INSOPORTABLEMENTE FRÁGIL


Gracias, Lobezno, gracias por este regalo rebosante de humor y de afecto.



A Lobezno



Todo lo humano es insoportablemente frágil. Somos bombas de relojería que podemos estallar en el momento más insospechado. Cáncer, infarto, aneurisma, embolia, neumonía… lo aterrador no son las causas en sí: lo aterrador es que todos, más tarde o más temprano, acabaremos por tener una causa.

No hay que darle más vueltas a eso: no podemos desprendernos de las ataduras fisiológicas, del contrato biológico que firmamos por el mero hecho de nacer. Es lo malo de tener cuerpo (sí, sé que caigo en un dualismo un poco rancio): él manda. Podemos intentar potenciar factores beneficiosos, minimizar ciertos riesgos, pero el tiempo siempre acaba ganando al cuerpo (y a todo). Las mentes de los grandes genios de la humanidad se incrustaron en alimento para gusanos. La nuestra también. No hay que darle más vueltas.

Hay algo a lo que sí le doy vueltas. Algo humano. Algo más frágil que la propia vida.

Me refiero a las relaciones humanas.

Incluso el amor más fuerte puede ser destruido por una traición. La amistad más sincera por un malentendido. Es tan triste que los lazos emocionales estén a merced de las palabras, que años de complicidad pasen a ser sólo recuerdo por una mirada equivocada. Ningún vínculo, ¡ninguno! (padre-hijo, abuelo-nieto, enamorado-enamorada, amigo-amigo, amigo-amiga…) se asienta en la certeza.

Vínculos sinceros y fugaces como un beso en un sueño.

El “amigosparasiempre”, el “amorverdadero”: expresiones que intentan conectar un sentimiento con la eternidad ficticia. No son más que espejismos tenebrosos gestados al amparo de una pasión sincera.

Hay gente que consigue no romper nunca ese espejismo. No se trata de que todas las relaciones acabaran irremisiblemente rotas (no tiene porque ser necesariamente así). El meollo del asunto es que aquello que nos une a los demás, aquello que creemos sólido e imperecedero, es un fino hilo. Y en esta vida bogamos por un océano de tijeras.

Sólo podemos contar con nosotros mismos. Por ello siempre me digo: “Nadie es imprescindible”.

¿Nadie es imprescindible?

Al menos para sobrevivir, sí: nadie es imprescindible.

Sólo podemos contar con nosotros mismos.

Es la única certeza.

¿Y para ser feliz?

Para ser feliz, no: hay gente imprescindible.

Porque la felicidad siempre se somete a la incertidumbre…

La maravillosa incertidumbre de la amistad.

La maravillosa incertidumbre del amor.