal, y en mi fantasía, la siento ligera; como si de un momento a otro despegara del suelo y siguiera el curso de las nubes...

De nuevo mi amor por la belleza se vuelve realidad.

-Por Buscador y yo

Buena gente

Ocurrió una tarde de noviembre en un supermercado en el que me encontraba tratando de hacer una compra rápida, aprovechando que era una de esas horas intempestivas en las que no suele haber gente. Al volver un pasillo, y entrando ya en la amplia zona de la frutería, vi que un guarda jurado del supermercado y una cajera trataban de calmar a una niña que lloraba desconsoladamente. No soy una entrometida, pero sin pensarlo dos veces me acerqué a ellos y les pedí que me contaran lo que le ocurría a la niña. Lo que más me llamó la atención fue la tormenta de lágrimas que salía de sus ojos, una especie de lluvia torrencial que parecía no tener fin. Los desconcertados empleados, lejos de calmarla sólo conseguían que se alterase más y más. En ese momento un chino que llevaba un carro lleno de rollos de papel higiénico se unió al grupo.
El motivo del disgusto de la pequeña era que había perdido el billete de cincuenta euros que le había dado su madre para hacer la compra. Su llanto inconsolable parecía no tener fin. Dispuesta a que dejara de llorar, le sujeté la cara con mis manos y le dije mirándola fijamente a los ojos:
-No te preocupes niña, seguro que ese dinero va a aparecer.
Inmediatamente terció el guarda de seguridad:
-Eso es lo único que seguro no va a ocurrir.
-Él tiene razón, ya hemos buscado por todos los lados –dijo la cajera.
-¿Has buscado bien en todos los bolsillos de tu pantalón?, ¿estás segura de que llevabas el dinero cuando saliste de tu casa? -pregunté yo.
La niña hizo un gesto afirmativo con la cabeza. La intervención del chino tampoco fue muy afortunada cuando dijo:
-Nadie se va a enfadar porque hayas perdido el dinero.
La cajera arqueando las cejas en señal de contrariedad y sin importarle que la niña estuviera delante, dijo:
-Yo conozco a la madre, que viene a comprar aquí, y se ve que es gente muy humilde.
La niña palideció súbitamente y ante la indiscreción de la cajera pudo soltar finalmente todos los temores que guardaba dentro:
-No puedo volver a mi casa, mi madre me pegará.
A todas luces el aspecto y las ropas de la niña hacían presagiar que la pérdida de ese dinero provocaría un pequeño cataclismo familiar. Por fin el chino dijo:
-Niña, toma veinte euros.
Inmediatamente saqué de mi monedero la misma cantidad y le dije:
-Sí, seguro que tu madre no se va a enfadar.
Una anciana que se había sumado al grupo aportó el resto del dinero, poniendo como condición que la niña (que según dijo se parecía a una de sus nietas) dejara por fin de llorar.
Ante la sorpresa de todos, la niña se negó en redondo a coger el dinero y repetía:
-No, gracias, no puedo aceptarlo (qué lecciones de dignidad nos dan los niños a veces).
Entonces todos miramos expectantes al guarda de seguridad. Por la "autoridad" que representaba allí debía ser quien resolviera el problema. Él comprendió y con un fingido tono autoritario ordenó a la niña que aceptara el dinero y que comprara lo que su madre le había encargado, y que no dijese nada de lo que allí había ocurrido. Ella, obediente, tomó el dinero y, por primera vez, sonrió. El guarda, a su vez con un simpático gesto, le guiñó un ojo a la niña. El chino y yo nos miramos y sonreímos también, y yo, imitando al guarda y de forma espontánea, le guiñé un ojo al chino, que a su vez me respondió bajando la cabeza con gesto ceremonioso.
Esa tarde, al salir de allí, no dejé de pensar en el chino… ¿para qué querría tantos rollos de papel higiénico?..¡Qué buena gente ese chino!...Y así, entre pensamiento y pensamiento, me dije que era una lástima que aquello no hubiese ocurrido justo un mes después, en Navidad, porque todo habría sido mucho más bonito y menos prosaico.

"Tanto tiempo..."

