SIN FINAL

  

 A mi idolatrado John Self:
 Todo el blog te lo dedico a ti. Tú sabes por qué.



"Y quien mira por una ventana siempre encontrará algo al otro lado…"


Para contar mi historia, emularía a Karen Blixen (“Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas…”) y comenzaría  diciendo: “Yo tenía un blog, en medio de la nada…” Todo está escrito aquí  y sólo faltaría el final, en cuyo caso no podría emular a nadie mejor que al gran Tony Soprano: "La vida no tiene cura". Más no puedo. Decir adiós a lo que amo supone para mí un esfuerzo ímprobo. Y yo amo este blog. Durante muchos años ha sido la playa donde desnudé mi alma; mi refugio, mi pequeña tabla, mi libertad, mis puentes, mi mundo, el de los solos. Han sido años felices y muchas cosas más que me callo y me callan.
Y es una parte de mí.

Quizás lo mejor de mí.




 


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INOLVIDABLES





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Jacaranda de ojos azules

 
Necesito mirarte
para saber en tus ojos
de qué está hecho el cielo,
para beber en tu mirada
gotas de alma y de sueños
(Txus de F.)

 

¿Acaso puedo pretender enseñarle algo sobre la vida a la mujer que me la dio? Por supuesto que no, pero puedo intentar alegrarle la tarde mostrándole las jacarandas del paseo del río. Desde cría me han fascinado los árboles y aún sigo disfrutándolos con ojos de niña. Me trasmiten la sensación de seguridad y de permanencia que siempre he necesitado; admiro como consiguen vencer al tiempo con majestuosa serenidad, testigos de todo con su mirada de madera. Las jacarandas del paseo florecen bien entrada la primavera y es un espectáculo que cada año consigue emocionarme y conmoverme. Y, aunque no lo diga, sé que a ella también.

Por eso voy a disfrutar, mami, de este paseo y de todos los momentos que voy a pasar contigo. Recorreremos sin prisa el camino que queda al lado de nuestro viejo barrio y mis pensamientos se sumergirán, con nostalgia pero sin tristeza, en los recuerdos más preciados de mi infancia. Una infancia que no se entiende sin ti.

Te pregunto si quieres que vayamos a pasear bajo las jacarandas. Llévame donde tú quieras, me respondes con la misma dulce condescendencia con la que me decías cuando tenía quince años que no estudiase tanto, con la que me prometías que me coserías el bajo del vestido azul, o con la que me preguntabas cuándo tenía previsto darle pasaporte al pesado de menganito que no paraba de llamar a casa… ¿Es posible impedir que te rompan el corazón? Me atrevo a preguntártelo porque sé que las madres sólo dicen cosas buenas. Entonces me contestas –con toda la inocencia y la sabiduría del mundo, con la vulnerabilidad de la enfermedad que te impide caminar, con tu dulzura infinita– que al final no somos nada si no reconocemos de donde venimos y qué nos ha hecho ser lo que somos.

Aparco tu silla de ruedas como aparco mi orgullo. En este momento te saluda una antigua amiga de tu época de maestra, la mejor de todas. Charláis un buen rato. Te pregunta si este verano piensas ir a la playa y tú le respondes que no quieres pensar en eso porque es el primer verano sin papá. Te has puesto triste y yo también, pero no pienso permitir que ese sentimiento se aposente sobre nosotras. Te despides de tu amiga y seguimos paseando. “Mira, mami, mira las jacarandas, esas ramas tan juntas, mira cómo se rozan sin pudor, se ponen burras…”. Tú te ríes y con tu corazón de madre emprendes la instintiva pero imposible tarea de corregirme: Nena, no digas barbaridades.

El camino de vuelta. Me doy el gustazo de emprender el regreso por el mismo paseo, esta vez sola. De repente un viento que huele a verano agita los árboles y llueven flores de las jacarandas, un par de ellas se posan tímidamente sobre mis hombros. Y entonces por fin lo comprendo: tú eres mi jacaranda, siempre lo has sido. Aunque ahora sea yo la que cuide de ti, en tu compañía siempre me embarga  la seguridad y la calidez del hogar. Cojo una flor de jacaranda de mi hombro, la huelo y recuerdo con gratitud tus preciosos ojos azules y pienso en la suerte que he tenido de que la primera noche de mi vida estuviese en tus brazos.


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UN DÍA EN LA VIDA DE FLORIÁN MATA


 
–Buenos días, Elpidia. Hágame usted el favor y páseme los periódicos al despacho y que nadie me moleste.

–Ahora mismo. Por cierto, antes de que se me olvide, han vuelto a llamar los de la AUSLEMA.

– ¿Perdón, que han llamado quiénes?

–Los que llamaron el pasado martes, la Asociación de Usuarios de Sanidad en Lista de Espera Más de 3 Años.

–Ahhh, esos, ya vienen pidiendo otra vez. Sólo saben hacer eso: quejarse y pedir. ¡Pedir, pedir y pedir!

–Pues han solicitado que los reciba cuanto antes, dicen que es urgente, ¿qué quiere que les diga?

– Le tengo dicho que no se le ocurra pasarme llamadas y peticiones de asociaciones de quejicas pedigüeños... En fin, usted ya sabe lo que tiene que hacer, Elpidia.

–Sí, lo de siempre  –“hacer lo de siempre”  en su micro-universo laboral es un brillante y recurrente eufemismo que equivale a: “darles largas hasta que se cansen y dejen de insistir” –.
 
