30/10/09

LA FRASE MÁS TRISTE

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A Ybris, porque tras tus palabras sólo puede esconderse una persona maravillosa. Porque resguardado en la distancia del solitario, siempre te sentí cercano.


Mi querida y admirada “La semejante criatura” dejó en la anterior entrada (“En busca del anciano perdido”) un comentario en el que mencionaba el epitafio del escritor ruso Gogol: “Os reiréis de mis tristes palabras”.

Pensé en Gogol: Hace varios años leí “Almas Muertas”. Recuerdo que en su momento me gustó aunque no consiguió entusiasmarme. Disfrute su lectura pero de manera inexorable y progresiva he ido olvidando los detalles, la trama los personajes, las situaciones, hasta conservar únicamente el recuerdo de la sensación que me produjo. Es lo que ocurre con la mayoría de los relatos que nos gustan sin llegar a marcarnos: recordamos mejor los sentimientos ante la obra que la obra en sí.

Pensé y pienso en la frase.

Confieso que no conocía su existencia. Fue leerla y guardarla, sin más liturgia, en el desván de las frases que no se olvidan. Le hice un hueco entre “Vive y deja vivir” y “¡Al alba venceré!” Ya sé que parece un poco caótico, pero no crean, tengo un cajón reservado únicamente a Oscar Wilde y otro a Woody Allen. Lo cierto es que cada vez queda menos sitio, no obstante siempre se puede hacer un pequeño espacio. Triste, muy triste, será el día que piense que no hay nuevas frases que me puedan llegar al corazón: eso significaría que tengo un alma muerta.

Muchas frases habitan el desván. La de Gogol es la más triste de todas.

Fue leerla y empezar a buscar compulsivamente información en Internet sobre ella. Pude leer diferentes traducciones que poseen la misma carga semántica (ej: se reirán de mis amargas palabras). Pude leer que era una leyenda urbana, una de tantas que circulan sobre epitafios. Me da igual. Que no esté inscrita en una lápida no le resta un ápice de verdad.

Seis palabras que encierran toda la tristeza del mundo, en las que palpita la resignación ante el tiempo. El tiempo todo lo frivoliza, convierte lo sacro en anecdótico, lo solemne en inofensivo. Una tragedia como el holocausto Nazi, que nunca se podrá someter a la asimilación, ya ha sucumbido al tiempo: en estos años que corren, situados a una distancia prudencial de aquella catástrofe humana, no es raro oír bromas sobre Hitler. Aún más cercano tenemos lo de las torres gemelas y, a pesar de ello, ya hay cientos de chistes circulando sobre el 11 de septiembre. Muchas de las grandes desgracias de la historia de la humanidad somos incapaces de mirarlas con ojos sentimentales porque las llamamos historia.

No importa su magnitud: ningún sufrimiento está a salvo. Por culpa del tiempo ningún sufrimiento es sagrado.

Y ahí está la sabiduría de Gogol:

Sabía que el dolor de una persona para esa persona es un mundo pero para el mundo no significa nada.

Sabía que sus tristes palabras son el testamento de su tristeza pero que las cosas que un día no importarán (como ese testamento) tampoco importan ahora y por tanto nada verdaderamente importa.

El dolor de una persona en el mundo, el dolor de una persona en el tiempo. Ceniza en el agua

Pensé y pienso en la frase porque me siento feliz. Es algo que me ha ocurrido siempre: me encanta pensar en cosas tristes cuando me siento feliz y viceversa. Pienso que sólo así se pueden valorar con perspectiva.

La próxima vez que me sienta triste procurare pensar en algo alegre, recordar algo divertido e intentaré con todas mis fuerzas reírme. Sí: reírme…

A ser posible de mi propia tristeza.

23/09/09

EN BUSCA DEL ANCIANO PERDIDO




Estimado anónimo:

No me ruborizo al confesarle que no entiendo lo que quiere decirme. No le entiendo pero no va desencaminado. Es cierto que babeo por un anciano, llevo años haciéndolo. Tal es mi amor que hace poco me decidí a dar el gran paso. Me tomé unos días de vacaciones, dejé todo en orden en mis páramos domésticos y emprendí su búsqueda. Una notable distancia nos separaba. Nada que no pueda arreglar un par de aviones.

Varías horas después de embarcarme en mi particular aventura, me encontré en el país inmenso de ese anciano inmenso. Mis fantasías y mis ensoñaciones siempre habían cubierto a San Petersburgo con un manto blanco, con la intimidante y bella estética que confiere la nieve al tejido urbano. No fue el caso (septiembre al fin y al cabo), incluso el cielo me recibió insolentemente despejado. Pero San Petersburgo no necesita ninguna vestidura nívea, porque la verdadera belleza sólo se puede apreciar en la desnudez y San Petersburgo es bello desnudo.

Me sentí cerca del anciano. Tan lejos y tan cerca. Podía luchar contra la distancia (y de hecho lo hice) pero no podía luchar contra la autoritaria distancia del tiempo. El anciano que buscaba murió hace dos siglos. Se llamaba Fiodor Dostoievski. Y estuve allí por él

Toda búsqueda imposible tiene algo de patético y algo de conmovedor. El sutil romanticismo de la derrota sin remedio.

