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LA MUERTE SÚBITA

Comencé a estudiar Medicina. Exactamente dos meses. Hasta el día en que bajamos a prácticas de Anatomía Humana y me plantificaron una pierna que parecería de guardarropía si no hiciese elogiables esfuerzos por semejar la cualidad exigible al cartón-piedra. Olía a formol y el escenario se componía de vitrinas con frascos rellenos de fetos y vísceras, a cual más asquerosa.
Rodeando la mesa de disección, veinte novatos y un ayudante. Intentaba -lo juro-, por cualquier medio, no mirar la extremidad que alguna vez habría formado parte de la vida, digo yo, de no haber sido producida por generación espontánea, todo lo cual era esperable.
Tan espeluznante sugería ser la cosa, que en busca de auxilio mis ojos huyeron al rincón más alejado y desfalleciente de la sala, para fijarse sin remisión ni posible marcha atrás en la bañera que presidía la escena como un altar macabro donde se oficiaran misas negras.
Hacia allá se acercó un bedel premunido de un gancho o pértiga y, horrorizado, le vi agarrar un brazo del que jaló con fuerza impropia de sus muchas canas para sacar el torso de una mujer de unos sesenta años.
Era, o había sido -no sabría conceptuarlo-, perceptiblemente gorda; con grandes tetas y la piel más blanca y fina que había visto jamás, casi nacarada.
Pero lo que acabó conmigo fue ver al ayudante acercarse a la mesa de disección, de donde habían retirado la pierna o lo que fuera, para colocar el cadáver de aquella señora y, tras hacerle un corte en el cuero cabelludo, tirar de él hasta dejar el cráneo al aire, con la maniobra de rebanadura en monda de naranja que me hizo echar los bofes y que de niño había visto hacer a mis criadas para despellejar conejos.
A continuación, como si no quisiera privarme de nada, cogió el bárbaro aquel una sierra y le levantó la tapa de los sesos. Para remate de mis jugos gástricos extrajo el cerebro, y ahí acabó mi corta carrera científica…
Al llegar a casa no pude comer. Evidentemente. Por la noche hablé con mi padre y le conté lo sucedido.
Lo entendió el hombre -que en el fondo era razonable-, y entre ambos concluimos que lo mejor era que me matriculase en Derecho, que parecía bastante más aséptico.
Al principio me fue bien; nadie se preocupaba de que diera golpe.
Un día, con la clase de Civil empezada, me senté junto a la pizarra, cerca de una chica.
Al acabar la clase la seguí. La chica marchó hacia la cafetería, donde se juntó con un grupo de compañeros. Ellos con barba y camisas por fuera; ellas de largos vestidos que contorneaban sus caderas; adornadas con pendientes estrafalarios. Lo sugerido: un grupo de clónicos empeñados en salvar su distancia del mundo "pijo", otra de las castas que pululaban por las aulas y que tan ferozmente se disputan el territorio urbano.
Me quedé a pocos metros del grupo - sin quitarles la vista de encima -, y cuando me fui a dar cuenta estábamos solos y me miraban.
Uno de ellos, que parecía el padre de los demás (y él más zarrapastroso), se me acercó y me susurró algo al oído:
Aquello quería decir: “¿Vienes por lo de Perico?”
Yo no conocía a ningún Perico, pero reconocerlo me privaría de conocer a la chica.
-Sí -dije poniendo cara de conocer a Perico.
Uno a uno se fueron presentando. La última, ella. Tenía unos ojos por donde se colaba la velocidad de la vida hasta producir vértigo en los bajos.
Si he de describirla diré que era más alta de lo que me había figurado, y que se llamaba Nieves.
Hice las preguntas de rigor para enterarme de lo que ocurría y luego nos dirigimos a las pistas de atletismo, donde se celebraba una asamblea. Allí supe, por fin, que el tal Perico, objeto de tanto arrebato académico y tanto barullo, estudiaba Derecho como yo -aunque lo de estudiar, en lo que me atañe, estuviera por verse-, y militaba ¡cómo no!, en el pecé, que era lo chachi; una palabra de la época que estúpidamente conservo como un relicario.
En su haber -quiero decir en el de Perico-, estaba haber sido detenido por repartir "Mundo Obrero", lo que acreditaba a cualquiera en la escala flameada de la progresía -roja o no; perlífera o tampoco.
