¿Acaso puedo pretender enseñarle algo sobre la vida a la mujer que me la dio? Por supuesto que no, pero puedo intentar alegrarle la tarde mostrándole las jacarandas del paseo del río. Desde cría me han fascinado los árboles y aún sigo disfrutándolos con ojos de niña. Me trasmiten la sensación de seguridad y de permanencia que siempre he necesitado; admiro como consiguen vencer al tiempo con majestuosa serenidad, testigos de todo con su mirada de madera. Las jacarandas del paseo florecen bien entrada la primavera y es un espectáculo que cada año consigue emocionarme y conmoverme. Y, aunque no lo diga, sé que a ella también.
Jacaranda de ojos azules
¿Acaso puedo pretender enseñarle algo sobre la vida a la mujer que me la dio? Por supuesto que no, pero puedo intentar alegrarle la tarde mostrándole las jacarandas del paseo del río. Desde cría me han fascinado los árboles y aún sigo disfrutándolos con ojos de niña. Me trasmiten la sensación de seguridad y de permanencia que siempre he necesitado; admiro como consiguen vencer al tiempo con majestuosa serenidad, testigos de todo con su mirada de madera. Las jacarandas del paseo florecen bien entrada la primavera y es un espectáculo que cada año consigue emocionarme y conmoverme. Y, aunque no lo diga, sé que a ella también.
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EL HOMBRE TRANQUILO
Incluso los hombres más tranquilos se enamoran. Pero sólo éstos saben esperar. No se dejan llevar por la impaciencia, manejan los tiempos con frialdad y confianza, seducen y aguardan. Cuando John Wayne ve por primera vez a la pelirroja Maureen O´Hara sabe que ella es la mujer. Puede que sea un pensamiento algo ingenuo, pero es que la felicidad siempre tiene cierto componente de ingenuidad y, al fin y al cabo, están en Innisfree. Sí, ella es, no hay duda. Sin embargo, el hombre tranquilo no permitirá que las prisas sean sus consejeras. Todos solemos precipitarnos con ansia hacia aquello que queremos, propulsados por el angustioso pensamiento de que no hacerlo puede significar perderlo irremediablemente. Nunca el miedo dirigirá sus pasos. Se acercará lento y seguro, se colocará frente a ella, la saludará cortésmente..., cogerá con las dos manos un poco de agua bendita de la pila y se la ofrecerá para que se santigüe. Ella, nerviosa y paralizada por lo inesperado, terminará aceptando el ofrecimiento, tras lo cual se marchará precipitadamente con aparente aire ofendido. Qué se habrá creído, dirá para sus adentros la temperamental pelirroja. Su autosuficiencia y su dignidad de mujer le impulsarán a alejarse rápidamente de ese hombre tan impertinente. Pero su gesto (atrevido y confiado) la ha subyugado, tal vez aún no es amor pero sí un comienzo. Algo ha germinado en ella y ahora, mientras se aleja, no puede evitar girar el cuello y mirar de soslayo un par de veces a ese hombre tan insoportablemente seguro de sí mismo. Más tarde, la mujer, ya en su casa e inmersa de nuevo en la rueda de la rutina, pensará repetidamente en el encuentro acontecido. Nunca ha sido una sentimental. Es una mujer de carácter, pragmática, que no suele frecuentar la imaginación. Sin embargo, no logran difuminarse de su memoria aquellos segundos que, sin saberlo aún, cambiarán su vida.
Nada de eso importará porque están en Innisfree.
EL AMOR SI FUERAMOS ETERNOS

Tengo que alejarme, estoy cansada. Gracias a todos por vuestra compañía, fue un verdadero placer..
Estoy asustado, muy asustado, y me pregunto cuándo empecé a creer que tu sitio era éste y no el mar infinito desde donde un día llegaste. Fui tan iluso pensando que porque tus suaves palabras fueran bálsamo para mis heridas, para la vida, ya me pertenecías...
Aprieto los dientes con fuerza, enjuago las lágrimas que empañan tu reflejo, y reúno fuerzas para gritarte: “Gracias Sirena... Gracias por regalarme tu mundo y hacer que ya nunca más pueda volver a sentirme solo...”.
Un abrazo y mucha suerte en tu camino.
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LA DESNUDEZ DE LA DEBILIDAD
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Hace poco estuve charlando con un familiar que padece esclerosis múltiple. Lógicamente ya habíamos mantenido miles de conversaciones pero ésta era la primera vez que hablábamos de su enfermedad. ¿Cómo puede afrontar una persona saber que padece una enfermedad crónica y degenerativa? Es tremendo. La gente habla del miedo a la muerte, a lo desconocido, al no ser Shakespeariano. Sin embargo, la muerte es un fantasma que habita en la oscuridad del quizás, que no ha sido pervertido por la certidumbre ni lo categórico. La muerte lleva adherida la duda como un estigma. No hay creencia ni fe sin ojos que pueda eliminar completamente la duda. Por el contrario la enfermedad es certeza. Y es terrible.
La enfermedad es dolor y el dolor es un monstruo, capaz de hacerle frente a ese gigante que es la supervivencia. Dolor, muerte, enfermedad, supervivencia… al final la vida se reduce a eso: fantasmas, monstruos y gigantes. Bueno, ya vale. Dejemos esto. Hay miles de poetas de la muerte y del dolor que expresan todo este galimatías tétrico mucho mejor que yo. Hoy me he despertado con complejo de Baudelaire pero ya se me está pasando.
La conversación fue larga, sincera y, como todo lo verdaderamente sincero, no excesivamente profunda: es difícil (supongo) adentrarse en la metafísica de la disfunción eréctil cuando se padece. No jugó a ser Aristóteles, sus palabras no se tiñeron de ese falso romanticismo que a veces lleva aparejado el sufrimiento. El dolor duele, así me lo hizo saber, sin ningún tipo de anestesia dialéctica. La esclerosis es una putada, dijo en una ocasión y pensé que no podían existir en el ámbito descriptivo palabras más certeras. En la enfermedad no hay botella medio llena. Es lo que hay. Como todos lo enfermos, es una persona sana atrapada en el cuerpo de una persona enferma.
Me dijo que en su enfermedad es imposible ocultar tus limitaciones: no puedes mostrarte fuerte ante los demás cuando sufres incontinencia urinaria y debes tener un cuarto de baño siempre a mano. Entonces me dijo una frase, la frase que hoy me ha motivado a escribir: nadie quiere mostrar su debilidad. Creo que es una sentencia incontrovertible, que no deja espacio a la réplica. Aceptemos esto como cierto y juguemos a ser Aristóteles. Formulemos la pregunta que subyace a toda cuestión de raigambre filosófica: ¿Por qué?
