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Sólo los que viven tienen miedo

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Tras una noche sin pegar ojo por una preocupación injustificada, pero inevitable, amanece el día burlón, anunciándome que hoy hallaré verdaderos motivos para el derrumbe. Desayuno con la noticia de tu muerte. Aunque tu nombre es inconfundible pienso que no es posible, que no es razonable, que no se trata de ti. El de la página de sucesos no eres tú, es alguien que se llama como tú. Es que no puedes ser tú. Sigo leyendo el periódico y -como si hubiesen intuido mi incredulidad- me llaman al trabajo para comentarme la noticia y confirmarme que eres tú. Me quedo paralizada en el mismo lugar en el que nos presentaron, me pareciste un tipo con mucha clase y acepté encantada la noticia de trabajar juntos en un proyecto.

Era estupendo descolgar el teléfono y tratar cualquier eventualidad contigo, estabas ilusionado porque creías en lo que hacías. Compartimos un momento crítico: el día que todo el proyecto pareció venirse abajo por un error absurdo, imponderable. A los dos se nos pusieron de corbata y desde nuestras respectivas posiciones -que deberían enfrentarnos- en lugar de tirarnos los trastos a la cabeza nos tratamos con una exquisita cordura. El apoyo fue mutuo, espontáneo, y no impostado, algo completamente insólito en el mundo en el que nos movemos. Ese es el recuerdo que guardo de ti, y tu estilo, tu educación, aderezados de un gran encanto personal.

Hoy leo que has muerto durante tus vacaciones, mientras estabas con tu mujer descansando en una terraza. ¡Si, simplemente estabas sentado en una terraza! Un cabronazo robó una furgoneta y te atropelló destrozándote la femoral. Luego se dio a la fuga. Sigo sin creerlo, no estabas corriendo en una canoa supersónica, ni haciendo rafting, ni exponiéndote, ni siquiera estabas en la carretera, o en un avión, simplemente estabas disfrutando de tus vacaciones en una terraza en Formentera… Es el más absurdo todavía ¿Tengo que aceptar que el absurdo tiene que ser necesariamente tan absurdo?

Tu suerte desnuda mi razón. ¿Sabes? Hoy mis manos han vuelto a acariciar la rugosa portada de papel troquelado, resultado de aquel magnífico trabajo, mientras pensaba que eras el mejor publicista y el peor en el reparto de la suerte. ¡Qué terrible día para ti!... Para mí se ha vuelto gris.

¿Por qué la eterna contradicción del acá que nos ocupa? Como si vivir fuera una misión secreta y apasionante alejada de la verdadera consideración intrínseca del ser humano, que es caer en el engaño de escapar de sí mismo y decantarse por el cortejo de la relación humana.

Intento distraerme, no pensar (misión imposible). Tengo sueño, se supone que cuando duermes acaba el día y es mejor hacerlo antes de que éste acabe contigo. Estoy pensando justo en esto cuando recibo otra llamada de teléfono infausta; me comunican que mi amiga, mi AMIGA del alma (soy cursi, pero es lo que es) está ingresada tras sufrir un segundo ictus. Está mal.

Los seres humanos somos marionetas del destino. ¿Qué sentido tiene buscar escapatoria al último de los sarcasmos y fingir que no pasa nada? Vivimos con la asumida desesperación de no poder desterrar las violáceas ausencias encapotadas en los nubarrones de la vida. Nos resistimos a recibir más daño que el inevitable. Nos resistimos a reconocer nuestra fragilidad con la absurda pretensión de creer que por eso somos más fuertes. Quiero seguir creyendo que no hay nada imposible, excepto la muerte. Tú, amiga mía, no te mueras, o no te volveré a hablar en la vida.

Hoy no busco la originalidad, ni me importa caer en lugares comunes…pero es que la pena en sí (y sobre todo causada por la impotencia) es un gigantesco lugar común. No se puede reescribir la historia de los sentimientos, porque al final (y después de todo) no somos tan distintos. A veces sólo aspiramos a ser sinceros, al intento infructuoso de adivinar un porqué en una pregunta que nunca debería ser formulada. Aspirar a la pulcritud literaria cuando se intenta vomitar emociones es un contrasentido.

CAMINA

"Tu risa, tu silencio
serán míos todavía y siempre.
La vida dura algunos instantes
sin embargo, son bastantes
cuando cada instante es siempre"

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Me asomo a la ventana y miro la Catedral. Me siento alegre y triste, puede que sólo triste, porque la belleza es eso: tristeza vestida de alegría. Ahora me viene a la cabeza aquella frase que decía Al Pacino en Atrapado por su pasado, la película de Brian De Palma: “Con la edad uno no cambia, sólo pierde fuerzas”. Comprendo que no estoy deleitándome con la belleza de ese milagro arquitectónico, no estoy ensimismada con la mera contemplación, estoy pensando en el tiempo, ese egoísta que nunca pensó en mí. La Catedral guarda el secreto del tiempo, pero hoy no quiere susurrármelo. Tal vez no lo hará jamás. El tiempo. Acabo de recordar que un día de estos tengo que ir a ver a mi madre. Hoy no. Pronto. Cuando la vea le daré las gracias por mis genes. Se lo diré en tono de broma y como tal se lo tomará, pero yo hablaré totalmente en serio. El cuerpo es una cárcel que todos llevamos a cuestas: unos se sienten bien en ella y otros no. Pero todos somos cautivos, víctimas atrapadas tras unos barrotes de piel. Gracias a mi madre mi celda es bastante cómoda. Gracias, mami.

Me he quedado sola. Otra vez. La rutina laboral de siempre: la última en irme… y la última en llegar. Siempre viví en el país de las últimas cosas. No voy a cambiar. ¿Y el tiempo? ¿Él cambiará? El silencio es un amigo peligroso y habla a gritos: todo lo magnífica, una lupa emocional. En silencio los sentimientos adquieren trascendencia, solemnidad, se creen más importantes de lo que realmente son. Menos mal que su regia apariencia se esfuma con un golpe de risa. Necesito todos los días esos breves momentos de solemnidad: yo y el silencio, solos, y que el silencio me engañe, antes de que vuelva el ruido y todo sea vulgaridad.

Acaricio el aro que cuelga del lóbulo de mi oreja. Qué bonitos pendientes. Qué bonita la Catedral. Y qué bonito el silencio, en él la lógica del sentimiento deja paso al sentimiento. Veo a al limpiador venir hacia aquí, con su rostro siempre curioso. Se rompió el sortilegio. Me ha encontrado la soledad que se oculta agazapada tras las miradas de la gente. Buenos días, dice. Hola, contesto. Suelo dar un poco más de conversación (no es impostura, soy de natural sociable), pero hoy no me apetece. Miro la catedral de nuevo justo antes de irme. Sigue silente. Entonces comprendo que hoy realmente estoy emotiva. Sé que es algo extremadamente pasajero, sé que no tengo motivos para sentirme así, sé que los ecos del silencio aún me seducen con sus mentiras. Y sé que lo único que en estos instantes me apetece es sentarme y mirar al mar y, claro, me acuerdo de esta bitácora y sonrío con la canción de los Héroes: “sirena vuelve al mar, varada por la realidad”.

Mi madre me dio una vez un consejo: hija, camina, sigue.

