IN MEMORIAM


Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas de mi ser
para que un día sea mantillo de tus huertos!

(Dámaso Alonso. Hijos de la ira)
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A quien me hizo comprender que al final del camino
lo que verdaderamente importa en esta vida
no se reduce más que a miradas, caricias y sonrisas.

Querida Isadora, a mí también se me acaba el camino a cada instante (¿y a quién no?), lo que paradójicamente me hace sentir viva. Me habla de la capacidad de reconocernos, a medio o largo plazo, cuando nos miremos al espejo ¿Y qué ocurrirá si lo que ves en él no eres tú pero es mucho mejor que tú? ¿Y qué ocurrirá si eres incapaz de reconocerte porque eres más tú de lo que nunca has sido? Yo creo que de eso se trata: de poder desenmascarar al fin a ese desconocido que habita en nosotros, a ese espectro que mora en el impulso y es la sangre de nuestra identidad. En contadas ocasiones emerge y muestra su rostro (¿Por qué hice esto? ¿Por qué dije aquello? ¿Cómo es posible, no me reconozco?), pero enseguida se escabulle y se refugia donde anida el instinto.

Yo también era (soy) alguien completamente obsesionada con el paso del tiempo. Sin embargo, una certeza se acrecienta en mí: al final –le doy toda la razón- siempre lo podríamos haber hecho mucho peor, pero también cabe la posibilidad de prescindir del espejo, porque nuestro reflejo será lo de menos. Al fin y al cabo, cuando todo termine, sólo quedarán sonrisas que nunca pudo llevarse el viento, besos que pararon el mundo y caricias recuperadas. Y un espejo empañado de sombras.

Sé que le encanta Miguel Hernández, él expresó algo parecido así:


Beso soy, sombra con sombra.
Beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.

EL BUSCAVIDAS

A Jose Luis, presente en mi pensamiento, alguien en quien confiar y que me enriquece con los destellos de su propio mundo.
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Aunque por el título pueda parecerlo, no voy a hablar de la película de Robert Rossen. No puedo, sin embargo, obviar los paralelismos entre el Buscavidas que encarnó Paul Newman y el Buscavidas que a veces me visita. Ambos son arrebatadoramente guapos. Ambos identifican carácter con destino. Ambos hacen poesía de la derrota. Ambos te desarman con una mirada. Ambos solitarios sin remedio.

Recuerdo la primera vez que me visitó el Buscavidas. Recuerdo que cuando me vio no me saludó y cuando se fue no se despidió. Con el tiempo comprendí que, en su caso, no es un rasgo relacionado con la falta de educación o el desprecio. Es simplemente una forma de ser y de estar que siempre se caracterizó por no someterse a convencionalismos y demás grilletes sociales. ¿De qué sirven los holas y los adioses? Muchas cosas, no todas buenas, se podrán decir del Buscavidas pero entre ellas no se incluye la impostura, la artificiosidad, ni apariencias poco sinceras. El Buscavidas pasa por la vida sin máscara, desnudo, con la insolencia del que nunca tuvo nada que ocultar. Sus actos no son consecuencia de su soledad, su soledad es consecuencia de sí mismo. Decía Audrey Hepburn en Desayuno Con Diamantes: “nunca entregues tu corazón a un ser salvaje”. El Buscavidas es un ser salvaje, entregarle tu corazón es un mal negocio. Pero es un seductor. Sabe que tiene encanto y sabe cómo utilizarlo: sabe que la verdadera fuerza de una persona reside en la mirada y en la sonrisa; sabe que las mata callando y las remata susurrando; sabe que la chica no se va con el chico bueno; sabe que con su indiferencia pícara es tan sólo cuestión de tiempo que ella acabe cayendo. Lo malo es que cualquier relación con el Buscavidas se establece bajo la ley infrangible de la brevedad. Su corazón es pasional y sincero pero liviano y fugaz. Tiene muy presente que la gente va y viene, que los amores no son eternos, que al final lo único que queda es uno mismo. Jamás echará el ancla en ninguna persona porque él navega en océanos infinitos en donde la noche nunca acaba, porque él sólo morirá con la muerte y no con la traición de lazos que se quiebran. Sí, enamorarse del Buscavidas es muy mal negocio. Pero es inevitable.

Lo primero que me llamó la atención de él fue su voz: rota, cazallera pero increíblemente suave, una voz que lleva tatuada los restos de mil batallas, la mayoría perdidas. ¿Cuántas madrugadas habrá sobrevivido sin nadie a su lado, con la compañía de un solo recuerdo? Es la vida que ha elegido, la única que puede y ha podido llevar. Cada vez que lo veo me doy cuenta de que no puede ser de otra manera. En mi casa tengo un canario amarillo precioso (cuyo nombre omitiré por respeto hacia él) que, además, es un auténtico referente moral. Todas las mañanas lo saco a la terraza (las noches las pasa dentro de casa, tengo miedo de que el frío nocturno le haga daño) para que le dé el aire. Tenemos una curiosa relación: cada cierto tiempo le hago una visita, asomo la cabeza por la pequeña ventana que da a la terraza y empiezo a silbarle, él (simpático, maravilloso) siempre me contesta piándome. Desde hace un tiempo, cuando salgo a hacerle una de estas rutinarias visitas, me encuentro al Buscavidas en el tendedero, cerca de mi canario. Está allí porque mi canario tiene la engorrosa costumbre de desperdigar parte de su alpiste por el suelo de la terraza, situación que el Buscavidas no duda en aprovechar para alimentarse (hay que tener en cuenta que vive en el aire pero no de él). Yo entonces silbo. Ahora no solo contesta mi canario, ya que el Buscavidas se une a la conversación con un ruido muy parecido a un graznido. Yo sigo silbando hasta que el Buscavidas, sin previo aviso y sin despedirse, decide irse volando. Entonces mi canario y yo lo observamos, pero sin enfadarnos, porque ambos comprendemos que el Buscavidas sólo es prisionero del cielo.