Pero mi búsqueda no era imposible, encontré al anciano. Lo encontré en cada canal, que mi mente automáticamente imaginaba helado. Lo encontré en los puentes. En los fastuosos palacios.

Sí, estaba allí por ese anciano. Porque necesitaba caminar por las mismas calles que transitó (y aún transita) Raskolnikoff en compañía de su culpa y sus recuerdos. Porque, simplemente, él inoculó en mí el hechizo Ruso.

Después vino Moscú, pero eso es otra historia o quizás no. Rusia es como sus mujeres: tremendamente bella pero con un aura inaccesible, impenetrable. Rusia también es seductora pero distante, lo que hace que no puedas entregarte a ella sin reservas. Siempre se encarga de mantener las distancias contigo. Creo que sólo los rusos pueden comprender de verdad a Rusia. Los demás sólo podemos mirar… que no es poco.

Ese anciano comprendía muy bien a Rusia. Y comprendía muy bien a las personas. Su pluma era un escalpelo que diseccionaba el alma humana.

Quizás yo no encontré a Dostoievski y mi búsqueda fue imposible.

Pero él siempre me encuentra a mí:

Cada vez que abro un libro suyo.

29/08/09

INSOPORTABLEMENTE FRÁGIL



A Lobezno



Todo lo humano es insoportablemente frágil. Somos bombas de relojería que podemos estallar en el momento más insospechado. Cáncer, infarto, aneurisma, embolia, neumonía… lo aterrador no son las causas en sí: lo aterrador es que todos, más tarde o más temprano, acabaremos por tener una causa.

No hay que darle más vueltas a eso: no podemos desprendernos de las ataduras fisiológicas, del contrato biológico que firmamos por el mero hecho de nacer. Es lo malo de tener cuerpo (sí, sé que caigo en un dualismo un poco rancio): él manda. Podemos intentar potenciar factores beneficiosos, minimizar ciertos riesgos, pero el tiempo siempre acaba ganando al cuerpo (y a todo). Las mentes de los grandes genios de la humanidad se incrustaron en alimento para gusanos. La nuestra también. No hay que darle más vueltas.

Hay algo a lo que sí le doy vueltas. Algo humano. Algo más frágil que la propia vida.

Me refiero a las relaciones humanas.

Incluso el amor más fuerte puede ser destruido por una traición. La amistad más sincera por un malentendido. Es tan triste que los lazos emocionales estén a merced de las palabras, que años de complicidad pasen a ser sólo recuerdo por una mirada equivocada. Ningún vínculo, ¡ninguno! (padre-hijo, abuelo-nieto, enamorado-enamorada, amigo-amigo, amigo-amiga…) se asienta en la certeza.

Vínculos sinceros y fugaces como un beso en un sueño.

El “amigosparasiempre”, el “amorverdadero”: expresiones que intentan conectar un sentimiento con la eternidad ficticia. No son más que espejismos tenebrosos gestados al amparo de una pasión sincera.

Hay gente que consigue no romper nunca ese espejismo. No se trata de que todas las relaciones acabaran irremisiblemente rotas (no tiene porque ser necesariamente así). El meollo del asunto es que aquello que nos une a los demás, aquello que creemos sólido e imperecedero, es un fino hilo. Y en esta vida bogamos por un océano de tijeras.

Sólo podemos contar con nosotros mismos. Por ello siempre me digo: “Nadie es imprescindible”.

¿Nadie es imprescindible?

Al menos para sobrevivir, sí: nadie es imprescindible.

Sólo podemos contar con nosotros mismos.

Es la única certeza.

¿Y para ser feliz?

Para ser feliz, no: hay gente imprescindible.

Porque la felicidad siempre se somete a la incertidumbre…

La maravillosa incertidumbre de la amistad.

La maravillosa incertidumbre del amor.

10/08/09

Sólo los que viven tienen miedo

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Tras una noche sin pegar ojo por una preocupación injustificada, pero inevitable, amanece el día burlón, anunciándome que hoy hallaré verdaderos motivos para el derrumbe. Desayuno con la noticia de tu muerte. Aunque tu nombre es inconfundible pienso que no es posible, que no es razonable, que no se trata de ti. El de la página de sucesos no eres tú, es alguien que se llama como tú. Es que no puedes ser tú. Sigo leyendo el periódico y -como si hubiesen intuido mi incredulidad- me llaman al trabajo para comentarme la noticia y confirmarme que eres tú. Me quedo paralizada en el mismo lugar en el que nos presentaron, me pareciste un tipo con mucha clase y acepté encantada la noticia de trabajar juntos en un proyecto.

Era estupendo descolgar el teléfono y tratar cualquier eventualidad contigo, estabas ilusionado porque creías en lo que hacías. Compartimos un momento crítico: el día que todo el proyecto pareció venirse abajo por un error absurdo, imponderable. A los dos se nos pusieron de corbata y desde nuestras respectivas posiciones -que deberían enfrentarnos- en lugar de tirarnos los trastos a la cabeza nos tratamos con una exquisita cordura. El apoyo fue mutuo, espontáneo, y no impostado, algo completamente insólito en el mundo en el que nos movemos. Ese es el recuerdo que guardo de ti, y tu estilo, tu educación, aderezados de un gran encanto personal.

