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DIGNIDAD PICKWICKIANA



Todos tendemos a categorizar; establecemos categorías y encontramos ejemplares que, a nuestro juicio, se adecúan a ellas. A continuación subcategorizamos y seguimos el mismo proceso pero en un estrato jerárquicamente inferior. Y lo hacemos por una mera razón: porque simplifica las cosas. Es un mecanismo que proporciona un tremendo ahorro cognitivo. Agrupar y establecer relaciones hacen más sencillo todo. ¡Tranquilos!, tranquilos, voy a dejar ya esto, no pretendo escribir un artículo sobre la psicología del pensamiento. ¿Entonces a que viene está soporífera introducción?

Viene a cuento porque voy a intentar, en cierto sentido, introducir el concepto de taxonomía en la esfera del humor. ¿Se puede acaso establecer tipologías, clasificar, un concepto tan ambiguo, tan amplio, tan subjetivo, como el humor? No creo que se pueda llevar a cabo esta tarea, al menos de una manera intensiva, extensiva y científica. Sin embargo, todos conocemos el humor irónico, el humor negro, el humor escatológico y demás ejemplos que se adscriben al concepto más abstracto de “humor”. Yo creo haberme dado cuenta de la existencia de un tipo de humor con unas características muy peculiares, tan peculiares que es posible que no constituyan una subcategoría con entidad propia (tal vez no sea más que la mezcla de diferentes tipos de humor), pero yo la voy a tratar como tal. Lo llamaré humor Pickwickiano. Ah, y por cierto: es mi favorito.

Hace poco terminé una novela de Charles Dickens, la primera que escribió: “Los papeles póstumos del club Pickwick”. Me la llevaría a una isla desierta. Es una de las mejores experiencias literarias que he tenido. ¿Es por su profundidad ideológica, por el penetrante aroma filosófico que desprenden sus capítulos? No, no es un libro que pueda constituir un pilar sobre el que se asiente una vasta edificación intelectual. ¿Es por su exquisita prosa, por su excelencia estilística? No, es un libro directo, ameno, poderosamente descriptivo pero poco ornamentado. ¿Entonces porque dicha novela me ha podido marcar tanto? Por una simple razón: es posiblemente el libro que más me ha divertido, que más me ha hecho disfrutar. La obra tiene como única (o principal) meta entretener y vaya si lo consigue. El divertimento por el divertimento. Hay que decir que el entretenimiento como fin artístico está injustamente devaluado. Compadezco a aquellos que, por ejemplo, no ven arte en una comedia de Billy Wilder porque sus ojos se esconden tras los opacos vendajes del intelectualismo; aquellos que sólo pueden identificar lo sublime con lo serio.

La novela plasma las crónicas de las peripecias de Samuel Pickwick, presidente del club Picwick, y sus compañeros del club (los Pickwickianos) en su aventura del saber. En todo momento se nos describe (a través de las actas del Club Pickwick) al señor Pickwick como un sabio, un “hombre inmortal”, fuente inagotable de conocimiento, además de un inigualable referente moral. Es un hombre, además, con un exacerbado sentido de la dignidad y el orgullo personal. En este punto, en la dignidad pickwickiana, nace mi particular concepción del humor pickwickiano. Dickens durante más de mil páginas nos narra como un hombre de tal altura se ve envuelto en diversas situaciones de lo más absurdas y rocambolescas. Ahí está la clave: pienso que el contraste entre la intachable y solemne dignidad del personaje y el esperpento de los hechos y de los actos es el epicentro del mejor humor. El humor Pickwickiano nace del contraste, una especie de dialéctica humorística que conduce irremediablemente a una hilaridad visceral.