Sí, qué razón tienes, mami. Camina. Camina. Camina. Un paso y, si sobrevives, luego otro. Pero centra todas tus fuerzas en ese primer paso. El mundo se reduce a eso. La vida se reduce a la vida. Porque nada ni nadie puede robarte el próximo paso. Ni siquiera el tiempo.

Un paso más. Sólo un paso más. Camina.


No es una despedida, tan sólo son unas vacaciones. Muchas gracias a todos por vuestra fidelidad.

Siddhartha por un día





Dibujados en los contornos del mar tengo unos días de playa por delante… Hasta que llegue la marabunta….Hasta ¿pronto?




Sabes que siempre ocurre lo mismo. El primer día de playa, el primer paseo por la orilla del mar y te aventuras por los pasadizos de tu pensamiento en busca de ese santo grial que es la evasión. Inicias el paseo pesando que el mar y el rumor de las olas te van facilitar el acceso a la forma más trascendental de meditación: la mente en blanco. Lo anhelas, necesitas dejar de pensar y lo vas a conseguir: vas a volverte bradipsíquica, tu encefalograma se va a ralentizar y finalmente te vas a sumergir, sin reservas, en un estado de anestésica idiotez.

Los mejores deseos son aquellos que nunca se cumplen. Y me temo que este es un deseo de los buenos. Cuando has recorrido unos pocos metros de playa, te das cuenta de que estás más cerca de los astros que de mostrar una mirada indiferente y abstraída ¿Quién podría aislarse ante tal cantidad de grasa, tripas, flacideces, michelines, mollas, cartucheras, celulitis? ¿Quién podría aspirar a ser Siddhartha en ese oasis de desinhibición visual? Pese a todo te sientes frívola y optimista (más lo primero que lo segundo) y te haces un favor pensando: “bueno, después de todo, no estoy tan mal”.

Continúas el paseo y ni siquiera tratas de enmascarar una sonrisa malévola cuando observas a un ejemplar oriundo de villa-gimnasio, mostrando el resultado de muchas horas de esfuerzo, tenacidad, y constancia dedicadas al trabajo de la fibra muscular. Pertenece a esa estirpe de exhibicionistas que cuando se cruzan con una persona atractiva no la miran, sólo miran si ella lo está mirando. Súbditos del rey Espejo. Le diriges una mirada impúdica, a sabiendas que no hacerlo supondría una afrenta para su ego, pero no contiene un ápice de admiración o deseo –en contra de lo que él supone-. Nunca he pensado que el diámetro pectoral correlacione negativamente con el número de neuronas, pero me da en la nariz que el efebo que tengo delante no es Dostoievski.

Prosigues tu antes paseo ahora vía crucis. Observas esbeltos cuerpos de mujeres aunque, todo hay que decirlo, escasos y en su mayoría adolescentes. Pero indefectiblemente, vuelves a fijarte en las flacideces y más que nada en las obesidades que se cruzan por doquier y piensas: “¡Dios, espero que ese no sea mi futuro!”. Sigues caminando mientras intentas ahuyentar estas elucubraciones tan terroríficas. Ahora te percatas que en la playa el monopolio –hoy por hoy indiscutible- de la grasa se ve seriamente amenazado por una joven rival: la silicona. Inconfundible su presencia en aquéllas que toman el sol acostadas con los pechos inmóviles, como embudos de acero, sin desparramarse ni un milímetro, mostrando un busto que ha perdido la delicada textura de los flanes y ahora desafía enhiesto la ley de la gravedad.

Ha llegado ese momento en que sólo aciertas a ver cuerpos y no seres humanos y las diferentes formas de terrorismo estético que los segundos practican con los primeros. A lo lejos se ve venir a una mujer de unos 150 Kg. de peso, sus pechos parecen dos boyas colosales y ha tenido la feliz idea de realzarlos con un biquini fucsia con un estampado que imita la piel del Leopardo. Me encanta la gente que no muestra complejos (aunque eso no quiere decir que no los tenga). Ella no aparenta tenerlos y se exhibe como auténtica apología de la impudicia, preguntándonos a todos a través de su apariencia: ¿Y qué…? Ella es ella y su circunstancia (un biquini fucsia). Y yo la admiro por ello.

La micro-odisea playera ha finalizado. Te despides del mar quien creías musa de tus divagaciones y resulta que no lo has mirado ningún instante. Te das cuenta que, pese a todo, tu periplo por la evasión y el nirvana no ha resultado en vano, pues en ti acaba de germinar una certeza devastadora, inexcusable:

¡Esta noche cenaré fruta!

CERDOS CON DIENTES DE ORO

Ocurrió hace más de un año. Me sentía sola, desubicada, pese a estar rodeada de una docena de personas en aquélla bien dispuesta mesa del restaurante. A mi izquierda se sentaba el flamante diseñador que había venido a entregar el premio -al que llamaré Stanislav por ser lo que aquí narro una historia real- y a mi derecha, procedente de Milán, una mujer -¿o un valleinclaniano esperpento?-. Ella -a la que llamaré Sophíe-, pese a ejercer de periodista, con su aspecto había eclipsado por anticipado el evento de la moda, sonoramente mediático, que acontecería unas horas más tarde.

Presenté a Sophíe y a Stanislav en inglés pero ellos prefirieron continuar la conversación en francés, un idioma más acorde con sus respectivas personalidades y, sobre todo, con la pose que gastaban. Hablaban pausadamente, en un tono muy bajo, susurrando palabras, extasiados por la catarsis de escucharse, alejados (¡menos mal!) de la mediocridad que caracteriza al vulgar parloteo.

Cuál sería el aspecto de Sophíe que al diseñador -docto en estéticas imposibles- se le notaba embrujado por la originalísima y delirante imagen que la mujer proyectaba. De hecho no dejaron de hablar desde el momento en que les presenté. Hacer presentaciones formaba parte de mi “trabajo” y no me equivocaba cuando pronostiqué que se produciría el mutuo “flechazo”. Stanislav no sentía el menor pudor en mostrar su mayestática admiración y ella no podía ocultar el gozo de ser embadurnada de halagos por alguien tan cualificado. Hubo un momento en que me sorprendí ensimismada contemplando el mutuo ensimismamiento: él tan tierno y frágil, ella tan etérea y porcelánica.

Yo intentaba aparentar que les escuchaba, inmersa en cruenta batalla contra el bostezo. No me quedaba otra cosa que liberar mis pensamientos para que el tiempo pasase lo más deprisa posible, divagando en cuestiones de inequívoca trascendencia. Primero me empeciné mentalmente en encontrar un nombre adecuado para definir el look de la francesa. Por fin, tras mucho cavilar, di con la solución: era una mixtura perfecta entre Belfegor (el fantasma del Louvre) y Cocó Chanel. Estaba envuelta en velos negros y, para infundir aún más misterio en su aura espectral, lucía unas gigantescas gafas negras en forma de alas de mariposa que escondían las tres cuartas partes de su rostro blanco marmóreo. Oculto en la negritud se vislumbraba la quimera del color, personificada en el rojo sangre (rabioso, iracundo) con el que se había dibujado, con la pericia de un Velázquez, unos labios. Pero lo que le convertía en más que seria candidata al Nobel de la excentricidad era su pelo. No debió resultar fácil, justo es reconocerlo, idear un peinado tan imposible; se requerían grandes dotes imaginativas para expresar la excepcionalidad y la autocomplacencia con la que esta mujer se mostraba al mundo. No ahondaré en un conato de descripción porque es uno de esos casos en los que una imagen vale más que el diccionario de la RAE.