Puede que sea porque mostrando nuestra debilidad somos vulnerables, estamos expuestos a que nos dañen; cuando exhibimos a los demás nuestros puntos débiles, les conferimos cierto poder sobre nosotros. Bien. ¿Pero, si esto es así, como nos pueden dañar? Atacando nuestras debilidades, respondería una persona juiciosa. ¿Y porque nos daña que ataquen nuestras debilidades? Ahí está el quid. Cuando eres débil o tienes una debilidad estás en un plano inferior del que no es débil o carece de esa debilidad. Es un reconocimiento silente de nuestra subordinación a una fortaleza que incluso envidiamos. Las relaciones humanas se dibujan en diferentes planos y nunca es agradable mirar hacia arriba. Por eso, mucha gente repudia la compasión. La compasión no significa sólo empatía hacia la persona compadecida: supone también un reconocimiento tácito de superioridad del que compadece. El que compadece está arriba, el compadecido abajo. Y estar abajo es una mierda.
También está la dependencia. No hay debilidad más trágica que la que nos arrebata nuestra independencia, la que borra para siempre la ilusión de control sobre nuestra propia vida.
Acaso nuestra vida se reduce a un juego de fuerzas: respecto a los demás, respecto a nosotros mismos, respecto a todo. Un juego. Y la enfermedad en esta partida lleva siempre las cartas marcadas.
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HAZLO POR ELLA
Debe ser terrible levantarte un día y darte cuenta de que no has vivido la vida que querías vivir. Que has llevado, simplemente, una vida equivocada, que todo tu trayecto vital está embadurnado de lo que debió ser y no fue.
Mi amiga vivió siempre para la gente que quería. Abnegada y sacrificada, nunca se cuestionó su felicidad, siempre dejo sus sentimientos en un segundo plano. Ahora está recuperándose de un ICTUS. El otro día, me comentó que nunca nadie le agradeció nada. Ella misma admite que ello se debe a que convirtió el sacrificio en deber. Ahora sueña con cambiar diametralmente, ser un poquito egoísta y pasar de ser secundaria a protagonista de su propia vida. Pero también le aterra no saber cómo hacerlo. Desgraciadamente, la vida viene sin boceto y ella sólo ha vivido una vida. ¿Cómo se puede aprender a vivir otra vida a sus años? ¿Se puede?
Ánimo, amiga, consigas o no lo consigas. Te quiero. Tal vez nunca nadie te agradeció nada, pero yo siempre agradeceré a la vida el darme la oportunidad de haberte conocido.
Desde hace varios años, siempre que pienso en mi amiga una misma escena viene a mi mente. Es una escena que en su momento me gustó aunque no me emocionó, ni siquiera me llamó especialmente la atención. No tenía (ni tiene) porque hacerlo. Se supone que cuando recurres a ellos no esperas obtener lágrimas, encontrar el sentimiento en su paisaje vitriólico. Pero, después de varios visionados, un buen día, sin preverlo, ocurrió. Y ocurrirá toda la vida: ya es imposible ver esas imágenes sin volver a emocionarme. El arte no es patrimonio de la tristeza, el aburrimiento no tiene que ser intrínseco a lo sublime. Muchas veces los destellos más puros anidan en la risa.
Hablo de los Simpsons. No voy a hacer un alegato sobre la celebérrima serie (¿qué puedo decir yo que no se haya dicho ya?), no voy a loar sus virtudes, ni nada por el estilo. Sólo quiero describir una escena que me emocionó y (después de mucho tiempo sin hacerlo) me arrancó la lágrima. Una escena que me emocionará siempre y tal vez me hará llorar alguna vez más. Porque sé de lo que habla. Porque es un sentimiento universal:
Todos los Simpsons se encuentran en el salón viendo fotos familiares. Bart (el primogénito) se extraña de que entre todas ellas no haya ninguna de Maggie (la hija pequeña, un bebe de apenas un año). Los padres le dicen a su hijo que eso tiene una explicación. Entonces Homer (¿hace falta presentación?) se lanza a relatarles una historia: Estamos en los años ochenta. Son tiempos felices para el matrimonio Simpson: tienen dos hijos (Bart y Lisa), económicamente están asentados, etc. Tanto es así, que Homer decide dejar su esclavizante trabajo en la central nuclear para cumplir el sueño laboral de su vida: Trabajar en la bolera del pueblo (jeje). Por supuesto, tratándose de Homer, alguien que nunca ha simpatizado con las medias tintas, su despedida del trabajo no va a ser muy discreta: coge a su jefe y lo pasea por toda la central con un carrito dándole golpecitos en la cabeza a modo de tambor, ante la risa de todos sus compañeros, para finalmente arrojarlo bruscamente cuando llega al final del trayecto. Es lo que podría llamarse “un punto sin retorno”. Pues bien, el idílico trabajo en la bolera resulta ser tan idílico como se imaginaba: Todo el mundo le aprecia, adora lo que hace. Llega a confesar que nunca ha sido tan feliz en su vida. Entonces ocurre algo que lo va a trastocar todo: Marge se queda embarazada. Suceso que intenta ocultar a su marido, viendo lo feliz que es con su nueva vida. Sin embargo, como es lógico, acaba enterándose. Homer se desmorona. Sabe que con su sueldo de la bolera no va a poder alimentar otra boca más. Sólo le queda una dramática opción: dejar su trabajo de ensueño e intentar suplicar a su antiguo jefe que le devuelva su puesto. Aparecen nubes en el cielo, llueve, es el fin de un sueño. El jefe, contra pronóstico, lo readmite, pero con una condición: en la pared que hay delante de su mesa de trabajo hace instalar un cártel gigante en el que pone con letras bien grandes: “Don´t forget: You´re here forever” (No lo olvide: está aquí para siempre). Obviamente lo hace para mortificarlo, para acabar con todas las esperanzas y sueños de Homer. Éste se siente muy abatido. Tras ello y unas cuantas peripecias más, nace su hija. El desdichado papá va al hospital a verla. Ella está en los brazos de su madre y, cuando ve a su padre, sonríe. Homer también termina por sonreírle. Y con esta imagen termina el relato a sus hijos.
Bart le dice que la historia está muy bien pero que aún no les ha dicho donde están las fotos de su hermana pequeña. Homer le contesta que están en el mejor sitio donde pueden estar. Empieza a sonar una música melancólica. Entonces acontece una de las mejores escenas de la historia del cine (aunque fuese en una serie de dibujos de televisión): La cámara hace una panorámica del lugar de trabajo de Homer, se acerca y se detiene en el mortificante cártel que ahora, descubrimos, se encuentra lleno de fotos de su hija pequeña, tapando varias letras. Entonces en donde antes ponía “Don´t forget: You´re Here forever” ahora podemos leer: “Do it for her” (Hazlo por ella)
Es una de esas escenas que quedan detenidas en el tiempo, flotando en la mente, en definitiva, una escena inmortal para quien la hace suya. Cumpliré años, envejeceré y seguiré el discurrir inevitable de la existencia, pero siempre esbozaré una sonrisa cuando recuerde que Homer está suspendido en el tiempo sentado en su escritorio trabajando en algo que odia...
