Adiós Mundo de Solos, un paraíso en mi memoria



Nunca permitas que nadie se adueñe de tu suerte, 
que nadie te robe tu sueño, 
que nadie te quite las ganas de seguir luchando





  

 A mi idolatrado John Self:
 Todo el blog te lo dedico a ti. Tú sabes por qué.


"Y quien mira por una ventana siempre encontrará algo al otro lado…"

Para contar mi historia, emularía a Karen Blixen (“Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas…”) y comenzaría  diciendo: “Yo tenía un blog, en medio de la nada…” Todo está escrito aquí  y sólo faltaría el final, en cuyo caso no podría emular a nadie mejor que al gran Tony Soprano: "La vida no tiene cura". Más no puedo. Decir adiós a lo que amo supone para mí un esfuerzo ímprobo. Y yo amo este blog. Durante muchos años ha sido la playa donde desnudé mi alma; mi refugio, mi pequeña tabla, mi libertad, mis puentes, mi mundo, el de los solos. Ha sido una de las épocas más felices felices de mi vida y muchas cosas más que me callo y me callan.

Jacaranda de ojos azules


Mamá:

"Necesito mirarte
para saber en tus ojos
de qué está hecho el cielo,
para beber en tu mirada
gotas de alma y de sueños"
(Txus de F.)




¿Acaso puedo pretender enseñarle algo sobre la vida a la mujer que me la dio? Por supuesto que no, pero puedo intentar alegrarle la tarde mostrándole las jacarandas del paseo del río. Desde cría me han fascinado los árboles y aún sigo disfrutándolos con ojos de niña. Me trasmiten la sensación de seguridad y de permanencia que siempre he necesitado; admiro como consiguen vencer al tiempo con majestuosa serenidad, testigos de todo con su mirada de madera. Las jacarandas del paseo florecen bien entrada la primavera y es un espectáculo que cada año consigue emocionarme y conmoverme. Y, aunque no lo diga, sé que a ella también.

Por eso voy a disfrutar, mami, de este paseo y de todos los momentos que voy a pasar contigo. Recorreremos sin prisa el camino que queda al lado de nuestro viejo barrio y mis pensamientos se sumergirán, con nostalgia pero sin tristeza, en los recuerdos más preciados de mi infancia. Una infancia que no se entiende sin ti.

Te pregunto si quieres que vayamos a pasear bajo las jacarandas. Llévame donde tú quieras, me respondes con la misma dulce condescendencia con la que me decías cuando tenía quince años que no estudiase tanto, con la que me prometías que me coserías el bajo del vestido azul, o con la que me preguntabas cuándo tenía previsto darle pasaporte al pesado de menganito que no paraba de llamar a casa… ¿Es posible impedir que te rompan el corazón? Me atrevo a preguntártelo porque sé que las madres sólo dicen cosas buenas. Entonces me contestas –con toda la inocencia y la sabiduría del mundo, con la vulnerabilidad de la enfermedad que te impide caminar, con tu dulzura infinita– que al final no somos nada si no reconocemos de donde venimos y qué nos ha hecho ser lo que somos.

Aparco tu silla de ruedas como aparco mi orgullo. En este momento te saluda una antigua amiga de tu época de maestra, la mejor de todas. Charláis un buen rato. Te pregunta si este verano piensas ir a la playa y tú le respondes que no quieres pensar en eso porque es el primer verano sin papá. Te has puesto triste y yo también, pero no pienso permitir que ese sentimiento se aposente sobre nosotras. Te despides de tu amiga y seguimos paseando. “Mira, mami, mira las jacarandas, esas ramas tan juntas, mira cómo se rozan sin pudor, se ponen burras…”. Tú te ríes y con tu corazón de madre emprendes la instintiva pero imposible tarea de corregirme: Nena, no digas barbaridades.

El camino de vuelta. Me doy el gustazo de emprender el regreso por el mismo paseo, esta vez sola. De repente un viento que huele a verano agita los árboles y llueven flores de las jacarandas, un par de ellas se posan tímidamente sobre mis hombros. Y entonces por fin lo comprendo: tú eres mi jacaranda, siempre lo has sido. Aunque ahora sea yo la que cuide de ti, en tu compañía siempre me embarga  la seguridad y la calidez del hogar. Cojo una flor de jacaranda de mi hombro, la huelo y recuerdo con gratitud tus preciosos ojos azules y pienso en la suerte que he tenido de que la primera noche de mi vida estuviese en tus brazos.