Mis ejercicios de creatividad mental quedaron ahí. Cuando mis elucubraciones parecían dirigirse con entereza a terrenos más metafísicos (en concreto hacia el espinoso tema de “la insoportable levedad” de ser, por ejemplo, un caracol) vi entonces algo conmovedoramente inspirador: Cocó Belfegor mostró una sonrisa tan amplia que exhibió sin recato dos muelas de un oro centelleante. La alquimia de estos componentes estéticos (ropa, peinado, tez, muelas…) conformaban el elixir de la eterna no juventud; un elixir que, por cierto, huele a Chanel número cinco en descomposición. Embriagada por dichos efluvios, recordé un aforismo que reza: “eres más hortera que un cerdo con un diente de oro”. No pudiéndome resistir a la analogía: pensé que no estaba más que rodeada de cerdos con dientes de oro. Pero no había en este pensamiento ningún menosprecio al cerdo ni a los comensales, sólo que la imagen del cerdo (además de la ingenua hilaridad de imaginarlo con semejante pieza dental) se convirtió ya en un contumaz estribillo que no dejó de martillear mi cerebro el resto de la velada.

Por fin, en un acto de audaz determinación, e intentando salir del ensimismamiento porcino, me decidí a hablar y participar de aquel cuadro chagalliano, ya fuera con una delicada pincelada o con un torpe borrón (que con esta gente nunca se sabe). Contraataqué a la diva, sin ambages, con lo primero que se me ocurrió: su magnífico cutis. Empeñada en reinventarse, no advirtió el tono hueco del halago y de esta manera, comenzó un kafkiano circunloquio y luego un enconado debate con el resto de los comensales de aquella tabla redonda sobre los estragos que causan los rayos solares en la piel.

Stanislav no añadía a su aspecto enclenque ningún rasgo que hiciera destacable su presencia. Llevaba el pelo afeitado al uno para disimular lo que en su mundo era una tragedia: una lustrosa alopecia testosterónica. Los contornos faciales, angulosos y cadavéricos, encajaban perfectamente en el patrón –si es que lo hay- de lo que debe ser un diseñador de éxito. Su homosexualidad (revelada o no, obvia), era tan delicada, tan poco agresiva, tan amable, que te hacía sentirte cómoda a tu pesar.

Ellos eran las estrellas cegadoramente relucientes, la atracción de la mesa, pero no había que subestimar al resto de los comensales, en dura pugna por hacer el comentario más ingenioso.

Hay siempre entornos que a uno lo superan. Esos mundos superficiales y prescindibles como el de la moda que, en mi recusable radicalismo, nunca llegaré a entender. Había momentos en que no sabía dónde mirar -¿hubieron momentos en que supe donde mirar?-. Sólo me quedaba resistir y abandonarme al instinto de la supervivencia social, invocando a ese camaleón que todos llevamos dentro y nos permite adaptarnos al medio.

Entonces se hizo el silencio y sólo se escuchó la voz del más joven de los allí reunidos, casi un imberbe, alguien masacrado, pese al maquillaje, por las cicatrices del acné. Éste, sabiéndose en ese momento el centro de atención, quiso tener su minuto de gloria y con tono afectado, etílico y regio canturreó emulando al mejor Alfredo Kraus:

“No hacemos otra cosa que vivirrrrrr en una burbuja, pero a veces, hay que salirrrrrrrrrrr…y sobre todo; fluirrrrrrrrrr…, dejarse llevarrrrrrrrrrr...Y luego, volverrrrrrrr a nuestro mundo, … a la burbuja…”

-Dientes, muelas, trapos, burbujas, pelos, modas, cerditos … cerditos cantarines con dientes de oro… En ese momento me di cuenta de que yo, al igual que el improvisado tenor, también había bebido demasiado.

EL PEQUEÑO ATAUD

... Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?...
(Claudio Rodriguez)


No sabía dónde colocarme porque no encontraba mi lugar allí, si es que acaso lo tenía. Finalmente me situé a la salida de la ermita, detrás del coche fúnebre, para ser testigo de como introducían en él la pequeña cajita blanca que no parecía un féretro sino un embalaje de juguete. Aquél pequeño ataúd era la más contundente representación de la tristeza. El vehículo inició la marcha muy despacio, dispuesto a atravesar las que ni siquiera podrían llamarse calles, pues se trataba de una aldea abierta al cielo con pequeñas casas diseminadas y dispuestas de cualquier manera en el minúsculo núcleo urbano. No sé porqué no podía apartar la mirada del ataúd y comencé a caminar hipnotizada detrás de él. Aquella mañana no faltaba nadie: todos los de la aldea, los de alrededores y los que habíamos acudido desde diferentes puntos de la Región nos reunimos allí convocados más por un sentimiento de solidaridad que por cumplir con el compromiso social de hacer acto de presencia. Yo seguía la lenta marcha de la procesión fúnebre tras el coche, cabizbaja, en medio de un sordo y a la vez estridente silencio sólo interrumpido por gemidos y sollozos. El cielo, imprudente, sin un atisbo de nubes, parecía querer proyectar una inoportuna alegría sobre nosotros e inundarnos con la intensidad de su azul. A veces miraba ese cielo, como siempre que acudo a un entierro -queriendo pensar que es el mejor lugar al que pueden dirigirse las almas de los que nos abandonan- pero sin poder apartar la vista de la pequeña cajita blanca. Y sin embargo no sentía nada, incapaz de pensar en su contenido me encontraba abstraída y ausente. De repente sentí que la abuela de la niña muerta sollozaba a mi lado. Esa mujer era de todos ellos la persona que yo más quería, la más fuerte… Me sobrecogí al recordar sus palabras cuando los médicos de la U.C.I le comunicaron a toda la familia que ya no se podía hacer nada por la vida del bebé. Tendrían que desconectarla. Ella, la abuela, se dirigió a la madre de la niña y moduló la voz con la mayor de las dulzuras para hacer una la más contundente de las declaraciones que he escuchado: "Hija, el Señor nos ha mandado esto y nosotros…", respiró profundamente, como queriendo recuperar el aliento ¿Y nosotros qué… Pensé?, ¿Ellos qué…? ¿Se tomarían la revancha…? Quise imaginar cuál sería el final de esa frase, de unas palabras de un valor incalculable si eran capaces de mitigar un dolor apenas tolerable. Pero me resultaba imposible prever el final de la frase porque nada cabía en ella. Puse sin disimulo mis cinco sentidos para escucharla con claridad, hasta que la oí decir: "…. Y nosotros… Nosotros, nos aguantamos". Eso era, sí, quizás la única salida; resistir la dureza del brutal golpe y resignarse con dignidad. Eso los salvaría. No olvidaré la inesperada fuerza contenida en esas tres palabras que me hizo recordar la película "Las uvas de la ira" y a esa madre de familia que conjura los horizontes de la desesperación diciéndoles a los suyos que van a salir adelante porque ellos son auténticos, son únicos; son "la gente"…. Nada hay que otorgue mas fuerza que el saberse digno, o no saberse y un buen día descubrirlo. Recordando esto no puede evitar estrechar a la abuela junto a mí sin intención de soltarla ya durante el resto del recorrido. Aquella figura menuda vestida de negro pareció sentir mi calor y toda la comprensión de que yo era capaz y noté que quería seguir caminando así, abrazada a mí.
Había perdido la noción del tiempo, sólo sé que la comitiva continuaba solemne su paso, sin saber si esto ocurría en transcurso de unos minutos o de una eternidad, quería decir algo pero odio las poses y las palabras huecas. Me pregunté qué querría ella escuchar en aquel momento. Finalmente le dije lo que sentía, aun a sabiendas de lo cursi y melodramático que podría resultar. Le susurré al oído que su pequeña nieta siempre estaría con ella. Ella, inmediatamente, con su sentido práctico de la vida y de la muerte me respondió que así sería, incluso después de que ella muriese, pues ya había dispuesto que las enterrasen juntas.
Desde el coche los vi alejarse. Ellos permanecerían en el cementerio un rato más. El cielo empezaba a nublarse a la vez que el azul radiante dejaba paso a una tonalidad más oscura e intensa en la gama de los violetas. La imagen se desenfocaba a medida que me alejaba pero a la vez se fijaba en mi memoria lo que parecía uno de esos recordatorios antiguos. Una delicada estampa con nubes descoloridas por minúsculas lágrimas, el hilo verde de un camino jalonado de chopos y un solitario cometerio rural que no es más que una nítida mancha blanca de luz en medio de la inmensidad de los ocres.
(13-12-2006)

