UN HOMBRE LLORA BAJO LA LLUVIA



“Ahora sé que estuve yendo hacia ti, y tú hacia mí desde hace largo tiempo. Aunque ninguno de los dos percibía al otro antes de que nos conociéramos, había una especie de inconsciente certeza que cantaba alegremente bajo nuestra ignorancia, asegurando que nos reuniríamos” (W. R. James. "Los puentes de Madison")


Es curioso: conforme añado años a la vida (e intento añadir vida a los años) me voy haciendo más vulnerable y, tal vez por eso, trato de endurecer mi corazón mientras él se va sumergiendo en las arenas del tiempo. Sin embargo, esta certeza deja espacio a la excepción. La excepción en el arte, en el cine… Lo que bañado por la luz de la realidad puede parecer banal, mostrado en un lienzo, en una pantalla, me resulta conmovedor. Sé desde el minuto dos de película que Cary Grant acabará con Katharine Hepburn, pero eso no evita que se me escape una lágrima sigilosa cuando el romance se consuma con un púdico beso. Ante la vida pretendo ser una roca, ante el cine dejo vivir a la niña. Con el cine sufro una especie de involución emocional.

No tengo complejo de crítica de cine, pero no es menos cierto que me gusta escribir sobre él; me muevo por intuición, por filias y fobias. En lo que me gusta realmente, la fuerza expresiva la encuentro en un impulso anárquico y abstracto. El cine, como todo lo que amo demasiado, trato de no someterlo al yugo del raciocinio. Por cierto, voy a hablar de Los Puentes de Mádison –o, más bien, de una escena de los puentes de Mádison–. ¿Por qué? Porque pienso que es la película que mejor ha hablado del amor. Así de simple. ¿Así de cierto?

¡Qué difícil es hablar del amor sin caer en el temido lugar común, sin recurrir al tópico! El romanticismo se lleva muy mal con los finales felices, el amor sólo es eterno cuando es imposible. Creo que el verdadero sentido del amor sólo se puede transmitir mostrando su rostro trágico. Porque la costumbre al final todo lo devora y todo lo vulgariza. El comieron perdices es el panegírico de un recuerdo mágico, el despertar de un sueño que no se soñó. Creo que Clint comprendió esto muy bien. No podía almibarar la historia con la perspectiva del destino común, con la certidumbre de un amor satisfactoriamente correspondido. Una mujer no abre la puerta de un coche y entonces el amor queda suspendido en el tiempo: el futuro se pintará con la tinta de la ausencia pero el hechizo permanecerá inmaculado. Sus caminos se perderán pero su amor no se perderá. Ni siquiera en la muerte.

No sabría explicar bien los motivos pero siempre he sentido predilección por los actores en detrimento de las actrices. Mis intérpretes favoritos son hombres: Gregory Peck, Cary Grant, Marlon Brando, Al Pacino… No me suelo fijar mucho en ellas, no tengo grandes ídolas dentro del cine. Pero tengo que admitir que jamás he visto en una pantalla un recital mayor de naturalidad que el que exhibe la señora Streep en esta película; su manera de mirar a Eastwood es real, no me pregunten el porqué, pero lo sé. También hay que decir que nunca un rostro tan hierático, como el de Eastwood, transmitió tanto. Con él casi siempre menos es más.

Los puentes de Madison es una película que habla del amor sublime, del amor imposible, pero cierto, y -como dice el protagonista-; de una clase de amor que muchos se pasan la vida buscando y otros ni siquiera creen que exista. Pero existe. Y a la vez es una película que habla bien del amor porque habla de personas creíbles, porque es una película de silencios y miradas y el lenguaje del amor son los silencios y las miradas.


Un hombre llora bajo la lluvia. Una mujer se debate entre abrir o no la puerta de un coche. No lo hace. Ella llora. Él se va para siempre.

Una de las mejores escenas de la historia del cine.