Y que lo hace por ella.
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UNAS MANOS, UN PIANO Y UN ARTISTA

Me encuentro tumbada en el sofá. La habitación está envuelta en una luz tenue que la aleja prudencialmente de la oscuridad, no es cuestión de quedarse dormida tras dos minutos de horizontalidad. Mis ojos están cerrados pero levísimamente entreabiertos, como cuando dormimos, dibujados en un mapa facial que denota absoluta relajación. Me dispongo a escuchar El Concierto De Colonia (The Koln Concert) de Keith Jarret. Las primeras notas salen despedidas del altavoz del aparato de música. Un hombre y un piano, nada más. Sin más florituras ornamentales que unas manos y unas teclas que conectan la melodía con lo sublime y el ritmo con lo sagrado. Siempre que escucho este disco me entran ganas de llorar. Pero esas lágrimas no se subyugan a la tristeza. Son lágrimas esclavas de la belleza. Sí, exacto: siento ganas de llorar porque tanta belleza me rebasa. Es de ese tipo de música que te sumerge en la ilusión de que el mundo es mejor de lo que es, que la vida no es sólo vida, que el reino de lo divino puede ser de este mundo. ¡Cuanta belleza! ¿Y qué es la belleza? Contestar a esa pregunta es equiparable a intentar explicar un sentimiento. Sé que lo que estoy escuchando es cruelmente bello pero no sabría argumentar porqué. Creo que todo aquello que verdaderamente importa se sabe pero no se expresa… ¡Un momento! Esta parte me encanta. Ufff, siempre me emociono con estos acordes. Dicen que el concierto entero es una improvisación del pianista estadounidense. ¿Cómo se puede improvisar el arte?
¿Y qué es el arte? Vaya pregunta, intentar contestar a esto puede resultar incluso más atrevido que dar respuesta a lo de la belleza. Pero nada me impide meditar sobre ello, es un tema tan espinoso como apasionante. Empecemos: ¿No estoy haciendo una distinción espuria al separar los conceptos de belleza y arte?... ¡Vaya! Acaba de terminar el disco. La buena música siempre es abono (en el buen y no escatológico sentido del término) para la reflexión. No quiero zambullirme en cábalas ni ensoñaciones sin el revestimiento melódico de ese piano celestial, hoy no. Con majestuoso esfuerzo me levanto del sofá. Ando a tientas por un mundo que la pereza y el sortilegio musical aún vigente me hacen no comprender demasiado bien. Mientras me dirijo hacia el aparato de música (un auténtico vía crucis de cuatro metros) me percato del periódico que yace impertérrito encima de la mesita. Pienso: Voy a hojearlo, es bueno desengrasar mentalmente unos minutos antes de extraviarme en disgresiones imposibles. Me siento en el sofá tras coger el periódico -adviértase la agotadora y vertiginosa actividad que me veo obligada a soportar en pos de mi “aventura del saber”-, y empiezo a inspeccionarlo con desinterés. El curso de dicha labor prosigue con normalidad hasta que advierto en un recuadrito superior, a la derecha del periódico, el titular de una noticia: SE HACE PASAR POR CONCEJAL PARA MONTAR GRATIS EN LA FERIA. Nadie puede permanecer impasible ante tal sentencia, por lo que me aventuro a leer la noticia:
La policía local identificó a un hombre de 43 años después de que se hiciera pasar por concejal para disfrutar gratis de una atracción de la feria durante las pasadas fiestas. Está acusado de usurpación de cargo público y amenazó al feriante con cerrarle la atracción.
Después de leer algo así una no puede reflexionar sobre nada, ni siquiera ayudada por músicas de otro mundo. Quería discurrir largo y tendido sobre el arte pero ahora sólo soy capaz de producir un único pensamiento al respecto:
No sé lo que es el arte. Ni siquiera sé si abunda el arte en el mundo en el que vivimos…
Pero artistas hay por doquier.
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PERDIÓ SU SONRISA
La mujer hace ya un buen rato que la dejé atrás (realmente nuestro encuentro no ha supuesto más de diez segundos). Sin embargo, no puedo apartarla de mi pensamiento. Tal vez no fuese Alzheimer, puede que fuese un ictus, o cualquier otra enfermedad neurodegenerativa. Y que más da lo que fuese, recapacito. Sea lo que sea su vida ya no es vida. ¿Dónde quedó la sonrisa de esa mujer, perdida en un recuerdo que ni siquiera puede recordar? Obligada a vivir una existencia que es pura fisiología, sin más sentido que la mera supervivencia. Lo que esa mujer fue, ya no es ni será. Que asco. Esa mujer quiso, amó, odió y esconde una historia personal que es toda una vida. Y ahora está ante un enemigo más temible que los gusanos. Me entran ganas de llorar. No lo hago. Mi vida sigue y (siendo sincera) no tardaré mucho en olvidar esa dolorosa imagen. Además, acaba de sobrevenirme un pensamiento que me hace sentir un latigazo de optimismo: Por muy masacrado que pueda acabar su cuerpo, por muchos castigos corporales y mentales que aún le queden por sufrir, esos preciosos ojos verdes jamás perderán la dignidad…
Ni siquiera ante la maldita enfermedad.
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EL BUSCAVIDAS
Aunque por el título pueda parecerlo, no voy a hablar de la película de Robert Rossen. No puedo, sin embargo, obviar los paralelismos entre el Buscavidas que encarnó Paul Newman y el Buscavidas que a veces me visita. Ambos son arrebatadoramente guapos. Ambos identifican carácter con destino. Ambos hacen poesía de la derrota. Ambos te desarman con una mirada. Ambos solitarios sin remedio.
