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Jacaranda de ojos azules


Mamá:

"Necesito mirarte
para saber en tus ojos
de qué está hecho el cielo,
para beber en tu mirada
gotas de alma y de sueños"
(Txus de F.)





¿Acaso puedo pretender enseñarle algo sobre la vida a la mujer que me la dio? Por supuesto que no, pero puedo intentar alegrarle la tarde mostrándole las jacarandas del paseo del río. Desde cría me han fascinado los árboles y aún sigo disfrutándolos con ojos de niña. Me trasmiten la sensación de seguridad y de permanencia que siempre he necesitado; admiro como consiguen vencer al tiempo con majestuosa serenidad, testigos de todo con su mirada de madera. Las jacarandas del paseo florecen bien entrada la primavera y es un espectáculo que cada año consigue emocionarme y conmoverme. Y, aunque no lo diga, sé que a ella también.

Por eso voy a disfrutar, mami, de este paseo y de todos los momentos que voy a pasar contigo. Recorreremos sin prisa el camino que queda al lado de nuestro viejo barrio y mis pensamientos se sumergirán, con nostalgia pero sin tristeza, en los recuerdos más preciados de mi infancia. Una infancia que no se entiende sin ti.

Te pregunto si quieres que vayamos a pasear bajo las jacarandas. Llévame donde tú quieras, me respondes con la misma dulce condescendencia con la que me decías cuando tenía quince años que no estudiase tanto, con la que me prometías que me coserías el bajo del vestido azul, o con la que me preguntabas cuándo tenía previsto darle pasaporte al pesado de menganito que no paraba de llamar a casa… ¿Es posible impedir que te rompan el corazón? Me atrevo a preguntártelo porque sé que las madres sólo dicen cosas buenas. Entonces me contestas –con toda la inocencia y la sabiduría del mundo, con la vulnerabilidad de la enfermedad que te impide caminar, con tu dulzura infinita– que al final no somos nada si no reconocemos de donde venimos y qué nos ha hecho ser lo que somos.

Aparco tu silla de ruedas como aparco mi orgullo. En este momento te saluda una antigua amiga de tu época de maestra, la mejor de todas. Charláis un buen rato. Te pregunta si este verano piensas ir a la playa y tú le respondes que no quieres pensar en eso porque es el primer verano sin papá. Te has puesto triste y yo también, pero no pienso permitir que ese sentimiento se aposente sobre nosotras. Te despides de tu amiga y seguimos paseando. “Mira, mami, mira las jacarandas, esas ramas tan juntas, mira cómo se rozan sin pudor, se ponen burras…”. Tú te ríes y con tu corazón de madre emprendes la instintiva pero imposible tarea de corregirme: Nena, no digas barbaridades.

El camino de vuelta. Me doy el gustazo de emprender el regreso por el mismo paseo, esta vez sola. De repente un viento que huele a verano agita los árboles y llueven flores de las jacarandas, un par de ellas se posan tímidamente sobre mis hombros. Y entonces por fin lo comprendo: tú eres mi jacaranda, siempre lo has sido. Aunque ahora sea yo la que cuide de ti, en tu compañía siempre me embarga  la seguridad y la calidez del hogar. Cojo una flor de jacaranda de mi hombro, la huelo y recuerdo con gratitud tus preciosos ojos azules y pienso en la suerte que he tenido de que la primera noche de mi vida estuviese en tus brazos.



INSOPORTABLEMENTE FRÁGIL






Gracias Lobezno, gracias por este regalo de humor y de afecto





A Lobezno





Todo lo humano es insoportablemente frágil. Somos bombas de relojería que podemos estallar en el momento más insospechado. Cáncer, infarto, aneurisma, embolia, neumonía… lo aterrador no son las causas en sí: lo aterrador es que todos, más tarde o más temprano, acabaremos por tener una causa.

No hay que darle más vueltas a eso: no podemos desprendernos de las ataduras fisiológicas, del contrato biológico que firmamos por el mero hecho de nacer. Es lo malo de tener cuerpo (sí, sé que caigo en un dualismo un poco rancio): él manda. Podemos intentar potenciar factores beneficiosos, minimizar ciertos riesgos, pero el tiempo siempre acaba ganando al cuerpo (y a todo). Las mentes de los grandes genios de la humanidad se incrustaron en alimento para gusanos. La nuestra también. No hay que darle más vueltas.

Hay algo a lo que sí le doy vueltas. Algo humano. Algo más frágil que la propia vida.

Me refiero a las relaciones humanas.

Incluso el amor más fuerte puede ser destruido por una traición. La amistad más sincera por un malentendido. Es tan triste que los lazos emocionales estén a merced de las palabras, que años de complicidad pasen a ser sólo recuerdo por una mirada equivocada. Ningún vínculo, ¡ninguno! (padre-hijo, abuelo-nieto, enamorado-enamorada, amigo-amigo, amigo-amiga…) se asienta en la certeza.

Vínculos sinceros y fugaces como un beso en un sueño.

El “amigosparasiempre”, el “amorverdadero”: expresiones que intentan conectar un sentimiento con la eternidad ficticia. No son más que espejismos tenebrosos gestados al amparo de una pasión sincera.

Hay gente que consigue no romper nunca ese espejismo. No se trata de que todas las relaciones acabaran irremisiblemente rotas (no tiene porque ser necesariamente así). El meollo del asunto es que aquello que nos une a los demás, aquello que creemos sólido e imperecedero, es un fino hilo. Y en esta vida bogamos por un océano de tijeras.

Sólo podemos contar con nosotros mismos. Por ello siempre me digo: “Nadie es imprescindible”.

¿Nadie es imprescindible?

Al menos para sobrevivir, sí: nadie es imprescindible.

Sólo podemos contar con nosotros mismos.

Es la única certeza.

¿Y para ser feliz?

Para ser feliz, no: hay gente imprescindible.

Porque la felicidad siempre se somete a la incertidumbre…

La maravillosa incertidumbre de la amistad.

La maravillosa incertidumbre del amor.



BURBUJAS MUERTAS



La vida es una burbuja que siempre acaba explotando. Hay vidas que ni siquiera llegan a ser burbuja, vidas que desde el principio se enfrentan al aire sin una fina coraza de cristal líquido. Pero hoy no quiero hablar de las vidas sin burbuja. Voy a hablar de burbujas pinchadas, de burbujas muertas.