En la insondable soledad de su despacho, el Director General Autonómico de la Secretaría de la Subsecretaría de la Delegación de Presidencia de Coordinación de la Vicepresidencia de la Vicenconsejería de la Subdirección General del Ente Público Comarcal de Sanidad, se encuentra sumido en sus habituales y trascendentales labores: diseñar sesudas estrategias para el juego que se acaba de bajar a su Iphone, ojear los periódicos (siendo más precisos: ojear la sección de deportes de los periódicos) y revisar con supremo esfuerzo un catálogo de cruceros de lujo que se encontraba sobre su mesa de diseño de caoba australiana. Ya son las 12 de la mañana y nuestro héroe, Florián Mata, en unos minutos se irá a la sede del Partido. Antes, el preclaro Director de la Secretaría de la Subsecretaría llama a su Secretaria por el interfono (un maravilloso invento que posibilita eludir el contacto visual):
–Elpidia, tengo que comunicarle algo. Verá: Es usted una buena funcionaria, una secretaria muy profesional y competente. No tengo ninguna queja de usted, qué duda cabe, todo lo contrario. Pero he hablado con el Jefe de Servicio para que le asigne a otro departamento. Muy a mí pesar me he visto obligado a corregir unas disfunciones internas coyunturales dimanantes de la actual situación colateral de la disyuntiva propia de la sinergia de la planificación solvente de la adecuación de los recursos… No vaya a pensar usted que es algo personal, ¿eh? La próxima semana otra persona vendrá a sustituirla. Con ella vendrán un par de asesores personales, quizás cinco, que nos ayudarán a planificar las políticas de austeridad que hemos de poner en marcha cuanto antes.
 
–¿Va a sustituirme por otra funcionaria? –pregunta Elpidia, compungida y con el orgullo herido–.

– No, no, no sé me ocurriría cambiarle por otra funcionaria. Es alguien de fuera, personal de confianza. Se trata de mi sobrina política. Y no piense mal: la he elegido únicamente porque es la persona más capacitada para el puesto, que sé que los funcionarios son unos malpensados y se ponen en seguida a despotricar sin motivos. Tendrá usted la oportunidad de conocerla el próximo lunes, ya que deberán pasar unos días juntas para explicarle todo lo que necesite. Bueno, se me hace tarde. Por favor, llame al chófer –que será el encargado de llevarle en el coche oficial a la sede del Partido para recoger un modesto sobresueldo para compensar su “sobrededicación” y sus “sobreesfuerzos”– que me recoja en veinte minutos. Reserve una mesa en el New Rich para seis a las tres en punto. La facturación va para gastos de representación (¡faltaba más!).
 
Florián Mata, tras salir de su despacho y pese a estar seguro de haberse ganado la estima (y el voto) perenne de la Secretaria gracias a su sinceridad y encanto, decide dedicarle a Elpidia unas palabras de consuelo. Al fin y al cabo, él es un hombre tremendamente compasivo:
 
– ¡Un día precioso! Ya tenemos aquí la primavera.

– ¿Primavera? Pero si estamos en febrero–, responde ella ligeramente aturdida y “más ligeramente” hastiada, sin levantar la vista de sus papeles.

–Que sí, le digo yo que sí. Venga, acérquese, asómese un momento por la ventana… Mire, allí, ¿lo ve?

– ¿Si veo el qué?

–Qué va a ser: ¡Brotes verdes, coño!




 
 
 
 
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"Va, pensiero..."

 

¡Grande, Inmenso!

 

 
(La tierna vulnerabilidad del gigante)
 



Lo que verdaderamente importa


La vida son los árboles que guardan en su corteza toda la sabiduría del mundo, los pájaros que se niegan a ser presos de nadie, la luna y sus mil secretos, el cielo que intenta en vano ocultarnos las estrellas, el mar salvaje e infinito. La vida es la ternura que cristaliza en un beso, la melodía que te estremece, la mirada que atraviesa tú corazón.



                                                                                                                  (Es mi fondo de escritorio)

Y llega ese momento en la vida en el que te paras. Los años pasaban empañados por la poderosa e inevitable inercia humana de avanzar constantemente: el mañana, la próxima semana, el futuro, los planes, los objetivos, los proyectos, las metas… Siempre obsesionados con el siguiente escalón. Inmersos en esa carrera somos ajenos a la reflexión, estamos tan concentrados en nuestros pasos que despreciamos el camino. Pero entonces, cuando has recorrido un buen trecho, comprendes que ya no tienes tanta prisa: los recuerdos van remplazando a los sueños, encuentras tú lugar en el mundo y sientes que estás conforme contigo y con la vida. Se pierde la ambición y la incertidumbre de la juventud, pero no la necesitas porque ahora sólo te apetece sentarte en mitad del camino, respirar hondo y mirar a lo lejos el sol de la tarde. Ahora en vez de bebértela a tragos, degustas por primera vez la vida… ¿Y qué es la vida?
La vida son momentos, instantes, fotografías en nuestra historia personal que no las pierde el tiempo, pese a que están cubiertas de una espesa gelatina. La vida es la sonrisa que intentas conquistar cada día. La vida es la gente que tú quieres y que ellos también te quieran a ti.



18 enero 2013
 
Beso, y gracias de todo corazón
 

 

 
Una escena




Voy a describir una escena que nunca tendrá lugar:
Camina junto a mí, en actitud relajada. Le miro y compruebo que estamos allí… que está ocurriendo… que son futuros recuerdos. Me mira con una ligera sonrisa. La felicidad recorre su rostro. Entonces caigo en la cuenta de que la felicidad también recorre el mío.

 Estamos muy alegres y reímos bastante. La conversación es trascendentalmente trivial, no pretendemos arreglar el mundo sólo pasar un rato agradable. La blancura de las luces del puente iluminado le confiere un aspecto irreal. Le pido que se detenga. Le interrogo: ¿Eres un ángel? Nunca sabrá las veces que he deseado fotografiar este momento, congelarlo y convertirlo en eternidad, impedir que lo disuelva el tiempo y que nunca se convierta en recuerdo. A veces siento que me va a explotar el corazón. Pero no lo digo, sólo lo siento.

Seguimos conversando, cada uno con sus propias creencias, con su visión del mundo y de lo que nos deparará el final del camino. Incluso la fe más inquebrantable no puede evitar sentirse alguna vez amenazada por la duda. ¿Será la vida una ilusión o sólo una zona de paso, eterna a su manera? Tras formularme esa pregunta comprendo que ha llegado el momento. Levanto la vista y le miro, a continuación pierdo ligeramente mi mirada inclinándola para no focalizarla. Entonces digo con voz trémula y el sentimiento a flor de piel la segunda expresión más hermosa que existe, probablemente la más hermosa de todas:
“¡Qué suerte haberte conocido!