Un día más... un año más


Nací un dieciocho de enero de hace menos de un millón de años; eso siempre es un consuelo. Recuerdo que ya desde pequeña me obsesionaba la idea del paso del tiempo, y es algo que nunca me ha abandonado por más que me convenzo de que es una preocupación absurda. La queja es una pérdida de tiempo, y el tiempo es finito; no se puede perder pensando en cosas que hacen daño o no comprendes. Debería intentar alegrarme el día y tomarlo con filosofía, incluso ser vitriólica y para ello nada mejor que dedicar un rato de lectura a Cioran con su corrosivo escepticismo (“No corremos hacia la muerte: huimos de la catástrofe del nacimiento”) o mejor los poemas en los que Yeats se recrea en los estragos del paso del tiempo en la mujer (“Cuando estés vieja, gris y soñolienta y cabeceando ante la chimenea…) Sí, eso me podría arreglar el día, jajajaja...Y ahora, vuelta a empezar, o mejor; paso página.

"Todo va, todo vuelve; eternamente rueda la rueda del ser. Todo muere, todo vuelve a florecer, eternamente corre el año del ser." (Nietzsche "Así habló Zaratustra")

Conversaciones de ascensor


Subía en el ascensor con mi vecino del cuarto, un hombre de unos 70 años, menudo, consumido por la hiperactividad y tímido hasta decir basta. Ante mi sorpresa, y supongo que intentando superar el “trance” de los incómodos minutos invasivos de nuestros mutuos espacios vitales; en un arranque de simpatía sin precedentes –y totalmente impropia en él- me preguntó si estaba cansada, y antes de que yo pudiera responderle, él mismo contestó: “Sí que lo estás…, ¡y eso que haces deporte!" Lo dijo con tanta seguridad que cuando me preguntó a continuación: “¿Haces deporte, verdad?”, yo –nada deportista- me apresuré a responderle convencidísima de ello: “Sí, sí, hago muchísimo deporte. Todos los días". La surrealista charla finalizó cuando él añadió: “¡Ya se nota, ya!... Adiós”. “Hasta pronto”, dije yo. Nada más bajarse del ascensor y cerrarse la puerta me dio un ataque de risa.
Comprobado una vez más: en el ascensor es mejor estar en silencio sin levantar la mirada del suelo o, como mucho, hablar del tiempo pues en caso contrario quedaremos a merced de: ¡las absurdas conversaciones de ascensor! (Y ésta fue tan absurda que desde entonces he vuelto al gimnasio)

La ciudad doliente

Me estoy refiriendo a las Ciudad de los Muertos. Está en Egipto. Se trata de una ciudad dentro de otra ciudad. La llaman “de los muertos” porque es, simple y llanamente, un cementerio, una inmensa necrópolis situada en el centro de El Cairo. No hay un censo de población y los más optimistas hablan de 12.000 personas, pero todo el mundo sabe que allí, entre muertos y sepulturas, malviven más de un millón de almas. Lo hacen en un laberinto de casas construidas sobre tumbas y lápidas e incluso –los más paupérrimos- dentro de los propios panteones (bien realquilados o bien gratuitamente) en la compañía de los muertos de las familias más pudientes.
La Historia de la civilización egipcia hace en este lugar un guiño sarcástico, como si no quisiera olvidar su proximidad con el más allá y con todo lo que esta cultura tuvo de implicación en el culto a la muerte
Desde la fortaleza de Saladino, junto a la Mezquita de Alabastro, se divisa a vista de pájaro todo El Cairo. Sólo se perciben tonos grises, azulados, marrones, arenas y ocres. El negro y el blanco apenas existen, porque no son colores. Y los que sí lo son, a excepción de los ya mencionados, parece que nunca se han dibujado en ese inmenso decorado, tamizado por una especie de neblina que como una tormenta de arena envuelve la silueta de la ciudad antigua. La impresión de pobreza es inmediata, como si se tratase de una ciudad en ruinas. Sabes que allí abajo fluye la vida de una forma desbordante y casi intolerable, y que los sentidos apenas pueden soportar tantos olores a especias, comidas, perfumes, sudor, tabacos, y tantos ruidos, voces, gritos, motores, y el trasiego constante de una multitud que es multitud en sentido estricto y que, en ningún otro sitio como allí, te sobrecoge.
Los orígenes más remotos de la ciudad de los Muertos hay que buscarlos en el siglo XII, en los enterramientos de los nobles mamelucos; pero su espectacular crecimiento se debe al asentamiento de miles de refugiados durante la “Guerra de los Seis Días”, a mediados de los años sesenta. Impresiona saber que esta ciudad, lejos de extinguirse, crece imparable.
Que Amenawi, el guía egipcio, nos propusiera visitar la Ciudad de los Muertos como atracción turística, me pareció algo tan miserable y morboso como difícil de rechazar. Su oferta era hacer una visita nocturna y fuera del circuito. Astuto, y con obvios fines crematísticos, sabía que el efecto tétrico en aquella ruta crecería exponencialmente a partir de las doce de la noche, en medio de la oscuridad y ya sin bullicio. Intentó convencernos de que no a todo el mundo le ofrecía la oportunidad de adentrarse en el mismo corazón de la Ciudad de los Muertos, un lugar, por otro lado, poco recomendable y nada seguro.
Yo me senté junto a él en el asiento delantero del pequeño autobús para grabar todo aquello pero pronto dejé de hacerlo, apenas se veía. Transitábamos muy despacio. A veces, en algunos tramos, incluso con los faros apagados, no sé si más debido al respeto por el lugar sagrado y a sus moradores –según Amenawi- o a una pequeña puesta en escena para hacer más efectista la visita. No obstante, el lugar no era de atrezo, la gente era real y los cientos de miles de muertos también estaban allí, así como nosotros; los nunca mejor llamados “guiris”, invadiendo su intimidad con premeditación y nocturnidad.
Si Dante hubiera conocido un lugar así tal vez lo habría incorporado a cualquiera de los círculos infernales de su Divina Comedia, sin que desmereciera en ninguno de ellos. Es curioso el paralelismo existente entre la estructura del infierno dantesco, con la escatología musulmana (en su fe, no se entra en el paraíso sin antes recorrer el infierno) e incluso con el hecho de que la Ciudad de los Muertos sea un cementerio musulmán y que los cuatro últimos círculos dantescos que forman el “Infierno Inferior” sea una ciudad con mezquitas rojas y murallas de hierro.
Como fin de fiesta, Amenawi aparcó el autobús en un pequeño descampado para que visitásemos una de aquellas vivienda-panteón con familia incluida. Yo no quería hacerlo, pero todos bajaron y me dio pavor quedarme allí, sola en medio de toda aquella oscuridad. A pesar de la hora había niños jugando en las puertas de los panteones y mujeres de diferentes edades que parecían atareadas. Nos sonreían y hablaban con Amenawi, que se veía era muy popular allí, una especie de benefactor. El grupo se dispersó y yo me vi repentinamente en la intimidad de uno de esos panteones. Se trataba de una habitación con techos muy altos y escaso mobiliario, apenas unos muebles de cocina al fondo y una mesa en el centro que ocupaba casi todo el espacio. A un lado, en un camastro, dormitaba en posición fetal un anciano al que la luz mortecina y amarillenta que iluminaba la estancia le hacía parecer moribundo. Al otro lado, tras una cortina, se adivinaba una sala fúnebre reconvertida en dormitorio donde pensé por un momento que vivían los muertos y morían los vivos, al igual que ocurría cuando enterraban a los faraones con su séquito. Todo, absolutamente todo, era sombrío, macabro, triste, lúgubre y tétrico, incluido un enorme televisor en color, cuya presencia supongo que se debía a las comisiones que Amenawi les proporcionaba a aquellas familias por mostrar su descarnada intimidad.
Respiré una vez fuera del panteón porque dentro había contenido la respiración todo lo que me había sido posible. Detrás de mí salió una mujer y se me acercó sonriéndome de forma amistosa. Yo no entendía como podía sonreír, sin el menor atisbo de resentimiento… Le entregué todo el dinero que llevaba (un fondo que pertenecía al grupo) sin poder mirarla a los ojos. Aunque para ella aquello representaba una pequeña fortuna, no me paré a pensar qué destino le daría y si lo compartiría con las otras mujeres o si lo guardaría para ella. Había algo más importante que no me dejaba pensar, ni me dejaba reaccionar. Me notaba ida, porque lo único que sentía en ese momento es como si toda la vergüenza del mundo hubiera caído sobre mis hombros. Sentí sí, vergüenza en cantidades colosales, y lo que es peor, me sentía culpable de estar allí, en la intimidad de la paupérrima ciudad y ser testigo de tanta humillación.
Lo llaman hipocresía… Dicen que mientras el hombre tiene capacidad de elegir tiene oportunidad de cambiar las cosas. ¿Tienen ellos esa oportunidad? Y si la tienen, ¿los límites de esa capacidad traspasan las fronteras de la ciudad de los muertos? Y los turistas que van por allí, ¿por qué contemplamos todo aquello como si fuese un espectáculo?
En La Divina Comedia, en la antesala del infierno dantesco hay un dintel y en él una inscripción que dice: “Por mí se va a la ciudad doliente, por mí se va al eterno dolor, por mí se va tras la perdida gente”.
(14-4-2007)