¿Qué es lo que hace que la burbuja explote?: La conciencia. Es la realidad quien precipita lo inevitable pero es la conciencia quien ejecuta. Un día, cuando tienes quince años, mientras intentas conciliar el sueño, un pensamiento sobre la muerte te asalta, te coge desprevenida y te aterra. Entonces piensas: seré tonta, cómo puedo preocuparme por la muerte teniendo quince años, ya me preocuparé cuando tenga ochenta. Lo fiamos todo a una eternidad ficticia. Entonces el temor a la muerte nos abandona y nuestra burbuja adolescente permanece intacta, invencible. Llegan los 40 años y el pensamiento que tuviste hace veinticinco años vuelve a visitarte, pero esta vez con tanta fuerza que hace que te incorpores de un salto de la cama; gotas de sudor frío acarician tus sienes. Voy a dejar de existir, piensas, me voy a perder en la nada. La perspectiva del no ser se te hace insoportable, te cuesta respirar, quieres gritar pero sabes que no debes despertar al silencio. Otro pensamiento, como cuando eras un adolescente, corre presto a socorrerte del pensamiento de la muerte: ya me preocuparé cuando tenga ochenta años. Sin embargo, aunque el pensamiento es el mismo, hay sutiles diferencias: la burbuja ahora está algo erosionada aunque, afortunadamente, ha aguantado el envite. Durante unos pocos minutos has adquirido conciencia de tu caducidad, te has asomado al abismo del que sólo estás separada por la salud, la suerte y los años. El abismo te engullirá cuando cualquiera de esos tres muros se derrumbe. Eres finita. Es terrible. No hay burbuja que no se resienta con tamaña evidencia. A pesar de ello, la burbuja aún no se ha evaporado, todavía rodea tu cuerpo vistiéndote con ese matiz de ingenuidad que tanto necesita la felicidad. No has depositado tu esperanza, como hace más de dos décadas, en la eternidad imaginaría; esta sólo existe en la juventud porque la juventud es eterna. Sin embargo, te has dado una tregua, un respiro: ochenta años, razonas, no son una eternidad… pero casi. Sé que llegarán, sé que el tiempo pasa cada vez más rápido, no obstante me queda mucho margen. Llegan los sesenta años y el proceso se repite y la burbuja se ve aún más dañada: no sólo soy mortal sino que me veo separada de la muerte por una distancia ridícula, siniestra, reflexionas. ¿Qué diferencia veinte años de veinte segundos? No sabrías dar una respuesta inequívoca a una pregunta con una respuesta tan inequívoca. El margen es pequeño, sí, pero existe, debes agarrarte a eso. Sientes como un minúsculo círculo de aire penetra en la burbuja, la burbuja no explota sino que se deshincha progresivamente. Es cuestión de tiempo. Desde el principio todo era cuestión de tiempo. Llegan los ochentas años. ¿Y ahora qué?

No sólo la conciencia reflexiva, introspectiva, puede arrebatarte tu armadura invisible. La conciencia de los otros (la otredad) es igualmente dañina. Un día te dicen que menganito o menganita, a quien tú tanto quieres o quisiste, tiene un cáncer incurable. Lo ves claro: es tan sólo cuestión de tiempo que me ocurra. Otra vez el tiempo. Otra vez la muerte. Otra vez una realidad que te sobrepasa. Otra vez una burbuja desangrándose. Martin Amis decía que es la muerte de los otros la que nos mata.

Cuando tenga ochenta años… Cuando nos decimos esto no sólo intentamos que los pensamientos de la muerte se pierdan en el tiempo. También nos intentamos convencer de que a esa edad asumiremos la muerte, la aceptaremos como un hecho lógico adherido a la vejez, no resultará terrible, en definitiva, no nos importará demasiado morirnos. Tremenda equivocación. No comprendemos que ante la muerte todos somos niños, que la edad no implica aceptación, que la muerte es un hecho inasumible: podemos resignarnos, sentirnos atraídos, incluso podemos desearlo… pero nunca asumirlo.

Puede ser a los ochenta, a los sesenta, a los diez o a los ciento quince años: la burbuja siempre se acaba rompiendo. Ya no podemos ignorarla: debemos mirar a la muerte a los ojos y sostener la mirada, debemos afrontarla. Se puede afrontar de muchas maneras, desde el empeño racional, desde la fe, etc. Es horrible pero es necesario. No puedes actuar como si la burbuja te envolviese, ya no está. No puedes intentar ignorarla porque entonces el único camino es la desesperación, la indefensión más absoluta. Sin burbuja, sólo hay dos caminos: afrontamiento o desesperación. Sin burbuja siempre queda una certeza: el peso espantoso de aquello que no hiciste.

Toda vida, por muy feliz que sea, al final siempre se ve invadida, impregnada, por la muerte y su estela. La muerte, ya sea la nuestra o la de los otros, hace que toda vida sea irremediablemente trágica.

Dedicado a las burbujas vivas

¿SER?



“Yo no soy yo”, leí ayer a no importa quién en no importa dónde. Afirmación insolente y enigmática que me dio que pensar. ¿Cuándo realmente somos nosotros? Alguien dijo que el ser, el yo, sólo se puede entender en soledad; la verdad es que todo lo que verdaderamente importa (¿algo verdaderamente importa?) sólo se puede entender en soledad: sin el ojo escrutador, sin esa gelatina social que se adhiere a nuestros pulmones y nos asfixia, sin el monstruo que es el otro. ¿Realmente en soledad somos nosotros? Y si efectivamente en soledad somos… ¿qué supone ser? ¿El yo es pensamiento o acción, razón o instinto, o un conglomerado inextricable? Las limitaciones de la autopercepción nos muestran la trágica vacuidad de preguntas sin respuestas o, más bien, respuestas sin preguntas. ¿Y el yo en el tiempo? ¿Debemos atribuirle el don de la inmutabilidad o es arcilla en mano de artesano? Sinceramente, pienso que la gente cambia pero el yo no cambia, el yo es el ancla del ser como un amor perdido lo es en el recuerdo. Sí: somos lo que fuimos. El yo sólo lo olvida la muerte… ¿O no?

A continuación no importa quien disertaba sobre las almas gemelas y apostillaba que en ellas “no estamos muy dispuestos a reconocernos del todo”. He de confesar que el otro día, por primera vez en mi vida, reconocí a mi alma gemela y no me ruboriza admitirlo. Se refugiaba en un enorme espejo. Sin embargo, no puede verla del todo bien: el espejo proyectaba una imagen demasiado nítida. Cuanto más borroso es el espejo más prístino es el reflejo de nuestra alma gemela. Y no sólo las almas gemelas, el amor también es espejo. Creo, ahora que he caído en un delirio pretencioso, que en el fondo todo es espejo, todo menos la vida, claro. La vida es vida y nada más. Es curioso y paradójico lo de las relaciones humanas: nuestras enormes semejanzas crean distancias insalvables entre nosotros. ¿Cómo podría ser de otra forma si, al fin y al cabo, ellas, las relaciones humanas, también son espejo?

“He sobrevivido a la memoria demoledora” sentenciaba no importa quién. Lamento no poder creerle en este punto ya que nadie puede sobrevivir a la memoria, nadie tiene el antídoto contra el veneno del ayer. El pasado mata y nunca pasa. Cada vida tiene muchas muertes a las que no se puede sobrevivir jamás: se llaman recuerdos. Y estas muertes sólo mueren con la muerte.