Hoy leo que has muerto durante tus vacaciones, mientras estabas con tu mujer descansando en una terraza. ¡Si, simplemente estabas sentado en una terraza! Un cabronazo robó una furgoneta y te atropelló destrozándote la femoral. Luego se dio a la fuga. Sigo sin creerlo, no estabas corriendo en una canoa supersónica, ni haciendo rafting, ni exponiéndote, ni siquiera estabas en la carretera, o en un avión, simplemente estabas disfrutando de tus vacaciones en una terraza en Formentera… Es el más absurdo todavía ¿Tengo que aceptar que el absurdo tiene que ser necesariamente tan absurdo?

Tu suerte desnuda mi razón. ¿Sabes? Hoy mis manos han vuelto a acariciar la rugosa portada de papel troquelado, resultado de aquel magnífico trabajo, mientras pensaba que eras el mejor publicista y el peor en el reparto de la suerte. ¡Qué terrible día para ti!... Para mí se ha vuelto gris.

¿Por qué la eterna contradicción del acá que nos ocupa? Como si vivir fuera una misión secreta y apasionante alejada de la verdadera consideración intrínseca del ser humano, que es caer en el engaño de escapar de sí mismo y decantarse por el cortejo de la relación humana.

Intento distraerme, no pensar (misión imposible). Tengo sueño, se supone que cuando duermes acaba el día y es mejor hacerlo antes de que éste acabe contigo. Estoy pensando justo en esto cuando recibo otra llamada de teléfono infausta; me comunican que mi amiga, mi AMIGA del alma (soy cursi, pero es lo que es) está ingresada tras sufrir un segundo ictus. Está mal.

Los seres humanos somos marionetas del destino. ¿Qué sentido tiene buscar escapatoria al último de los sarcasmos y fingir que no pasa nada? Vivimos con la asumida desesperación de no poder desterrar las violáceas ausencias encapotadas en los nubarrones de la vida. Nos resistimos a recibir más daño que el inevitable. Nos resistimos a reconocer nuestra fragilidad con la absurda pretensión de creer que por eso somos más fuertes. Quiero seguir creyendo que no hay nada imposible, excepto la muerte. Tú, amiga mía, no te mueras, o no te volveré a hablar en la vida.

Hoy no busco la originalidad, ni me importa caer en lugares comunes…pero es que la pena en sí (y sobre todo causada por la impotencia) es un gigantesco lugar común. No se puede reescribir la historia de los sentimientos, porque al final (y después de todo) no somos tan distintos. A veces sólo aspiramos a ser sinceros, al intento infructuoso de adivinar un porqué en una pregunta que nunca debería ser formulada. Aspirar a la pulcritud literaria cuando se intenta vomitar emociones es un contrasentido.