"Amamos la belleza
amamos...
porque es lo más bello que existe"









 
UN BOCETO SIN CUADRO






Milan Kundera, en una de sus deliciosas reflexiones, comparaba la vida con un boceto. Aunque apostillaba que ni siquiera boceto es un término preciso para describirla porque éste es un borrador de algo definitivo como un cuadro y la vida viene sin cuadro, es el borrador mismo. “Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo”, escribía el genio checo (qué difícil es juntar las palabras genio y checo y no pensar en Kafka). 

Y esa es una de las grandes tragedias humanas: no existe el retorno, no se puede desandar el camino. Gran parte de las emociones humanas nacen de este hecho: culpa, arrepentimiento, vergüenza, etc. Hasta el acto más nimio se imprime en nuestra propia historia con tinta indeleble. No sólo somos lo que hacemos sino también lo que hicimos. El tiempo insoportablemente lineal nos engulle hasta las entrañas del olvido. Entonces queda asirse a la idea de que existen otros tiempos y otros mundos. Porque de lo contario la vida, ese boceto sin cuadro, sería una ilusión vana y cruel.

Existe una expresión, la más hermosa del mundo. Y no es te quiero porque esta ya ha sido devaluada por el uso cotidiano: manida, muchas veces pronunciada y pocas veces sentida, empleada demasiadas veces de manera burocrática.

Es te echo de menos. La escribo ahora porque es una expresión que pone en íntima relación al individuo con la linealidad del tiempo: en un universo egoísta que no tiene la decencia de pararse, la mayoría de las amistades y amores que ya no están terminan por extraviarse y olvidarse, ante la poderosa inercia de la naturaleza humana que es avanzar constantemente. Pero ciertas personas se convierten en anclas. Y esa es la grandeza de esta expresión: va contra nuestra naturaleza, es la forma de amor más pura. Porque el amor se vive en la presencia pero se siente verdaderamente en la ausencia.

¿Será la vida esto que no descansa? Avanzar, avanzar, avanzar… por eso me hacen gracias expresiones como “escuela de la vida”. Decía Oscar Wilde que “experiencia” es simplemente el nombre que damos a nuestros errores. La madurez no es de ninguna manera un proceso de aprendizaje, sino más bien de destilación: la vida nos depura hasta nuestra esencia. Al final del camino somos más auténticos, no más sabios. No hemos construido nada, simplemente hemos desechado lo superficial. En la existencia sin pausa, vivimos y aprendemos pero no podemos aprender a vivir.
 
 


Deja que el tiempo fluya lentamente
entre el paisaje y tú
y que el silencio ponga acentos
de leve melancolía en cada cosa.
La blanda quietud que te rodea poco a poco
acoge aquel misterio
que te une a todo y a todo te incita.
No pienses jamás que es tarde, ni hagas preguntas.
Ahógate de horizontes.
                                                Agotado,
en cada gesto te sentirás renacer.
(Marti i Pol)


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EL HOMBRE TRANQUILO


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El destino puso todos los sueños en mi mano


Si tuviera las telas bordadas del cielo,
hechas delicadamente con luz de oro y plata,
las telas azul, tenue y oscura
de la noche y la luz y la media luz,
las extendería a tus pies:
Pero, siendo pobre, sólo tengo mis sueños;
y he extendido mis sueños a tus pies;
pisa con cuidado porque pisas mis sueños.
              
(W.B. Yeats)


Incluso los hombres más tranquilos se enamoran. Pero sólo éstos saben esperar. No se dejan llevar por la impaciencia, manejan los tiempos con frialdad y confianza, seducen y aguardan. Cuando John Wayne ve por primera vez a la pelirroja Maureen O´Hara sabe que ella es la mujer. Puede que sea un pensamiento algo ingenuo, pero es que la felicidad siempre tiene cierto componente de ingenuidad y, al fin y al cabo, están en Innisfree. Sí, ella es, no hay duda. Sin embargo, el hombre tranquilo no permitirá que las prisas sean sus consejeras. Todos solemos precipitarnos con ansia hacia aquello que queremos, propulsados por el angustioso pensamiento de que no hacerlo puede significar perderlo irremediablemente. Nunca el miedo dirigirá sus pasos. Se acercará lento y seguro, se colocará frente a ella, la saludará cortésmente..., cogerá con las dos manos un poco de agua bendita de la pila y se la ofrecerá para que se santigüe. Ella, nerviosa y paralizada por lo inesperado, terminará aceptando el ofrecimiento, tras lo cual se marchará precipitadamente con aparente aire ofendido. Qué se habrá creído, dirá para sus adentros la temperamental pelirroja. Su autosuficiencia y su dignidad de mujer le impulsarán a alejarse rápidamente de ese hombre tan impertinente. Pero su gesto (atrevido y confiado) la ha subyugado, tal vez aún no es amor pero sí un comienzo. Algo ha germinado en ella y ahora, mientras se aleja, no puede evitar girar el cuello y mirar de soslayo un par de veces a ese hombre tan insoportablemente seguro de sí mismo. Más tarde, la mujer, ya en su casa e inmersa de nuevo en la rueda de la rutina, pensará repetidamente en el encuentro acontecido. Nunca ha sido una sentimental. Es una mujer de carácter, pragmática, que no suele frecuentar la imaginación. Sin embargo, no logran difuminarse de su memoria aquellos segundos que, sin saberlo aún, cambiarán su vida.
El hombre tranquilo ve a la pelirroja alejarse, más bien huir apresuradamente. Cualquiera que viese la escena pensaría que el hombre ha aniquilado de un plumazo todas sus opciones. Él no tiene dudas y si las tuvo han desaparecido en cuanto se ha percatado de que ella se ha vuelto para mirarlo disimuladamente dos o tres veces. Podría salir corriendo en pos de ella para disculparse o para iniciar el cortejo en el caso de que se mostrase receptiva. Pero se quedará quieto, apoyado en el muro de piedra, respirará hondo y se dejará mecer por el paisaje de verde infinito y sereno. Comprende que es cuestión de tiempo y la paciencia es su estilo. Enciende un cigarrillo y entonces piensa en lo poco que le importa esperar.

¡Y qué poco importará que la pelirroja sea la hermana de su íntimo enemigo! ¡Qué poco importará que ella, recién casada, le desprecie por culpa de la dichosa dote! ¡Qué poco importará que tenga que sacarla a la fuerza de un tren (incluso los hombres más tranquilos pierden de vez en cuando los nervios)!