Último día de un año

Ultimo día del año. Ha amanecido un día rarísimo. Me miro en el espejo y no me reconozco. Le echo la culpa al día, pero no es él, soy yo la extraña. Los recuerdos más lejanos y sobre todo los inmediatos bailan una extraña danza a mi alrededor. Como un flash, me viene a la memoria una frase del Rey del Metro; "Los arrepentimientos son fantasmas que se vuelven contra uno”. Al sonreír vuelvo a identificar mi imagen ante el espejo; los fantasmas no existen... y me digo: Sí, esa debo de ser yo o al menos es alguien que se parece mucho a mí.

Por coherencia con este blog la última frase del año escrita aquí es de el Rey del Metro, (aunque me habría gustado haberla dicho yo):

“Lo que más se recuerda es lo que olvidas”

Querida amiga:

¿Cuánto pesas ahora? ¿Serán unos treinta y cinco kilos? No, deben de ser algunos menos, pero todos de infelicidad. No queda en ti un solo gramo de alegría desde que tu madre te abandonó hace unos meses; eso sí, muy a su pesar. Aún estando tan enferma ella se sabía tu única conexión con el mundo real, y no quería marcharse, no, y dejarte más desvalida y tan herida de muerte como ya estabas.
Toda la tarde viéndote llorar…, toda la tarde escuchando una sucesión de desgracias…, toda la tarde encadenando tristezas… Te afecta mucho que estemos en Navidad, y es normal… Esta Navidad te duele y yo no sé que hacer…
Contigo todo es tremendo, duro e intenso. Sólo nos vemos unas pocas veces al año y cuando me llamas es porque no puedes más y sabes me vas a partir el corazón a trocitos. De camino a verte siento como si mis pasos quisieran desandar lo andado y, aunque avanzo, noto que mis piernas caminan hacia atrás; pero allí estoy, fiel a nuestra cita, como si se tratase de un deber moral y para constatar que cuando creía que ya nada te podía ir peor…, me equivocaba y sí… Todo podía irte peor… ¡Es Navidad!
Nunca evitamos recordar nuestros “despreocupados” tiempos en la Universidad y la mala suerte que tuvimos por tener unos profesores tan mediocres. Uno de ellos incluso te tiró los tejos, ¿lo recuerdas? Eras un ser fascinante, pura fuerza contenida. Si a mí la profesora de historia del Arte me aprobaba por carismática, según Luís –nuestro común amigo, el zalamero de la radio-, a ti el de Historia de América por explosiva. ¡Qué tiempos!
Elegimos caminos opuestos: yo el equilibrio, la seguridad. Tú la aventura y la intensidad. Te decantaste por la intensidad y te fue bien…, hasta que todo empezó a ir mal y por culpa de esa intensidad pasó del mal al peor… y la montaña rusa todavía no para de bajar por un precipicio sin fin…
Hoy te he hablado por primera vez de este blog y nada más he podido decirte... Sólo cabía escucharte, verte llorar, y disimulando llorar contigo… ¿De qué sirve que te diga que la vida es una mierda? Ni siquiera te puedo traspasar un gramo de felicidad, ni de optimismo…, es absurdo… Las ausencias, los fracasos, las desilusiones… Sólo puedo decir que soy tu amiga y que te escucharé siempre, y que te querré siempre, a mi manera, pero eso y nada es lo mismo. Mi sentido común, al que no quiero escuchar, ése que tú tanto elogias, me dice que no puedo sacarte del pozo en el que estás, que nadie puede hacerlo… Tal vez es el precio. Un precio desproporcionado e injusto, y peor aún, ¿el precio de qué? Si no tienes deudas… Si eres buena gente, Maribel, mi amiga querida.
Maribel, Dios…, ¡qué putada!

"Imágenes que enmarqué en mi memoria"

Puente Carlos (Praga). Un lugar que no me cansaría de mirar durante horas. Lo mismo que me ocurre con cosas tan dispares como la fachada de la Catedral de Florencia, el David de Miguel Ángel, la sala de oración de la Mezquita de Córdoba, el busto de Nefertiti, el cuadro del Entierro del Conde Orgaz y el atardecer sobre Sierra Nevada desde la Alhambra.
Si bien he tenido la suerte de admirar muchas cosas en diferentes lugares, las fotos que enmarqué en mi memoria son las que he citado, con la particularidad de que me supieron a poco y que volvería otra vez para pasar horas y más horas, días y noches, contemplándolas en silencio…Y nunca me cansaría. De eso sí que estoy segura.