A no importa quién: por sus hermosas reflexiones

CARICIAS DIVINAS

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Para Scila, por sus sueños


No hay sueño sino búsqueda. La búsqueda es sueño.
(El rey del metro)






Me considero una persona muy escéptica. Mi fe no suele transgredir las fronteras que establecen mis sistemas sensoriales, dicho de otro modo: mis sentidos son mi fe. Me cuesta creer en lo que no veo, en lo que no oigo, en lo que no puedo percibir, en definitiva, de una manera inequívoca, taxativa. Esta forma de captar el mundo me conduce a su vez por veredas racionales a la hora de interpretarlo. Me encantaría creer en reinos que no son de este mundo, pero me cuesta abandonarme a esas explicaciones que exigen ojos cerrados y corazones abiertos. A veces pienso que todo es ciencia, células, átomos... y que la naturaleza nos maldijo con la conciencia de nosotros mismos para luego desaparecer sin más, que el hecho de poseer inteligencia no nos confiere un alma inmortal, que la vida no se sustenta en la moralidad ni en un final feliz antes incognoscible, que la vida no es un secreto, que la vida es vida y nada más. Lo dicho parece el dogma de una persona ortodoxamente atea pero, aunque resulte paradójico, no es así. Hay un fino hilo que me ata al agnosticismo, al “quizás”; ese fino hilo es el misterio de los sueños.

Creo que los sueños son, posiblemente, los únicos hechos inabarcables por mi empeño racional. Me explico: no quiero decir que pueda otorgarle a todo una explicación fundamentada en la razón –ojalá- pero sí que puedo suponérsela. En cambio, me es imposible abordar desde una perspectiva racional los sueños. No me adscribo a una concepción freudiana de ellos: no creo que encierren un significado psicológico, por lo menos tal como entendemos el término “significado”; no pienso que se manifiesten por el relajamiento de un invisible mecanismo represivo; me niego a creer que estos se puedan interpretar a partir de determinadas pautas como jeroglíficos con su Roseta. ¿De verdad, como asevera Freud, la mente del hombre es tan sumamente metafórica? Nuestra mente dibuja imágenes que encierran significados que trascienden estas imágenes, los sueños son laberintos plagados de simbolismos... ¿Cómo, una persona tan racional como yo, podría creer algo así? No puedo creer una teoría que presupone a la mente como una máquina literaria. Para mí esto no es más que semántica, retórica que se asienta en un frágil empirismo. El intento de Freud, a mi juicio por supuesto, fue original, bello, brillante, pero vano y no ajustado a la “realidad”.

No es mi intención perderme en el jardín psicoanalítico sino intentar ahondar en un misterio. Entiendo por misterio aquello que no tiene o tiene muy difícil explicación y para mí no hay nada comparable al misterio de los sueños. Huyamos de concepciones poéticas, musicales, incluso cinematográficas, que han hecho de los sueños materia prima de la representación artística, y admitamos un aspecto: los sueños suelen ser, en su gran mayoría, absolutamente absurdos, inconexos, anárquicos. Casi nunca obtenemos una muestra (ej: caernos hasta estrellarnos contra el suelo) que se puedan atener al manual de Freud.

No, no puedo encontrar una explicación científica, ni siquiera suponerla. Siendo racionales lo normal es pensar que cuando morimos todo se acaba; pero... ¿no sería también normal que cuando fuésemos a dormir todo fuese oscuridad y no hubiese espacio para los sueños? ¿Por qué tenemos diseñados en nuestra mente esos pequeños milagros cotidianos, esa experiencia tan absolutamente diferenciada y especial con respecto a cualquier otro hecho humano? ¿Si existen los sueños cuando dormimos por qué no va a existir “algo” cuando morimos?

Sé que es una argumentación que puede resultar ilógica, pueril, espuria. Pero no por ello voy a dejar de considerar a los sueños como ese fino hilo que me une ya no al agnosticismo sino a la “inmortalidad”, de interpretarlos como pequeñas caricias divinas.

PISA FUERTE




La distinción entre mente (o cognición) y conciencia (o experiencia fenomenológica) es uno de los preceptos sobre los que se asienta la tradicional psicología cognitiva. Las operaciones mentales no son directamente accesibles por la conciencia. El comportamiento es un misterio, un misterio porque está impulsado por fuerzas invisibles. Si la mente fuese conciencia la salud mental sería sólo y exclusivamente cuestión de voluntad, de esfuerzo. Pero no es así. Por eso hay, por ejemplo, gente que no puede dejar de matar aunque quiera, que luchan infructuosamente contra los impulsos, gente para la que besar el suelo es más difícil que besar el cielo. Muchas personas, en su ignorancia, dicen cosas como: “Ese está deprimido porque quiere”, “la claustrofobia se supera con cojones”, etc. Querer no siempre es poder, hay cosas que están fuera de nuestro alcance, que escapan a nuestro empeño. Precisamente porque la mente no equivale a conciencia existen psicólogos, psiquiatras. La psicología no es escuchar ni dar consejos. La psicología es una disciplina que bucea entre tinieblas, que intenta asir lo inasible. La mente es la gran sombra del hombre y nuestra conciencia una cerilla mojada.

Sin embargo, y salvando las distancias, no se deben desdeñar otros asideros, tal vez no tan eficaces pero inequívocamente lenitivos. Pienso que el humor es uno de ellos: tengo fe en que el humor activa la energía latente del ser humano en situaciones de aflicción ¿Acaso no se halla la raíz del sentido del humor en el propio sufrimiento? Ya lo dijo uno de los filósofos más lúcidos del siglo XX: “La única manera de ser feliz es que te guste sufrir” (Woody Allen). Este aforismo -tan ingenuo, tan sabio- no es más que una reformulación del amor fati nietzscheano (qué nombrecito), concepto filosófico que consiste en llegar a amar la vida tan desesperadamente que incluso se ama hasta el más cruel sufrimiento.


Ruego que se me disculpe lo presuntuoso de estas divagaciones de aficionada a la Psicología… Pero quiero robar a alguien una sonrisa pues, al fin y al cabo, todo esto no es más que mi particular homenaje a un amigo que ahora viaja descalzo… Con lo sencillo que sería que, en lugar de estar luchando con cada palabra rebelde y mentando a Nietzsche, simplemente le dijese: Pisa, pisa fuerte el verde esmeralda del camino.

HOY ME DESNUDO… ¿MÁS?


Aquí y ahora sólo pienso en ti… la persona que mira a lo lejos. “SÍ… ¿POR QUÉ NO?”



¿Podemos desnudar nuestra alma en la magia de la penumbra? ¿Acaso no anida en la penumbra la trastienda de un destello?

Sé que no hay nada para mí en este vacío electrónico y, sin embargo, sigo obstinada en la conquista de esta especie de Ínsula Barataria donde reinar plácidamente. Durante un tiempo acaricié esa fantasía, con la vehemencia y convicción con la que nos aferramos a los sueños imposibles… Conseguir algo quimérico (casi) siempre es una absurda pretensión.
A veces pienso que ese afán por alcanzar un voluble nirvana no me es propio sino que pertenece a un personaje mágico que he inventado con fingida impostura. Ninguna gota se cree responsable de la inundación.