En aquel entonces (principios de la década de los años 70, con la “modernidad” de los 80 asomándose a la Universidad como el viento que cada año traía el invierno del Guadarrama), no solo no me interesaba la lucha antifranquista sino que jamás me interesó después, por años que pasaron y recalcitrante que es uno.
Los dedicados a salvar el mundo y demás Mesías me parecían tan perdidos en sus coordenadas que desbarrancaban galopadamente por sus respectivas abscisas -obligado estoy a precisarlo.
Me sentía, pues, (como ha de notarse), un avanzado de la época; de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte y con la conciencia tranquila de no tener tampoco la lección bien aprendida.
En realidad lo único claro era que Nieves estaba más buena por momentos. Para eso sobraban doctrinas y juicios de valor. Solo ojos y mente limpia para ver la inevitable materia prima de la que estaba hecha, como si fuese un muestrario logrado de la Primavera en “El Corte Inglés”.
Las reuniones -de las que no he de olvidarme-, se sucedían y antes de darme cuenta me vi también con barba y camisa ancha perteneciendo a una célula del pecé. ¡Qué se le iba a hacer!
Lo había logrado. Era un clónico más sin base ortodoxa alguna, y tan imbuido de las ideas de Marx como de las de Groucho, a quienes desconocía a partes iguales. Crudo es decirlo.
Mi contacto en el Partido era Nieves, y de tanto vernos acabó por hacerse una idea manejable de mí, como casera, con lo que un día me trasladé al piso que compartía con otra estudiante -de Logroño, como ella-, para ensayar lo que para mi era una nueva vida y para ella vaya uno a saber.
A Mari, la otra riojana, no le hizo gracia mi traslado. Tampoco consintió -que por algo su padre era Guardia Civil, aunque no en activo- que le lleváramos propaganda subversiva ni hiciéramos reuniones que en el lenguaje de la época se tildaban de clandestinas.
Nuestra relación comenzó por sus pasos, metódicos, que no castos. Hacíamos el amor todos los días, lo que era brutalmente satisfactorio para mi y constantemente obligaba a darme pellizcos mentales para creerlo.
Yo me seguía sintiendo -excuso decirlo- un sátiro picassiano, -y en activo; no como el padre de Mari, que vegetaba en Logroño de portero- desde que vi las poses eróticas de Pablo el Mayúsculo, que exhibía una de las galerías que comenzó a abrir brecha en el hasta entonces vedado campo artístico de la Nación… El sexo era lo único que de verdad me importaba, y lo digo con los atributos de mi mejor virtud, la sinceridad, y mi natural capacidad de empalme.
Fue eso: descubrir de pronto la música, las novelas, la salida del sol, "El Marca", las gambas al ajillo, el corazón tierno y la absoluta incapacidad para cargar con semejante bagaje. Todo en un paquete de acciones por el que no hubieses pagado un duro si no te hubiese sido dado exclusivamente por tu cara bonita, que tampoco era para tanto.
Con la excusa, pues, de que faltaba algo en el dormitorio -un colchón en el suelo, libros en alguna parte, ropa tirada donde se terciara y platos con restos de comida, que Nieves no era ni muy relimpia ni menos ordenada, aunque alardease de lo primero-, nos compramos en régimen de gananciales un espejo del que decíamos que era enorme y precioso, sin mayor fundamento.
Lo pusimos sobre el suelo de forma que desde la cama-colchón podíamos vernos trajinar, como una película porno u otra de John Wayne. Éramos bastante inocentes. Íbamos a salas de Arte y Ensayo y aplicábamos los conocimientos adquiridos a salto de mata en cuestiones de masa y horneo.
Luego nuestro celo se calmó y, más atentos a lo que pasaba en un mundo que creíamos estar fraguando con nuestra juventud y la entrega a la causa, un correo nos trajo la orden de organizar la huelga en la Universidad.
¡Carajo! Cada cual tendría su misión, y la mía consistió en pegar carteles por la Facultad.
Pasamos la noche esquivando patrullas solo vistas en nuestras mentes, que no cesaban de dar vueltas con rejilla incluso en parabrisas y ventanillas por nuestras más huidizas circunvoluciones cerebrales.
La Facultad, sin honor -pero con pintadas-, sin detenciones, sin más lacras que el engrudo en las manos y la tinta que se metía por las uñas, quedó felizmente empapelada.