Me puse a pensar y me di cuenta de que el humor pickwickiano no sólo se encuentra en el propio Picwick. Por ejemplo, un escritor que me encanta es Eduardo Mendoza. Es un magnífico gestor del lenguaje, alguien con una escritura virtuosa y dinámica. Al margen de sus magníficas novelas “serias” (ej: La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios, etc.) escribió una trilogía descacharrante: El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, El tocador de señoras. Libros todos ellos profundamente diuréticos. ¿Y que los hace tan graciosos? El mero hecho de que el protagonista, un auténtico impresentable (paciente psiquiátrico, ladrón, etc., etc.) habla y describe (las novelas están escritas en primera persona) las delirantes y patéticas situaciones que vive con el lenguaje de James Joyce; una especie de cruce entre El Vaquilla y Dostoievski. Tampoco hace falta focalizar el esfuerzo analítico en la literatura. Miremos al cine, un ejemplo actual: Leslie Nielsen (el protagonista de pelo blanco de películas como Aterriza como puedas, o la saga de Agárralo como puedas). ¿Qué hace que ese tío sea devastadoramente gracioso (por lo menos a mí me lo parece)? Efectivamente: su humor pickwickiano: la constante oposición entre su rictus serio, su dignidad y las monumentales chorrdadas que constituyen todas y cada una de sus acciones. Por cierto, ¿Charlot sería un icono universal del humor si el genial Chaplin no le hubiese conferido su inquebrantable dignidad? ¿Qué pensáis? El contraste es la clave. Al fin y al cabo, otras formas no pickwickianas de humor (aunque muy similares) como el sarcasmo y la ironía también tienen su génesis en el contraste.

Volviendo a “Los papeles póstumos del Club Pickwick”. Hace tiempo en un documental, que no recuerdo siquiera de que trataba, una persona dijo una frase que se me quedó grabada en la memoria: es tan insólito poder afirmar que algo o alguien te ha hecho feliz. Sí: es tan insólito que un libro te haya hecho feliz...

LA MANCHA HUMANA


No acostumbro a releer libros. Por supuesto que hay libros que me gustan tanto que empezaría otra vez a leerlos nada más terminarlos. Pero este particular dogma no responde a una cuestión de gustos sino a un aspecto más cercano a la moral: mi conciencia me dificulta esta tarea en cuanto recuerdo la cantidad de libros, de autores, que me quedan por descubrir y disfrutar. ¿Cómo voy a releer Crimen y Castigo cuando aún no he tenido la oportunidad de leer Madame Bovary? ¿Cómo puedo adentrarme de nuevo, sin reticencias, en las desventuras de Julien Sorel si antes no he podido observar de primera mano los remordimientos de Humbert Humbert? Cuando releo, en definitiva, no puedo desprenderme de la sensación de que estoy perdiendo un tiempo que podría estar empleado en la perentoria obligación vital de la lectura iniciática. La vida es demasiado corta como para releer.

Sin embargo, como casi siempre, este principio personal no escapa a la excepción. Estos días pasados me he dado el gustazo de mancharme, por segunda vez, con la humanidad de Philip Roth, con su prosa sabia, amena y desprovista de artificio, con una novela que habla con sinceridad de verdades y mentiras. Sé que de seguir así voy a tener que cambiar lo de Mundo de solos por Mundo de Roth (¡qué más quisiera!) pero es que su literatura ejerce sobre mí una fuerza atractiva irresistible. La única manera de librarse de Roth es caer en él.

Antes de hablar sobre el libro me gustaría hacer una pequeña aclaración: quien haya visto la película del mismo título no debería pensar que ésta representa al libro; quien no la haya visto debería seguir sin verla. Groucho Marx decía que la justicia militar es a la justicia lo que la música militar a la música. Yo, ahondando en las analogías, diría que La Mancha Humana (película) es a La Mancha Humana (novela) lo que Sarah Jessica Parker a la belleza femenina.