Sé que no hay nada para mí en este vacío electrónico que a veces es como naufragar en un mar de indiferencia, varada por la opresora y claustrofóbica soledad de una multitud de marineros sin barco y sirenas sin océanos, inmersa en un remolino de convencionalismos vacuos. A pesar de todo, también se ve brillar la estela de diamante de algún príncipe solitario reviviendo lo que huye de la vida o recreando la belleza de tanto espejismo.
Probablemente un blog (éste) sólo sea un ensimismamiento o, peor todavía, el acomodo casero de una escena de un diván en el que recostarse para escuchar un repique de campanillas que cuelgan de ninguna parte.

Sé que no hay nada para mí en este vacío electrónico. ¿Qué pasa, pues? Pues que no sabemos acertar con los gozos y preferimos las sombras. La vida para que sea firme ha de ser estoica, anhelante pero no prodiga.
Ha pasado mucho tiempo desde que la última lágrima asomó por mi rostro... en cambio la sonrisa se ha presentado solícita, esa que sólo me puede provocar la invencible curiosidad que me sigue allá donde voy (sí... también aquí). Por eso sé que todavía no ha llegado el momento de abandonar, aún no… aunque no haya nada para mí en este vacío electrónico.

Tampoco sé si estas divagaciones son legibles o si tienen sentido, solo sé que busco sueños, aun sabiendo que no existen fuera de los contornos de cada uno.

LAS MUSAS CAPRICHOSAS

¿Qué tengo que ver con vosotros, escritos malhadados, frutos de mis vigilias, yo que sucumbí de modo miserable por culpa de mi ingenio? ¿Por qué reanudo el trato con las Musas, que constituye mi delito y motivó mi falta y mi condenación? “Las Tristes” Ovidio




No soy escritora. Soy tan sólo una persona que escribe. Philip Roth, el gran escritor norteamericano, dijo en una ocasión en relación con el oficio de escritor: “Los aficionados buscan inspiración; los demás nos levantamos y nos ponemos a trabajar”. Yo, encuadrada dentro del grupo de los aficionados, afronto la escritura sin ninguna implicación moral, sin que medie ningún sentimiento de responsabilidad ante algo o alguien, como un ejercicio puramente hedonista. Escribir por escribir, esa es mi justificación, esa es mi fuerza (o mi debilidad, según se mire). No existe nada más difícil en el mundo (por lo menos para mí) que coger una pluma y garabatear en el papel frases o pseudofrases si no me encuentro motivada para ello. Nunca tecleo una palabra si antes no he encontrado la idea, el pensamiento, el sentimiento, el impulso, en definitiva, la inspiración. Por ello, no puedo comprender que existan personas (a las que, por cierto, admiro) que puedan encarar este empeño creativo desde una perspectiva meramente laboral, no como algo ocioso sino como una obligación más. Sin embargo, es curioso como muchas de las manifestaciones artísticas más memorables que ha producido la humanidad fueron concebidas de esta forma: Dostoievski escribió muchas de sus novelas para pagar deudas; la pintura de la Capilla Sixtina acometida por Miguel Ángel fue un encargo papal; directores como John Ford, Howard Hawks, eran meros asalariados de las todopoderosas productoras de Hollywood que dirigían sus películas como si estuviesen haciendo simples recados. ¿Y alguien es capaz de decirme novelas mejores que las de Dostoievski?, ¿de nombrar un ejemplo de mayor sublimidad pictórica que la Capilla Sixtina?, ¿de recordar una muestra de poesía cinematográfica más conmovedora que casi cualquier película de John Ford? La cuestión es que ni Dostoievski, ni Miguel Ángel, ni John Ford (ni Shakespeare, ni Da Vinci, ni Kurosawa, etc., etc.) no esperaron con los brazos cruzados a que la inspiración acudiese a ellos. Parafraseando a Pablo Picasso: la inspiración los pilló trabajando. La creación artística es una forma de búsqueda con una característica peculiar: búsqueda y el trabajo son conceptos, en este caso, con una relación muy cercana a la sinonimia; la creación artística se sustenta en el pilar del esfuerzo. No puedo evitar sentir grima por todos aquellos personajillos del mundo del cine, de la literatura… que van con ínfulas de artistas, creyendo que cada creación suya será agasajada hasta el paroxismo por las generaciones venideras, que cada obra suya quedará bien visible en la atalaya del tiempo como ejemplar inmortal. En la mayoría de las ocasiones, creerse artista es el primer paso para no serlo.



En cualquier caso el concepto de inspiración, en el que no solemos ahondar, es realmente curioso. No voy a intentar desglosar su significado, sería tan utópico como intentar explicar un sentimiento. Pero hay un aspecto de ella que me llama poderosamente la atención: su carácter descaradamente caprichoso, su imprevisibilidad, su anarquía. Muchas veces se nos presenta solícita, por sorpresa, con la presteza y el rigor de una visita indeseable; otras veces, por el contrario, se esconde, agazapada como un animal asustado en su madriguera. Su origen es incierto, su etiología desconocida. Me considero una persona muy humana (o, como diría Nietzsche: “demasiado humana”) que se emociona con todos esos sucesos que conmueven los corazones del mundo: la caída del muro de Berlín, el once de septiembre, las grandes hambrunas… sin embargo, todos esos hechos me suelen resultar, paradójicamente, poco inspiradores; sucesos que son capaces de sumergirme en una catarata emocional pero que, en cambio, no me insuflan ninguna fuerza expresiva, es decir: me hacen sentir muchas cosas pero no me siento motivada para expresarlas. Sin embargo, puedo ir andando por la calle, darle una patada a una piedra y, de repente, impulsada por la trascendencia de este hecho, sentirme preparada para querer escribir un tratado de metafísica. Lo vacuo me lleva a la verborrea, lo extraordinario al más descorazonador mutismo. ¿No es la inspiración algo verdaderamente complicado, contradictorio?...

¿O, en realidad, lo somos las personas?

EL GESTO MÁS TRASCENDENTE (Elogio de la risa)

“Mecerme con el impulso de tu risa
arranca mi máscara de tragedia”
(El mar no cesa. Héroes del Silencio)


¿Acaso lo sublime sólo puede nacer de lo trágico? La risa está devaluada, denostada, injustamente minusvalorada. Al parecer arte es, por ejemplo, un drama metafísico de Ingmar Bergman –conste que me fascina Bergman- pero no una comedia de Billy Wilder. Dicha devaluación no atañe únicamente a la expresión artística: la risa es poco apreciada como acontecimiento humano, suele quedar registrada en el triste anecdotario cotidiano de la existencia. Pues yo reivindico no sólo su valor sino también su trascendencia. La risa, como alguien dijo, es un asunto muy serio.