Encontré el siguiente relato por azar y me gustó tanto que le pedí a su autor que me permitiera colgarlo aquí. Me gustó por su anonimato, originalidad y sencillez. Además es directo, sentido, está muy bien escrito, tiene humor, ironía y un buen final. (Estoy segura "amigo" de que también a ti te gustará)
"Tanto tiempo..."

Hoy he vuelto a ver sus ojos. No podía creerlo. Tanto tiempo... Llevaba dos niños que seguramente serían sus hijos, la mayor tendría unos diez años. ¡Diossss! Cuánto tiempo ha pasado, ¿doce?, ¿quince años? Hace mucho ya que perdí la cuenta, puedo saber la hora a cada momento pues de frente tengo el reloj de la torre, pero la fecha se me escapa. Al principio lo controlaba por las estaciones, pero al no ser capaz de sentir ni el frío ni el calor, no ser capaz de notar la lluvia sobre mi cuerpo... Ahora debe ser primavera de nuevo, como aquella tarde...
Se me ha quedado mirando. Me ha reconocido, o eso creo. Ha ocurrido algo extraño, se ha agachado a mis pies y ha recogido un ramo de flores, parecía intacto. Cuántas veces le he echado la culpa de todo a las flores y cuántas veces me lo he quitado de la cabeza pensando que me estaba volviendo loco. Hoy he estado seguro de que todo ocurrió por las flores. Quizá es que me he vuelto loco del todo.
Aquella tarde llegué a la cita con un ramo de flores. Habíamos quedado a las 6. El reloj de la torre tenía menos diez cuando llegué, y las siete y diez cuando tiré las flores contra el suelo y las pisoteé. He querido durante todo este tiempo olvidar aquella escena. Ahora prácticamente es todo lo que recuerdo de mi vida anterior a aquella tarde.
Cuando se ha ido con las flores he llorado. Estoy seguro. Han sido tantas las veces que he querido llorar y no he podido. Y las veces que he creído estar llorando y no era más que la lluvia, o una paloma que me meaba encima.
Después de pisotear las flores estuve un rato mirando como un tonto al reloj, tal vez con la esperanza de que aun podría aparecer. Recuerdo que eran ya las ocho cuando decidí marcharme. Traté de mover un pie, traté de mover las manos... no podía. La gente pasaba por delante de mí, quise hablar, quise gritar... no podía. Tan solo podía mirar aquel reloj de la torre.
Ahora siento un dolor dentro. Hace tanto que no sentía absolutamente nada. Por eso estoy seguro que no era una cagada de paloma, que he llorado de verdad. Esto me ha dado nuevas esperanzas. Tal vez aun tenga solución. Siento... He llorado...
Aquel día cuando oscureció el parque se quedó desierto. Sólo quedábamos el reloj y yo. Noté como poco a poco me elevaba. Comenzó a crecerme una peana bajo los pies y me convertí en una estatua del parque...

*Un relato de Cheminguay

CLASES DE ESPAÑOL


Siempre llegaba puntual a las clases de español que impartía a un variopinto grupo de inmigrantes. Las daba a una hora muy temprana de la tarde y todos sus alumnos eran chicos varones. Cuando Mary hizo los cursos de voluntariado de la Cruz Roja fue advertida de que debía mantenerse al margen de los problemas sociales y personales del alumnado (para eso habían otros departamentos) y centrarse en dos cosas: Hacerse respetar, y no vacilar nunca ante el objetivo que le había llevado a hacerse voluntaria, que no era otro que el de enseñar a los inmigrantes a hablar el idioma castellano. Había muy poca gente, por no decir nadie, que se hallase dispuesta a realizar esta labor de forma desinteresada y gratuita. Mary contaba con ilusión y una voluntad férrea pero dudaba de su capacidad pedagógica, y se sentía frustrada debido a la poca atención que le prestaban los alumnos en clase. Siempre había un murmullo de fondo, también se escuchaba algún que otro bostezo y, cuando no, un atronador ronquido que desataba la risa general.