Nunca tuve complejo de contraportada así que no voy a empezar a desglosar el argumento. Nunca me ha gustado ejercer de taxidermista literaria, por lo que prefiero hablar de las percepciones y sensaciones que emanan de la novela y se adscriben a la esfera de lo meramente personal. La narración gira en torno a un hombre (Coleman Silk)... y a una mentira. Una mentira que condiciona toda una vida, una mentira que se convierte en la clave de una existencia. Todos hemos sentido alguna vez lo que es estar guarecidos bajo su sombra ardiente, soportar su pesada carga sobre nuestros hombros: en primer lugar está nuestra conciencia –hasta el más nihilista no puede evitar cierto malestar cuando miente– y en segundo lugar está el miedo a ser descubierto. ¿Quién no sintió eso cuando siendo adolescente falsificó sus notas? ¿Quién puede ser ajeno a esas dos sensaciones cuando le ha sido infiel a su pareja? Ejemplos hay miles, pero creo que cualquier persona puede identificar estas sensaciones en algún momento de su historia personal. La cuestión es que dichos ejemplos y cualquier otro son transitorios, no dejan de ser circunstanciales: pertenecen a un periodo concreto de nuestra vida e incluso se relacionan directamente con un entorno próximo y restringido. ¿Pero que ocurre cuando debes convivir el resto de tu vida con una mentira que impregnará todos tus actos vitales? Hay que imaginar por un momento las dos sensaciones anteriormente descritas (mala conciencia y miedo) pero amplificadas hasta el paroxismo, eternas, sabiendo que sólo morirán con la muerte. Eso es lo que plantea Roth en The Human Stain.

Bajo mi punto de vista el gran valor del libro reside en dos aspectos: por una parte la memoria emotiva de Roth permanece intacta y luminiscente. No conozco a un escritor más evocador, que sepa pintar cada palabra con el sabor de la nostalgia. Cada persona vive dos vidas: la que vive y la que recuerda. Roth se asoma a los recuerdos para contemplarlos con felicidad y tristeza. ¿Qué son los recuerdos sino imágenes inconexas salpicadas por la felicidad de lo que se ha vivido y envueltas por la tristeza de lo que no se va a volver a vivir? Es el gran poeta de la melancolía.

Por otra parte, la novela encierra una de las mayores burlas a lo políticamente correcto que he presenciado en mi vida (¿Soy a la única que le repugna una expresión tan políticamente correcta como “políticamente correcto?). No desvelaré nada al respecto, pero puedo asegurar que en la novela se produce un hecho (relacionado con la gran mentira) que constituye un monumento a la ironía. Un ataque frontal del escritor norteamericano contra esa falsa moralina, esa dictadura axiológica, que está germinando poderosamente en occidente.

Una obra maestra firmada por un sentimental... con muy mala leche.



A Argamenón, otro sentimental con...



EVERYMAN

Hay libros que atrapan: libros que atrapan por lo que cuentan; libros que atrapan por como están contados; libros que atrapan por su prosa inteligente; libros que atrapan por su poesía visceral; libros que atrapan desde su comienzo; libros que atrapan una vez terminados; libros, incluso, que atrapan por una sola frase, una sola reflexión, una sola certeza. Por primera vez, sin embargo, un libro me ha atrapado por su verdad. El libro se llama “Everyman” y lo escribió Philip Roth.

Me apasiona (casi) todo lo que escribe. Es un escritor que tiene un gran olfato cómico pero también un desarrollado sentido trágico. Nada artificioso, sabe penetrar en los más agrestes parajes reflexivos a través del lenguaje cotidiano. Alguien sin ataduras morales o estilísticas, enemigo acérrimo del pudor, honesto, libre, descarnadamente sincero. Sabe, además, plasmar como nadie la melancolía de lo que pudo haber sido y no fue, la nostalgia de lo que fue pero no volverá a ser.

La portada es totalmente negra, sus dimensiones se corresponden con las del típico “libro de bolsillo”, no supera las ciento cincuenta páginas... Todo está envuelto en una estética inofensiva, inocua. Es imposible intuir el peligro. Justo antes de empezar a leerlo pensé: “al menos me servirá para entretenerme un rato”. ¡Qué error!

