Hubo una vez...

Me pregunto dónde y cuándo lo leí. Sólo sé que llovía y que la tarde invitaba a buscar cuentos para leer, y así fue como conocí esta historia que ahora relato y que me pesa en la memoria como los sueños que se repiten. Porque es verdad que la vida está llena de casualidades y de poros invisibles que ayudan a mover y dar forma al mundo.

(Flora on Sand -P. Klee)

Hubo una vez un aguador que todos los días llevaba a la ciudad desde un lejano manantial dos enormes cántaros de agua para abastecer a la población. Uno de ellos era hermoso, nuevo y de buena factura. El otro se había ido desgastando con el tiempo y ya era tan frágil que el agua se filtraba a través de él y cuando llegaba a su destino había perdido gran parte del contenido.
El cántaro más fuerte se había cansado de ver cómo hacía la mayor parte del trabajo y sin embargo recibía el mismo trato y cuidados que el otro, hasta que un buen día le preguntó a su dueño en tono displicente el porqué no se desprendía de un cántaro que ya resultaba inservible. El aguador sonriendo le contestó:
-Te equivocas, él es tan útil y valioso como tú. No siempre es lo que ves... Tú eres muy eficaz, llevas el agua a su destino sin derramar una sola gota y debes de estar satisfecho por cumplir tan bien tu cometido.
-Es precisamente por ello que no entiendo cómo es que no te deshaces del otro- le respondió.
El aguador suspiró y alzando la vista hacia el sendero le dijo:
-Mira hacia atrás…, observa ese el camino que recorremos todos los días y sobre el que se han ido derramado las pequeñas gotas de agua de tu compañero.
El cántaro observó entonces atónito cómo sobre la planicie gris y yerma había crecido un reguero de flores de todos los colores y formas imaginables, que olían a limón, y que habían convertido aquel camino en la senda más hermosas del lugar.