Pero aquella tarde a Mary todo le iba a resultar muy diferente... Para evitar el molesto charloteo de los alumnos tuvo la feliz separar a los compañeros del mismo idioma materno, pero el remedio fue peor que la enfermedad, y ahora se hablaban entre ellos a voces. Empeñada en cumplir, al menos, uno de los objetivos que se había trazado para ese día (enseñar los nombres del parentesco directo) acabó gritando en medio de la clase: "Tengo dos hermanos y una hermanaaaaaa". La última palabra pronunciada en alto había mutado a un horroroso gallo que salió, sin permiso alguno, y convirtió el aula en una jauría de carcajadas y golpes en la mesa. Sin voz, miraba uno a uno a los chavales, que divertidos por su expresión de estupefacción, alargaban más el jaleo. Algunos se habían incorporado y saltaban como fieras en cautividad. De repente, en su mente en blanco, una revelación: "la música amansa a las fieras", y recordó que llevaba en el coche un CD que le había regalado una Editorial, con canciones tradicionales españolas, así que, decidió que la clase podría continuar con una canción popular: "La Tarara".
Salió del aula, regresó con el CD, y reunió todas sus fuerzas para imponer de nuevo el orden. Decidió centrarse en el estribillo de la canción -lo que menos dificultad tenía-: "Tarara sí, Tarara no…" Cuando la música empezó a sonar, Mary acompañó el estribillo haciendo gestos exagerados y cómicos para que todos hicieran lo mismo, a lo que respondieron gustosos. Viendo que la cosa funcionaba, apagó la música para que fueran los muchachos los que cantaran solos "la Tarara sí, la Tarara no…". Sonaba sin acentos extranjeros...Todo se apaciguó con esas dos frases con una melodía hipnótica que aunaba a criaturas tan diversas. Mary pensó satisfecha: cantamos el estribillo de La Tarara y acaban de un plumazo las diferencias y las guerras gramaticales..., todos parecen estar de acuerdo y bien avenidos. Le habría gustado estar cantando lo mismo repetidamente hasta el final de la clase, hasta el final del curso. Comenzaba a relajarse después de tanto estrés y corría un airecillo muy agradable en aquella tarde asfixiante y bochornosa del mes de agosto, que la empezaba a liberar del sudor. Comenzaba al fin a dominar la clase.
De repente se percató de que, por primera vez desde que comenzara a enseñar español, se había producido un silencio sepulcral, a la vez que todos aquellos ojos parecían salirse de sus órbitas fijos en ella, mirándola con interés hasta  entonces desconocido. Pero, pasados unos minutos, el aula se volvió a desmadrar, también sin motivo aparente. Los causantes de la algarabía eran dos chavales de color que se habían colocado unas grandes bolas de papel debajo de sus camisetas, a modo de pechos, y hacían unos exagerados ademanes de señorita repipi que ella no entendía. Entonces, disimuladamente, se miró de reojo los pechos y descubrió con pavor que llevaba la camisa completamente desabrochada y abierta, mostrando sus pechos rebosantes desparramándose en un sujetador minúsculo. De inmediato intentó abrocharse la blusa pero, con tan poca maña, que veía como, uno a uno, los botones se iban desprendiendo y cayendo al suelo ante el regocijo general. Poseída por un ataque de histeria, se quitó la camisa, la lanzó por los aires y fue a caer sobre la cabeza de un alumno. Salió corriendo del edificio con tan sólo el sujetador que, en ese momento, descubrió que no era suyo, sino el de su hermana, dos tallas menor, un Wanderbrá (modelo este que ella nunca usaba ya que no era necesario dada su natural exuberancia).
Aturdida ante aquel el involuntario striptease que acababa de protagonizar y ofuscada con la idea de desaparecer cuanto antes de allí, y que nunca más la vieran aquellos bárbaros, se subió a su coche y salió a toda marcha. Cuando se bajó del vehículo pudo percatarse de que había llegado a un pueblo a escasos kilómetros de la capital y que unos ancianos sentados en la puerta de un bar la señalaban haciendo gestos obscenos… ¡No llevaba puesta la camisa, tan sólo aquel minúsculo sujetador! Nuevamente el sudor recorrió todo su cuerpo. Necesitaba cubrirse con lo que fuera y al ver que al final de la calle había una estación de servicio, corrió hacia ella tapándose como pudo con la esterilla del coche (¡Con la esterilla del coche!). Entró en la tienda y compró una camiseta Cepsa bajo la mirada estupefacta del empleado.
De regreso a la ciudad, intentando recuperar la calma, se escuchó a sí misma catando un estribillo que no se había ido en todo ese tiempo de su cabeza, rallada como estaba: "La Tarara si, la Tarara no…" ¿Quién sería esa tarara tarada? se decía. Era la canción más detestable que había escuchado en su vida, aunque tuviera el mérito de haber sido cantada al unísono y con buen acento por toda la Torre de Babel.
Sudorosa, paró ante el semáforo y bajó la ventanilla del coche. Tenía la mirada fija en el foco rojo, cuando notó un pinchazo en el cuello. Era la fría punta de una navaja:
-Tú, muguerr, darrme todo lo que lleves, y la camiseta también -le dijo una voz juvenil con acento ucraniano.
El pinchazo se hacía cada vez más agudo y profundo. Imposible -dijo ella- no, la camiseta nooooooo ¡Diosssssssssss, esto no está pasando!