Es cierto que es una novela que se puede leer de una sentada pero no es menos cierto que tras leerla posiblemente te quedarás sin fuerzas para poder levantarte. Más que una novela es un testamento, un testamento literario. Un relato que habla de la muerte y la vejez (mis obsesiones y las de tanta gente) sin anestesias lingüísticas, sin ornamentos, sin poesía, realista hasta la nausea. El argumento se resume en una sola palabra que, curiosamente, ejerce de título: Everyman (en castellano un hombre cualquiera) –Un inciso: creo que es un error que en España hayan titulado al libro “Elegía”. Se carga su espíritu–. Un hombre que lleva una vida cualquiera preñada, como cualquier vida, de anormalidades (en este caso divorcios, hijos rencorosos, soledad forzosa, etc), que envejece como cualquiera y muere como cualquiera. Advierto: no es un libro apto para hipocondríacos pues narra con absoluta minuciosidad todas las estancias hospitalarias del protagonista. Puede que mucha gente juzgue este afán descriptivo como innecesario, fútil y prescindible; pero en mi opinión, precisamente en esto reside la gran enseñanza de Roth: la persona es, ante todo y sobre todo, cuerpo. El cuerpo es el mayor catalizador de actos vitales que existe. Envejecer no es más que el deterioro del cuerpo y, cuando esto ocurre, nada más importa. Se pasa de vivir a sobrevivir. El cuerpo se convierte en Dios, cárcel y condena, como dice Roth: “La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre”.

Por si no fuera bastante, en la vejez debemos enfrentarnos a la idea de la muerte y esto a su vez significa, más allá de creencias o de cualquier empeño racional, sentir miedo. Un miedo paralizante y atroz. La muerte nunca se acepta, ni como idea ni como instinto. La muerte puede ser el mal menor (la muerte como evasión), la muerte, incluso, puede desearse pero nunca aceptarse. ¿Cómo se puede aceptar que un día dejaremos de existir? ¿Cómo se puede aceptar algo así? El protagonista de la novela en el ocaso de su vida queda reducido a cuerpo y miedo, soledad y recuerdo. ¿Y esto tiene algo de especial?: No. Es sólo la vida de un hombre cualquiera. Roth nos transmite que la existencia de la enfermedad y de la muerte hace que toda vida sea, intrínsecamente, trágica.

Sin embargo, lo verdaderamente descorazonador es que estás leyendo Everyman como si se tratase de una novela de ciencia-ficción, como si no fuese más que un delirio imaginativo del autor, como si todo lo que cuenta nos fuese a ser ajeno; tal vez es la única manera de poder soportarla. Pocas veces una novela me ha transmitido tanta verdad. Una novela, en verdad, terrible. Una novela necesaria.

EL ARTISTA


“Cuando un hombre nace artista, toda su experiencia vital se filtra a través de los ojos del arte.

                  "En el arte como en el amor la ternura es lo que da la fuerza"

Un día nació en su alma el deseo de modelar la estatua del «Placer que dura un instante». Y marchó por el mundo para buscar el bronce, pues sólo podía concebir su obra en bronce.
Pero el bronce del mundo entero había desaparecido y en ninguna parte de la tierra podía encontrarse, como no fuese el bronce de la estatua del «Dolor que se sufre toda la vida».
Y era él mismo con sus propias manos quien había modelado esa estatua, colocándola sobre la tumba de lo único que había amado en la vida. Sobre la tumba de lo que más había amado en la vida colocó aquella estatua que era su creación, para que fuese muestra del amor humano que no muere nunca y como símbolo del dolor humano que se sufre toda la vida.
Y en el mundo entero no había más bronce que el de aquella estatua.
Entonces cogió la estatua que había creado, la colocó en un gran horno y la entregó al fuego.
Y con el bronce de la estatua del «Dolor que se sufre toda la vida» modeló la estatua del «Placer que dura un instante» (O.Wilde)



Una vez más traigo a este blog lo que me gusta y conmueve; son manifestaciones del arte..., siempre el arte... Quizás Proust no se equivocaba al sistematizar aquella maravillosa idea de que solamente con el arte se recupera el tiempo perdido.