Recuerdo la primera vez que me visitó el Buscavidas. Recuerdo que cuando me vio no me saludó y cuando se fue no se despidió. Con el tiempo comprendí que, en su caso, no es un rasgo relacionado con la falta de educación o el desprecio. Es simplemente una forma de ser y de estar que siempre se caracterizó por no someterse a convencionalismos y demás grilletes sociales. ¿De qué sirven los holas y los adioses? Muchas cosas, no todas buenas, se podrán decir del Buscavidas pero entre ellas no se incluye la impostura, la artificiosidad, ni apariencias poco sinceras. El Buscavidas pasa por la vida sin máscara, desnudo, con la insolencia del que nunca tuvo nada que ocultar. Sus actos no son consecuencia de su soledad, su soledad es consecuencia de sí mismo. Decía Audrey Hepburn en Desayuno Con Diamantes: “nunca entregues tu corazón a un ser salvaje”. El Buscavidas es un ser salvaje, entregarle tu corazón es un mal negocio. Pero es un seductor. Sabe que tiene encanto y sabe cómo utilizarlo: sabe que la verdadera fuerza de una persona reside en la mirada y en la sonrisa; sabe que las mata callando y las remata susurrando; sabe que la chica no se va con el chico bueno; sabe que con su indiferencia pícara es tan sólo cuestión de tiempo que ella acabe cayendo. Lo malo es que cualquier relación con el Buscavidas se establece bajo la ley infrangible de la brevedad. Su corazón es pasional y sincero pero liviano y fugaz. Tiene muy presente que la gente va y viene, que los amores no son eternos, que al final lo único que queda es uno mismo. Jamás echará el ancla en ninguna persona porque él navega en océanos infinitos en donde la noche nunca acaba, porque él sólo morirá con la muerte y no con la traición de lazos que se quiebran. Sí, enamorarse del Buscavidas es muy mal negocio. Pero es inevitable.
Lo primero que me llamó la atención de él fue su voz: rota, cazallera pero increíblemente suave, una voz que lleva tatuada los restos de mil batallas, la mayoría perdidas. ¿Cuántas madrugadas habrá sobrevivido sin nadie a su lado, con la compañía de un solo recuerdo? Es la vida que ha elegido, la única que puede y ha podido llevar. Cada vez que lo veo me doy cuenta de que no puede ser de otra manera. En mi casa tengo un canario amarillo precioso (cuyo nombre omitiré por respeto hacia él) que, además, es un auténtico referente moral. Todas las mañanas lo saco a la terraza (las noches las pasa dentro de casa, tengo miedo de que el frío nocturno le haga daño) para que le dé el aire. Tenemos una curiosa relación: cada cierto tiempo le hago una visita, asomo la cabeza por la pequeña ventana que da a la terraza y empiezo a silbarle, él (simpático, maravilloso) siempre me contesta piándome. Desde hace un tiempo, cuando salgo a hacerle una de estas rutinarias visitas, me encuentro al Buscavidas en el tendedero, cerca de mi canario. Está allí porque mi canario tiene la engorrosa costumbre de desperdigar parte de su alpiste por el suelo de la terraza, situación que el Buscavidas no duda en aprovechar para alimentarse (hay que tener en cuenta que vive en el aire pero no de él). Yo entonces silbo. Ahora no solo contesta mi canario, ya que el Buscavidas se une a la conversación con un ruido muy parecido a un graznido. Yo sigo silbando hasta que el Buscavidas, sin previo aviso y sin despedirse, decide irse volando. Entonces mi canario y yo lo observamos, pero sin enfadarnos, porque ambos comprendemos que el Buscavidas sólo es prisionero del cielo.
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CAMINA
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Me he quedado sola. Otra vez. La rutina laboral de siempre: la última en irme… y la última en llegar. Siempre viví en el país de las últimas cosas. No voy a cambiar. ¿Y el tiempo? ¿Él cambiará? El silencio es un amigo peligroso y habla a gritos: todo lo magnífica, una lupa emocional. En silencio los sentimientos adquieren trascendencia, solemnidad, se creen más importantes de lo que realmente son. Menos mal que su regia apariencia se esfuma con un golpe de risa. Necesito todos los días esos breves momentos de solemnidad: yo y el silencio, solos, y que el silencio me engañe, antes de que vuelva el ruido y todo sea vulgaridad.
Acaricio el aro que cuelga del lóbulo de mi oreja. Qué bonitos pendientes. Qué bonita la Catedral. Y qué bonito el silencio, en él la lógica del sentimiento deja paso al sentimiento. Veo a al limpiador venir hacia aquí, con su rostro siempre curioso. Se rompió el sortilegio. Me ha encontrado la soledad que se oculta agazapada tras las miradas de la gente. Buenos días, dice. Hola, contesto. Suelo dar un poco más de conversación (no es impostura, soy de natural sociable), pero hoy no me apetece. Miro la catedral de nuevo justo antes de irme. Sigue silente. Entonces comprendo que hoy realmente estoy emotiva. Sé que es algo extremadamente pasajero, sé que no tengo motivos para sentirme así, sé que los ecos del silencio aún me seducen con sus mentiras. Y sé que lo único que en estos instantes me apetece es sentarme y mirar al mar y, claro, me acuerdo de esta bitácora y sonrío con la canción de los Héroes: “sirena vuelve al mar, varada por la realidad”.
Mi madre me dio una vez un consejo: hija, camina, sigue.
Sí, qué razón tienes, mami. Camina. Camina. Camina. Un paso y, si sobrevives, luego otro. Pero centra todas tus fuerzas en ese primer paso. El mundo se reduce a eso. La vida se reduce a la vida. Porque nada ni nadie puede robarte el próximo paso. Ni siquiera el tiempo.
Un paso más. Sólo un paso más. Camina.
No es una despedida, tan sólo son unas vacaciones. Muchas gracias a todos por vuestra fidelidad.
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CUMPLEAÑOS
Arrastra la silla junto a la ventana y se sienta a mirar a la calle. Cae la tarde y se ahonda la oscuridad. La calle está desierta. Pasa el tiempo; sus pensamientos se estancan. Meditación, piensa: esa es la palabra. Esa cabeza amodorrada, esos párpados que le pesan: es el plomo que se le asienta en el alma.
("El maestro de Petesburgo" J.M Coetzee)
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La gente habla del miedo a la muerte, a lo desconocido, al no ser Shakespeariano. La muerte es un fantasma que habita en la oscuridad del quizás, que no ha sido pervertido por la certidumbre ni lo categórico. El después de la muerte lleva adherida la duda como un estigma. No hay creencia ni fe sin ojos que pueda eliminar completamente la duda. Por el contrario el paso del tiempo es certeza. Y es terrible.
Nuestra vida es un juego de fuerzas: respecto a los demás, respecto a nosotros mismos, respecto a todo. Un juego. Y el tiempo en esta partida lleva siempre las cartas marcadas.
Yo a lo que de verdad temía era al paso del tiempo. Pero hoy, precisamente hoy, puedo decir que ha dejado de ser mi gran obsesión. Hoy cumplo un año más. Pero hoy sé que nada es lo que parece y hoy, recapitulando, sé que ya no tendré que soportar la sensación de que algo se me escapaba de las manos. Hoy puedo creer en la utopía. Hoy ya no me falta lo que de verdad necesitaba. Hoy tengo una razón… he visto mi alma y ya no la busco.