Buena gente

Ocurrió una tarde de noviembre en un supermercado en el que me encontraba tratando de hacer una compra rápida, aprovechando que era una de esas horas intempestivas en las que no suele haber gente. Al volver un pasillo, y entrando ya en la amplia zona de la frutería, vi que un guarda jurado del supermercado y una cajera trataban de calmar a una niña que lloraba desconsoladamente. No soy una entrometida, pero sin pensarlo dos veces me acerqué a ellos y les pedí que me contaran lo que le ocurría a la niña. Lo que más me llamó la atención fue la tormenta de lágrimas que salía de sus ojos, una especie de lluvia torrencial que parecía no tener fin. Los desconcertados empleados, lejos de calmarla sólo conseguían que se alterase más y más. En ese momento un chino que llevaba un carro lleno de rollos de papel higiénico se unió al grupo.
El motivo del disgusto de la pequeña era que había perdido el billete de cincuenta euros que le había dado su madre para hacer la compra. Su llanto inconsolable parecía no tener fin. Dispuesta a que dejara de llorar, le sujeté la cara con mis manos y le dije mirándola fijamente a los ojos:
-No te preocupes niña, seguro que ese dinero va a aparecer.
Inmediatamente terció el guarda de seguridad:
-Eso es lo único que seguro no va a ocurrir.
-Él tiene razón, ya hemos buscado por todos los lados –dijo la cajera.
-¿Has buscado bien en todos los bolsillos de tu pantalón?, ¿estás segura de que llevabas el dinero cuando saliste de tu casa? -pregunté yo.
La niña hizo un gesto afirmativo con la cabeza. La intervención del chino tampoco fue muy afortunada cuando dijo:
-Nadie se va a enfadar porque hayas perdido el dinero.
La cajera arqueando las cejas en señal de contrariedad y sin importarle que la niña estuviera delante, dijo:
-Yo conozco a la madre, que viene a comprar aquí, y se ve que es gente muy humilde.
La niña palideció súbitamente y ante la indiscreción de la cajera pudo soltar finalmente todos los temores que guardaba dentro:
-No puedo volver a mi casa, mi madre me pegará.
A todas luces el aspecto y las ropas de la niña hacían presagiar que la pérdida de ese dinero provocaría un pequeño cataclismo familiar. Por fin el chino dijo:
-Niña, toma veinte euros.
Inmediatamente saqué de mi monedero la misma cantidad y le dije:
-Sí, seguro que tu madre no se va a enfadar.
Una anciana que se había sumado al grupo aportó el resto del dinero, poniendo como condición que la niña (que según dijo se parecía a una de sus nietas) dejara por fin de llorar.
Ante la sorpresa de todos, la niña se negó en redondo a coger el dinero y repetía:
-No, gracias, no puedo aceptarlo (qué lecciones de dignidad nos dan los niños a veces).
Entonces todos miramos expectantes al guarda de seguridad. Por la "autoridad" que representaba allí debía ser quien resolviera el problema. Él comprendió y con un fingido tono autoritario ordenó a la niña que aceptara el dinero y que comprara lo que su madre le había encargado, y que no dijese nada de lo que allí había ocurrido. Ella, obediente, tomó el dinero y, por primera vez, sonrió. El guarda, a su vez con un simpático gesto, le guiñó un ojo a la niña. El chino y yo nos miramos y sonreímos también, y yo, imitando al guarda y de forma espontánea, le guiñé un ojo al chino, que a su vez me respondió bajando la cabeza con gesto ceremonioso.
Esa tarde, al salir de allí, no dejé de pensar en el chino… ¿para qué querría tantos rollos de papel higiénico?..¡Qué buena gente ese chino!...Y así, entre pensamiento y pensamiento, me dije que era una lástima que aquello no hubiese ocurrido justo un mes después, en Navidad, porque todo habría sido mucho más bonito y menos prosaico.

El TÍO PACO, EL ÚLTIMO ESTOICO


“Cuántas cosas hay que no necesito” (Sócrates)

Los estoicos desaparecieron hace más de 2000 años, pero el mismísimo Diógenes se ha reencarnado en el Tío Paco.
Supe de su existencia por una amiga. De hecho, al que llamamos cariñosamente “el tío Paco”, es su tío y no el mío, aunque yo también tenga un tío Paco de los que hay que echar de comer aparte. (Parece que eso de ser el tío Paco, en algunas familias imprime un carácter singular). No conozco personalmente al tío Paco, sólo sé que existe, porque dan fe de ello sus dos hermanas y unos pocos sobrinos, entre los que se encuentra mi amiga. Para el resto de la humanidad, el tío Paco no existe.
Perteneciente a una familia acomodada, vive como un indigente, devorando libros y comiendo hervidos. Tan sólo sale de su casa para ir a conciertos, exposiciones y conferencias. No tiene otras nociones de la realidad que no sean las culturales, pues nada más le interesa. Su voluntario aislamiento social es total y absoluto.
Domina cinco idiomas, entre ellos el alemán. Los aprendió sin salir de su casa, por su afición por las filologías y gramáticas extranjeras, una vez que la de la propia lengua se le había quedado corta. También domina algunas lenguas muertas, aunque éstas las estudió con la finalidad de leer a los clásicos en estado puro, sin las molestas interferencias de los traductores.
Erudito es poco. Ultra, Hiper o Mega erudito, en todo caso. El tío Paco acabó tres carreras universitarias y vive en el más absoluto aislamiento cavernario. No le preguntes qué es un cajero automático, desconoce la televisión, la radio, los ordenadores…y hasta el teléfono. Su hermana, que vive en su misma ciudad, o va a verle personalmente o se tiene que comunicar con él por carta.
Desaliñado, descuidado incluso en su higiene y su salud personal, sólo vive para leer. Se mantiene con una exigua renta y desprecia olímpicamente el dinero, o simplemente no le interesa. Hace poco se vendió una finca producto de una herencia familiar. Es tal su desapego a lo material que quiso renunciar a su parte del dinero con tal de no tener que ir a la Notaría. En la venta le correspondían 200.000 euros ya libres de impuestos, que rechazó con obstinación. Tras múltiples ruegos y presiones de sus hermanas aceptó que le entregaran 12.000 euros, pero puso como condición que fuera en billetes de 50 y 20 euros. Todo hacía pensar que de alguna manera el tío Paco, por fin, se había dejado seducir por el vil metal, aunque en una mínima media y con el loable motivo de que sus hermanas lo dejaran en paz.
Durante mucho tiempo, no he tenido noticias del tío Paco. Dejé de interesarme por él. Hasta hoy mismo. Esta tarde he recibido una llamada de teléfono desde Madrid. Era mi amiga, que conocedora de mi decepcionada admiración por el tío Paco quería contarme como se había superado así mismo, y me dijo:
-Acabo de estar en casa del tío Paco. Mi madre me había encargado que le llevase ropa presentable, porque tiene que venir a una boda y no nos fiamos que se vaya a presentar con un traje raído sacado de un arcón y unos zapatos llenos de agujeros. ¿Y a que no sabes qué ha ocurrido? Mientras se probaba la ropa, he abierto uno de sus libros (los hay a miles por toda la casa) y ha caído de él un billete de 50 euros. Luego he abierto otro y ha salido un billete de 20 euros, luego ha pasado igual, y así he ido abriendo libro tras libro y de cada uno de ellos salía uno o varios billetes.
En eso que ha vuelto y se ha puesto hecho un energúmeno porque decía que le había quitado los señaladores de las páginas…¡Ahora ya sabemos para qué quería el tío Paco el dinero!... Te cuento esto porque sé que te gustará saberlo.
-Tienes razón, me ha gustado saberlo. Me ha encantado saberlo.