¡Qué es el Arte? le preguntaron a un pintor casi legendario, un poco loco y muy vivido, a lo que éste respondido: “El Arte es una mujer a la que hay que estar queriendo continuamente”. Tan original respuesta ha inspirado este pequeño relato sobre un artista que no supo atrapar la vida, con permiso de Oscar Wilde.
Hubo una vez un artista que rozó la perfección, creó belleza y dominó la técnica pero en su constante insatisfacción se veía obligado a buscar algo más... Convocó a las musas, se entregó por entero a su trabajo, pero... vivía sin lograr la plena satisfacción. Una gélida mañana de invierno recogio un pajarillo del suelo  que agonizaba de frío. Intentó revivirlo con el tibio calor de su mano. Lo intentó con todas sus fuerzas pero el pajarillo murió, pero gracias a él comprendió que la voluntad no es lo que da vida al Arte, lo que da vida es el latido del corazón. 
Durante unos años fue feliz porque el corazón del artista latíó como jamás lo había hecho, y sus obras se llenaron de vida. Hasta que una mañana, sus obras, perfectas y hermosas como un sueño inacabado, dejaron de tener vida. La vida que dejó marchar, la vida que latía en el "aún más", la que habita en el brillo de un amor luminoso,  la que sólo prende en los momentos indelebles de rara perfección, la que vivía en los latidos, cuando fueron un corazón.  


Beso tu boca


"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua."
(Julio Cortázar. "Rayuela" Cap.VII)




EL SILENCIO DE LAS SIRENAS de Franz Kafka

Posiblemente nunca se ha explicado mejor el verdadero poder del silencio...

"Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con inocente alegría.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo."

EL TÚNEL. Ernesto Sábato

"En todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario; el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida"

¿Qué decir de una novela que a pesar de comenzar contando el desenlace final, te intriga y te apasiona conforme avanzas en su lectura? ¿Qué decir de un texto literario perfecto con un lenguaje depurado y un estilo narrativo brillante? Sin lugar a dudas, “El Túnel” es una de mis diez novelas favoritas.
En primera persona, el pintor Pablo Castel narra desde la cárcel la historia de su crimen pasional. Pablo asesinó a su amante, María Iribarne, la única persona que él consideraba que podía entenderle y comunicarse con él íntimamente. El protagonista ha vivido un amor caótico por una mujer con la que se obsesiona desde el mismo momento en que la conoce en una exposición suya. Le impresiona que ella se fije, precisamente, en el detalle de un cuadro llamado “Maternidad” (que no es sino el paisaje de su soledad). Ese detalle es una ventana a través de la cual se ve una mujer frente al mar.
La ventana es la clave de la novela, una metáfora sobre la forma en la que el mundo interior (el túnel) se asoma al mundo exterior, es decir; la vida. El túnel del protagonista es sombrío, turbulento y oscuro, y así siente que es también su paso por la vida. ¿Es ella su redención? No. Ambos son pasajeros en trenes que circulan en direcciones contrarias, y sólo se han encontrado fugazmente y mirado uno a otro por las ventanas justo en el instante en que los trenes se cruzaban.
Sábato construye una honda reflexión sobre la obsesión, adentrándose en los territorios del inconsciente y en los métodos del psicoanálisis, y profundizando en los complejos y delicados mecanismos de la locura.
De “El Túnel” se ha dicho reiteradamente que es una novela inquietante. Y sin duda lo es, porque el protagonista narra la historia con la única intención de que alguna persona llegue a entenderlo, y lo consigue sobradamente en base a la lógica de sus explicaciones y lo fundamentado de sus razonamientos. Por ello, hay que hacer verdaderos esfuerzos para no perder la perspectiva de que estamos ante una persona trastornada emocional y psicológicamente.
El paisaje vital de la novela es el amor, la desolación, el nihilismo. Me quedo con esta frase del pintor: "La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad". No puedo estar más de acuerdo con él, la modestia no es de agrado, ni la humildad. Tras ellas siempre hay una gran impertinencia.
Esta novela definitivamente me fascinó y, sobre todo, me trajo a la memoria la frase de Joseph Conrad: "Aquél que establece un vínculo está perdido".