Nada de eso importará porque ella es la mujer de su vida.

Nada de eso importará porque él es su hombre tranquilo.

Nada de eso importará porque están en Innisfree.

El hombre tranquilo al fin ha encontrado su lugar en el mundo.
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EL AMOR SI FUERAMOS ETERNOS



El tiempo limita todo. Absorbe y engulle la vida hasta tal punto que la vida sin tiempo no sería vida, sería otra cosa. La reducida comprensión del hombre sólo puede tratar de abordar un mundo reducido, encorsetado por sus fronteras temporales; fuera de ellas está lo desconocido, llamémosle nada, y la nada no puede ser comprendida. Como decía Oscar Wilde “A veces, pasamos años sin vivir en absoluto y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”. Partiendo de esta premisa habría que aceptar que el tiempo limita todo pero no es lo que mide la vida, es el vivir la vida la que mide al tiempo.

A modo de ejercicio literario me encantaría decir: “vamos a suponer que no existiese el tiempo”. No puedo. Es inabarcable, cualquier acercamiento racional sería una farsa. Sencillamente la razón no puede aceptar el desafío.

Admitamos, pues, que no podemos eliminar el factor en cuestión. Pero sí podemos trastocar un poco el proceso, utilizar la fantasía para manipular ciertos preceptos naturales. Establezcamos una suposición tan descabellada como asumible para la imaginación: no existe la muerte. Además no existe la vejez tal como la entendemos: la persona nace y se desarrolla hasta cierta edad, pongamos los 30 años, en la que se detiene por completo su evolución.

Podríamos concebir millones de hipótesis y conjeturas sobre infinitos temas inspirados por este contexto tan particular. Pero esto es un texto sobre el amor. Y por tanto sólo voy a plantear una cuestión: ¿Si fuéramos eternos el amor podría serlo también? ¿Existiría el amor verdadero? ¿O, paradójicamente, el amor eterno existe precisamente porque morimos?

Y aclaro: hablo de amor romántico, no de amor filial, paternal, fraternal, etc. Por cierto, siempre he pensado que todos esos tipos de amor en realidad no son amor. Son otros sentimientos, otras ligaduras emocionales a las que simplemente no hemos encontrado otra denominación. No digo que sean mayores o menores, mejores o peores… simplemente creo que no se puede meter en el mismo saco. Son sentimientos cualitativamente distintos que no deberían ser recogidos por la misma palabra. Para mí el amor es todo aquello entroncado con el romanticismo y la pareja. Habría que inventar una palabra que expresase los restantes tipos de amor. Lo digo muy en serio. Creo que el Lenguaje no ha resuelto bien todo este asunto.

En cuanto a las preguntas formuladas, me figuro que el romántico contestaría que claro que ciertos amores serían eternos. Me argumentaría con buen tino que cuanto más tiempo pasase, los lazos forjados serían más fuertes y por tanto más difíciles de romper… ¿Cómo podrías desprenderte de una persona con la que literalmente has compartido siglos, milenios, de vida en común?

Por su parte, sospecho que el pragmático me contestaría con un rotundo no, sería inadmisible atar tu vida a la de alguien y perderse en el infinito. Incluso apostillaría que tantísimo tiempo compartido engendraría hartazgo, rencor y demasiadas cuentas pendientes, cosas que en nuestra vida real podemos soslayar porque fallecemos. La fugacidad de la existencia hace que nada sea verdaderamente importe.

Ahora llega el momento en el que es conveniente que me posicione, que muestre mi postura sin ambages. Y la verdad es que debería de no tener respuesta, no decantarme por ninguna. Creo que no debería tener respuesta porque el amor es en realidad un enigma. La ciencia puede hablar del impulso sexual, del imperativo biológico que nos exhorta a reproducirnos, de la bioquímica de la atracción… pero no puede explicar ese destello que te une mágicamente a otro ser, ese suceso demasiado humano que contradice nuestra naturaleza evolucionista.


¿Cómo podría aventurar lo que supondría un enigma (el amor) dentro de otro enigma (la vida eterna)?

No tomaría a la ligera el amor. No lo haría porque el amor es ante todo misterio y magia. No debería tener respuesta y, sin embargo, la tengo: Si existe la eternidad, existe el amor eterno.


EL CAMINO DE IDA

 

Tengo que alejarme, estoy cansada. Gracias a todos por vuestra compañía, fue un verdadero placer..

De pie en la playa donde te conocí permanezco inmóvil mientras contemplo tu figura alejarse, cada vez más pequeña, rumbo a mares y mundos en los que espero encuentres lo que necesitas.

Estoy asustado, muy asustado, y me pregunto cuándo empecé a creer que tu sitio era éste y no el mar infinito desde donde un día llegaste. Fui tan iluso pensando que porque tus suaves palabras fueran bálsamo para mis heridas, para la vida, ya me pertenecías...

Aprieto los dientes con fuerza, enjuago las lágrimas que empañan tu reflejo, y reúno fuerzas para gritarte: “Gracias Sirena... Gracias por regalarme tu mundo y hacer que ya nunca más pueda volver a sentirme solo...”.

Un abrazo y mucha suerte en tu camino.

Godewing


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EL CAMINO DE REGRESO

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Franqueo el portón del edificio y pongo un pie en la calle. De esta manera inicio el regreso a casa. Con los años la vida se convierte en un continuo regresar, se pierde el ansia juvenil de “ir”, pienso sin melancolía. ¿Cuántas veces habré hecho este trayecto, que separa la casa de mis padres de la mía? Podría recorrerlo con los ojos cerrados: Primero la farmacia que siempre está de guardia, luego la confitería (el aroma de los pasteles de carne de mi tierra, ummmm… ¡Con una cervecita helada! A cualquier hora), el inevitable Chino, un comercio al lado de otro, el puente iluminado que cruza el río, el paseo presidido por naranjos, palmeras, jacarandas y pequeños jardines, una calle ancha, una calle estrecha con dos o tres edificios a sus costados y finalmente el mío. Quince minutos que huelen a tarde de domingo, a recuerdos fermentados, a infancia que se oculta pero que nunca se pierde. Muchas veces los quince minutos se transforman en veinte, incluso en veinticinco. Es curioso: soy de esas personas que siempre caminan rápido, transito por las calles a ritmo vertiginoso, tal vez propulsada por mi exacerbado odio a los coches. Sin embargo, este camino me lo tomo con calma, inconscientemente lentifico mis pasos. La sirena de una ambulancia saca por un momento a esta Sirena de sus abstracciones. Tras unos pocos segundos prudenciales vuelvo a zambullirme en ellas sin remedio. Hasta hace unos años (pocos) pensaba que me estaba perdiendo algo, tenía la certeza de que me estaba perdiendo algo, lo que fuera: ¿Mi tiempo? ¿Mi vida? ¿Acaso algo más leve?