¡Bendito seas, adorable tío Paco!... Diógenes existió y existe.

¿Un sueño freudiano?

(Imposible olvidarte, canalla)
Soñé que estaba durmiendo placidamente, boca abajo, sobre un alto y fresco césped. El lugar era extremadamente agradable e invitaba al sueño.
Con los brazos extendidos había formado una especie de círculo, que cerraba juntando mis manos con fuerza. En el sueño me veía allí tendida desde una cierta distancia en altura, como si se tratase de un viaje astral. En un momento dado observé que un perrito muy pequeño y gracioso, de color canela, se me acercaba y, saltando por encima de la barrera que formaban mis brazos, se acurrucaba junto a mi mejilla, en la que yo notaba su carita peluda y sedosa.
El perrito estaba feliz y me hacía todo tipo de carantoñas, su ternura y su alegría eran contagiosas. Yo permanecía inmóvil, sin pestañear, tenía miedo de que marchara y le hacía creer que seguía dormida, hasta que el perrito se durmió dulcemente a mi lado.
Se trata de uno de los típicos sueños que recuerdas al despertar con todo detalle y que querrías que se repitiera mil veces. Pude reconocer al perrito. También imagino lo que representaba el césped. Pero me gustaría saber porqué yo acotaba un espacio con mis brazos; porqué el perrito quiso estar precisamente allí, junto a mi; y porqué una escena tan simple me hacía tan feliz. Esas preguntas me tienen intrigada… Entiendo que cualquier freudiano hablaría de la líbido y la muerte, pero yo prefiero verlo como una exaltación de la vida.
(a 13 de julio de 2007)

UN AÑO MÁS

El verano se ha echado encima y, otra vez, vuelvo a la encantadora aldea que descubrí hace años. Aquí paso siempre una semana idílica; unas auténticas vacaciones. Hoy he visto que todo permanece prácticamente igual que lo dejé. También la gente es la misma; sigue igual. Pero este año todo me resulta distinto y es que por primera vez siento nostalgia… Nostalgia de los años pasados aquí, el recuerdo de las risas con los amigos que venían a visitarnos, las noches de tertulia con las mujeres del pueblo, el cielo tapizado de estrellas, las puestas de sol, los paseos interminables, los libros que leí y la paz… Si no lo fue, se debía parecer a algo que llaman felicidad.
Cada día soy más consciente del paso del tiempo, y me abruma porque ese tiempo es también cada vez más implacable. Leve como un suspiro y repleto de instantes eternos, no tiene misericordia.
Ya cae la tarde. Se escuchan los pájaros y las campanas de las ovejas a lo lejos. El rebaño, como siempre, pasará pronto frente a mi porche. Levanto la vista y la montaña imponente comienza a mostrar su perfil cada vez menos nítido. Está cubierta por todas las tonalidades del verde. La pradera salpicada de sabinas juega también con las luces y las sombras. Los matorrales, hierbas y espigas se abrazan entre ellos para tapar el color de la tierra. Me alegra pensar por un momento que mañana volveré otra vez al campo de lavandas.
Siento como cae la tarde. La noto caer sobre este pueblo y sobre mí, y sin querer esta nostalgia me vuelve a recordar lo insignificante que es todo. Pronto se hará de noche.
(a 30 de junio de 2007)

Amores de verano

Después de darle muchas vueltas, por fin me he decidido. He tomado una decisión de “vital” importancia y nada me hará volver atrás. Nada.
Los he seleccionado muy meticulosamente, porque estas vacaciones voy a pasar con ellos muchas horas en la cama, el lugar donde más me gusta… leer, jajajajaja. Empezaré con Paul Auster (“El Palacio de la luna”, y repetiré con “Leviatán”). Después será Philip Roth (“Pastoral americana”).
Dejaré para el final la experiencia más fuerte y daré rienda suelta a la pasión: Fiodor Dostowesky (“Los hermanos Karamzov”). Todas las noches me arrodillaré y daré gracias a Dios porque este escritor hubiera nacido.

Mi amiga

Acababa de llegar la nueva. La nueva era yo. Quería hacerles ver que aquél no era mi lugar natural y que era totalmente ajena a ellos, a esa numerosa prole de funcionarios que pululaba por allí.
Convencida de que estaría de paso, en tránsito a otro lugar mejor (exento de contribuyentes e impuestos) marcaba las distancias y procuraba no mostrarme sumisa. En resumen, mi actitud era la de una perfecta cretina, merecedora del rechazo general o –en el mejor de los casos- la indiferencia. El caldo de cultivo para hacerme odiar también era el perfecto; un lugar de trabajo en el que ya de por sí el aire estaba viciado y todo olía a polillas.
Pero no se trataba de prepotencia, tan solo estaba desorientada y muy perdida. Sólo ella lo supo ver. Me observaba con descaro y curiosidad, como a uno de esos extraños bichos que te llegan a inspirar cierta simpatía, precisamente por su rareza. Por esas paradojas de la vida, le había caído bien y me consta que les pedía a los demás que tuvieran paciencia conmigo. Yo, sin embargo, apenas reparé en ella. Algo increíble por otra parte, porque además de ser mi jefa directa tenía delante a un ser humano extraordinario e irrepetible. Su nombre era conocido en todas las dependencias -pues había hecho un largo periplo desde que muy joven entrase a trabajar- y el hecho de pronunciarlo ya era una especie de salvoconducto, tal era el respeto y la admiración que todo el mundo le profesaba. Su autoridad moral y sus dotes de liderazgo, muy a su pesar, eran incontestables. Organizó una movilización general de tal magnitud que los “politiquillos de turno” –siempre son “politiquillos”- empezaron a considerarla un peligro potencial, a la vez que se convertía en el objeto de deseo de todos los sindicatos. Se decía de ella que no era una mujer sino un tanque. Su peligro era ser quijotesca y moverse por fines nobles y altruistas. Por eso nunca pidió nada para ella, y cuando se lo ofrecieron por méritos propios tuvo el valor de rechazarlo, por puro placer.
Me enseñó todo lo que sé. En particular a tratar a la gente, a organizarme y ser productiva, a callarme a tiempo, a responder también a tiempo y a remontar las situaciones adversas. Siempre me repetía, y era verdad, que para dar la réplica nunca hay que precipitarse, tan solo esperar el momento adecuado, que siempre llega. Con el tiempo, y gracias a ella, fui aceptada y valorada, y aun hoy conservo amigos que fueron los compañeros de los primeros tiempos.
Por si todo eso no fuera suficiente, me empujó y me ayudó a sobresalir y a destacar, incluso a su costa. Y no sintió el menor pudor en reconocer que la superaba en algunas facetas profesionales. Una vez me utilizaron para jugarle una mala pasada y ella no sólo me concedió el beneficio de la duda sino que sentenció: “-Mira, entre nosotras no va a haber problemas nunca. Pese a quién pese…”Y es que aprendimos a no ser víctimas. Tampoco existió rivalidad, ni competencia, sólo apoyo y comprensión. Como consecuencia de todo ello nació una amistad indestructible.
El tiempo ha pasado. Dejó de ser mi jefa, abandoné esas oficinas y busqué nuevos horizontes. Seguimos desayunando juntas muchas mañanas y me cuenta como sueña con su próxima jubilación. De todos nosotros, y fuimos muchos, es la única que sigue creciendo como ser humano, y aun ahora, que parece que por fin se ha decidido a vivir para ella, sigue siendo la persona más noble y generosa que conozco.
Gracias a si -como siempre- fue el azar, o a quién corresponda, por la oportunidad de disfrutar de la amistad gracias a algunas personas en general, y del ideal de amistad en grado superlativo gracias a ella en particular.

