Voy a describir una escena que nunca tendrá lugar:

Camina junto a mí, en actitud relajada. Le miro y compruebo que estamos allí… que está ocurriendo… que son futuros recuerdos. Me mira con una ligera sonrisa. La felicidad recorre su rostro. Entonces caigo en la cuenta de que la felicidad también recorre el mío.

Estamos muy alegres y reímos bastante. La conversación es trascendentalmente trivial, no pretendemos arreglar el mundo sólo pasar un rato agradable. La blancura de las luces del puente iluminado le confiere un aspecto irreal. Le pido que se detenga. Le interrogo: ¿Eres un ángel? Nunca sabrá las veces que he deseado fotografiar este momento, congelarlo y convertirlo en eternidad, impedir que lo disuelva el tiempo y que nunca se convierta en recuerdo. A veces siento que me va a explotar el corazón. Pero no lo digo, sólo lo siento.

 Seguimos conversando, cada uno con sus propias creencias, con su visión del mundo y de lo que nos deparará el final del camino. Incluso la fe más inquebrantable no puede evitar sentirse alguna vez amenazada por la duda. ¿Será la vida una ilusión o sólo una zona de paso, eterna a su manera? Tras formularme esa pregunta comprendo que ha llegado el momento. Levanto la vista y le miro, a continuación pierdo ligeramente mi mirada inclinándola para no focalizarla. Entonces digo con voz trémula y el sentimiento a flor de piel la segunda expresión más hermosa que existe, probablemente la más hermosa de todas:

“¡Qué suerte haberte conocido!