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UN DÍA EN LA VIDA DE FLORIÁN MATA


–Buenos días, Elpidia. Hágame usted el favor y páseme los periódicos al despacho y que nadie me moleste.

–Ahora mismo. Por cierto, antes de que se me olvide, han vuelto a llamar los de la AUSLEMA.

– ¿Perdón, que han llamado quiénes?

–Los que llamaron el pasado martes, la Asociación de Usuarios de Sanidad en Lista de Espera Más de 3 Años.

–Ahhh, esos, ya vienen pidiendo otra vez. Sólo saben hacer eso: quejarse y pedir. ¡Pedir, pedir y pedir!

–Pues han solicitado que los reciba cuanto antes, dicen que es urgente, ¿qué quiere que les diga?

– Le tengo dicho que no se le ocurra pasarme llamadas y peticiones de asociaciones de quejicas pedigüeños... En fin, usted ya sabe lo que tiene que hacer, Elpidia.

–Sí, lo de siempre  –“hacer lo de siempre”  en su micro-universo laboral es un brillante y recurrente eufemismo que equivale a: “darles largas hasta que se cansen y dejen de insistir” –.
En la insondable soledad de su despacho, el Director General Autonómico de la Secretaría de la Subsecretaría de la Delegación de Presidencia de Coordinación de la Vicepresidencia de la Vicenconsejería de la Subdirección General del Ente Público Comarcal de Sanidad, se encuentra sumido en sus habituales y trascendentales labores: diseñar sesudas estrategias para el juego que se acaba de bajar a su Iphone, ojear los periódicos (siendo más precisos: ojear la sección de deportes de los periódicos) y revisar con supremo esfuerzo un catálogo de cruceros de lujo que se encontraba sobre su mesa de diseño de caoba australiana. Ya son las 12 de la mañana y nuestro héroe, Florián Mata, en unos minutos se irá a la sede del Partido. Antes, el preclaro Director de la Secretaría de la Subsecretaría llama a su Secretaria por el interfono (un maravilloso invento que posibilita eludir el contacto visual):
–Elpidia, tengo que comunicarle algo. Verá: Es usted una buena funcionaria, una secretaria muy profesional y competente. No tengo ninguna queja de usted, qué duda cabe, todo lo contrario. Pero he hablado con el Jefe de Servicio para que le asigne a otro departamento. Muy a mí pesar me he visto obligado a corregir unas disfunciones internas coyunturales dimanantes de la actual situación colateral de la disyuntiva propia de la sinergia de la planificación solvente de la adecuación de los recursos… No vaya a pensar usted que es algo personal, ¿eh? La próxima semana otra persona vendrá a sustituirla. Con ella vendrán un par de asesores personales, quizás cinco, que nos ayudarán a planificar las políticas de austeridad que hemos de poner en marcha cuanto antes.
–¿Va a sustituirme por otra funcionaria? –pregunta Elpidia, compungida y con el orgullo herido–.

– No, no, no sé me ocurriría cambiarle por otra funcionaria. Es alguien de fuera, personal de confianza. Se trata de mi sobrina política. Y no piense mal: la he elegido únicamente porque es la persona más capacitada para el puesto, que sé que los funcionarios son unos malpensados y se ponen en seguida a despotricar sin motivos. Tendrá usted la oportunidad de conocerla el próximo lunes, ya que deberán pasar unos días juntas para explicarle todo lo que necesite. Bueno, se me hace tarde. Por favor, llame al chófer –que será el encargado de llevarle en el coche oficial a la sede del Partido para recoger un modesto sobresueldo para compensar su “sobrededicación” y sus “sobreesfuerzos”– que me recoja en veinte minutos. Reserve una mesa en el New Rich para seis a las tres en punto. La facturación va para gastos de representación (¡faltaba más!).
Florián Mata, tras salir de su despacho y pese a estar seguro de haberse ganado la estima (y el voto) perenne de la Secretaria gracias a su sinceridad y encanto, decide dedicarle a Elpidia unas palabras de consuelo. Al fin y al cabo, él es un hombre tremendamente compasivo:
– ¡Un día precioso! Ya tenemos aquí la primavera.

– ¿Primavera? Pero si estamos en febrero–, responde ella ligeramente aturdida y “más ligeramente” hastiada, sin levantar la vista de sus papeles.

–Que sí, le digo yo que sí. Venga, acérquese, asómese un momento por la ventana… Mire, allí, ¿lo ve?

– ¿Si veo el qué?

–Qué va a ser: ¡Brotes verdes, coño!