Vuelto a casa, advertido de la alta tarea que me había encomendado la vida, al entrar en la alcoba encontré a Nieves retozando con Julián, un muchachillo que alardeaba de llevarse al catre a las esforzadas hijas de Lenin.
El cuerpo de la camarada, rotundo, vestal, rebasaba todos los contornos del espejo, el ganancial. Ganas me dieron, en momento de debilidad, de perdonarlos y sumarme a la fiesta. Pero un prurito de orgullo, que supuse se notaba por encima de la ceja -por descontado la izquierda-, me decía que resultaría impropio de alguien que estaba a punto de matarlos; matarlos, de haber tenido alguna vez resolución para eso y para mucho menos en la vida.
De todos modos, estaba indignado: ¿No le estaba lamiendo el pene, la muy guarra? ¡Un bastón ajeno a quien hasta entonces se beneficiaba de la exclusiva!
Se me quedaron mirando y yo sin reaccionar, como siempre. Tomando notas, eso sí, para futuros soliloquios a los que ya me iría acostumbrando. Bravatas con uno mismo de interlocutor válido a interlocutor válido en las que, de verdad, cogía -con perdón- el toro por los cuernos.
Ella apartó la estaca enhiesta -que obligado es decir, y para mayor oprobio-, seguía sin ser la mía, y le dijo al camarada Julián que se fuera, aliviado o no, lo que hizo visiblemente encorvado, molesto y sujeto a la orquitis inminente que le estaba bien empleada.
Nieves salió a la salita envuelta en un mantón de Manila que se había regalado ella misma, y que no eran bienes gananciales sino propios, por haberla aportado a la vida en común antes de nuestro amancebamiento, por más señas en “Galerías Preciados”:
-¿Cómo te ha ido?- tuvo la desfachatez de preguntar.
-No mejor que a ti -dije imbuido de toda mi dignidad, que era mucha.
-¿No tenías que pegar carteles? -su lógica seguía siendo aplastante, aún en momentos delicados como ese.
-Yo tenía que reclutar gente… -se avino a balbucear, siempre hermosa, que era lo que más rabia me daba.
-Sí, pero no a esos extremos -repliqué ya sin ninguna esperanza de seguir disfrutando de ese cuerpo hasta entonces asequible-. Unas misiones que son más gratas que otras- añadí comprendido que había llegado el momento de decir algo.
Para ilustrar mis intenciones me puse a recoger mi ropa y a estrellar la suya contra las paredes, donde caían sin comentario alguno.
Metí algunos libros (todos de ella) en la maleta y, asomando el pico de unas bragas por la cerradura entreabierta, me puse a sonreír esforzadamente como suponía que se hacía en esos casos:
-¡Ahí te quedas, pequeña. Que te aproveche el juego malabar de tus mandíbulas!
¿Estaba bien la frase? ¿Me habría excedido? ¿Arruinaría, con mi intemperancia verbal y el “¡bestia!” perfectamente audible que soltó la otra, el efecto tan trabajosamente logrado hasta entonces?
-¡Estás celoso! ¡Me encanta!- tuvo la osadía de aclarar-. Sabías desde el principio, y si no es que eres tonto, que lo nuestro era s-e-x-o -alargando el sonido en un insoportablemente coito verbal; -un juego pasajero- remachó.
¿Había visto eso en alguna película de Arte y Ensayo? ¿En una obra del TEU?
Escarbé penosamente en el poco suelo que quedaba bajo mis pies y lo solté, por fin:
-¡Me ha sentado fatal lo del espejo-, y dicho lo cual cogí un pisapapeles también ganancial e igualmente comprado en el Rastro, y lo arrojé contra la lámina que lo reflejaba todo, como una confesión, y aguardé a que se rompiera en todas las partes posibles.
Efectivamente el espejo se rompió mucho. Nieves gritó y los dos optamos, algo fatigados, por seguir derroteros más pacíficos: al fin y al cabo éramos universitarios -nos dijimos.
-¿Solo te molesta eso?- escrutó mi cara, el color arrasando sus mejillas y los hombros tan en alto de su cuerpo que me hubiera hecho alpinista para los restos-. ¿Solo me quieres decir que por el maldito espejo armas la que estás armando, cretino?
Aunque tenía su lógica, nunca me ha gustado esa palabra. Y menos dirigida a mí. Se estaba extralimitando. Debía actuar rápido, sin pensar, que era como mejor me salían las cosas:
¿Y no sabes reclutar gente por medios menos expeditivos, feladora, marrana?