¿Qué es realmente la risa? La risa es, en primer lugar, evasión. Cuando reímos, reímos de verdad, estamos huyendo de nuestra autoconciencia, de la percepción de nosotros mismos y de nuestras circunstancias. Es un instante mágico que conjuga el placer y el olvido, la catarsis y el absurdo, lo fugaz y lo eterno. En este sentido, la risa es la droga más sana, el orgasmo más pudoroso

La risa es también recuerdo. Si ejercemos el empeño memorístico de desenvolver la maraña de nuestros recuerdos y buscar los momentos más felices de nuestra vida, seguro que en más de uno (y de dos, y de tres...) está implicado, de algún modo, la risa. El nacimiento de un hijo, el primer beso, un ascenso laboral... todos ellos son hitos vitales en los que no hay implicación de la risa y que, potencialmente, pueden encontrarse entre los más felices de nuestra existencia. Sin embargo, entre estos momentos y otros en los que nos reímos existe una sutil diferencia: los primeros se viven, se disfrutan en el tiempo en que se viven y luego se recuerdan. En cambio, cuando recordamos aquello que tanto nos hizo reír, esbozamos una sonrisa y, en cierta manera, volvemos a ser un poco más felices. La felicidad es, en esencia, un poso, y el poso de la risa se puede degustar retardadamente. En nuestra estancia en el mundo no hacemos más que vivir y recordar. La risa es también recordar y vivir.

La risa es amoral. No existen justificaciones éticas, preceptos morales que la encorseten. La risa puede surgir del hecho más trivial. En “Agárralo como puedas” le preguntan a Leslie Nielsen: “¿Quiere una manzanilla?”. Y él contesta: “No, gracias. No me apetece frutilla”. Este diálogo que casi todo el mundo colegirá que es tontorrón, incluso carente de gracia, por mi parte será uno de los más preciados recuerdos que me llevaré a la otra vida. Esta es una de las grandezas de la risa: es un acontecimiento absolutamente personal, intransferible, que nadie te puede robar. En este sentido, la risa es semejante al pensamiento: personal, libre, inviolable. Con el paso de los años la enorme satisfacción que me supuso, por ejemplo, aprobar una oposición laboral se irá diluyendo en mi memoria, sustituyéndose por otros recuerdos más recientes. En cambio, el recuerdo del estallido de risa que me produjo el diálogo de Leslie Nielsen me acompañara, espero, toda la vida. Y, además, cada vez que lo recuerde reviviré en cierto modo esa felicidad. ¿Cómo no va a ser trascendente algo así?

El ínclito Woody Allen dijo en su gran película Annie Hall: El sexo es lo más divertido que he hecho sin sonreír. Todo el mundo interpreta, lógicamente, esta frase como una apología del sexo...

¿Soy yo la única que ve en esta frase un homenaje del director neoyorquino a la risa?

El arte de los hombres tristes

Baby I want you, like the roses want the rain
You know I need you, like a poet needs the pain

Bon Jovi “In These arms”

La poesía tal vez sea una de las formas artísticas más peculiares creadas por el hombre. El fin de la poesía no es la narración, la descripción, propio de otros géneros literarios, sino la expresión. Expresar el lenguaje de las emociones, intentar descifrar los jeroglíficos del alma y con ellos pintar palabras que siempre fueron nuestras. El corazón de la novela, por ejemplo, es la historia y el alma es el estilo. El corazón de la poesía es el corazón y el alma es el alma. No existen filtros entre el sentimiento y la pluma, entre la lágrima y la palabra. Por ello, es un arte de personas desnudas, de personas valientes, de personas emocionales y, generalmente, tristes. Saber que alguien es escritor no nos dice gran cosa acerca de él; saber que una persona es poeta, en cambio, nos define gran parte de sí misma.

La poesía es, también, el arte de caminar por el filo de la navaja. La materia prima es la emoción y la emoción es algo abstracto, intraducible, contradictorio en ocasiones. Resulta paradójico que, trabajando con un material tan "inestable", la poesía exija enorme precisión. Es muy fácil, cuando se trata de poesía, caer ya sea en la hipérbole, en la pedantería, en la cursilería, etc. Hay que buscar el punto exacto. En ese sentido, los poetas se asemejan bastante a los cocineros: cualquier ingrediente de más, de menos... puede echar a perder todo el plato. Hay que hallar el punto exacto, andar por el filo de la navaja con pies firmes y paso seguro. Por ello, para mí el más grande, el mejor cocinero, ha sido Antonio Machado: un hombre, un poeta, que supo expresar como nadie las emociones, los sentimientos, pero logrando que la intensa luz de éstas no lo oscureciese todo, dosificándola pero iluminando la vida de todos los hombres tristes.
(Para D.)

Considerando... pensando...

Esta fotografía la hizo “el Rey del metro” hace muchos años, cuando era corresponsal de la Agencia EFE en Varsovia. Como él mismo dice es una de las pocas cosas –sino la única- que conservó de su largo periplo en las corresponsalías de medio mundo. En una ocasión me habló la fotografía del Cristo sin la Cruz y yo sentí una enorme curiosidad por verla pues no conseguía imaginar cómo sería. Pero una vez vista mi sorpresa aumentó aun más. Entre las incontables representaciones artísticas de Cristo no creo que exista en el mundo otra como esta escultura, y lo más curioso es que la ausencia del símbolo que la caracteriza hace más explícita su razón de ser. Es como sin un árbol sin hojas fuera más árbol sin ellas.

Un Cristo increíblemente hermoso y humano ha bajado de la cruz y está sentado sobre un banco con el brazo apoyado en la rodilla, detrás la cruz solitaria y como desairada también, y todavía con su corona encima mira a la tierra como no queriendo creer lo que está pasando, lo que ha sido la vida, abrumado y desfondado. La cara expresando tanta incredulidad como asombro y falta de esperanza, si no fuera una herejía. Es la completa imagen de la desolación sin pagar peaje por la vida. Quizá el Cristo meditaba con qué facilidad se va la letra de la vida. (El Rey del metro)

Hubo una vez...

Me pregunto dónde y cuándo lo leí. Sólo sé que llovía y que la tarde invitaba a buscar cuentos para leer, y así fue como conocí esta historia que ahora relato y que me pesa en la memoria como los sueños que se repiten. Porque es verdad que la vida está llena de casualidades y de poros invisibles que ayudan a mover y dar forma al mundo.

(Flora on Sand -P. Klee)

Hubo una vez un aguador que todos los días llevaba a la ciudad desde un lejano manantial dos enormes cántaros de agua para abastecer a la población. Uno de ellos era hermoso, nuevo y de buena factura. El otro se había ido desgastando con el tiempo y ya era tan frágil que el agua se filtraba a través de él y cuando llegaba a su destino había perdido gran parte del contenido.
El cántaro más fuerte se había cansado de ver cómo hacía la mayor parte del trabajo y sin embargo recibía el mismo trato y cuidados que el otro, hasta que un buen día le preguntó a su dueño en tono displicente el porqué no se desprendía de un cántaro que ya resultaba inservible. El aguador sonriendo le contestó:
-Te equivocas, él es tan útil y valioso como tú. No siempre es lo que ves... Tú eres muy eficaz, llevas el agua a su destino sin derramar una sola gota y debes de estar satisfecho por cumplir tan bien tu cometido.
-Es precisamente por ello que no entiendo cómo es que no te deshaces del otro- le respondió.
El aguador suspiró y alzando la vista hacia el sendero le dijo:
-Mira hacia atrás…, observa ese el camino que recorremos todos los días y sobre el que se han ido derramado las pequeñas gotas de agua de tu compañero.
El cántaro observó entonces atónito cómo sobre la planicie gris y yerma había crecido un reguero de flores de todos los colores y formas imaginables, que olían a limón, y que habían convertido aquel camino en la senda más hermosas del lugar.