03/08/09

CORAZONES EN LAS TINIEBLAS

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A un corazón sin tinieblas


¡Qué difícil es conectar el sentimiento y la palabra cuando te dispones a escribir sobre algo que amas! La pasión siempre enturbia el proceso. La escritura es un intento de filtrar el caos que anida en los laberintos del pensamiento y convertirlo en algo que tenga sentido para nosotros –sólo para nosotros. Puede tener sentido o no para los demás, pero eso es irrelevante en la ética de la escritura–. Cuando la pasión se interpone el filtro desaparece y sólo queda el caos que se olvida de todo delirio de coherencia.
Voy a cometer la temeridad de escribir sobre algo que amo, que me apasiona. Voy a enfrentarme al caos, intentaré sistematizarlo (en la medida de lo posible), apresar su aliento y plasmar contornos que nunca existieron.
Voy a cometer la temeridad…
Amo Los Soprano. Me apasionan Los Soprano.
¿Y por qué los amo? Nunca podría responder a esta pregunta, es más: creo que jamás se puede responder a esa pregunta sin recurrir a una vulgaridad que linda con lo irreal. Ningún tipo de amor debe ser desmembrado por la lógica, el tamiz racional no tiene cabida. Plantearé preguntas más susceptibles de respuesta. ¿Qué ofrecen Los Soprano? A esto si me atrevo a responder: TODO. Tragedia, humor, épica, romanticismo, guiones memorables, personajes memorables, interpretaciones memorables, etc, etc. Posee, además, la cualidad suprema de cualquier relato (ya sea literario, cinematográfico… de cualquier tipo): Nada de lo que cuenta te resulta ajeno. Los Soprano es una historia de monstruos, una fábula macabra en donde los buenos son los malos. La gran paradoja es que no puedes evitar la identificación emocional, la mirada cómplice. Sus personajes perpetran atrocidades pero, a su vez, están revestidos de una humanidad irresistible. Por más espeluznante que sea el acto que cometan, siempre adivinas un corazón oculto en la niebla. Cabría preguntarse: ¿Son los personajes de Los Soprano gente intrínsecamente mala capaz de mostrar bondad? ¿O son gente intrínsecamente buena sumergida en la demencia moral, engullida por las tinieblas?
Quieres que ganen los malos, que se salgan con la suya. Puedes ponerte como quieras, pero una vez que la serie te ha atrapado es inevitable. No hay resistencia posible ante su descomunal fuerza empática.
¿Por qué?
Tampoco estoy muy segura de poder responder a eso. Fijémonos en el protagonista: Tony Soprano. Un líder inteligente y metódico, pero también lujurioso, glotón, violento e incapaz (como cualquier niño) de asumir la frustración. Tony Soprano es, a su manera, una autentica figura Nietzscheana, un elogio impúdico del instinto. En su ser no existen muros entre el impulso y el acto. Son esos muros los que nos permiten ser criaturas sociales y civilizadas. ¿Y quién no ha fantaseado con derribar los muros? Despojarse de todo convencionalismo social, de toda vestidura deontológica, es una idea tétrica pero seductora.
Los Soprano gozan del poder seductor de las fantasías tangibles e irrealizables.
En Los Soprano no sólo existe inmoralidad, también existe ambigüedad moral y es precisamente éste uno de sus puntos más fascinantes. Son gente que transgreden continuamente los preceptos y normas sociales y, sin embargo, no hacen más que hablar de valores, se jactan de estar sometidos a códigos estrictos e inviolables (familia, lealtad, religión…). ¿Hipocresía? ¿O realmente creen en un sistema de leyes ubicado en otro plano moral?
Humanos, demasiado humanos –a vueltas con Nietzsche-. La ambigüedad moral no es el único tipo de ambigüedad que existe. Por ejemplo: ¿Cómo una persona capaz de asesinar a sangre fría, ordenar ejecuciones masivas, se puede sentir impotente cuando se trata de educar a sus hijos? ¿Cómo puede mostrarse desarmado ante una figura maternal tiránica? ¿Cómo puede hallarse indefenso ante unas crisis de ansiedad que escapan a su control? Tony Soprano es un gigante. Cualquiera de nosotros podemos llegar a ser gigantes. Pero incluso los gigantes empequeñecen dramáticamente ante ciertas personas y circunstancias. Al final, después de todo, resulta que es débil, vulnerable… humano, demasiado humano. También es malo (¡malísimo!), de acuerdo.
Pero la maldad (ya sea de pensamiento o de obra) también es una cualidad humana. Demasiado humana.
Para terminar y a modo anecdótico diré que la última vez que lloré (hará más o menos una semana) fue viendo Los Soprano. Es una escena que habré visto cinco o seis veces pero siempre me pone un nudo en la garganta:
Christopher Moltisanti –Mi personaje favorito. Un joven de treinta y pico años con problemas de drogadicción y de temperamento, pero que es todo corazón, en el buen y mal sentido. Un monstruo enternecedoramente débil– está sentado, intentando escribir en su portátil un guión de cine sobre la mafia. Es una actividad que se toma muy en serio, incluso ha acudido a talleres de escritura. Se le ve desesperado, fumando como un carretero, sin poder escribir una frase, sufriendo el clásico bloqueo del escritor. Además, está pasando una mala época en lo que a su "trabajo" se refiere, se siente poco valorado y deprimido. De repente entra un amigo –Paulie. Un mafioso sesentón, de la vieja escuela–. Paulie le dice que hace que no está vestido, que están esperando en su coche un par de mujeres esculturales para pasar un buen rato. Chris le comenta sus problemas para escribir, que no se le ocurre nada. Paulie le dice que no se agobie, que ya le llegará la inspiración y que ahora lo que hay que hacer es divertirse. Entonces Chris procede a contarle una cosa que le enseñaron en el taller de escritura: todo dibujo de un personaje sobre el que se centra un guión tiene lo que se llama un "arco": empieza en un punto bajo, después ocurre un hecho trascendental que hace que ascienda (relata esto mientras asciende lentamente sus manos hasta el punto más alto de una imaginaria U invertida) y, finalmente, vuelve a bajar. Entonces pronuncia la frase que no olvidaré hasta que la muerte o la enfermedad me robe la memoria. Con la mano fija en lo alto y ojos vidriosos dice: "¿Dónde está mi arco, Paulie?"
Creo que todos nos hemos preguntado en algún momento de nuestra vida donde está nuestro arco.
Los Soprano no sólo ayudan a vivir: también ayudan a sobrevivir. La vida es demasiado corta como para no ver Los Soprano.
Es tan insólito poder decir que algo te ha hecho realmente feliz.
¿No?


07/06/09

UNAS MANOS, UN PIANO Y UN ARTISTA


A Coco, porque a veces la música no sólo ayuda a vivir. Ayuda a sobrevivir.





