Sólo los que viven tienen miedo

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Tras una noche sin pegar ojo por una preocupación injustificada, pero inevitable, amanece el día burlón, anunciándome que hoy hallaré verdaderos motivos para el derrumbe. Desayuno con la noticia de tu muerte. Aunque tu nombre es inconfundible pienso que no es posible, que no es razonable, que no se trata de ti. El de la página de sucesos no eres tú, es alguien que se llama como tú. Es que no puedes ser tú. Sigo leyendo el periódico y -como si hubiesen intuido mi incredulidad- me llaman al trabajo para comentarme la noticia y confirmarme que eres tú. Me quedo paralizada en el mismo lugar en el que nos presentaron, me pareciste un tipo con mucha clase y acepté encantada la noticia de trabajar juntos en un proyecto.

Era estupendo descolgar el teléfono y tratar cualquier eventualidad contigo, estabas ilusionado porque creías en lo que hacías. Compartimos un momento crítico: el día que todo el proyecto pareció venirse abajo por un error absurdo, imponderable. A los dos se nos pusieron de corbata y desde nuestras respectivas posiciones -que deberían enfrentarnos- en lugar de tirarnos los trastos a la cabeza nos tratamos con una exquisita cordura. El apoyo fue mutuo, espontáneo, y no impostado, algo completamente insólito en el mundo en el que nos movemos. Ese es el recuerdo que guardo de ti, y tu estilo, tu educación, aderezados de un gran encanto personal.

Hoy leo que has muerto durante tus vacaciones, mientras estabas con tu mujer descansando en una terraza. ¡Si, simplemente estabas sentado en una terraza! Un cabronazo robó una furgoneta y te atropelló destrozándote la femoral. Luego se dio a la fuga. Sigo sin creerlo, no estabas corriendo en una canoa supersónica, ni haciendo rafting, ni exponiéndote, ni siquiera estabas en la carretera, o en un avión, simplemente estabas disfrutando de tus vacaciones en una terraza en Formentera… Es el más absurdo todavía ¿Tengo que aceptar que el absurdo tiene que ser necesariamente tan absurdo?

Tu suerte desnuda mi razón. ¿Sabes? Hoy mis manos han vuelto a acariciar la rugosa portada de papel troquelado, resultado de aquel magnífico trabajo, mientras pensaba que eras el mejor publicista y el peor en el reparto de la suerte. ¡Qué terrible día para ti!... Para mí se ha vuelto gris.

¿Por qué la eterna contradicción del acá que nos ocupa? Como si vivir fuera una misión secreta y apasionante alejada de la verdadera consideración intrínseca del ser humano, que es caer en el engaño de escapar de sí mismo y decantarse por el cortejo de la relación humana.

Intento distraerme, no pensar (misión imposible). Tengo sueño, se supone que cuando duermes acaba el día y es mejor hacerlo antes de que éste acabe contigo. Estoy pensando justo en esto cuando recibo otra llamada de teléfono infausta; me comunican que mi amiga, mi AMIGA del alma (soy cursi, pero es lo que es) está ingresada tras sufrir un segundo ictus. Está mal.

Los seres humanos somos marionetas del destino. ¿Qué sentido tiene buscar escapatoria al último de los sarcasmos y fingir que no pasa nada? Vivimos con la asumida desesperación de no poder desterrar las violáceas ausencias encapotadas en los nubarrones de la vida. Nos resistimos a recibir más daño que el inevitable. Nos resistimos a reconocer nuestra fragilidad con la absurda pretensión de creer que por eso somos más fuertes. Quiero seguir creyendo que no hay nada imposible, excepto la muerte. Tú, amiga mía, no te mueras, o no te volveré a hablar en la vida.

Hoy no busco la originalidad, ni me importa caer en lugares comunes…pero es que la pena en sí (y sobre todo causada por la impotencia) es un gigantesco lugar común. No se puede reescribir la historia de los sentimientos, porque al final (y después de todo) no somos tan distintos. A veces sólo aspiramos a ser sinceros, al intento infructuoso de adivinar un porqué en una pregunta que nunca debería ser formulada. Aspirar a la pulcritud literaria cuando se intenta vomitar emociones es un contrasentido.