Y entonces comprendo:

¡Qué paz saber que no me pierdo nada! Sin buscarlo lo encontré. Lo supe de inmediato nada más verlo. Lo reconocí. Sonreí.

Sí, ahora comprendo.

El mismo camino, el mismo paisaje, el mismo regreso, la misma vida.

Conquisté este ínfimo trocito de mundo donde se confunden los años.

El camino aunque me sobrevivirá siempre será mío.



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Querida Sirena,
Está claro que amas ese camino y cuando algo se nos impregna de amor ya nunca jamás se podrá dejar, él nos ha domesticado.
Inuits

LA DESNUDEZ DE LA DEBILIDAD

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A "Él", siempre fuerte en la debilidad
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Hace poco estuve charlando con un familiar que padece esclerosis múltiple. Lógicamente ya habíamos mantenido miles de conversaciones pero ésta era la primera vez que hablábamos de su enfermedad. ¿Cómo puede afrontar una persona saber que padece una enfermedad crónica y degenerativa? Es tremendo. La gente habla del miedo a la muerte, a lo desconocido, al no ser Shakespeariano. Sin embargo, la muerte es un fantasma que habita en la oscuridad del quizás, que no ha sido pervertido por la certidumbre ni lo categórico. La muerte lleva adherida la duda como un estigma. No hay creencia ni fe sin ojos que pueda eliminar completamente la duda. Por el contrario la enfermedad es certeza. Y es terrible.

La enfermedad es dolor y el dolor es un monstruo, capaz de hacerle frente a ese gigante que es la supervivencia. Dolor, muerte, enfermedad, supervivencia… al final la vida se reduce a eso: fantasmas, monstruos y gigantes. Bueno, ya vale. Dejemos esto. Hay miles de poetas de la muerte y del dolor que expresan todo este galimatías tétrico mucho mejor que yo. Hoy me he despertado con complejo de Baudelaire pero ya se me está pasando.

La conversación fue larga, sincera y, como todo lo verdaderamente sincero, no excesivamente profunda: es difícil (supongo) adentrarse en la metafísica de la disfunción eréctil cuando se padece. No jugó a ser Aristóteles, sus palabras no se tiñeron de ese falso romanticismo que a veces lleva aparejado el sufrimiento. El dolor duele, así me lo hizo saber, sin ningún tipo de anestesia dialéctica. La esclerosis es una putada, dijo en una ocasión y pensé que no podían existir en el ámbito descriptivo palabras más certeras. En la enfermedad no hay botella medio llena. Es lo que hay. Como todos lo enfermos, es una persona sana atrapada en el cuerpo de una persona enferma.

Me dijo que en su enfermedad es imposible ocultar tus limitaciones: no puedes mostrarte fuerte ante los demás cuando sufres incontinencia urinaria y debes tener un cuarto de baño siempre a mano. Entonces me dijo una frase, la frase que hoy me ha motivado a escribir: nadie quiere mostrar su debilidad. Creo que es una sentencia incontrovertible, que no deja espacio a la réplica. Aceptemos esto como cierto y juguemos a ser Aristóteles. Formulemos la pregunta que subyace a toda cuestión de raigambre filosófica: ¿Por qué?

Puede que sea porque mostrando nuestra debilidad somos vulnerables, estamos expuestos a que nos dañen; cuando exhibimos a los demás nuestros puntos débiles, les conferimos cierto poder sobre nosotros. Bien. ¿Pero, si esto es así, como nos pueden dañar? Atacando nuestras debilidades, respondería una persona juiciosa. ¿Y porque nos daña que ataquen nuestras debilidades? Ahí está el quid. Cuando eres débil o tienes una debilidad estás en un plano inferior del que no es débil o carece de esa debilidad. Es un reconocimiento silente de nuestra subordinación a una fortaleza que incluso envidiamos. Las relaciones humanas se dibujan en diferentes planos y nunca es agradable mirar hacia arriba. Por eso, mucha gente repudia la compasión. La compasión no significa sólo empatía hacia la persona compadecida: supone también un reconocimiento tácito de superioridad del que compadece. El que compadece está arriba, el compadecido abajo. Y estar abajo es una mierda.

También está la dependencia. No hay debilidad más trágica que la que nos arrebata nuestra independencia, la que borra para siempre la ilusión de control sobre nuestra propia vida.

Acaso nuestra vida se reduce a un juego de fuerzas: respecto a los demás, respecto a nosotros mismos, respecto a todo. Un juego. Y la enfermedad en esta partida lleva siempre las cartas marcadas.

LA LÓGICA DEL SENTIMIENTO

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Duele el amor.

Duele el dolor.

¿Qué no duele?: Estar muerto.

Como una trascendente revelación súbita, se presentó insolente en mi pensamiento este aforismo. Su irrupción me provocó un acceso de júbilo. En esos momentos me sentía brillante y clarividente, la inspiración no me ha pillado trabajando, me dije. Unos minutos más tarde, tras someter la reflexión a la gelidez analítica, comprendí, desolada, que mi reciente contribución a la filosofía occidental no era más que una frase obvia, de Perogrullo. Lo curioso es que, pese a que soy consciente de su insignificancia ideológica, no paro de repetírmela. Se presentó insolente, pero ahora se encuentra en mi pensamiento como un huésped educado, incluso tímido, que no tiene intención de irse. De vez en cuando levanta la voz y yo le hago los coros susurrando entre dientes: duele el amor… duele el dolor… ¿Qué no duele?: Estar muerto. La cabeza puede decir lo que quiera, mi corazón da un pequeño vuelco cada vez que rememoro esas once palabras, y cada vez que rememoro… Realmente me siento orgullosa de una frase tan obvia y de Perogrullo. La lógica no puede vencer a la lógica del sentimiento.