-Pues a ti bien que te gustaba…
Otra vez cogido.
-¡Fetichista!- me soltó.
-¡Puta!
Nos estábamos diciendo auténticas verdades, pero eran tan ridículas que no sabíamos cómo manejarlas.
-Te vas porque quieres y porque eres un cabrón. Ya lo habías decidido desde hacía tiempo… Bueno, pues ya tienes la excusa que necesitas -soltó su lengua de bella arpía.
-Esto no funcionaba -dije desfondado, mientras buscaba el apoyo de algo sólido para sujetarme, exhausto por la paliza de la pegada de carteles.
Se me habían acabado los recursos, con ser siempre tan escasos.
-Funcionar según y cómo, porque joder, lo que se dice joder, no paras, macho.
-Gracias por la alusión genérica -barboteé antes de visualizar, oír más bien en mis neuronas, el consabido golpe a la puerta con el que estaba dispuesto a acabar con nuestra relación, que había durado un mes y medio. ¡Todo, y no solo el pescado y la fruta delicada era perecedero en esta vida!, me dije como un Segismundo de pacotilla.
Marchaba con la maleta en la mano; contento de decir la última palabra, pero sin humor ni gracia en el ambiente. Sin la distinción glacial de las películas inglesas en blanco y negro, donde siempre pasa algo. Estaba ya harto de jugármela por unas ideas que solo me garantizaban la cama, y a las que nunca -ni a esas ni a ninguna- dedicaría más de tres minutos seguidos. Lo sabían en Pekín y, sin recurrir a ejemplo tan lejano, en el soviet de barrio, de donde habían colgado ya, con honores, mi etiqueta de revisionista chovinista.
Antes de dar el portazo y marcharme a casa de mis padres -que maldita la gracia que les haría, la verdad, ahora que se habían librado de mi-, y por mostrar flema inglesa, fui a la cocina (estaba empotrada en un armario que servía también de trastero) a prepararme una manzanilla con anís.
Me daría tiempo para ensayar mi papel de hijo pródigo.
Silbaba la cafetera cuando llamaron a la puerta y quince minutos después me encontraba en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, detenido por la Brigada Político-Social, acusado de asociación ilícita.
¡Y decían que Nieves era legal!
Uno de la célula, que debía tener la convicción de principios de una vacuola digestiva, por no decirle excretora, al que pescaron repartiendo los panfletos que convocaban a la huelga, había cantado más que triunfaba Alfredo Kraus en los escenarios de la época.
La visión de los electrodos buscando sus partes más íntimas haría abjurar a cualquiera, pensé en la media hora que tardó mi padre en ir a buscarme, con su certificado de requeté en la mano y una foto borrosa de su hijo de pequeño con correajes y una gorra que le tapaba la frente, con borla, mano en alto, que no sé con ocasión de qué jornada patriótica se sacaría, pero que bastaron.
“Cosas de la juventud”, se disculpó mi padre ante el comisario, cogiéndome de la oreja, -la derecha, por guardar las formas, y por el asunto del efecto que causaba.
Renegué pues, aliviado, de mi condición de peligroso pecero, y en demostración, ante un gris apostado al efecto a la puerta de lo que llamaban “Gobernación”, hube de cagarme, según ritual establecido, en Engels, Marx, Lenin, el padrecito Stalin y creo que hasta en el pobre Kruchev, que menos tenía que ver.
Todo dicho en voz clara, autocrítica y revisionista, como estaba mandado, que si no, no salía de allí, me dijo mi padre tras la charleta con el comisario.
Complacidos los guardianes del orden de mi actitud de acatar razones, propio de un estudiante que a pesar de cursar Derecho descarrilaba momentáneamente (la neurona es tan débil como la carne), me ficharon a continuación, lo que luego me podría haber servido de mucho en la vida -benditos sean-, y al carecer de antecedentes, tras unas pocas amenazas, salí casi indemne de cuerpo (tenía diarrea), y más de alma, que esta estaba contentísima, con la ventaja añadida de que sería expulsado de la Universidad.
Nieves, de esas, volvió a Logroño y no supe nada de ella hasta que hace pocos meses la vi en televisión, en una tertulia sobre la familia. Representaba a la Federación de Madres Conservadoras de Logroño (FEMACOLA). Seguía estando muy guapa.


