PISA FUERTE




La distinción entre mente (o cognición) y conciencia (o experiencia fenomenológica) es uno de los preceptos sobre los que se asienta la tradicional psicología cognitiva. Las operaciones mentales no son directamente accesibles por la conciencia. El comportamiento es un misterio, un misterio porque está impulsado por fuerzas invisibles. Si la mente fuese conciencia la salud mental sería sólo y exclusivamente cuestión de voluntad, de esfuerzo. Pero no es así. Por eso hay, por ejemplo, gente que no puede dejar de matar aunque quiera, que luchan infructuosamente contra los impulsos, gente para la que besar el suelo es más difícil que besar el cielo. Muchas personas, en su ignorancia, dicen cosas como: “Ese está deprimido porque quiere”, “la claustrofobia se supera con cojones”, etc. Querer no siempre es poder, hay cosas que están fuera de nuestro alcance, que escapan a nuestro empeño. Precisamente porque la mente no equivale a conciencia existen psicólogos, psiquiatras. La psicología no es escuchar ni dar consejos. La psicología es una disciplina que bucea entre tinieblas, que intenta asir lo inasible. La mente es la gran sombra del hombre y nuestra conciencia una cerilla mojada.

Sin embargo, y salvando las distancias, no se deben desdeñar otros asideros, tal vez no tan eficaces pero inequívocamente lenitivos. Pienso que el humor es uno de ellos: tengo fe en que el humor activa la energía latente del ser humano en situaciones de aflicción ¿Acaso no se halla la raíz del sentido del humor en el propio sufrimiento? Ya lo dijo uno de los filósofos más lúcidos del siglo XX: “La única manera de ser feliz es que te guste sufrir” (Woody Allen). Este aforismo -tan ingenuo, tan sabio- no es más que una reformulación del amor fati nietzscheano (qué nombrecito), concepto filosófico que consiste en llegar a amar la vida tan desesperadamente que incluso se ama hasta el más cruel sufrimiento.


Ruego que se me disculpe lo presuntuoso de estas divagaciones de aficionada a la Psicología… Pero quiero robar a alguien una sonrisa pues, al fin y al cabo, todo esto no es más que mi particular homenaje a un amigo que ahora viaja descalzo… Con lo sencillo que sería que, en lugar de estar luchando con cada palabra rebelde y mentando a Nietzsche, simplemente le dijese: Pisa, pisa fuerte el verde esmeralda del camino.