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DUELE
Tantos noviembres comienzan a lo largo del año cuando yacemos en el infierno de la espera, cuando ansiamos sumergirnos en la matemática sincera de los cuerpos desnudos...
Cuando llega noviembre sólo queda la vulgaridad de la supervivencia, esperar que el pasado pase de una vez y no mate.
En el azar, en el misterio del tiempo se esconde la tragedia de la existencia: el ayer nunca será mañana. Siempre busqué el latido que me faltaba. Al no encontrarlo traté de buscar el eco del latido. Creí oír algo pero no era el eco del latido: Era mi propia voz intentando escaparse entre las grietas del pasado.
Al final de la película “El tercer hombre” hay una escena maravillosa: Joseph Cotten va en un coche con chofer dirigiéndose hacia al aeropuerto. Por el camino se encuentra andando a la mujer que ama pero que siente un gran odio hacia él (por razones que no detallaré). Él le dice al Chofer que pare el coche, que va a bajarse. El chofer sabiendo la situación le dice que pierde el tiempo. Entonces Cotten le replica con un memorable "me encanta perder el tiempo". Dicho esto baja del coche y se enciende un cigarrillo esperando a que ella llegue. Ella llega y, sin ni siquiera mirarle, pasa de largo y termina la película.
Espero que esta nimia descripción sirva de homenaje a aquellos que sólo saben esperar en la tormenta, aquellos que se consagran a la ejecución de actos inútiles. Como yo.

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LA POESÍA DEL AYER
Recuerdo vagamente una escena de la extraordinaria película “Fanny y Alexander” de Ingmar Bergman: recalco lo de vagamente porque no sabría decir que personajes aparecen en ella, el contexto exacto que la envuelve ni, por supuesto, la literalidad del diálogo –toda esta imperdonable laguna memorística responde a dos vulgares y poderosas razones: la película sólo la he visto una vez y hace ya muchos años–. Recuerdo que había un hombre, probablemente viejo, muerto; los muertos Bergmanianos tienen a menudo la curiosa cualidad de ser tangibles y elocuentes. Pues bien, recuerdo que el espectro tenía una conversación con alguien (posiblemente uno de los dos niños protagonistas) en la que hablaba, creo, sobre su vida. Lo que se me quedó inequívocamente grabado es una aseveración del fantasma que venía a decir, a grandes rasgos, esto: “recuerdo muy bien mi infancia y mi vejez, sin embargo apenas recuerdo los largos años intermedios”. Bergman, por tanto, enfatiza la infancia y la vejez como los dos periodos verdaderamente importantes y sustanciales dentro de la vida de una persona. Bien. Centrémonos en la infancia, hoy me he despertado absurdamente poco gerontófila.
Empezando por Freud (tal vez el primer gran niño grande), pasando por una catarata de manifestaciones artísticas de todo tipo (literarias, cinematográficas, pictóricas…), científicas, etc., se pregona la importancia capital de la infancia. No hay que ser un ultra del psicoanálisis para aceptar que las experiencias que tienen lugar en la infancia poseen gran significación en el moldeamiento psicológico del sujeto adulto. Tal vez no exista un inflexible determinismo, pero su influencia, sin entrar en cuantificaciones, es innegable. En el desarrollo ontogénico los primeros años suelen constituir un periodo crítico tanto a nivel físico como psíquico. Concluyendo: sí, la infancia importa, no seré yo quien diga lo contrario. Sin embargo, sí hay un aspecto de ella en el que me gustaría ahondar:
La infancia como tesoro emocional, como esquirla imperecedera en el corazón del hombre. Invariablemente se le ha atribuido una descomunal fuerza afectiva. No lo digo yo, lo dice, por ejemplo, Orson Welles cuando hace pronunciar a un moribundo la palabra Rosebud, consiguiendo de esta manera que un trineo, símbolo de la infancia, se convierta a su vez en símbolo de toda una vida. Hermoso mensaje; que sea atinado no lo veo tan claro. Pienso que cualquier mirada retrospectiva imbuye un romanticismo engañoso, gracias a una memoria siempre tramposa. El ayer no es más que algo que hemos perdido. Y en el ayer solemos ver poesía: ya sea en el ayer de un amor, en el ayer de una amistad o en el ayer de una vida que es lo que llamamos infancia. Lo que se pierde, lo que se tuvo y nunca se volverá a tener, se envuelve de una neblina nostálgica y es difícil que ésta no infecte nuestro juicio crítico. Siendo descarnadamente sinceros: ¿Qué podemos recordar realmente de nuestra infancia más allá de cuatro o cinco imágenes borrosas? ¿Por qué queremos creer que esas cuatro o cinco imágenes borrosas encierran la gran riqueza humana?
El recuerdo es el único recurso que tenemos las personas para intentar luchar contra la muerte: por ejemplo, cuando recordamos a los muertos estos están menos muertos. Vida y recuerdo son conceptos separados por fronteras difusas. En cambio, sin recuerdos sólo hay espacio para la muerte. Una de las grandes tragedias de la vida es que la infancia, nuestra única oportunidad de ser verdaderamente felices, se disuelve en la memoria. Por ello, la infancia en la vida no sólo se pierde sino que también se muere. O casi, pues nos quedan esas cuatro o cinco imágenes borrosas. Y ver poesía en ellas no es una elección. Es una necesidad.
A Peter Pan
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EL AMOR SE PIENSA
(Yosi. Los Suaves)
Amor platónico, qué expresión tan manida. Supongo que lo de “platónico” hace referencia a Platón –ése que hablaba del mundo de las cavernas, el mito de las ideas y no sé que más cosas raras– y con Platón se quiere expresar el concepto de idea. Es decir: el amor como una idea. Las ideas discurren en el pensamiento y éste es producto de la mente (o raciocinio, o intelecto, o como queramos llamarlo). Si la mente es la fuente a partir de la cual germina la idea de amor eso descarta el concurso del sustrato emocional en el proceso. Claro que participan los sentimientos pero no como agentes sino como víctimas: sentimientos encorsetados por el pensamiento, esclavos subyugados por la dictadura del idealismo. En el amor platónico lo que sentimos es consecuencia de lo que pensamos o idealizamos y he ahí el problema: los filósofos del amor preconizan que el amor verdadero consiste en un proceso opuesto, en el que hay que invertir causa (pensamiento) y efecto (sentimiento). Por ello, amor platónico se suele utilizar como antónimo de amor verdadero. ¡Pobres sentimientos del amor platónico!, no son vírgenes o puros, sólo son una cohorte de prostitutas de la mente, encerrados en su harén hasta el final del hechizo. Ahora llegan las preguntas: ¿De verdad el amor es una expresión exclusiva de nuestro mundo emocional, un hecho humano ajeno al pensamiento? ¿De verdad, Pascal, que el corazón tiene razones que la razón no puede entender?