-Este texto pertenece a una novela inédita ”La Muerte Súbita”, escrita al alimón por un médico y un periodista (el rey del metro). Nadie se ha molestado siquiera en mandarla a una editorial, ni ganas…Yo la conservo (en mi particular colección de “tesoros baldíos” –una colección, por cierto, exclusiva y de valor incalculable- ) y es un placer compartir este capítulo mordaz, vehemente, travieso y políticamente incorrecto, que siempre me ha hecho sonreír.

Tiempo (Por el rey del metro)

"El tiempo pesa más que pasa; se estanca en su libre albedrío. Hunde las manos en lo que fue para marcharse sin haber venido. Las tonalidades se disuelven en la línea sin horizonte que conjugan todos los verbos. Se inventan para llevarse la aventura por cifrar. ¿Qué deja huella en la indigente memoria? Lo que ahonda el tiempo cobra altura de despropósito. Nada tiene que ver con el tiempo que hace de eso. Todo lo crean los ojos de la latencia. No hay tiempo para recordar; se lo tragó el olvido."

LA PARED por el Rey del Metro

Creía haber estado vacío hasta encontrarme con las manos repletas de nada, que era no sentir. La situación, por nueva, cabalgaba sobre puentes que apenas insinuaban, en lontananza, un paisaje sobrio de acontecimientos y la mejor unión con lo que suponía que era la incipiente vejez.
El sonar de los recuerdos, la lucha de los pies por encontrar acomodo en el suelo, mandaba los ojos hacia una pared sin fronteras que carecía también de las características propias de la materia.
Alcanzados las 50 años, el cuerpo se hallaba más firme que la cabeza ("las cabezas no están buenas", decían en alguna parte del mundo cuando perdían la carrera en favor del soma.). Las cavilaciones, guardar las hojas del calendario (como la ropa al nadar entre los días) en el bagaje de lo que fuiste, te confería el aire antañón de historias de las que nada sabías. Y soportar, a esas altura la clase de persona que decías que eras sin mayor fundamento en la conciencia de los otros.
Habías trazado, pues, el itinerario expreso en el que el orden faltó desde el comienzo. Un día aquí y otro vete a saber, en la esperanza desparramada de que la distancia tiñiera los ojos de su diverso significado.
Pero a los 30, incluso comenzaste a ver (a olerlo más bien en la plasticidad del aire), que tu figura no reflejaba mas que la falta de configuración que habla con todo lo que te alejaba.
Sería prolijo adelantar aconteceres; planear la memoria sobre sitios, azoteas y tipos con los que, de alguna manera, trabé amistad, la palabra más errática de mi vocabulario. Lo dejo en que, llegado a un punto de tensión muscular; los ojos bañados por la luz de lo cotidiano, me casé y afloró el secreto hasta entonces dormido que atraviesa la galaxia de los sueños, desenterrado como una lanza herrumbrosa; medio narcotizado de experiencias caducas por ser primeras en la pira que consume la unión a fuerza de regularla.
Y una vez más, las facultades estaban reñidas con la personalidad de sus contrarios, y cubierto el expediente, traídos los hijos que era de rigor hacer asomar a este mundo sin corazón, vagué por la cuerda floja que tensaba el trabajo y la casa hasta que con la marcha de los hijos, con la mujer trenzando su inagotable labor personal, desaparecí con la vana pretensión de llegar a lo que, con sorna, llamaba mi destino.
Había quedado tan disipado de mente como cuando hacía el amor, allá por calendas que no recordaba. Un rapto este que, como todo lo bueno, dura tan poco.
Me hundía en ella como en un lago, un fondo de algo donde no había colores, ni luz, porque no hacía falta: sólo el precipitado y escueto gusto por marcharte a otro lugar donde se volatilice el intelecto. Tampoco necesitabas respirar porque no podías y, en definitiva, el alma se alimentaba de no entender ni pensar. De no ser tú. Por eso era tan bueno.
Ahora, vuelto a cambiar de atalaya y mirando la ciudad desde una de sus alturas, minúsculo como es, mi territorio vital, y cual pez de acuario, llega el premio, o lo que debo tomar como tal: he cambiado. Sin haberlo encontrado, sin participar y escrutándome la vida en el nudo sin soltar del estómago, de la parodia de mi ser había logrado no sentir definitivamente nada. El retortijón que reinaba entre el píloro y el cardias, asiento de todas las miserias, sede de tormentos y cocina donde se fraguan las más feroces batallas de los sentidos, había desaparecido para siempre.
Conmigo no había caso. Pasase lo que pasase y gravitase lo que a partir de ahora se fuese a anclar en mi conciencia (si es que la tenia); nada sería lo mismo. No sentía el aguijón de la afrenta; ni la mirada nueva de un niño; ver correr la sangre por el televisor o adentrarme en las procelosas aguas del Mar de los Sargazos que para mí había constituido siempre la vida.

Escribió:

"Qué poca cosa es quien piensa que ha logrado algo en la vida. A la vida no se viene a lograr sino a saber de qué se trata: qué hay detrás de ella ante el delante que no se vaticina. Sólo lo que no vale no tiene precio. De una palabra depende que te sientas vivo o muerto."
("El rey del metro")

"Jaibas" (Fin)