Empapada en sudor, se dio una enérgica palmada en el cuello y acto seguido abrió los ojos de par en par. El picotazo del mosquito casi en la línea de la yugular, justo donde la punta de la navaja, la había devuelto al mundo de los vivos. Había dormido desnuda bajo las aspas del ventilador de techo y el mosquito había cosido a picotazos su delicada piel de seda. Todavía aturdida por la siesta catatónica y con el insecto que yaciendo aplastado entre sus dedos, miró el reloj y vio que llegaba tarde a la clase. Se vistió a toda prisa con lo primero que encontró: un sujetador (¡qué raro, me queda algo pequeño), las braguitas, una falda vaquera y una camisa blanca, lo primero que encontró, y salió de estampida… Mientras arrancaba el coche observó que sobre el asiento de al lado había dejado olvidados unos libros de texto de la Editorial Hachetta junto con un CD de propaganda de editorial: ”Cancionero Popular Español” La primera canción del repertorio era “La Tarara”. En ese momento, notó que empezaba a sudar a chorros, e inasequible al desaliento comenzó a reírse: ¡Diossssssssssssssss, esto no está pasando!

NINGUNA PARTE

Para ti, "amigo", quien quiera que seas

Miró por el espejo retrovisor y observó, con cierta curiosidad, a la mujer que acababa de sentarse en el asiento trasero de su taxi. Aparentaba tener unos cuarenta años, pero conservaba cierto atractivo y sobre todo, un aire de distinción. La mujer, con la mirada perdida, parecía estar ausente y comprendió que sería inútil esperar a que le indicase a qué lugar se tenía que dirigir:
-Dígame, ¿Dónde la llevo?
Ella, sin apartar la vista del suelo y desde la tristeza, contestó con una sonrisa:
-Vengo del lugar equivocado, así que, por favor, lléveme a…ninguna parte-.Acto seguido, rompió a llorar.
El taxista que no tenía un buen día, no sabía que decir. Cuando ocurrían esas situaciones tan delicadas con sus pasajeros decidía mantenerse al margen y, por respeto, se limitó a conducir. Por fin le dijo:
-Señora, hoy tampoco es mi día y si sigue llorando me va a contagiar. ¿Quiere que ponga música?, a veces ayuda y reconforta en los malos momentos-. Pero ella, rompió a llorar aún más.
Se hizo el silencio durante cinco interminables minutos, hasta que, con un hilo de voz, dijo ella entre sollozos: "Perdóneme pero, es que, a veces parece que el corazón se rompe. Hoy es día de despedidas, aunque también de reencuentro conmigo misma. A veces, los sentimientos se hacen tan grandes como un globo y estallan buscando una salida… Pero, ya me siento mejor, gracias. Discúlpeme, ¡que tonta soy! Con razón dicen que los taxis son confesionarios ambulantes -dijo ahora con risa nerviosa- Dígame: ¿Cómo se llama usted?”
-Me llamo Andrés -contestó el chofer-. Me ha dicho que la lleve a ninguna parte, ¿sabe que en esta ciudad hay un lugar que se llama así; "Ninguna Parte"?
La mujer, contrariada, pensó por un momento que el taxista quería tomarle el pelo, pero antes de que protestara, éste se apresuró a decirle:
–Se trata del lugar al que van los enamorados con sus coches buscando intimidad. Un sitio que no conduce a ningún otro sitio. Por eso le llaman “Ninguna Parte”-. Ella sonrió y Andrés pudo ver dibujada en su cara una mueca de gratitud.