Pienso que el amor se piensa. Así de simple, así de complicado. Creo en el amor, sí, pero no en una concepción Becqueriana de él sino como hecho predominantemente racional. En lo que se refiere a la cuestión amorosa, el pensamiento puede existir sin el sentimiento pero no viceversa. ¿Entonces por qué muchos enamorados cometen actos contrarios a la razón? Porque los sentimientos se rebelan, intentan zafarse de su creador (la mente) y adquirir entidad propia y diferenciada. Lo triste es que la rebelión siempre fracasará; nadie puede dejar de ser quien realmente es: ni siquiera los sentimientos, esas fulanas indefensas del pensamiento. Creo en el amor platónico como amor verdadero: lo que ocurre es que la gente confunde amor platónico con amor pasajero. ¿Es la duración, la transitoriedad, el criterio que dirime la veracidad o falsedad del amor? Aquella persona atrapó tu pensamiento y tu vida durante semanas y luego se rompió el hechizo; ¿Como se rompió pronto el sortilegio significa que eso nunca fue amor? Confunden verdad fugaz con espejismo. Revindico esos sentimientos transitorios como la expresión más pura del amor, aunque en seguida se los lleve el viento; los llaman falsos porque de ellos no nació el hábito y enmascararon el desengaño. Y los llaman falsos porque están subordinados a la mente, sin comprender que todo está subordinado a la mente, que ni siquiera el amor escapa a ello. El amor no es especial, sólo frágil, como todo lo humano. La razón tiene razones que la razón no puede entender.
Además, el amor se vive en la ausencia. Los sentimientos amorosos más ardientes sólo se pueden experimentar en ausencia del objeto amoroso, es la gran paradoja. Y esto es así porque la ausencia únicamente nos permite el pensamiento del objeto amoroso lo que es mucho más poderoso que el objeto amoroso en sí. En soledad bulle la reflexión nostálgica mientras nos inunda el romanticismo de lo retrospectivo. Dice el tópico más manoseado que el desamor sólo lo cura el tiempo y la distancia. Lo que llaman tiempo y distancia es en realidad olvido, y el olvido borra el amor como borra cualquier otro pensamiento.
El amor es silencio y recuerdo.
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"Alone in Kioto"
Vivir en la espera, en lo que todavía no es, es aceptar el desequilibrio estimulante que supone la idea de porvenir. Toda nostalgia es una superación del presente. Incluso bajo la forma de remordimiento, toma un carácter dinámico: se quiere forzar el pasado, actuar retroactivamente, protestar contra lo irreversible. La vida no tiene contenido más que por la violación del tiempo. La obsesión de estar en otra parte, es la imposibilidad del instante; y esta imposibilidad es la nostalgia misma. (-PD. Domo arigato... espero volver)
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CARICIAS DIVINAS
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Para Scila, por sus sueños
Me considero una persona muy escéptica. Mi fe no suele transgredir las fronteras que establecen mis sistemas sensoriales, dicho de otro modo: mis sentidos son mi fe. Me cuesta creer en lo que no veo, en lo que no oigo, en lo que no puedo percibir, en definitiva, de una manera inequívoca, taxativa. Esta forma de captar el mundo me conduce a su vez por veredas racionales a la hora de interpretarlo. Me encantaría creer en reinos que no son de este mundo, pero me cuesta abandonarme a esas explicaciones que exigen ojos cerrados y corazones abiertos. A veces pienso que todo es ciencia, células, átomos... y que la naturaleza nos maldijo con la conciencia de nosotros mismos para luego desaparecer sin más, que el hecho de poseer inteligencia no nos confiere un alma inmortal, que la vida no se sustenta en la moralidad ni en un final feliz antes incognoscible, que la vida no es un secreto, que la vida es vida y nada más. Lo dicho parece el dogma de una persona ortodoxamente atea pero, aunque resulte paradójico, no es así. Hay un fino hilo que me ata al agnosticismo, al “quizás”; ese fino hilo es el misterio de los sueños.
Creo que los sueños son, posiblemente, los únicos hechos inabarcables por mi empeño racional. Me explico: no quiero decir que pueda otorgarle a todo una explicación fundamentada en la razón –ojalá- pero sí que puedo suponérsela. En cambio, me es imposible abordar desde una perspectiva racional los sueños. No me adscribo a una concepción freudiana de ellos: no creo que encierren un significado psicológico, por lo menos tal como entendemos el término “significado”; no pienso que se manifiesten por el relajamiento de un invisible mecanismo represivo; me niego a creer que estos se puedan interpretar a partir de determinadas pautas como jeroglíficos con su Roseta. ¿De verdad, como asevera Freud, la mente del hombre es tan sumamente metafórica? Nuestra mente dibuja imágenes que encierran significados que trascienden estas imágenes, los sueños son laberintos plagados de simbolismos... ¿Cómo, una persona tan racional como yo, podría creer algo así? No puedo creer una teoría que presupone a la mente como una máquina literaria. Para mí esto no es más que semántica, retórica que se asienta en un frágil empirismo. El intento de Freud, a mi juicio por supuesto, fue original, bello, brillante, pero vano y no ajustado a la “realidad”.
No es mi intención perderme en el jardín psicoanalítico sino intentar ahondar en un misterio. Entiendo por misterio aquello que no tiene o tiene muy difícil explicación y para mí no hay nada comparable al misterio de los sueños. Huyamos de concepciones poéticas, musicales, incluso cinematográficas, que han hecho de los sueños materia prima de la representación artística, y admitamos un aspecto: los sueños suelen ser, en su gran mayoría, absolutamente absurdos, inconexos, anárquicos. Casi nunca obtenemos una muestra (ej: caernos hasta estrellarnos contra el suelo) que se puedan atener al manual de Freud.
No, no puedo encontrar una explicación científica, ni siquiera suponerla. Siendo racionales lo normal es pensar que cuando morimos todo se acaba; pero... ¿no sería también normal que cuando fuésemos a dormir todo fuese oscuridad y no hubiese espacio para los sueños? ¿Por qué tenemos diseñados en nuestra mente esos pequeños milagros cotidianos, esa experiencia tan absolutamente diferenciada y especial con respecto a cualquier otro hecho humano? ¿Si existen los sueños cuando dormimos por qué no va a existir “algo” cuando morimos?