Fue allí, una noche, cuando fornicábamos (como diría el finado), algo que, por lo general, ocurría frecuentemente, que se apareció Martínez. Su imagen fue impresionante. Surgió en medio de la habitación, siniestro y solemne como un pantócrator, pero sin libros ni tablas de la ley en mano, sino con la gran redoma que había prometido traer, complementada por un fenomenal cubo de metal como los que antes se echaban a los pozos, pero repleto de "Listerine", lo que deduje del pestazo que echaba el brebaje de marras.
Su visión me paró el corazón por unos instantes y me hizo sentir (todo hay que decirlo) un perfecto miserable, Clara no se llevó menor impresión. En perfecto reflejo de Paulov, como si fuera una rana sacudida por una descarga eléctrica, que eso parecía, metió la cara bajo las mantas y fue a depositarla sin reparo alguno sobre mis partes, algo que, por cierto, nunca había conseguido.
Mi cara automáticamente, y por efecto del amor, cambió de gesto y expresó la radiante sonrisa y beatífico agradecimiento que desconcertó tanto a Martínez que trastabilleó la redoma en sus brazos y cayó al suelo, donde se hizo escrupulosamente añicos. Ante la mirada indignada de la aparición, que quizá nunca se hubiese esperado una reacción así en su debú, y acuciado por las sacudidas de terror de Clara bajo las sábanas, mi cara irradiaba la suficiente dosis de satisfacción y ecuanimidad antes los trances amargos de la vida que el viejo, ofendido de veras y sin haberle dejado opción a articular palabra, tiró el cubo contra la pared de mal modo y se marchó, ahora sí para siempre.
Nosotros, exhaustos de emociones fuertes, y ya recuperados del susto, estábamos de acuerdo en que el espectro se ofendiese todo lo que pudiese con tal de que no volviera a aparecer en nuestras vidas, que fueron largas.
La munificencia del extinto me permitió pronto dejar de trabajar y dedicarme a lo que había sido mi vocación sin saberlo; cuidar de una cetárea especializada en jaibas, instalada en un galpón del jardín, producto que con esmero y mucha publicidad, logré introducir en numerosos restaurantes.
Clara también marchaba bien. El piso que Martínez tenía en la ciudad y que le legó con el resto de su fortuna, resultó estar repleto de cuadros de gran calidad por alguno de los cuales (porque el pintor llegó a ponerse de moda), se pagaron auténticas fortunas. Ella los vendía aprovechando la fama del pintor y los conocimientos de los cursos que había seguido en la materia. Fue la auténtica especialista de lo que pronto llamaron la "Escuela Psicoanalítica Madrileña", compuesta por una sola persona, y nombre acuñado en homenaje a quien se ponía a pintar en cuanto yo me marchaba con mis jaibas y la consulta quedaba libre de pejigueras hasta el día siguiente.

"Jaibas" (IV)


Martínez había llamado y quería vernos; y más que vernos, lo que quería es que nos fuéramos a vivir con él. El argumento, como todos los suyos, era sólido, impecable. Ya era mayor (frisaba los 81) y estaba enfermo. Además había hecho testamento -decía- y, al no tener herederos, la casa de la sierra y un piso en Madrid atiborrado de cuadros estaba ya a nombre de Clara, a la que acababa de conferir el rango de ahijada.
A mí no me gustó la cosa. Como perfecto egoísta, vaticinaba trampas y creía que tanta generosidad encerraba algún fin inconfesable, de los que a Clara le gustaban por su cristalina forma de ser.
El estaba transformado. Lo encontramos enchufado a un tubo de oxígeno del que respiraba agitado y le permitía hacernos señas de que nos acercásemos. A su lado había una enfermera que parecía salida de la I Guerra Mundial. Faltaba Hemingway alumbrado por la panza de una ambulancia de la Cruz Roja.
El dueño de la casa se recuperó pronto y volvió con ansias que desmentían sus fuerzas a coger los pinceles y a montar el caballete al aire libre. A mí me recordaba la biografía de algún pintor famoso, ya reconocido mundialmente, que estira lo que le queda de vida en modelar recuerdos y dar cumplida forma a lo logrado.
Pero yo no las tenía todas conmigo. A pesar de la decrepitud física del artista, ante cuyas cualidades me inclinaba sin problemas, seguía temiendo algún estropicio en la convivencia a tres bandas a que nos veíamos obligados, y de la que ya me resentía.

No tardó en morirse…No pasó mucho tiempo sin que Clara me entregase la carta que el finado, en un rasgo de humor póstumo, me había escrito. Pero nada de humor. Las tintas estaban cargadas desde el comienzo. El tipo no me soportaba. Y a mi jaiba menos. Puede que no me hubiese soportado desde el comienzo y que la enemistad entre ambos fuese aún más profunda que por la recurrente historia del cangrejo.
"…En cuanto a ti, Ruiz, sapo inmundo, bellaco, he de decirte -avisaba- que fuiste la relación más imbécil que he tenido en mi vida y la persona que me apartó de disfrutar de Clara los últimos años de mi existencia, a lo que ella daba su aquiescencia. Volveré, no te quepa duda- afirmaba. Esto no se va a quedar así por mucho que te gustase. Volveré las veces que sean necesarias para que no puedas gozar de ella y tu vida sea el infierno que tú me procuraste en la Tierra…."

"Jaibas" (III)


