MI VIDA ES MI VIDA

El amor cobarde que todos tenemos a la libertad
-que, si la tuviésemos, la extrañaríamos, por nueva,
y la repudiaríamos- es la verdadera señal del peso
de nuestra esclavitud.
(F. Pessoa)


El cine, como todo arte ha dado lugar a creaciones consideradas unánimemente como obras maestras. Obras que trascienden vulgaridades como las modas y el tiempo: el bien llamado clasicismo. Todo cinéfilo tiene un hueco especial en su memoria en el que Michael Corleone besa a su hermano mientras le dice vehementemente: “sé que fuiste tú, Fredo. Me partiste el corazón”; ninguno es ajeno a una palabra como Rosebud; todos se han enamorado de Casablanca mientras el mundo se derrumbaba.

Más allá de estas obras que están profundamente arraigadas en la entelequia del objetivismo como arte, existe otro cine, otras películas que, sin escudarse en razones puramente artísticas, llevas incrustadas en el alma. Filmes de gran repercusión emocional para ti, pero no por su valor intrínseco sino por la naturaleza de tu propia idiosincrasia. Voy a comentar una de ellas, aunque sin hacer un análisis pormenorizado, prefiero ir al grano. Se llama “Mi vida es mi vida” (en inglés "Five easy pieces").

Aunque la película me gusta entera, lo que verdaderamente me enamora es una escena: la última. Mi padre hace años me dijo que un buen principio o un buen final pueden hacer bueno a todo un libro o a toda una película. Tal vez no tenga toda la razón pero tampoco creo que esté completamente equivocado.

Un pianista con mucho talento (Nicholson) decide separarse de su familia, tirar todo su talento por la borda, trabajar en empleos de poca monta, y abandonarse al alcohol y a las mujeres. Un día le comunican que su padre ha sufrido dos infartos; está muy grave y decide dejar su trabajo e ir al encuentro de su familia. En dicho periplo le acompaña su novia (que, todo hay que decirlo, no es precisamente Dostoievski). Una vez que se encuentra con su familia convive unos días con ella y durante dicha estancia, aunque atado a su novia de pies y manos, se enamora progresivamente de la mujer de su hermano.

Finalmente Nicholson deja a su novia y se escapa con su nuevo amor. Y aquí llega lo grande: al final de la película (tras hacerse promesas de amor eterno) los dos enamorados llegan a una gasolinera; ella va al aseo y Nicholson, en un arrebato, coge un vehículo y huye de allí abandonándola. La mayoría de la gente no entiende o, cuanto menos, no suele sentir la menor empatía hacia este final. Sin embargo, a mí me resulta uno de los cantos a la libertad más contundentes y conmovedores (sí, sí: conmovedores) que he visto en mi vida. Él es un pianista que podría haber llegado lejos por su talento pero decide desperdiciarlo. Él consigue a la mujer que ama pero, en un último arrebato, decide mandarlo todo al carajo. En resumen: MI VIDA ES UNA BASURA PERO ES MI VIDA. Sacrificar el amor por la libertad: paradójicamente, al menos yo lo veo así, el personaje que interpreta Nicholson es uno de los últimos grandes románticos. No olvidemos que el romanticismo siempre ha tendido a asociar el amor y la tragedia… y a exaltar la libertad como uno de sus más preciados ideales.

La libertad es elección y el decide ser infeliz... pero decide al fin y al cabo. Ese es el matiz. ¿Quién no ha pensado alguna vez en mandarlo toda a paseo aunque interiormente sepa que nunca lo va a hacer? Nicholson, sin embargo, lo hace: es tonto pero valiente, infeliz pero libre.




La película la dirigió Bob Rafelson y la protagonizó Jack Nicholson pero en realidad es mía.






Dedicado a todos aquellos cuya vida es suya.