Sé que es una argumentación que puede resultar ilógica, pueril, espuria. Pero no por ello voy a dejar de considerar a los sueños como ese fino hilo que me une ya no al agnosticismo sino a la “inmortalidad”, de interpretarlos como pequeñas caricias divinas.
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Que no, que no, que el pensamiento no puede tomar asiento

... En una noche infinita
que va meciendo este gran ataúd
donde olvidamos que el día
sólo es un punto de luz
Que no, que no, que el pensamiento
no puede tomar asiento,
que el pensamiento es estar
siempre de paso, de paso, de paso…
No me quito esta canción de la cabeza. Me paso el tiempo cantándola por lo bajini y repitiendo el estribillo: “Que no, que no, que el pensamiento no puede tomar asiento…” A ver si subiéndola al blog se produce un pequeño milagro y me la quito de encima contagiándosela a quien la escuche (el riesgo es mínimo).
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CERDOS CON DIENTES DE ORO
Presenté a Sophíe y a Stanislav en inglés pero ellos prefirieron continuar la conversación en francés, un idioma más acorde con sus respectivas personalidades y, sobre todo, con la pose que gastaban. Hablaban pausadamente, en un tono muy bajo, susurrando palabras, extasiados por la catarsis de escucharse, alejados (¡menos mal!) de la mediocridad que caracteriza al vulgar parloteo.
Cuál sería el aspecto de Sophíe que al diseñador -docto en estéticas imposibles- se le notaba embrujado por la originalísima y delirante imagen que la mujer proyectaba. De hecho no dejaron de hablar desde el momento en que les presenté. Hacer presentaciones formaba parte de mi “trabajo” y no me equivocaba cuando pronostiqué que se produciría el mutuo “flechazo”. Stanislav no sentía el menor pudor en mostrar su mayestática admiración y ella no podía ocultar el gozo de ser embadurnada de halagos por alguien tan cualificado. Hubo un momento en que me sorprendí ensimismada contemplando el mutuo ensimismamiento: él tan tierno y frágil, ella tan etérea y porcelánica.
Yo intentaba aparentar que les escuchaba, inmersa en cruenta batalla contra el bostezo. No me quedaba otra cosa que liberar mis pensamientos para que el tiempo pasase lo más deprisa posible, divagando en cuestiones de inequívoca trascendencia. Primero me empeciné mentalmente en encontrar un nombre adecuado para definir el look de la francesa. Por fin, tras mucho cavilar, di con la solución: era una mixtura perfecta entre Belfegor (el fantasma del Louvre) y Cocó Chanel. Estaba envuelta en velos negros y, para infundir aún más misterio en su aura espectral, lucía unas gigantescas gafas negras en forma de alas de mariposa que escondían las tres cuartas partes de su rostro blanco marmóreo. Oculto en la negritud se vislumbraba la quimera del color, personificada en el rojo sangre (rabioso, iracundo) con el que se había dibujado, con la pericia de un Velázquez, unos labios. Pero lo que le convertía en más que seria candidata al Nobel de la excentricidad era su pelo. No debió resultar fácil, justo es reconocerlo, idear un peinado tan imposible; se requerían grandes dotes imaginativas para expresar la excepcionalidad y la autocomplacencia con la que esta mujer se mostraba al mundo. No ahondaré en un conato de descripción porque es uno de esos casos en los que una imagen vale más que el diccionario de la RAE.
Mis ejercicios de creatividad mental quedaron ahí. Cuando mis elucubraciones parecían dirigirse con entereza a terrenos más metafísicos (en concreto hacia el espinoso tema de “la insoportable levedad” de ser, por ejemplo, un caracol) vi entonces algo conmovedoramente inspirador: Cocó Belfegor mostró una sonrisa tan amplia que exhibió sin recato dos muelas de un oro centelleante. La alquimia de estos componentes estéticos (ropa, peinado, tez, muelas…) conformaban el elixir de la eterna no juventud; un elixir que, por cierto, huele a Chanel número cinco en descomposición. Embriagada por dichos efluvios, recordé un aforismo que reza: “eres más hortera que un cerdo con un diente de oro”. No pudiéndome resistir a la analogía: pensé que no estaba más que rodeada de cerdos con dientes de oro. Pero no había en este pensamiento ningún menosprecio al cerdo ni a los comensales, sólo que la imagen del cerdo (además de la ingenua hilaridad de imaginarlo con semejante pieza dental) se convirtió ya en un contumaz estribillo que no dejó de martillear mi cerebro el resto de la velada.
Por fin, en un acto de audaz determinación, e intentando salir del ensimismamiento porcino, me decidí a hablar y participar de aquel cuadro chagalliano, ya fuera con una delicada pincelada o con un torpe borrón (que con esta gente nunca se sabe). Contraataqué a la diva, sin ambages, con lo primero que se me ocurrió: su magnífico cutis. Empeñada en reinventarse, no advirtió el tono hueco del halago y de esta manera, comenzó un kafkiano circunloquio y luego un enconado debate con el resto de los comensales de aquella tabla redonda sobre los estragos que causan los rayos solares en la piel.
Stanislav no añadía a su aspecto enclenque ningún rasgo que hiciera destacable su presencia. Llevaba el pelo afeitado al uno para disimular lo que en su mundo era una tragedia: una lustrosa alopecia testosterónica. Los contornos faciales, angulosos y cadavéricos, encajaban perfectamente en el patrón –si es que lo hay- de lo que debe ser un diseñador de éxito. Su homosexualidad (revelada o no, obvia), era tan delicada, tan poco agresiva, tan amable, que te hacía sentirte cómoda a tu pesar.
Ellos eran las estrellas cegadoramente relucientes, la atracción de la mesa, pero no había que subestimar al resto de los comensales, en dura pugna por hacer el comentario más ingenioso.
Hay siempre entornos que a uno lo superan. Esos mundos superficiales y prescindibles como el de la moda que, en mi recusable radicalismo, nunca llegaré a entender. Había momentos en que no sabía dónde mirar -¿hubieron momentos en que supe donde mirar?-. Sólo me quedaba resistir y abandonarme al instinto de la supervivencia social, invocando a ese camaleón que todos llevamos dentro y nos permite adaptarnos al medio.
Entonces se hizo el silencio y sólo se escuchó la voz del más joven de los allí reunidos, casi un imberbe, alguien masacrado, pese al maquillaje, por las cicatrices del acné. Éste, sabiéndose en ese momento el centro de atención, quiso tener su minuto de gloria y con tono afectado, etílico y regio canturreó emulando al mejor Alfredo Kraus:
“No hacemos otra cosa que vivirrrrrr en una burbuja, pero a veces, hay que salirrrrrrrrrrr…y sobre todo; fluirrrrrrrrrr…, dejarse llevarrrrrrrrrrr...Y luego, volverrrrrrrr a nuestro mundo, … a la burbuja…”
-Dientes, muelas, trapos, burbujas, pelos, modas, cerditos … cerditos cantarines con dientes de oro… En ese momento me di cuenta de que yo, al igual que el improvisado tenor, también había bebido demasiado.