Me encuentro tumbada en el sofá. La habitación está envuelta en una luz tenue que la aleja prudencialmente de la oscuridad, no es cuestión de quedarse dormida tras dos minutos de horizontalidad. Mis ojos están cerrados pero levísimamente entreabiertos, como cuando dormimos, dibujados en un mapa facial que denota absoluta relajación. Me dispongo a escuchar El Concierto De Colonia (The Koln Concert) de Keith Jarret. Las primeras notas salen despedidas del altavoz del aparato de música. Un hombre y un piano, nada más. Sin más florituras ornamentales que unas manos y unas teclas que conectan la melodía con lo sublime y el ritmo con lo sagrado. Siempre que escucho este disco me entran ganas de llorar. Pero esas lágrimas no se subyugan a la tristeza. Son lágrimas esclavas de la belleza. Sí, exacto: siento ganas de llorar porque tanta belleza me rebasa. Es de ese tipo de música que te sumerge en la ilusión de que el mundo es mejor de lo que es, que la vida no es sólo vida, que el reino de lo divino puede ser de este mundo. ¡Cuanta belleza! ¿Y qué es la belleza? Contestar a esa pregunta es equiparable a intentar explicar un sentimiento. Sé que lo que estoy escuchando es cruelmente bello pero no sabría argumentar porqué. Creo que todo aquello que verdaderamente importa se sabe pero no se expresa… ¡Un momento! Esta parte me encanta. Ufff, siempre me emociono con estos acordes. Dicen que el concierto entero es una improvisación del pianista estadounidense. ¿Cómo se puede improvisar el arte?

¿Y qué es el arte? Vaya pregunta, intentar contestar a esto puede resultar incluso más atrevido que dar respuesta a lo de la belleza. Pero nada me impide meditar sobre ello, es un tema tan espinoso como apasionante. Empecemos: ¿No estoy haciendo una distinción espuria al separar los conceptos de belleza y arte?... ¡Vaya! Acaba de terminar el disco. La buena música siempre es abono (en el buen y no escatológico sentido del término) para la reflexión. No quiero zambullirme en cábalas ni ensoñaciones sin el revestimiento melódico de ese piano celestial, hoy no. Con majestuoso esfuerzo me levanto del sofá. Ando a tientas por un mundo que la pereza y el sortilegio musical aún vigente me hacen no comprender demasiado bien. Mientras me dirijo hacia el aparato de música (un auténtico vía crucis de cuatro metros) me percato del periódico que yace impertérrito encima de la mesita. Pienso: Voy a hojearlo, es bueno desengrasar mentalmente unos minutos antes de extraviarme en disgresiones imposibles. Me siento en el sofá tras coger el periódico -adviértase la agotadora y vertiginosa actividad que me veo obligada a soportar en pos de mi “aventura del saber”-, y empiezo a inspeccionarlo con desinterés. El curso de dicha labor prosigue con normalidad hasta que advierto en un recuadrito superior, a la derecha del periódico, el titular de una noticia: SE HACE PASAR POR CONCEJAL PARA MONTAR GRATIS EN LA FERIA. Nadie puede permanecer impasible ante tal sentencia, por lo que me aventuro a leer la noticia:

La policía local identificó a un hombre de 43 años después de que se hiciera pasar por concejal para disfrutar gratis de una atracción de la feria durante las pasadas fiestas. Está acusado de usurpación de cargo público y amenazó al feriante con cerrarle la atracción.

Después de leer algo así una no puede reflexionar sobre nada, ni siquiera ayudada por músicas de otro mundo. Quería discurrir largo y tendido sobre el arte pero ahora sólo soy capaz de producir un único pensamiento al respecto:

No sé lo que es el arte. Ni siquiera sé si abunda el arte en el mundo en el que vivimos…

Pero artistas hay por doquier.

21/05/09

TU RISA

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La risa fascina cuando se viste de secreto. Cuando no expresa, sino sugiere. Cuando nace en tus ojos. Cuando sus contornos derriten el tiempo. Cuando ata tu corazón a la magia de un destello...

Cuando su recuerdo pinta en ti otra sonrisa.

08/05/09

PERDIÓ SU SONRISA

Ahora paseo por una calle estrecha, ni excesivamente concurrida ni vacía (como a mí me gusta): el tipo de calle en el que una no se siente sola pero tampoco agobiada por el gentío. Delante, a unos quince metros, a mi derecha, saliendo de un portal, veo a una anciana en una silla de ruedas que es transportada por dos mujeres de mediana edad. No sé porqué pero la anciana atrae mi atención. Mientras camino, muy despacio, observó su rostro: Debe rondar los ochenta años, ojos verde oscuro pintados de ausencia, boca rígida e inmóvil, salpicada de ese tipo de arrugas que dignifican más que afean. Tiene una mata de pelo grisáceo más que respetable para su edad que, además, lleva muy cuidada. Es una mujer que, pese a lo que transmiten sus ojos y su boca, desprende mucha elegancia. Debe haber sido guapísima, pienso. En este momento paso justo al lado de ella. Acabo de ver algo que me ha dejado una sensación de malestar que me recorre todo el cuerpo: en la comisura de sus labios, resbala un fino hilo de saliva, sin que parezca que ella pueda hacer amago de evitarlo. Un primer pensamiento me viene a la mente: Alzheimer. Un segundo pensamiento, casi simultáneo al primero, hace acto de aparición: ¡No hay derecho! No, no lo hay, de ninguna manera.