TOMATES ROJOS CRUDOS

Es menuda y entrada en años. Su marido la ayuda en el puesto y también es menudo y entrado en años. Se ve enseguida que son “la buena gente”, la gente sacrificada. Seguramente no han tenido muchas oportunidades en la vida ni acceso a más cultura que la de aprender a leer y escribir. Salta a la vista que son personas sencillas y agradables.
Todo empezó cuando me encabezoné en el absurdo (me motivan los absurdos) de recuperar uno de aquellos sabores perdidos de mi infancia; el del tomate, el de aquellos tomates que olían al morderlos y tenían un sabor intenso. Así que una mañana de sábado me personé en una plaza de abastos dispuesta a encontrar esos tomates que, por otro lado, sabía que sólo existían en mi imaginación. Hice una minuciosa inspección de cada uno de los puestos para decidirme finalmente por el de la mujer menuda. Le pregunté ingenuamente si tenía tomates que no fueran de invernadero, que fueran de la huerta o de algún pequeño huerto, porque estaba buscando unos tomates como los que comía cuando era niña. Yo misma me sorprendí por lo extravagante de mi pregunta y ella se echó a reír:
-Eso que usted me pide no existe, pero no se preocupe –añadió- ; se va a llevar unos tomates que sólo me traen a mí, son de La Ribera de Molina, cuando los pruebe ya verá como vuelve a por más. Es lo más parecido a lo que usted busca, pero no se equivoque, nunca serán los mismos.

Y así fue… Cuando ella se percató de que volvía cada sabado a comprarle los tomates, me premió otorgándome la categoría de “clienta”, lo que implicaba que me reservase los mejores tomates, de modo que cuando yo llegaba, ella ya los había seleccionado y apartado en una bolsa de color verde. Como no me importaba el precio y también le compraba habas, piñas, fresas, uvas o las frutas del tiempo más apetitosas, sin interesarme por el precio, mi condición pasó a ser de clienta VIP.
Con el tiempo pasamos a mantener breves charlas; se había establecido una corriente de mutua simpatía. Además, esa mujer, tenía los modales de una reina y un delantal inexplicablemente blanco e impoluto. Nunca supimos nuestros nombres, ella no era la verdulera ni yo era la fulana ni la mengana.
Sin embargo no me mantuve simpre fiel a la cita de los sábados, algunos por trabajo, otros por estar de viaje, y otros por cansancio... Un día encontré su puesto completamente vacío. No pregunté, pensé que se trataría de algún contratiempo pasajero. Pero al sábado siguiente el puesto continuó vacío y también al siguiente y al otro... Era evidente que algo grave había ocurrido y finalmente claudiqué en mi obstinación de no preguntar, e interrogué a la mujer rubia platino del puesto de enfrente, que me explicó lacónica que mi vendedora nunca volvería; ¿la causa?; su marido había muerto fulminado por un infarto la mañana de Navidad.
-Por favor, si tienes ocasión y la vuelves a ver, dile que lo siento… (más de lo que se imagina, pensé).
Ahora, voy algún que otro sábado por el mercado, sin la frecuencia de antes, pero siempre al puesto de la mujer rubia platino. Ella me deja escoger los tomates de una caja que tiene reservada y pagada por un restaurante.
Cada vez que me presento allí le insisto machacona en nuestro pequeño delito: “Vengo a llevarme unos tomates de esos que tienes apartados y vendidos" ¿Por qué me hará tanta ilusión saber que no son para mí? A esta vendedora la llamo de tú. La mujer rubia platino sonríe pícara, y haciendo como que no me ha oído me deja hacer. Le resulta rentable hacer la vista gorda para que yo cometa esa pequeña maldad… ¿Y a mí, qué gano en ello? ¿Llevarme unos tomates cuando podría encontrar otros mucho mejores y menos caros…? ¿Por qué?
No pude encontra el sabor que buscaba, pero me di de bruces y paladeé la memoria de un sabor mucho más intenso y más poderoso… el placer de cometer una travesura infantil, una “gamberrada” que diría mi padre.
Ahora, sólo tengo que cerrar los ojos y dejar que mi boca se manche al morder con fruición la superfice lisa y roja de la nostálgica niñez, el paraíso perdido con sabor a infancia que me proporcionan los tomates rojos crudos.

Feliz

Todas estas cosas, y algunas más, sin orden ni concierto, me hacen “feliz”:
- Haber leído los poemas de amor más hermosos.
-Tener en la mesilla de noche un libro a medio leer, sabiendo que me espera pacientemente, sin reproches, y que nunca se va a mover de allí. Pero no cualquier libro, tiene que ser "Crimen y Castigo", señalado en la página 250. Cada vez que lo cojo, comienza una lectura singular y mágica porque nunca avanza. Por más que lo intento siempre me doy por vencida y retrocedo a la escena en que Rasumikhine ebrio y enardecido acompaña a la madre y a la hermana de Raskolnikof a una pensión. Magistral expresión del ridículo, la bondad y la ternura, todo junto.
-Descubrir el genio del "Rey del Metro" y saber que soy la única amiga que él desea tener.
-Que ellas dijeran en medio de esas montañas, y que se escuchase con la irrealidad propia de un eco al que no se sabe si dar crédito: "Vuelve, te esperaremos siempre, porque nos traes paz, nos transmites paz". Todo el mundo debería oír esas palabras al menos una vez en su vida.
-Encontrar frases redondas, plenas de matices y significados.
-Acertar en mis pronósticos y predicciones, pero no por azar, sino porque supe abrir los ojos y ver más alla; captar detalles y atar cabos; intuir e interpretar lo que empezaba a ser evidente justo antes de que lo fuera.
-Hablar de lo que sea con mi hermana pequeña, con ese humor tan nuestro, tan absurdo y tan particular. O lo que es lo mismo, hablar en un lenguaje que ella y yo hemos creado y que consiste en no decir más de cinco palabras seguidas sin reír, aunque estemos hablando de las cosas más terribles.
-Imaginar que la novela “La insoportable levedad del ser” la escribí yo.
-Recordar que hace años conseguí lo que creía imposible: Dejarlo, abandonarlo y definitivamente olvidarlo (me refiero al tabaco).
-Cualquier película intensa sobre la condición humana como “Un corazón en Otoño”, y cualquier película ligera sobre la condición humana como “El hombre tranquilo”.
-El don de reír y la facilidad para sonreír.
-Recibir una carta delicada y perfecta
-La dulzura de mi madre