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LA GRAN TRAGEDIA
El porqué me subí al carro de los más de siete millones de blogs que hay en la red es todavía un misterio para mí, aunque algunos tienen las ideas muy claras sobre el interés del género femenino en el particular; por ejemplo el periodista Arcadi Espada asegura lo siguiente: “…Cuando una señorita se pone a contar los polvos que hizo la noche anterior, eso no es lo que se entiende por periodismo. Eso son los casos del 90% de los blogs, los polvos, sobre todo, los polvos que no se han podido hacer (risas)”. Esto lo dice el señor Estocada, o Espada, o Estilete, que no se anda con rodeos, tal vez desde autoridad moral que confiere el tener un blog serio: “Escribo un blog periodístico porque firmé un contrato con Espasa porque me parece importante deconstruir el texto periodístico, ya que es una tarea fundamental de esta época pero también me gustaría escribir uno distinto, sobre las cosas cotidianas.”
Esto me animará a no entrometerme nunca en tareas tan fundamentales y tener que deconstruir textos periodísticos. Pero mira por donde sí podría escribir sobre las cosas que le gustaría contar a don Arcadi, es decir, las cotidianas. Así que nada de reflexiones, ni de libros, cine o relatos… Hoy, dando un repaso a mi cotidianeidad más absoluta, escribiré sobre lo que hice el domingo pasado. Pero que nadie se inquiete pues no seré procaz.
Sobre las 12 de la mañana, fiel a un ritual que ya parece ancestral, enciendo una barrita de incienso (sándalo) y pongo el CD de Paolo Fresu “Mare Nostrum” a todo el volumen que resulta posible sin que los vecinos aporreen mi puerta –ejercicio de precisión milimétrica, todo hay que decirlo-. Hasta que me enamoré de la sugestiva música de Fresu escuchaba con devoción a Carlos Cano (y mi canción preferida “¡Qué desespero!” unas seis o siete veces) … Mientras preparo algo para comer paladeo a pequeños sorbos mi combinación favorita (1/2 de Zinzano rojo, 1/4 de Martini blanco, unas gotas de vodka y hielo picado) y observo por la ventana las montañas de color cobalto que encierran este valle en el que vivo, a la vez que me abstraigo imaginando que volaré por encima de ellas rumbo a Japón antes de que acabe el año. Y de repente, me digo… ¡qué bien me siento! Pero más que a las ensoñaciones viajeras tal vez se deba a que no me duele una muela y recuerdo a Kundera corregir a Descartes diciendo "siento luego existo" (“Pienso luego existo, esa es una frase pronunciada por alguien que daba muy poca importancia al dolor de muelas”, aseveraba el escritor checo en su novela “La inmortalidad”). Entonces me pregunto: “¿Es la felicidad la ausencia de dolor?”. Los sorbos del combinado de Martini y la envolvente atmósfera creada por Fresu me dan una contestación contundente, inapelable: “No pienses, no te hagas preguntas trascendentes. No pienses en lo bien que sientes, sólo siente. Disfruta el momento”. Obedezco con placentera sumisión los pedagógicos consejos de mis amigos etílico-musicales y me extravio en los terapéuticos páramos de la mente en blanco.
Pero lo más memorable siempre está por llegar. Sobre las tres de la tarde, relajada tras un opíparo banquete (entendiendo por “opíparo banquete” un sencillo aperitivo y una frugal ensalada) emprendo la lectura de un periódico local, ávida de ver lo que se deconstruye por ahí. Y, de repente, encuentro una noticia que vale mil misas... Un periodista entrevistaba a un monje budista oriundo de mi localidad -ya de por sí es algo tan exótico como un torero nativo de Osaka- que se hace llamar Felpeto Bonzo (constatación empírica e irrebatible de que un nombre artístico puede ser una obra maestra) que, con una oratoria que haría palidecer a Demóstenes, deja una frase para la eternidad: “En la próxima reencarnación no quiero ser persona de nuevo sino paquidermo”. Durante los siguientes cinco minutos paso de las risas a las carcajadas sin solución de continuidad. Una vez me he serenado –aunque con alguna recaída que otra- pienso que algo así no puede caer en el olvido. Decido entonces escribir un libro al que llamaré “La gran tragedia de no reencarnarse en paquidermo” o “Deconstruyendo a Felpeto”. No mucho más tarde –aún más serena que antes... y ahora un poquito cuerda-, comprendo que sólo se me ocurren títulos pero nada que escribir. La razón es sencilla: hay cosas que se explican enteras por sí mismas. Un Monje budista español llamado Felpeto Bonzo que añora reencarnarse en paquidermo... ¿Acaso alguien puede atreverse a añadir una coma a tan desgarrador documento? Además, tampoco deja de ser trágico que cualquier cosa que pudiese escribir acerca de Maese Bonzo nunca superaría a ninguno de los títulos que he mencionado antes.
En fin… señor Espada, éstas son las cosas cotidianas de las que usted hablaba, incluida la extraña poesía de la vulgaridad, que diría Baroja, y también éstas son las cosas que me hacen olvidar este mundo absurdo que no sabe a dónde va (esto es de Aute). He de confesarle que siempre he experimentado sentimientos ambivalentes hacia usted. Por una parte me gusta su valentía, su descreimiento, su cultura, su afán desmitificador (o deconstructor, si lo prefiere); Sirvan de ejemplo sus comentarios poniendo a parir las novelas de esa vaca sagrada literaria de la actualidad llamada Ruiz Zafón, o el artículo poético e impactante que escribió sobre la tragedia de Fernando Maura (gracias al cual conocí el blog de Fernando, del me hice devota). Por otra parte me desagrada su deje prepotente, su sabelotodismo (sí, sé que esta palabra no existe), el hecho de que se sitúe permanentemente más allá del bien y del mal. Me gusta la gente que opina no la que pontifica; aquellos que están demasiados seguros de sí mismos suelen provocarme desconfianza. Quien no duda no es de fiar... a excepción de Felpeto Bonzo, cuyo conmovedor ejemplo de inquebrantable e inequívoca adhesión al mundo paquidermo me conduce hasta las lágrimas (sí, sí, de risa, pero hasta las lágrimas al fin y al cabo).
Ser o no ser paquidermo, esa es la cuestión.
-A Alberto M (la semejante criatura), porque “La risa es bella”, ¿o era la vida?
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