La mujer hace ya un buen rato que la dejé atrás (realmente nuestro encuentro no ha supuesto más de diez segundos). Sin embargo, no puedo apartarla de mi pensamiento. Tal vez no fuese Alzheimer, puede que fuese un ictus, o cualquier otra enfermedad neurodegenerativa. Y que más da lo que fuese, recapacito. Sea lo que sea su vida ya no es vida. ¿Dónde quedó la sonrisa de esa mujer, perdida en un recuerdo que ni siquiera puede recordar? Obligada a vivir una existencia que es pura fisiología, sin más sentido que la mera supervivencia. Lo que esa mujer fue, ya no es ni será. Que asco. Esa mujer quiso, amó, odió y esconde una historia personal que es toda una vida. Y ahora está ante un enemigo más temible que los gusanos. Me entran ganas de llorar. No lo hago. Mi vida sigue y (siendo sincera) no tardaré mucho en olvidar esa dolorosa imagen. Además, acaba de sobrevenirme un pensamiento que me hace sentir un latigazo de optimismo: Por muy masacrado que pueda acabar su cuerpo, por muchos castigos corporales y mentales que aún le queden por sufrir, esos preciosos ojos verdes jamás perderán la dignidad…

Ni siquiera ante la maldita enfermedad.

06/04/09

UN HOMBRE MIRA



Quieren hacernos creer que arte y complejidad son términos concatenados, que la sencillez es cosa de mediocres, que la pureza artística sólo se encuentra en lo ininteligible, que arte es todo aquello que no puedes comprender. Y es mentira. No, no voy a creerlos, ya no. No cuando la mirada de un hombre me ha mostrado lo sublime.

Un hombre está sentado en una terraza, trasiega cerveza con la única compañía de su (precioso) perro, viendo como se suceden los días y las noches como un círculo siniestro e inevitable, espectador de un mundo que no para de girar y ya no comprende demasiado bien. Es el crepúsculo de un hombre solitario, de un hombre que ha amado pero que ya sólo le queda el regalo y el castigo del recuerdo. Porque eso son las personas que hemos querido para nosotros: amor, recuerdo y, finalmente, nada cuando nosotros somos nada. Amor, recuerdo y nada. Proceso tétrico ¡Qué triste que la estela del recuerdo no se pinte con tinta indeleble! ¡Qué triste que ni siquiera la memoria nos sobreviva! La muerte siempre nos gana y el tiempo siempre gana a todos. No existe la inmortalidad. Cuando todo termine sólo quedarán la inmortalidad y el tiempo. Y la inmortalidad no tiene nada que hacer.

Sí, ese hombre ha amado. Y ahora está solo. Cuando éramos niños y nos dañábamos íbamos corriendo en busca de nuestra madre, nuestro padre, o cualquier adulto que nos pudiese ayudar o consolar. Esa es la naturaleza del dolor: un mecanismo de dentro hacia fuera. Cuando sentimos dolor (estímulo interno) nuestro primer impulso es buscar a alguien (respuesta externa). El dolor físico en soledad es un gigante, porque ya no se trata únicamente de dolor: también es indefensión, desamparo. Sin embargo, los solitarios, los verdaderos solitarios, no siguen esta secuencia sino la contraria: ante el dolor sólo encuentran alivio en el aislamiento, en el silencio, en definitiva: en sí mismos. Dan al estímulo interno una respuesta interna. Para los solitarios el hombre es un lobo y nunca permitirán que un lobo lama sus heridas. Ese hombre que bebe cerveza, mira y recuerda, ese hombre que un vez amó, siempre ha sido un solitario. Siente dolor (físico y emocional), siente tristeza, pero siempre se mantiene a una distancia prudencial de los lobos. ¿Cómo va a ser un solitario si siempre tuvo a alguien a su lado? A menudo los solitarios se encuentran rodeados de gente. Si quieres encontrar a un verdadero solitario no te fijes en sí hay gente a su alrededor: observa como reacciona ante el dolor.

Ese hombre que está en la terraza se llama Walt Kowalski y es el personaje de una película. Lo interpreta Clint Eastwood y la película se llama Gran Torino. No voy a hablar de dirección, interpretaciones, guión y demás aspectos técnicos, eso se lo dejo a los críticos. Es difícil ejercer de taxidermista, someter a la gelidez analítica, aquello que amas. De Gran Torino puedo decir que me conmovió, que me hizo reir, que sentí tensión, que me hizo llorar. Sólo sé que durante dos horas fui feliz. Están los que dicen que es una americanada, que tiene fallos, que eso no es arte, que arte sólo es Kiarostami y Angelopoulos. Puede que tengan razón y que la equivocada sea yo. No por ello, sin embargo, voy a dejar de identificar el arte con aquello que me hace feliz.