La comida fue atroz. Sentados en la mesa de estilo centroeuropeo al borde del jardín, el dueño de la casa demostraba que el buen gusto no tiene por qué estar necesariamente reñido con el dinero. En aquel panorama espléndido, Clara volvía a mirarme. Martínez, sintiéndose obligado, me servía "Casera" y vino barato de "tetra brick" (era un rácano, ya lo sabía, y también le odiaba por eso) y alternaba su interés entre Clara y yo.
En un momento dado, cuando resultaba imposible deglutir la carne, que quizá asustadiza se negaba a bajar por el tubo que le esperaba, Clara me dio con el pie y bajó la mirada. Yo sentí que se fundía Navacerrada y que, convertido en fumarola (todas mis energías calóricas se habían ido de excursión a mi cara), mi corazón se iba a desabrochar de un instante a otro. Pero faltaba la prueba final, de la confirmación sin haber pasado por el bautismo ni la catequesis de esa corriente de atracción que tanto me costaba mantener.
Acerqué el pie entre sus piernas, abiertas en díptico y cuando Martínez creía que contaba algo gracioso (no lo era), seguí hacia arriba hasta que ella soltó un gritito de sorpresa, como de ratona pillada en falta, se puso acalorada y se llevó la servilleta a la cara para disimular turbaciones mientras yo no sabía dónde meterme. Hubiera deseado que el Guadarrama o lo que fuera que fuese lo que veía al lado, con todo lo viejo que era, se pusiera a echar lava de veras y me diera un remojón por indeseable (y a Martínez otro) cuanto antes mejor.
Me despedí ante las prisas que le daban a Martínez por echarme, escamado (había sido psicoanalista y no se le escapaba una) de la familiaridad que habíamos alcanzado Clara y yo en sólo unas horas.
No dejé pasar mucho tiempo sin ponerme en contacto con Clara. La llamé un día en que su recuerdo se me hacía insoportable, ése pie subiendo por sus faldas empujando no sabía cuantos grados de temperatura en mi cabeza; creando burbujas, y no precisamente de "Casera", ante mis ojos. Clara no pareció extrañarse de mi llamada. El nexo que existente entre los dos daba pie, nunca mejor dicho, a una nueva toma de contacto, ya sobre bases más firmes:
- ¿Te extraña que te llame?
- No, en absoluto, ¿por qué? -dijo-. Me preguntaba por qué tardabas tanto...


La decisión resultó completamente acertada. Clara y yo convivíamos en mi piso como si hubiéramos estado juntos desde siempre. Las suspicacias desaparecieron pronto. Había en Clara algo más que trascendía de su cuerpo para conectar con más sutiles razones que me atenazaban a ella. Lo supe al poco de venirse a vivir conmigo, cuando empecé a ver las facetas de su carácter. Era dulce, complaciente, muy bien educada.

"Jaibas" (II)


Martínez, que al final se echó una amiga (una cliente, para más escarnio deontológico), que no podía pasar sin su mentor, pese a la diferencia de edad que los separaba, traspasó el negocio, digo la consulta, y se fue a vivir con ella la sierra. Todo fue tan rápido (yo seguía castigándole con la ausencia de mi persona), que meses después (me encontraba fatal) me acerqué al chalé para pagarle.
Le encontré transformado. No sabía que pintara tan bien. Parecía Renoir en su jardín en los últimos hálitos de su existencia, entre flores varias, árboles protectores y la Naturaleza puesta a sus pies y al servicio de su talento. Conforme me enseñaba telas con los riscos del lugar observaba las piernas de Clara, su compañera. Había sido un acuerdo mutuo. Ella estaba separada de un psiquiatra y ninguno de los dos quería pasar por el embudo del matrimonio a esas alturas. Martínez sobre todo, porque no le llegaban las fuerzas. Una boda es peor que un divorcio, y a esta sólo la supera en despilfarro energético una mudanza. Clara, dominada por ese mujericida, conseguía así la consulta sistemática que quería y daba paso a la hipocondría que cultivaba con esmero.
Martínez seguía igual de cascarrabias y poco considerado. Aceptó sin un apalabra el caudal que representaban los meses que le debía y no hizo la menor concesión al regateo, considerando, quizá, que eran los últimos emolumentos que recibía. No obstante me invitó a una barbacoa, que es lo que se hace en estos casos. Clara echó un filete más a la parrilla y yo me dediqué a mirarla todo lo que el humo de la materia orgánica que se chamuscaba me dejaba. Ella levantó un par de veces la mirada mientras chamuscaba la carne y se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano, consciente del interés que causaba, lo que parecía complacerla. Me sonrió otro par de veces y capté el mohín de su boca y en la expresión (que me hubiera encantado que fuera solaz pero que sólo era producto de la humareda) las posibilidades que existían de entrar en materia también orgánica.
Como todas las situaciones de la vida, lo que cuenta no es lo que trascienden las apariencias sino lo que aventuran. Si en ellas hay algo más que tus deseos, y a poco que los intereses mutuos converjan, lo que hay que hacer es dar el salto, que luego te arrepientes de las dos cosas, de haber saltado y de haberte quedado colgado del alero. Yo hacía caso a mi corazón, que es lo que también se dice en estos casos.