Lógica y sentimiento… ver esos dos conceptos, orgullosos y pendencieros, juntos me ha hecho recordar una escena cinematográfica… Cada persona vive dos vidas: la que vive y la que recuerda. Ahora voy a hablar de un recuerdo por lo que no puedo atenerme a la literalidad, sé que lo que voy a contar no es preciso. Quien busque exactitud puede recurrir al DVD. Quiero dejar claro que no voy a hablar de una escena sino de mi recuerdo de esa escena. Y recordar es más construir que sustraer.

La película se llama “La balada de Cable Hogue” (Sam Peckinpah) y la escena en cuestión tiene lugar entre el propio Cable Hogue (un espécimen del salvaje oeste: rudo, viril y de principios inquebrantables) y un reverendo de vida disoluta que no duda en utilizar la palabra de Dios para seducir a inocentes féminas. El reverendo dice algo así: “¿Por qué será que por mucho que uno haya viajado, por muchas mujeres que haya conocido, al final aparece una que, sin esperarlo, va y te llega a lo más hondo?”. Cable le pregunta qué se puede hacer. El reverendo entonces le contesta en un tono más descreído y menos bucólico: “Bahhh, no es grave. Creo que se pasa con la muerte”.

Creo que hay mucha sabiduría en las palabras del reverendo. Debería ser una obligación y un derecho encontrar a ese alguien que te llega a lo más hondo. ¿Para qué vivir si no?

Al fin y al cabo, las únicas cosas realmente graves que hay en esta vida son aquellas que no se pasan con la muerte.

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Sr. Lúzbel, Madonna nunca ha sido para mí un referente estético y mucho menos espiritual. Entre la frase de la diva y la mía, me quedo con la mía. No es brillante, es de Perogrullo y, con toda seguridad, es pretenciosa. Su sentencia (“Si andas sufriendo porque te dejó un tipo alto y guapo, agénciate otro, más alto y más guapo") es divertida pero, despojada de su sentido del humor, me parece una solemne estupidez; al menos debería de haber matizado empleando la palabra “intentar” y aun así, me sigue pareciendo banal. Para Cable Hogue era imposible reemplazar a esa persona, sencillamente porque para él no existía nadie de más altura y más belleza que aquélla que le llegó a lo más hondo, allá en su remota cabaña de madera.
(Y entiendo que se muestre dispuesto a reemplazar al tipo de la barba, no hay más que ver la expresión de su cara. Si tiene ocasión vea la película, le puede encantar)

HAZLO POR ELLA

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Tenía la intención de dedicar este escrito a una amiga muy querida pero, una vez terminado, me di cuenta de que eso era absurdo. Comprendí que todo este texto no es más que una dedicatoria hacia ella.

Debe ser terrible levantarte un día y darte cuenta de que no has vivido la vida que querías vivir. Que has llevado, simplemente, una vida equivocada, que todo tu trayecto vital está embadurnado de lo que debió ser y no fue.

Mi amiga vivió siempre para la gente que quería. Abnegada y sacrificada, nunca se cuestionó su felicidad, siempre dejo sus sentimientos en un segundo plano. Ahora está recuperándose de un ICTUS. El otro día, me comentó que nunca nadie le agradeció nada. Ella misma admite que ello se debe a que convirtió el sacrificio en deber. Ahora sueña con cambiar diametralmente, ser un poquito egoísta y pasar de ser secundaria a protagonista de su propia vida. Pero también le aterra no saber cómo hacerlo. Desgraciadamente, la vida viene sin boceto y ella sólo ha vivido una vida. ¿Cómo se puede aprender a vivir otra vida a sus años? ¿Se puede?

Ánimo, amiga, consigas o no lo consigas. Te quiero. Tal vez nunca nadie te agradeció nada, pero yo siempre agradeceré a la vida el darme la oportunidad de haberte conocido.

Desde hace varios años, siempre que pienso en mi amiga una misma escena viene a mi mente. Es una escena que en su momento me gustó aunque no me emocionó, ni siquiera me llamó especialmente la atención. No tenía (ni tiene) porque hacerlo. Se supone que cuando recurres a ellos no esperas obtener lágrimas, encontrar el sentimiento en su paisaje vitriólico. Pero, después de varios visionados, un buen día, sin preverlo, ocurrió. Y ocurrirá toda la vida: ya es imposible ver esas imágenes sin volver a emocionarme. El arte no es patrimonio de la tristeza, el aburrimiento no tiene que ser intrínseco a lo sublime. Muchas veces los destellos más puros anidan en la risa.

Hablo de los Simpsons. No voy a hacer un alegato sobre la celebérrima serie (¿qué puedo decir yo que no se haya dicho ya?), no voy a loar sus virtudes, ni nada por el estilo. Sólo quiero describir una escena que me emocionó y (después de mucho tiempo sin hacerlo) me arrancó la lágrima. Una escena que me emocionará siempre y tal vez me hará llorar alguna vez más. Porque sé de lo que habla. Porque es un sentimiento universal:

Todos los Simpsons se encuentran en el salón viendo fotos familiares. Bart (el primogénito) se extraña de que entre todas ellas no haya ninguna de Maggie (la hija pequeña, un bebe de apenas un año). Los padres le dicen a su hijo que eso tiene una explicación. Entonces Homer (¿hace falta presentación?) se lanza a relatarles una historia: Estamos en los años ochenta. Son tiempos felices para el matrimonio Simpson: tienen dos hijos (Bart y Lisa), económicamente están asentados, etc. Tanto es así, que Homer decide dejar su esclavizante trabajo en la central nuclear para cumplir el sueño laboral de su vida: Trabajar en la bolera del pueblo (jeje). Por supuesto, tratándose de Homer, alguien que nunca ha simpatizado con las medias tintas, su despedida del trabajo no va a ser muy discreta: coge a su jefe y lo pasea por toda la central con un carrito dándole golpecitos en la cabeza a modo de tambor, ante la risa de todos sus compañeros, para finalmente arrojarlo bruscamente cuando llega al final del trayecto. Es lo que podría llamarse “un punto sin retorno”. Pues bien, el idílico trabajo en la bolera resulta ser tan idílico como se imaginaba: Todo el mundo le aprecia, adora lo que hace. Llega a confesar que nunca ha sido tan feliz en su vida. Entonces ocurre algo que lo va a trastocar todo: Marge se queda embarazada. Suceso que intenta ocultar a su marido, viendo lo feliz que es con su nueva vida. Sin embargo, como es lógico, acaba enterándose. Homer se desmorona. Sabe que con su sueldo de la bolera no va a poder alimentar otra boca más. Sólo le queda una dramática opción: dejar su trabajo de ensueño e intentar suplicar a su antiguo jefe que le devuelva su puesto. Aparecen nubes en el cielo, llueve, es el fin de un sueño. El jefe, contra pronóstico, lo readmite, pero con una condición: en la pared que hay delante de su mesa de trabajo hace instalar un cártel gigante en el que pone con letras bien grandes: “Don´t forget: You´re here forever” (No lo olvide: está aquí para siempre). Obviamente lo hace para mortificarlo, para acabar con todas las esperanzas y sueños de Homer. Éste se siente muy abatido. Tras ello y unas cuantas peripecias más, nace su hija. El desdichado papá va al hospital a verla. Ella está en los brazos de su madre y, cuando ve a su padre, sonríe. Homer también termina por sonreírle. Y con esta imagen termina el relato a sus hijos.

Bart le dice que la historia está muy bien pero que aún no les ha dicho donde están las fotos de su hermana pequeña. Homer le contesta que están en el mejor sitio donde pueden estar. Empieza a sonar una música melancólica. Entonces acontece una de las mejores escenas de la historia del cine (aunque fuese en una serie de dibujos de televisión): La cámara hace una panorámica del lugar de trabajo de Homer, se acerca y se detiene en el mortificante cártel que ahora, descubrimos, se encuentra lleno de fotos de su hija pequeña, tapando varias letras. Entonces en donde antes ponía “Don´t forget: You´re Here forever” ahora podemos leer: “Do it for her” (Hazlo por ella)

Es una de esas escenas que quedan detenidas en el tiempo, flotando en la mente, en definitiva, una escena inmortal para quien la hace suya. Cumpliré años, envejeceré y seguiré el discurrir inevitable de la existencia, pero siempre esbozaré una sonrisa cuando recuerde que Homer está suspendido en el tiempo sentado en su escritorio trabajando en algo que odia...

Y que lo hace por ella.

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ME EMOCIONA/NO ME EMOCIONA


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Para ti. Sabes quien eres


Me emocionan los que son fuertes pese a sus debilidades/ No me emocionan los que son débiles pese a su fortaleza

Me emocionan aquellos que sacrifican la felicidad por un principio / No me emocionan aquellos que sacrifican todo por la felicidad

Me emocionan los pequeños triunfos individuales / No me emocionan las grandes gestas sociales

Me emocionan los amores apasionados / No me emocionan las pasiones amorosas

Me emocionan los besos sinceros / No me emocionan los abrazos rutinarios

Me emocionan aquellos que están solos porque quieren / No me emocionan aquellos que están solos porque deben

Me emocionan aquellos que anteponen su orgullo / No me emocionan aquellos que se desprecian

Me emocionan los silencios que hablan / No me emocionan las palabras que callan

Me emocionan los que sufren / No me emocionan los que lloran

Me emociona el olvido / No me emociona el perdón

Me emocionan los recuerdos / No me emocionan los reencuentros

Me emociona el presente / No me emocionan los planes de futuro

Me emocionan las noches en soledad / No me emocionan los días en compañía

Me emociona una risa franca / No me emocionan las lágrimas sistemáticas

Me emocionan los que miran / No me emocionan los que ven

Me emocionan los que guiñan / No me emocionan los que abren sus ojos de par en par

Me emocionan los que fracasan en el intento / No me emocionan los que fracasan no intentándolo

Me emocionan los que saben escuchar / No me emocionan los que no saben callar

Me emocionan los que son fieles a sí mismos / No me emocionan los que son fieles a los demás

Me emocionas tú / No me emocionan ellos

LA FRASE MÁS TRISTE

 

Dice el epitafio del escritor ruso Gogol: “Os reiréis de mis tristes palabras”.

Pensé y pienso en la frase.

Confieso que no conocía su existencia. Fue leerla y guardarla, sin más liturgia, en el desván de las frases que no se olvidan. Le hice un hueco entre “Vive y deja vivir” y “¡Al alba venceré!” Ya sé que parece un poco caótico, pero no crean, tengo un cajón reservado únicamente a Oscar Wilde y otro a Woody Allen. Lo cierto es que cada vez queda menos sitio, no obstante siempre se puede hacer un pequeño espacio. Triste, muy triste, será el día que piense que no hay nuevas frases que me puedan llegar al corazón: eso significaría que tengo un alma muerta.

Muchas frases habitan el desván. La de Gogol es la más triste de todas.

Fue leerla y empezar a buscar compulsivamente información en Internet sobre ella. Pude leer diferentes traducciones que poseen la misma carga semántica (ej: se reirán de mis amargas palabras). Pude leer que era una leyenda urbana, una de tantas que circulan sobre epitafios. Me da igual. Que no esté inscrita en una lápida no le resta un ápice de verdad.

Seis palabras que encierran toda la tristeza del mundo, en las que palpita la resignación ante el tiempo. El tiempo todo lo frivoliza, convierte lo sacro en anecdótico, lo solemne en inofensivo. Una tragedia como el holocausto Nazi, que nunca se podrá someter a la asimilación, ya ha sucumbido al tiempo: en estos años que corren, situados a una distancia prudencial de aquella catástrofe humana, no es raro oír bromas sobre Hitler. Aún más cercano tenemos lo de las torres gemelas y, a pesar de ello, ya hay cientos de chistes circulando sobre el 11 de septiembre. Muchas de las grandes desgracias de la historia de la humanidad somos incapaces de mirarlas con ojos sentimentales porque las llamamos historia.

No importa su magnitud: ningún sufrimiento está a salvo. Por culpa del tiempo ningún sufrimiento es sagrado.