-¿Que música lleva usted en el coche?... Ah, perdón no se lo había dicho, me llamo Mary. Quiero ir allí, por favor, lléveme a ese “Ninguna Parte”. El taxista intentó convencerla de que aquel sitio no tenía nada de especial y que estaba bastante alejado, pero ella insistió.
El sol, las altas temperaturas y el terreno árido, convertían a “Ninguna Parte” en el escenario de una película del Oeste. El suelo estaba repleto de preservativos, botellas de mil licores y cómo no; envases de Coca-cola. Ningún otro lugar expresaría mejor la soledad y el desencuentro.
Andrés, intuitivo y preocupado, sin saber qué es lo que Mary esperaba encontrar allí, pero recordando las inquietantes palabras que ésta había pronunciado (“hoy es día de despedidas…”) le dijo con una ternura imposible de describir:
-El problema es que la mayoría de las veces no sabemos hacia donde debemos mirar. Aquí, en “Ninguna Parte” también hay belleza, pero no está en el suelo que pisamos, sino arriba donde no miramos, justo encima de nuestras cabezas, en ese cielo donde cada estrella lleva cada noche el nombre de un amor diferente.
-“Por favor -le dijo al taxista- lléveme de regreso al hospital psiquiátrico. Llevo mucho tiempo fuera y me estarán buscando”.
De vuelta a la ciudad Mary le pidió a Andrés que pusiera cualquier música que le recordara ese lugar. Él no lo dudó ni un instante...Charlie Haden y Pat Metheny tocaron "Spiritual"
Con un corazón enfermo que se burlaba del destino, Mary, por primera vez ansiaba retomar una vida digna, acariciar con detenimiento dos segundos de realidad y salir como fuera de ese hospital con sabor a Haloperidol con Akineton Retard. Antes de bajar del taxi le pidió a Andrés que le pusiera una última canción, esta vez en castellano. En el CD se escucho la inconfundible voz de Luz Casal: "Cuanto más bella es la vida, más feroz es su zarpazo. Cuantos más frutos consigo, más cerca estoy de perder. Por una caricia tuya toco el cielo con las manos...”
Mary volvió a llorar, sentía que acababa de encontrar algo de esperanza en las palabras de Andrés, justo allí, en “Ninguna Parte”.

* Por "Buscador" & yo

¡Ese maldito hilo!

Mary no lo dudó ni un segundo, muy pocas veces había tenido una certeza como la que le asaltó en ese momento, y es que, si rechazaba la invitación y ponía una excusa se arrepentiría toda la vida.
Resultó ser un hombre muy interesante y decididamente atractivo. Ella lo miraba de forma descarada, incluso impertinente, como si esperase que en cualquier momento de sus ojos fueran a salir letras y no miradas, y tuvo que disculparse. Estaba allí con ella, tangible, más real que nunca y caminaban juntos. Él le hablaba de cosas cotidianas y ella le prestaba toda la atención de que era capaz, pues su mente divagaba recordando entre ráfagas y destellos palabras y frases del pasado a la vez que pensaba que sí; en otra vida posiblemente fueron amantes.
Cuando se aproximaron el uno al otro para despedirse con los consabidos besos de rigor, ella vaciló un segundo pensando que sus caras se podrían quedar pegadas para siempre y con la sonrisa que le produjo lo absurdo de ese pensamiento se alejó caminando.