El arte también es sugerencia, aborrece la línea recta, repudia lo explícito. Walt quiso mucho a su mujer, la adoraba. ¿Cómo lo sabemos? ¿Acaso lo sabemos porque salen imágenes en las que llora a moco tendido la pérdida de su mujer? No: lo sabemos a través de sus miradas. Clint Eastwood mira y su tristeza y sus miedos pasan a ser nuestros. Su mirada es un puente que nos conduce a su alma, que en realidad es la nuestra. No hay trampa ni cartón. Sólo las personas de mirada transparente son de fiar. Y Walt lo es. Aunque en realidad sólo es un personaje de ficción.

Sé que he de olvidar muchas cosas en mi vida. Pero la imagen de ese anciano sentado en una terraza, bebiendo cerveza, acariciando a su perro, mirando, recordando, creo que me acompañará durante mucho tiempo. Tal vez toda la vida.

22/03/09

IN MEMORIAM


Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas de mi ser
para que un día sea mantillo de tus huertos!

(Dámaso Alonso. Hijos de la ira)
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A quien me hizo comprender que al final del camino
lo que verdaderamente importa en esta vida
no se reduce más que a miradas, caricias y sonrisas.

Querida Isadora, a mí también se me acaba el camino a cada instante (¿y a quién no?), lo que paradójicamente me hace sentir viva. Me habla de la capacidad de reconocernos, a medio o largo plazo, cuando nos miremos al espejo ¿Y qué ocurrirá si lo que ves en él no eres tú pero es mucho mejor que tú? ¿Y qué ocurrirá si eres incapaz de reconocerte porque eres más tú de lo que nunca has sido? Yo creo que de eso se trata: de poder desenmascarar al fin a ese desconocido que habita en nosotros, a ese espectro que mora en el impulso y es la sangre de nuestra identidad. En contadas ocasiones emerge y muestra su rostro (¿Por qué hice esto? ¿Por qué dije aquello? ¿Cómo es posible, no me reconozco?), pero enseguida se escabulle y se refugia donde anida el instinto.

Yo también era (soy) alguien completamente obsesionada con el paso del tiempo. Sin embargo, una certeza se acrecienta en mí: al final –le doy toda la razón- siempre lo podríamos haber hecho mucho peor, pero también cabe la posibilidad de prescindir del espejo, porque nuestro reflejo será lo de menos. Al fin y al cabo, cuando todo termine, sólo quedarán sonrisas que nunca pudo llevarse el viento, besos que pararon el mundo y caricias recuperadas. Y un espejo empañado de sombras.

Sé que le encanta Miguel Hernández, él expresó algo parecido así:


Beso soy, sombra con sombra.
Beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.

05/03/09

EL BUSCAVIDAS


Aunque por el título pueda parecerlo, no voy a hablar de la película de Robert Rossen. No puedo, sin embargo, obviar los paralelismos entre el Buscavidas que encarnó Paul Newman y el Buscavidas que a veces me visita. Ambos son arrebatadoramente guapos. Ambos identifican carácter con destino. Ambos hacen poesía de la derrota. Ambos te desarman con una mirada. Ambos solitarios sin remedio.

Recuerdo la primera vez que me visitó el Buscavidas. Recuerdo que cuando me vio no me saludó y cuando se fue no se despidió. Con el tiempo comprendí que, en su caso, no es un rasgo relacionado con la falta de educación o el desprecio. Es simplemente una forma de ser y de estar que siempre se caracterizó por no someterse a convencionalismos y demás grilletes sociales. ¿De qué sirven los holas y los adioses? Muchas cosas, no todas buenas, se podrán decir del Buscavidas pero entre ellas no se incluye la impostura, la artificiosidad, ni apariencias poco sinceras. El Buscavidas pasa por la vida sin máscara, desnudo, con la insolencia del que nunca tuvo nada que ocultar. Sus actos no son consecuencia de su soledad, su soledad es consecuencia de sí mismo. Decía Audrey Hepburn en Desayuno Con Diamantes: “nunca entregues tu corazón a un ser salvaje”. El Buscavidas es un ser salvaje, entregarle tu corazón es un mal negocio. Pero es un seductor. Sabe que tiene encanto y sabe cómo utilizarlo: sabe que la verdadera fuerza de una persona reside en la mirada y en la sonrisa; sabe que las mata callando y las remata susurrando; sabe que la chica no se va con el chico bueno; sabe que con su indiferencia pícara es tan sólo cuestión de tiempo que ella acabe cayendo. Lo malo es que cualquier relación con el Buscavidas se establece bajo la ley infrangible de la brevedad. Su corazón es pasional y sincero pero liviano y fugaz. Tiene muy presente que la gente va y viene, que los amores no son eternos, que al final lo único que queda es uno mismo. Jamás echará el ancla en ninguna persona porque él navega en océanos infinitos en donde la noche nunca acaba, porque él sólo morirá con la muerte y no con la traición de lazos que se quiebran. Sí, enamorarse del Buscavidas es muy mal negocio. Pero es inevitable.