Y ahí está la sabiduría de Gogol:

Sabía que el dolor de una persona para esa persona es un mundo pero para el mundo no significa nada.

Sabía que sus tristes palabras son el testamento de su tristeza pero que las cosas que un día no importarán (como ese testamento) tampoco importan ahora y por tanto nada verdaderamente importa.

El dolor de una persona en el mundo, el dolor de una persona en el tiempo. Ceniza en el agua

Pensé y pienso en la frase porque me siento feliz. Es algo que me ha ocurrido siempre: me encanta pensar en cosas tristes cuando me siento feliz y viceversa. Pienso que sólo así se pueden valorar con perspectiva.

La próxima vez que me sienta triste procurare pensar en algo alegre, recordar algo divertido e intentaré con todas mis fuerzas reírme. Sí: reírme…

A ser posible de mi propia tristeza.

EN BUSCA DEL ANCIANO PERDIDO




Estimado anónimo:

No me ruborizo al confesarle que no entiendo lo que quiere decirme. No le entiendo pero no va desencaminado. Es cierto que babeo por un anciano, llevo años haciéndolo. Tal es mi amor que hace poco me decidí a dar el gran paso. Me tomé unos días de vacaciones, dejé todo en orden en mis páramos domésticos y emprendí su búsqueda. Una notable distancia nos separaba. Nada que no pueda arreglar un par de aviones.

Varías horas después de embarcarme en mi particular aventura, me encontré en el país inmenso de ese anciano inmenso. Mis fantasías y mis ensoñaciones siempre habían cubierto a San Petersburgo con un manto blanco, con la intimidante y bella estética que confiere la nieve al tejido urbano. No fue el caso (septiembre al fin y al cabo), incluso el cielo me recibió insolentemente despejado. Pero San Petersburgo no necesita ninguna vestidura nívea, porque la verdadera belleza sólo se puede apreciar en la desnudez y San Petersburgo es bello desnudo.

Me sentí cerca del anciano. Tan lejos y tan cerca. Podía luchar contra la distancia (y de hecho lo hice) pero no podía luchar contra la autoritaria distancia del tiempo. El anciano que buscaba murió hace dos siglos. Se llamaba Fiodor Dostoievski. Y estuve allí por él

Toda búsqueda imposible tiene algo de patético y algo de conmovedor. El sutil romanticismo de la derrota sin remedio.

Pero mi búsqueda no era imposible, encontré al anciano. Lo encontré en cada canal, que mi mente automáticamente imaginaba helado. Lo encontré en los puentes. En los fastuosos palacios.

Sí, estaba allí por ese anciano. Porque necesitaba caminar por las mismas calles que transitó (y aún transita) Raskolnikoff en compañía de su culpa y sus recuerdos. Porque, simplemente, él inoculó en mí el hechizo Ruso.

Después vino Moscú, pero eso es otra historia o quizás no. Rusia es como sus mujeres: tremendamente bella pero con un aura inaccesible, impenetrable. Rusia también es seductora pero distante, lo que hace que no puedas entregarte a ella sin reservas. Siempre se encarga de mantener las distancias contigo. Creo que sólo los rusos pueden comprender de verdad a Rusia. Los demás sólo podemos mirar… que no es poco.

Ese anciano comprendía muy bien a Rusia. Y comprendía muy bien a las personas. Su pluma era un escalpelo que diseccionaba el alma humana.

Quizás yo no encontré a Dostoievski y mi búsqueda fue imposible.

Pero él siempre me encuentra a mí:

Cada vez que abro un libro suyo.

INSOPORTABLEMENTE FRÁGIL


Gracias, Lobezno, gracias por este regalo rebosante de humor y de afecto.

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A Lobezno



Todo lo humano es insoportablemente frágil. Somos bombas de relojería que podemos estallar en el momento más insospechado. Cáncer, infarto, aneurisma, embolia, neumonía… lo aterrador no son las causas en sí: lo aterrador es que todos, más tarde o más temprano, acabaremos por tener una causa.

No hay que darle más vueltas a eso: no podemos desprendernos de las ataduras fisiológicas, del contrato biológico que firmamos por el mero hecho de nacer. Es lo malo de tener cuerpo (sí, sé que caigo en un dualismo un poco rancio): él manda. Podemos intentar potenciar factores beneficiosos, minimizar ciertos riesgos, pero el tiempo siempre acaba ganando al cuerpo (y a todo). Las mentes de los grandes genios de la humanidad se incrustaron en alimento para gusanos. La nuestra también. No hay que darle más vueltas.

Hay algo a lo que sí le doy vueltas. Algo humano. Algo más frágil que la propia vida.

Me refiero a las relaciones humanas.

Incluso el amor más fuerte puede ser destruido por una traición. La amistad más sincera por un malentendido. Es tan triste que los lazos emocionales estén a merced de las palabras, que años de complicidad pasen a ser sólo recuerdo por una mirada equivocada. Ningún vínculo, ¡ninguno! (padre-hijo, abuelo-nieto, enamorado-enamorada, amigo-amigo, amigo-amiga…) se asienta en la certeza.

Vínculos sinceros y fugaces como un beso en un sueño.

El “amigosparasiempre”, el “amorverdadero”: expresiones que intentan conectar un sentimiento con la eternidad ficticia. No son más que espejismos tenebrosos gestados al amparo de una pasión sincera.

Hay gente que consigue no romper nunca ese espejismo. No se trata de que todas las relaciones acabaran irremisiblemente rotas (no tiene porque ser necesariamente así). El meollo del asunto es que aquello que nos une a los demás, aquello que creemos sólido e imperecedero, es un fino hilo. Y en esta vida bogamos por un océano de tijeras.

Sólo podemos contar con nosotros mismos. Por ello siempre me digo: “Nadie es imprescindible”.

¿Nadie es imprescindible?

Al menos para sobrevivir, sí: nadie es imprescindible.

Sólo podemos contar con nosotros mismos.

Es la única certeza.

¿Y para ser feliz?

Para ser feliz, no: hay gente imprescindible.

Porque la felicidad siempre se somete a la incertidumbre…

La maravillosa incertidumbre de la amistad.

La maravillosa incertidumbre del amor.