LA METAMORFOSIS de F. Kafka

El autor checo nos relata como un hombre se levanta una mañana y (sin que medie explicación alguna) aparece convertido en insecto. Se trata de una situación tan surrealista y delirante que es imposible no quedarse subyugado por ella. Sin embargo, reducir el valor de la metamorfosis a su originalidad, a su deliberada huida de parámetros realistas, a su rupturismo literario, sería desvirtuar un ingente trasfondo que va mucho más allá de la mera narración de una situación “extraña”. La amalgama filosófica y reflexiva de esta novela es tan densa que resulta difícil hacer una síntesis fiable de todos sus significados. Por eso nada mejor que evitar conclusiones categóricas y entregarse a la subjetividad.
La metamorfosis es la gran metáfora de la soledad. Durante toda la novela, Gregorio Samsa tiene que afrontar su tragedia desde la más absoluta soledad. Aislado, recluido en el pequeño mundo que es su habitación, con la única compañía de sus pensamientos y cavilaciones, vive ajeno a cualquier contexto social. Grete Samsa, hermana de Gregorio, lo alimenta y se preocupa por él, pero no le ofrece el apoyo emocional o moral que Gregorio necesitaría. Por medio del personaje de la hermana, Kafka critica veladamente a todas aquellas personas que lavan sus conciencias procurando sustento y cubriendo las necesidades materiales y físicas de sus semejantes (la caridad de guardarropía) pero que, en el fondo, son incapaces de escuchar y sentir la verdadera conmiseración. La pregunta queda en el aire: ¿Grete ayuda a su hermano porque se siente en la obligación moral o le ayuda porque verdaderamente le importa?
La idiosincrasia del insecto Gregorio se desenvuelve bajo el manto de una opresiva soledad, que deriva en otro aspecto fundamental de la novela: La incomunicación. Y ésta, a su vez, planea angustiosamente durante todo la narración. Aunque obvio, resulta inevitable subrayar que Gregorio está solo porque no puede comunicarse El fallido intento de llegar a sus familiares lo precipita a encerrase progresivamente en sí mismo hasta entregarse y aceptar su condición de insecto. De Kafka se ha dicho hasta la saciedad que era una persona extremadamente introvertida y solitaria. ¿Puede ser esta novela sea un reflejo hiperbólico de su propia vida?
Soledad, incomunicación y pesimismo son las piedras angulares sobre las que se asienta La Metamorfosis. Tampoco elude Kafka contextualizar el carácter alienante del trabajo haciendo que la máxima preocupación de un hombre que, sin venir a cuento, se despierta convertido en un insecto, sea el saber que no va a poder trabajar.
Pero lo más destacable de todo es la curiosa forma en que Gregorio Samsa afronta el convertirse en insecto; angustiado, pero sin preguntarse en ningún momento el porqué de esa nueva existencia. El no hacerse esas preguntas se sustenta, tal vez, en los preceptos existencialistas que formulara Jean Paul Sartre: “la existencia precede a la esencia” y “el infierno es el otro”. De esto se deduce que mientras existimos somos, cuando dejamos de existir dejamos de ser. Gregorio Samsa como insecto sólo existe y en ningún momento quiere plantearse quién es el verdadero otro, si el hombre o el insecto.