Lo primero que me llamó la atención de él fue su voz: rota, cazallera pero increíblemente suave, una voz que lleva tatuada los restos de mil batallas, la mayoría perdidas. ¿Cuántas madrugadas habrá sobrevivido sin nadie a su lado, con la compañía de un solo recuerdo? Es la vida que ha elegido, la única que puede y ha podido llevar. Cada vez que lo veo me doy cuenta de que no puede ser de otra manera. En mi casa tengo un canario amarillo precioso (cuyo nombre omitiré por respeto hacia él) que, además, es un auténtico referente moral. Todas las mañanas lo saco a la terraza (las noches las pasa dentro de casa, tengo miedo de que el frío nocturno le haga daño) para que le dé el aire. Tenemos una curiosa relación: cada cierto tiempo le hago una visita, asomo la cabeza por la pequeña ventana que da a la terraza y empiezo a silbarle, él (simpático, maravilloso) siempre me contesta piándome. Desde hace un tiempo, cuando salgo a hacerle una de estas rutinarias visitas, me encuentro al Buscavidas en el tendedero, cerca de mi canario. Está allí porque mi canario tiene la engorrosa costumbre de desperdigar parte de su alpiste por el suelo de la terraza, situación que el Buscavidas no duda en aprovechar para alimentarse (hay que tener en cuenta que vive en el aire pero no de él). Yo entonces silbo. Ahora no solo contesta mi canario, ya que el Buscavidas se une a la conversación con un ruido muy parecido a un graznido. Yo sigo silbando hasta que el Buscavidas, sin previo aviso y sin despedirse, decide irse volando. Entonces mi canario y yo lo observamos, pero sin enfadarnos, porque ambos comprendemos que el Buscavidas sólo es prisionero del cielo.

30/01/09

CAMINA

"Tu risa, tu silencio
serán míos todavía y siempre.
La vida dura algunos instantes
sin embargo, son bastantes
cuando cada instante es siempre"

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Me asomo a la ventana y miro la Catedral. Me siento alegre y triste, puede que sólo triste, porque la belleza es eso: tristeza vestida de alegría. Ahora me viene a la cabeza aquella frase que decía Al Pacino en Atrapado por su pasado, la película de Brian De Palma: “Con la edad uno no cambia, sólo pierde fuerzas”. Comprendo que no estoy deleitándome con la belleza de ese milagro arquitectónico, no estoy ensimismada con la mera contemplación, estoy pensando en el tiempo, ese egoísta que nunca pensó en mí. La Catedral guarda el secreto del tiempo, pero hoy no quiere susurrármelo. Tal vez no lo hará jamás. El tiempo. Acabo de recordar que un día de estos tengo que ir a ver a mi madre. Hoy no. Pronto. Cuando la vea le daré las gracias por mis genes. Se lo diré en tono de broma y como tal se lo tomará, pero yo hablaré totalmente en serio. El cuerpo es una cárcel que todos llevamos a cuestas: unos se sienten bien en ella y otros no. Pero todos somos cautivos, víctimas atrapadas tras unos barrotes de piel. Gracias a mi madre mi celda es bastante cómoda. Gracias, mami.

Me he quedado sola. Otra vez. La rutina laboral de siempre: la última en irme… y la última en llegar. Siempre viví en el país de las últimas cosas. No voy a cambiar. ¿Y el tiempo? ¿Él cambiará? El silencio es un amigo peligroso y habla a gritos: todo lo magnífica, una lupa emocional. En silencio los sentimientos adquieren trascendencia, solemnidad, se creen más importantes de lo que realmente son. Menos mal que su regia apariencia se esfuma con un golpe de risa. Necesito todos los días esos breves momentos de solemnidad: yo y el silencio, solos, y que el silencio me engañe, antes de que vuelva el ruido y todo sea vulgaridad.

Acaricio el aro que cuelga del lóbulo de mi oreja. Qué bonitos pendientes. Qué bonita la Catedral. Y qué bonito el silencio, en él la lógica del sentimiento deja paso al sentimiento. Veo a al limpiador venir hacia aquí, con su rostro siempre curioso. Se rompió el sortilegio. Me ha encontrado la soledad que se oculta agazapada tras las miradas de la gente. Buenos días, dice. Hola, contesto. Suelo dar un poco más de conversación (no es impostura, soy de natural sociable), pero hoy no me apetece. Miro la catedral de nuevo justo antes de irme. Sigue silente. Entonces comprendo que hoy realmente estoy emotiva. Sé que es algo extremadamente pasajero, sé que no tengo motivos para sentirme así, sé que los ecos del silencio aún me seducen con sus mentiras. Y sé que lo único que en estos instantes me apetece es sentarme y mirar al mar y, claro, me acuerdo de esta bitácora y sonrío con la canción de los Héroes: “sirena vuelve al mar, varada por la realidad”.

Mi madre me dio una vez un consejo: hija, camina, sigue.

Sí, qué razón tienes, mami. Camina. Camina. Camina. Un paso y, si sobrevives, luego otro. Pero centra todas tus fuerzas en ese primer paso. El mundo se reduce a eso. La vida se reduce a la vida. Porque nada ni nadie puede robarte el próximo paso. Ni siquiera el tiempo.

Un paso más. Sólo un paso más. Camina.


No es una despedida, tan sólo son unas vacaciones. Muchas gracias a todos por vuestra fidelidad.