El TÍO PACO, EL ÚLTIMO ESTOICO


“Cuántas cosas hay que no necesito” (Sócrates)

Los estoicos desaparecieron hace más de 2000 años, pero el mismísimo Diógenes se ha reencarnado en el Tío Paco.
Supe de su existencia por una amiga. De hecho, al que llamamos cariñosamente “el tío Paco”, es su tío y no el mío, aunque yo también tenga un tío Paco de los que hay que echar de comer aparte. (Parece que eso de ser el tío Paco, en algunas familias imprime un carácter singular). No conozco personalmente al tío Paco, sólo sé que existe, porque dan fe de ello sus dos hermanas y unos pocos sobrinos, entre los que se encuentra mi amiga. Para el resto de la humanidad, el tío Paco no existe.
Perteneciente a una familia acomodada, vive como un indigente, devorando libros y comiendo hervidos. Tan sólo sale de su casa para ir a conciertos, exposiciones y conferencias. No tiene otras nociones de la realidad que no sean las culturales, pues nada más le interesa. Su voluntario aislamiento social es total y absoluto.
Domina cinco idiomas, entre ellos el alemán. Los aprendió sin salir de su casa, por su afición por las filologías y gramáticas extranjeras, una vez que la de la propia lengua se le había quedado corta. También domina algunas lenguas muertas, aunque éstas las estudió con la finalidad de leer a los clásicos en estado puro, sin las molestas interferencias de los traductores.
Erudito es poco. Ultra, Hiper o Mega erudito, en todo caso. El tío Paco acabó tres carreras universitarias y vive en el más absoluto aislamiento cavernario. No le preguntes qué es un cajero automático, desconoce la televisión, la radio, los ordenadores…y hasta el teléfono. Su hermana, que vive en su misma ciudad, o va a verle personalmente o se tiene que comunicar con él por carta.
Desaliñado, descuidado incluso en su higiene y su salud personal, sólo vive para leer. Se mantiene con una exigua renta y desprecia olímpicamente el dinero, o simplemente no le interesa. Hace poco se vendió una finca producto de una herencia familiar. Es tal su desapego a lo material que quiso renunciar a su parte del dinero con tal de no tener que ir a la Notaría. En la venta le correspondían 200.000 euros ya libres de impuestos, que rechazó con obstinación. Tras múltiples ruegos y presiones de sus hermanas aceptó que le entregaran 12.000 euros, pero puso como condición que fuera en billetes de 50 y 20 euros. Todo hacía pensar que de alguna manera el tío Paco, por fin, se había dejado seducir por el vil metal, aunque en una mínima media y con el loable motivo de que sus hermanas lo dejaran en paz.
Durante mucho tiempo, no he tenido noticias del tío Paco. Dejé de interesarme por él. Hasta hoy mismo. Esta tarde he recibido una llamada de teléfono desde Madrid. Era mi amiga, que conocedora de mi decepcionada admiración por el tío Paco quería contarme como se había superado así mismo, y me dijo:
-Acabo de estar en casa del tío Paco. Mi madre me había encargado que le llevase ropa presentable, porque tiene que venir a una boda y no nos fiamos que se vaya a presentar con un traje raído sacado de un arcón y unos zapatos llenos de agujeros. ¿Y a que no sabes qué ha ocurrido? Mientras se probaba la ropa, he abierto uno de sus libros (los hay a miles por toda la casa) y ha caído de él un billete de 50 euros. Luego he abierto otro y ha salido un billete de 20 euros, luego ha pasado igual, y así he ido abriendo libro tras libro y de cada uno de ellos salía uno o varios billetes.
En eso que ha vuelto y se ha puesto hecho un energúmeno porque decía que le había quitado los señaladores de las páginas…¡Ahora ya sabemos para qué quería el tío Paco el dinero!... Te cuento esto porque sé que te gustará saberlo.
-Tienes razón, me ha gustado saberlo. Me ha encantado saberlo.

¡Bendito seas, adorable tío Paco!... Diógenes existió y existe.