EL PEQUEÑO ATAUD

... Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?...
(Claudio Rodriguez)


No sabía dónde colocarme porque no encontraba mi lugar allí, si es que acaso lo tenía. Finalmente me situé a la salida de la ermita, detrás del coche fúnebre, para ser testigo de como introducían en él la pequeña cajita blanca que no parecía un féretro sino un embalaje de juguete. Aquél pequeño ataúd era la más contundente representación de la tristeza. El vehículo inició la marcha muy despacio, dispuesto a atravesar las que ni siquiera podrían llamarse calles, pues se trataba de una aldea abierta al cielo con pequeñas casas diseminadas y dispuestas de cualquier manera en el minúsculo núcleo urbano. No sé porqué no podía apartar la mirada del ataúd y comencé a caminar hipnotizada detrás de él. Aquella mañana no faltaba nadie: todos los de la aldea, los de alrededores y los que habíamos acudido desde diferentes puntos de la Región nos reunimos allí convocados más por un sentimiento de solidaridad que por cumplir con el compromiso social de hacer acto de presencia. Yo seguía la lenta marcha de la procesión fúnebre tras el coche, cabizbaja, en medio de un sordo y a la vez estridente silencio sólo interrumpido por gemidos y sollozos. El cielo, imprudente, sin un atisbo de nubes, parecía querer proyectar una inoportuna alegría sobre nosotros e inundarnos con la intensidad de su azul. A veces miraba ese cielo, como siempre que acudo a un entierro -queriendo pensar que es el mejor lugar al que pueden dirigirse las almas de los que nos abandonan- pero sin poder apartar la vista de la pequeña cajita blanca. Y sin embargo no sentía nada, incapaz de pensar en su contenido me encontraba abstraída y ausente. De repente sentí que la abuela de la niña muerta sollozaba a mi lado. Esa mujer era de todos ellos la persona que yo más quería, la más fuerte… Me sobrecogí al recordar sus palabras cuando los médicos de la U.C.I le comunicaron a toda la familia que ya no se podía hacer nada por la vida del bebé. Tendrían que desconectarla. Ella, la abuela, se dirigió a la madre de la niña y moduló la voz con la mayor de las dulzuras para hacer una la más contundente de las declaraciones que he escuchado: "Hija, el Señor nos ha mandado esto y nosotros…", respiró profundamente, como queriendo recuperar el aliento ¿Y nosotros qué… Pensé?, ¿Ellos qué…? ¿Se tomarían la revancha…? Quise imaginar cuál sería el final de esa frase, de unas palabras de un valor incalculable si eran capaces de mitigar un dolor apenas tolerable. Pero me resultaba imposible prever el final de la frase porque nada cabía en ella. Puse sin disimulo mis cinco sentidos para escucharla con claridad, hasta que la oí decir: "…. Y nosotros… Nosotros, nos aguantamos". Eso era, sí, quizás la única salida; resistir la dureza del brutal golpe y resignarse con dignidad. Eso los salvaría. No olvidaré la inesperada fuerza contenida en esas tres palabras que me hizo recordar la película "Las uvas de la ira" y a esa madre de familia que conjura los horizontes de la desesperación diciéndoles a los suyos que van a salir adelante porque ellos son auténticos, son únicos; son "la gente"…. Nada hay que otorgue mas fuerza que el saberse digno, o no saberse y un buen día descubrirlo. Recordando esto no puede evitar estrechar a la abuela junto a mí sin intención de soltarla ya durante el resto del recorrido. Aquella figura menuda vestida de negro pareció sentir mi calor y toda la comprensión de que yo era capaz y noté que quería seguir caminando así, abrazada a mí.
Había perdido la noción del tiempo, sólo sé que la comitiva continuaba solemne su paso, sin saber si esto ocurría en transcurso de unos minutos o de una eternidad, quería decir algo pero odio las poses y las palabras huecas. Me pregunté qué querría ella escuchar en aquel momento. Finalmente le dije lo que sentía, aun a sabiendas de lo cursi y melodramático que podría resultar. Le susurré al oído que su pequeña nieta siempre estaría con ella. Ella, inmediatamente, con su sentido práctico de la vida y de la muerte me respondió que así sería, incluso después de que ella muriese, pues ya había dispuesto que las enterrasen juntas.
Desde el coche los vi alejarse. Ellos permanecerían en el cementerio un rato más. El cielo empezaba a nublarse a la vez que el azul radiante dejaba paso a una tonalidad más oscura e intensa en la gama de los violetas. La imagen se desenfocaba a medida que me alejaba pero a la vez se fijaba en mi memoria lo que parecía uno de esos recordatorios antiguos. Una delicada estampa con nubes descoloridas por minúsculas lágrimas, el hilo verde de un camino jalonado de chopos y un solitario cometerio rural que no es más que una nítida mancha blanca de luz en medio de la inmensidad de los ocres.
(13-12-2006)

Si supiese...

Me levantaría tarde (sobre las doce y media del mediodía). No podría ser de otra manera, lo contrario sería traicionarme. Soy un ave nocturna, un nocturno y para los nocturnos las mañanas no son más que una desagradable y eterna transición. Me desperezaría y no haría más que el vago hasta la hora de comer. A eso de las dos de la tarde empezaría a comer. Lo haría solo. Comer es de esas actividades que siempre he disfrutado más en soledad. El menú estaría compuesto por una lata de berberechos, unos trozos de pulpo al horno y, de plato fuerte, cantidades industriales de carne de buey a la plancha. Todo ello rehogado con un buen tinto. De postre tomaría un sorbete de limón con Vodka y una tableta de chocolate blanco. Durante el convite acometería el visionado de un episodio de "Los Simpsons" y otro de "Padre de Familia". Dichos episodios no serían escogidos de forma azarosa sino que los seleccionaría concienzudamente y con antelación. No dormiría la siesta. Haría la digestión escribiendo una carta a un par de amores perdidos. Estas cartas serían exageradas, hiperbólicas, bonitas y quizás poco sinceras. Pero no podrían ser de otro modo. Bien mirado poco sinceras implica intrínsecamente algo sinceras. Un poco antes de las cuatro de la tarde, tras escribir las misivas, me iría de putas. Y lo haría porque no querría tener sexo con ninguna conocida. Buscaría el sexo por el sexo. Buscaría sexo no sexo con. La sesión constaría de dos eyaculaciones ya que una sabría a poco y tres serían demasiado. A partir de las cinco de la tarde vería a cuatro amigos: a X, Y, B y Z. Pero no los vería a todos a la vez sino uno por uno. Primero vería a B, tan sólo necesitaría diez minutos, nunca ha hecho falta más tiempo entre nosotros. Con Y emplearía quince o veinte minutos y tejeríamos nuestras palabras con nostalgia. Con Z bebería cerveza y nos adentraríamos el uno en el alma del otro. Y por supuesto X sería el último. No sé lo que haría con X, eso no importaría. Pero estaría con él media hora. Tal vez le abrazaría. Tal vez le diría cosas que ahora no diría. Alrededor de las seis y media de la tarde estaría con mi familia, todos juntos. A ellos no los abrazaría ni daría muestras de afecto corporal. Sería falso, inoportuno, impostado. Los tequieros serían miradas y los abrazos palabras. Tal vez contaría algunos secretos, sólo tal vez. Sobre las siete de la tarde llegaría el momento de la soledad. Lo primero que haría en mi propia compañía sería leer a un solo autor: Dostoievski. Leería fragmentos de "Los hermanos Karamazov" (entre ellos, por supuesto, las últimas páginas) y el epílogo de "Crimen y castigo". Al terminar la actividad lectora dejaría la habitación en semipenumbra y escucharía con los ojos cerrados un disco de cabo a rabo: "Avalancha" de "Héroes del Silencio". La banda sonora de mi vida. Terminada la escucha vería una película "El hombre tranquilo" y me reconciliaría con el mundo. Cuando terminase el visionado del film de John Ford, vería dos capítulos de la serie "Los Soprano" –que, al igual que con "Los Simpsons" y "Padre de Familia", habría preseleccionado detenidamente–. Al finalizar estos quedaría, más o menos, una hora y media para la medianoche. No cenaría. Me serviría un ron con hielo y limón y emplearía esa hora y media en ver, en DVD, el momento más feliz de mi vida: el partido en el que el Real Madrid ganó su novena Copa de Europa. Vería otra vez la bolea de Zidane y las paradas de Casillas y lloraría. Entonces llegaría las doce de la noche, el nacimiento de un nuevo día.

