IN MEMORIAM


Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas de mi ser
para que un día sea mantillo de tus huertos!

(Dámaso Alonso. Hijos de la ira)
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A quien me hizo comprender que al final del camino
lo que verdaderamente importa en esta vida
no se reduce más que a miradas, caricias y sonrisas.

Querida Isadora, a mí también se me acaba el camino a cada instante (¿y a quién no?), lo que paradójicamente me hace sentir viva. Me habla de la capacidad de reconocernos, a medio o largo plazo, cuando nos miremos al espejo ¿Y qué ocurrirá si lo que ves en él no eres tú pero es mucho mejor que tú? ¿Y qué ocurrirá si eres incapaz de reconocerte porque eres más tú de lo que nunca has sido? Yo creo que de eso se trata: de poder desenmascarar al fin a ese desconocido que habita en nosotros, a ese espectro que mora en el impulso y es la sangre de nuestra identidad. En contadas ocasiones emerge y muestra su rostro (¿Por qué hice esto? ¿Por qué dije aquello? ¿Cómo es posible, no me reconozco?), pero enseguida se escabulle y se refugia donde anida el instinto.

Yo también era (soy) alguien completamente obsesionada con el paso del tiempo. Sin embargo, una certeza se acrecienta en mí: al final –le doy toda la razón- siempre lo podríamos haber hecho mucho peor, pero también cabe la posibilidad de prescindir del espejo, porque nuestro reflejo será lo de menos. Al fin y al cabo, cuando todo termine, sólo quedarán sonrisas que nunca pudo llevarse el viento, besos que pararon el mundo y caricias recuperadas. Y un espejo empañado de sombras.

Sé que le encanta Miguel Hernández, él expresó algo parecido así:


Beso soy, sombra con sombra.
Beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.