"Jaibas" (I) Un relato del Rey del Metro

(El relato "Jaibas" es una sutil y amable venganza contra la figura del psiquiatra y una reconciliación del protagonista con la vida cuando ésta decide que la moneda caiga de cara)
"…Mi psicoanalista dice que no quiere hacer juicios de valor pero que, a punto de jubilarse, se ve difícil lo mío. Lo dice con sinceridad. Le agradezco que no cargue tintas en su juicio profesional, y creo que la fortuna que lleva ganada conmigo refrena su boca –como buena brida que es-, incluso ahora que todo parece darle lo mismo; como a mí.
Eso nos une mucho. Cimienta nuestra natural y ya más que contrastada enemistad. En realidad –me dice-, ya no sabe quién va a ver a quién. Sólo el conocimiento del terreno que demuestro cuando cruzo el Centro Psicoanalítico Universal (CPU) para sentarme en el sillón más cómodo del mundo (a veces me pregunto si voy por eso), gastado por oleadas generacionales de traumas en estado gaseoso y cuando no espiritoso, me dicen quién soy yo y quién o qué el otro.
Por eso ya no hablamos más de mis jaibas, aunque él no quisiera y adelante el reloj para que acabe antes; de los insectos que metía en un gran frasco con tapa de bayoneta cuando era chico y de algunas idioteces más que con exclusividad forman mi mundo. Lo único que me interesa, para desesperación de este Freud madrileño. Le dejo sacar conclusiones de este círculo soldado por la cola que resquebraja el pasado, y cuando se cansa vuelvo a hablar de lo mismo; con dilección…
- ¿Y eso qué quiere decir? –me dice Martínez.
- Y yo qué sé –le digo indignado, después de lo que cuesta revivir con énfasis el episodio de la jaiba-. Tú eres el psicoanalista…
- Y tú un cliente muy raro, si me permites… -replica para defenderse.
- Muy raro debo ser si tú lo dices, con la de gente inconcebible que habrás visto.
- Tú entras ahí –se encara Martínez, que ese día estaba particularmente desagradable. ¡Justo cuando había decidido proseguir con el episodio de la jaiba!
- ¿Qué hay de raro en que ese monstruo de ojos en antena y manchas blancas y violetas en la tripa se me haya quedado en el subconsciente? –le arrojo desafiante-.¿Es que no has sido niño nunca, Martínez?
El otro parece despertar de su sopor, escarbando en sus recuerdos. Deja de mirar el reloj para ver si es la hora y responde.
- No estoy seguro…¿Sabes lo que pienso de ti y de tu jaiba? –dijo en el lenguaje directo de quien cobra a 15.000 pesetas. la hora y se las rifan todas.
- Pues si aún no han acabado los 45 minutos de la consulta, espero que me lo digas –refuté ya completamente ofendido. Mi ecuanimidad había sido siempre tan impensable como el sentido de la proporción y de la cordura que en absoluto me adornan.
- Pues la historia de la jaiba es falsa
- ¡Era lo que faltaba! Me llamaba sandio y luego me decía que lo de la jaiba me lo había inventado, cuando aún debe existir el hotel donde se crían y las palmeras que duermen cuando cae la noche:
- ¡Pues sí que existió, para que te enteres! –repliqué iracundo, pensando que si Martínez no me desgravase tanto a Hacienda, en ese preciso instante le habría dejado plantado con sus filias y sus fobias, su Escuela de Viena, su aparato administrativo y la colección de obscenos idolillos indonesios que saturaban la consulta con su mirada lasciva y su influencia maléfica."

(*Continuará)

Reflexión sobre "escribir" (2) Por "El Rey del Metro"

"Pase lo que pase, sea lo que sea y digan lo que digan, incluso a efecto de publicación, lo más importante es escribir lo que tú quieres escribir como lo quieras escribir. En mi caso el obejtivo no era la editorial sino no echarme en cara, avergonzarme al final de no haber retribuido, a mi escala, lo bueno y malo que me rozó la vida. Para bien o para mal, no se sabe, cuando más volátil e inhaprensiva es la vida, cuanto menos la entiendas y más disgustos te da, más te relacionas con la "verdadera" vida, aquélla que no has pasado entre algodones. Todo. Absolutamente todo lo que escribes lo has vivido antes, has sido antes tú. Nada se escribe, aunque en apariencia nada tenga que ver contigo, sin que hayas estado presente en ello, estás presente en el acto de dilucidar la forma definitiva por el que transcurre el hecho. Naturalmente, nada de esto tiene importancia si el que escribe es un genio y pasa por encima de toda contingencia."

Reflexión sobre "escribir". Un texto de "El Rey del Metro"

"... Es un compromiso moral de ti para ti de devolver lo que has visto, lo que has sentido, y tratado de dar la trascendencia a las cosas que para ti han sido trascendentes. Lo demás es papel y la tinta que se gasta. Quizá pensar al final que fuiste capaz de dar forma, en tu criterio, a lo que menos forma y significado tiene, que es la vida. Y quizá nada de esto tenga en absoluto que ver con lo que hay y pasa al respecto, si es que hay algo y pasa algo hasta la restitución a nuestra madre, el otro mundo."