Si supiese que me queda un solo día en la tierra lo pasaría así.

John Self

Lo visto y su posibilidad

El suelo cruje a sus pies como la tela a punto de usar para estrenar la mañana que ya se adivina en lontananza. La soledad gloriosa de este árbol auspicia en su futuro declive al retoño que se ve a lo lejos dispuesto a recoger su relevo. Los árboles son el "alfa" y el "omega", el terreno y el yermo de la ecuación de otro día que se dispone a nacer. Ambos forman parte de una posibilidad que nunca será probable y que ni siquiera sabemos cómo se riega.
El cielo, brillante como el suelo, lo baña todo mientras el sol mira a la tierra no queriendo creer lo que está pasando, lo que la vida fue y será… Hay algo de primigenio, de crisálida; de la voluntad del resplandor del día que se cierne sobre ti, siempre distinto y siempre el mismo.

Vengo de la noche y soy fruto de la casualidad. Nací volando porque mi madre me ofreció como alimento para un pájaro. Atravesé extensos campos y sobrevolé montañas en un solo día… Pero claro, estos son recuerdos de infancia y de la incertidumbre de no saber dónde echaría raíces. Escuchaba el corazón de mi piloto: bumbum bumbum bumbum... -acelerado como el de un humano que se lleva un susto- hasta que fui a parar donde me veis ahora.
Una hormiga quiso llevarme a su hormiguero pero me salvó una tormenta de verano hundiéndome en la tierra que me vio nacer. Mi alumbramiento tuvo sus peligros y a punto estuve de ser devorado por una cabra si no llega a ser por el disparo certero de la honda de un pastor. He conocido el frío y los días calurosos del verano, la sequía y los momentos de abundancia, la soledad y a quien ha buscado cobijo en mi sombra. En este lugar tan aislado he crecido y me he hecho mayor. Como mi madre, también he dado mi cosecha, y un hijo crece cerca de mí. A veces nos intercambiamos polen y, resulte o no chocante, por Primavera somos afectuosos gracias al viento, las abejas y otros insectos.
Hoy comienza otro día y cuesta sobrellevarlo pues el año no ha sido muy lluvioso. Mis frutos son escasos y enfermizos. Hasta los nidos de mis amigos los pájaros se empiezan a quedar vacios en la búsqueda de tierras más productivas. Con el sol en el horizonte exhalo oxígeno y eso me llena de orgullo. Antes de amanecer el viento agita mis ramas anunciando el nuevo día con un sonido que agrada a los hombres y, desde mi soledad, me siento importante. En las tardes de verano un labrador duerme a mis pies y yo le refresco y le arrullo tras su fatigoso trabajo en la campiña, porque es un amigo fiel y en más de una ocasión me salvó la vida. Durante todos estos años puedo dar fe de quién soy, y así lo sentirá quién se acerque a mí… soy VIDA.
Buscador
(Dedicado a "Amigo" y a Sirena)

Los Héroes del Silencio han sido tal vez el grupo de música español más internacional. Enrique Bunbury (el apellido Bunbury lo sacó de la novela de Oscar Wilde “La Importancia de llamarse Ernesto”) ha compuesto canciones con letras profundas y conmovedoras en todos los sentidos. Alguien le confesó una vez al cantante que había podido ver la luz al final de un túnel con su canción “Viento a favor”. Aunque se trata de un caso extremo, es innegable que la música afecta a las emociones y puede llegar a ser narcotizante.
¿Y a cuento de qué va todo esto? Hoy recordé la estrofa de una canción de Bunbury que me admira porque es tan parca en la letra como inmensa en su significado… Parece incluso que destila esa “felicidad de estar triste” que es como llamó Víctor Hugo a la melancolía. Era ésta:
Me calaste hondo
Y ahora me dueles

Un día más... un año más


Nací un dieciocho de enero de hace menos de un millón de años; eso siempre es un consuelo. Recuerdo que ya desde pequeña me obsesionaba la idea del paso del tiempo, y es algo que nunca me ha abandonado por más que me convenzo de que es una preocupación absurda. La queja es una pérdida de tiempo, y el tiempo es finito; no se puede perder pensando en cosas que hacen daño o no comprendes. Debería intentar alegrarme el día y tomarlo con filosofía, incluso ser vitriólica y para ello nada mejor que dedicar un rato de lectura a Cioran con su corrosivo escepticismo (“No corremos hacia la muerte: huimos de la catástrofe del nacimiento”) o mejor los poemas en los que Yeats se recrea en los estragos del paso del tiempo en la mujer (“Cuando estés vieja, gris y soñolienta y cabeceando ante la chimenea…) Sí, eso me podría arreglar el día, jajajaja...Y ahora, vuelta a empezar, o mejor; paso página.