TOMATES ROJOS CRUDOS

Es menuda y entrada en años. Su marido la ayuda en el puesto y también es menudo y entrado en años. Se ve enseguida que son “la buena gente”, la gente sacrificada. Seguramente no han tenido muchas oportunidades en la vida ni acceso a más cultura que la de aprender a leer y escribir. Salta a la vista que son personas sencillas y agradables.
Todo empezó cuando me encabezoné en el absurdo (me motivan los absurdos) de recuperar uno de aquellos sabores perdidos de mi infancia; el del tomate, el de aquellos tomates que olían al morderlos y tenían un sabor intenso. Así que una mañana de sábado me personé en una plaza de abastos dispuesta a encontrar esos tomates que, por otro lado, sabía que sólo existían en mi imaginación. Hice una minuciosa inspección de cada uno de los puestos para decidirme finalmente por el de la mujer menuda. Le pregunté ingenuamente si tenía tomates que no fueran de invernadero, que fueran de la huerta o de algún pequeño huerto, porque estaba buscando unos tomates como los que comía cuando era niña. Yo misma me sorprendí por lo extravagante de mi pregunta y ella se echó a reír:
-Eso que usted me pide no existe, pero no se preocupe –añadió- ; se va a llevar unos tomates que sólo me traen a mí, son de La Ribera de Molina, cuando los pruebe ya verá como vuelve a por más. Es lo más parecido a lo que usted busca, pero no se equivoque, nunca serán los mismos.

Y así fue… Cuando ella se percató de que volvía cada sabado a comprarle los tomates, me premió otorgándome la categoría de “clienta”, lo que implicaba que me reservase los mejores tomates, de modo que cuando yo llegaba, ella ya los había seleccionado y apartado en una bolsa de color verde. Como no me importaba el precio y también le compraba habas, piñas, fresas, uvas o las frutas del tiempo más apetitosas, sin interesarme por el precio, mi condición pasó a ser de clienta VIP.
Con el tiempo pasamos a mantener breves charlas; se había establecido una corriente de mutua simpatía. Además, esa mujer, tenía los modales de una reina y un delantal inexplicablemente blanco e impoluto. Nunca supimos nuestros nombres, ella no era la verdulera ni yo era la fulana ni la mengana.
Sin embargo no me mantuve simpre fiel a la cita de los sábados, algunos por trabajo, otros por estar de viaje, y otros por cansancio... Un día encontré su puesto completamente vacío. No pregunté, pensé que se trataría de algún contratiempo pasajero. Pero al sábado siguiente el puesto continuó vacío y también al siguiente y al otro... Era evidente que algo grave había ocurrido y finalmente claudiqué en mi obstinación de no preguntar, e interrogué a la mujer rubia platino del puesto de enfrente, que me explicó lacónica que mi vendedora nunca volvería; ¿la causa?; su marido había muerto fulminado por un infarto la mañana de Navidad.
-Por favor, si tienes ocasión y la vuelves a ver, dile que lo siento… (más de lo que se imagina, pensé).
Ahora, voy algún que otro sábado por el mercado, sin la frecuencia de antes, pero siempre al puesto de la mujer rubia platino. Ella me deja escoger los tomates de una caja que tiene reservada y pagada por un restaurante.
Cada vez que me presento allí le insisto machacona en nuestro pequeño delito: “Vengo a llevarme unos tomates de esos que tienes apartados y vendidos" ¿Por qué me hará tanta ilusión saber que no son para mí? A esta vendedora la llamo de tú. La mujer rubia platino sonríe pícara, y haciendo como que no me ha oído me deja hacer. Le resulta rentable hacer la vista gorda para que yo cometa esa pequeña maldad… ¿Y a mí, qué gano en ello? ¿Llevarme unos tomates cuando podría encontrar otros mucho mejores y menos caros…? ¿Por qué?
No pude encontra el sabor que buscaba, pero me di de bruces y paladeé la memoria de un sabor mucho más intenso y más poderoso… el placer de cometer una travesura infantil, una “gamberrada” que diría mi padre.
Ahora, sólo tengo que cerrar los ojos y dejar que mi boca se manche al morder con fruición la superfice lisa y roja de la nostálgica niñez, el paraíso perdido con sabor a infancia que me proporcionan los tomates rojos crudos.