"Todo va, todo vuelve; eternamente rueda la rueda del ser. Todo muere, todo vuelve a florecer, eternamente corre el año del ser." (Nietzsche "Así habló Zaratustra")

La ciudad doliente

Me estoy refiriendo a las Ciudad de los Muertos. Está en Egipto. Se trata de una ciudad dentro de otra ciudad. La llaman “de los muertos” porque es, simple y llanamente, un cementerio, una inmensa necrópolis situada en el centro de El Cairo. No hay un censo de población y los más optimistas hablan de 12.000 personas, pero todo el mundo sabe que allí, entre muertos y sepulturas, malviven más de un millón de almas. Lo hacen en un laberinto de casas construidas sobre tumbas y lápidas e incluso –los más paupérrimos- dentro de los propios panteones (bien realquilados o bien gratuitamente) en la compañía de los muertos de las familias más pudientes.
La Historia de la civilización egipcia hace en este lugar un guiño sarcástico, como si no quisiera olvidar su proximidad con el más allá y con todo lo que esta cultura tuvo de implicación en el culto a la muerte
Desde la fortaleza de Saladino, junto a la Mezquita de Alabastro, se divisa a vista de pájaro todo El Cairo. Sólo se perciben tonos grises, azulados, marrones, arenas y ocres. El negro y el blanco apenas existen, porque no son colores. Y los que sí lo son, a excepción de los ya mencionados, parece que nunca se han dibujado en ese inmenso decorado, tamizado por una especie de neblina que como una tormenta de arena envuelve la silueta de la ciudad antigua. La impresión de pobreza es inmediata, como si se tratase de una ciudad en ruinas. Sabes que allí abajo fluye la vida de una forma desbordante y casi intolerable, y que los sentidos apenas pueden soportar tantos olores a especias, comidas, perfumes, sudor, tabacos, y tantos ruidos, voces, gritos, motores, y el trasiego constante de una multitud que es multitud en sentido estricto y que, en ningún otro sitio como allí, te sobrecoge.
Los orígenes más remotos de la ciudad de los Muertos hay que buscarlos en el siglo XII, en los enterramientos de los nobles mamelucos; pero su espectacular crecimiento se debe al asentamiento de miles de refugiados durante la “Guerra de los Seis Días”, a mediados de los años sesenta. Impresiona saber que esta ciudad, lejos de extinguirse, crece imparable.
Que Amenawi, el guía egipcio, nos propusiera visitar la Ciudad de los Muertos como atracción turística, me pareció algo tan miserable y morboso como difícil de rechazar. Su oferta era hacer una visita nocturna y fuera del circuito. Astuto, y con obvios fines crematísticos, sabía que el efecto tétrico en aquella ruta crecería exponencialmente a partir de las doce de la noche, en medio de la oscuridad y ya sin bullicio. Intentó convencernos de que no a todo el mundo le ofrecía la oportunidad de adentrarse en el mismo corazón de la Ciudad de los Muertos, un lugar, por otro lado, poco recomendable y nada seguro.
Yo me senté junto a él en el asiento delantero del pequeño autobús para grabar todo aquello pero pronto dejé de hacerlo, apenas se veía. Transitábamos muy despacio. A veces, en algunos tramos, incluso con los faros apagados, no sé si más debido al respeto por el lugar sagrado y a sus moradores –según Amenawi- o a una pequeña puesta en escena para hacer más efectista la visita. No obstante, el lugar no era de atrezo, la gente era real y los cientos de miles de muertos también estaban allí, así como nosotros; los nunca mejor llamados “guiris”, invadiendo su intimidad con premeditación y nocturnidad.
Si Dante hubiera conocido un lugar así tal vez lo habría incorporado a cualquiera de los círculos infernales de su Divina Comedia, sin que desmereciera en ninguno de ellos. Es curioso el paralelismo existente entre la estructura del infierno dantesco, con la escatología musulmana (en su fe, no se entra en el paraíso sin antes recorrer el infierno) e incluso con el hecho de que la Ciudad de los Muertos sea un cementerio musulmán y que los cuatro últimos círculos dantescos que forman el “Infierno Inferior” sea una ciudad con mezquitas rojas y murallas de hierro.
Como fin de fiesta, Amenawi aparcó el autobús en un pequeño descampado para que visitásemos una de aquellas vivienda-panteón con familia incluida. Yo no quería hacerlo, pero todos bajaron y me dio pavor quedarme allí, sola en medio de toda aquella oscuridad. A pesar de la hora había niños jugando en las puertas de los panteones y mujeres de diferentes edades que parecían atareadas. Nos sonreían y hablaban con Amenawi, que se veía era muy popular allí, una especie de benefactor. El grupo se dispersó y yo me vi repentinamente en la intimidad de uno de esos panteones. Se trataba de una habitación con techos muy altos y escaso mobiliario, apenas unos muebles de cocina al fondo y una mesa en el centro que ocupaba casi todo el espacio. A un lado, en un camastro, dormitaba en posición fetal un anciano al que la luz mortecina y amarillenta que iluminaba la estancia le hacía parecer moribundo. Al otro lado, tras una cortina, se adivinaba una sala fúnebre reconvertida en dormitorio donde pensé por un momento que vivían los muertos y morían los vivos, al igual que ocurría cuando enterraban a los faraones con su séquito. Todo, absolutamente todo, era sombrío, macabro, triste, lúgubre y tétrico, incluido un enorme televisor en color, cuya presencia supongo que se debía a las comisiones que Amenawi les proporcionaba a aquellas familias por mostrar su descarnada intimidad.
Respiré una vez fuera del panteón porque dentro había contenido la respiración todo lo que me había sido posible. Detrás de mí salió una mujer y se me acercó sonriéndome de forma amistosa. Yo no entendía como podía sonreír, sin el menor atisbo de resentimiento… Le entregué todo el dinero que llevaba (un fondo que pertenecía al grupo) sin poder mirarla a los ojos. Aunque para ella aquello representaba una pequeña fortuna, no me paré a pensar qué destino le daría y si lo compartiría con las otras mujeres o si lo guardaría para ella. Había algo más importante que no me dejaba pensar, ni me dejaba reaccionar. Me notaba ida, porque lo único que sentía en ese momento es como si toda la vergüenza del mundo hubiera caído sobre mis hombros. Sentí sí, vergüenza en cantidades colosales, y lo que es peor, me sentía culpable de estar allí, en la intimidad de la paupérrima ciudad y ser testigo de tanta humillación.
Lo llaman hipocresía… Dicen que mientras el hombre tiene capacidad de elegir tiene oportunidad de cambiar las cosas. ¿Tienen ellos esa oportunidad? Y si la tienen, ¿los límites de esa capacidad traspasan las fronteras de la ciudad de los muertos? Y los turistas que van por allí, ¿por qué contemplamos todo aquello como si fuese un espectáculo?
En La Divina Comedia, en la antesala del infierno dantesco hay un dintel y en él una inscripción que dice: “Por mí se va a la ciudad doliente, por mí se va al eterno dolor, por mí se va tras la perdida gente”.
(14-4-2007)

Último día de un año

Ultimo día del año. Ha amanecido un día rarísimo. Me miro en el espejo y no me reconozco. Le echo la culpa al día, pero no es él, soy yo la extraña. Los recuerdos más lejanos y sobre todo los inmediatos bailan una extraña danza a mi alrededor. Como un flash, me viene a la memoria una frase del Rey del Metro; "Los arrepentimientos son fantasmas que se vuelven contra uno”. Al sonreír vuelvo a identificar mi imagen ante el espejo; los fantasmas no existen... y me digo: Sí, esa debo de ser yo o al menos es alguien que se parece mucho a mí.

Por coherencia con este blog la última frase del año escrita aquí es de el Rey del Metro, (aunque me habría gustado haberla dicho yo):

“Lo que más se recuerda es lo que olvidas”