CERDOS CON DIENTES DE ORO

Ocurrió hace más de un año. Me sentía sola, desubicada, pese a estar rodeada de una docena de personas en aquélla bien dispuesta mesa del restaurante. A mi izquierda se sentaba el flamante diseñador que había venido a entregar el premio -al que llamaré Stanislav por ser lo que aquí narro una historia real- y a mi derecha, procedente de Milán, una mujer -¿o un valleinclaniano esperpento?-. Ella -a la que llamaré Sophíe-, pese a ejercer de periodista, con su aspecto había eclipsado por anticipado el evento de la moda, sonoramente mediático, que acontecería unas horas más tarde.

Presenté a Sophíe y a Stanislav en inglés pero ellos prefirieron continuar la conversación en francés, un idioma más acorde con sus respectivas personalidades y, sobre todo, con la pose que gastaban. Hablaban pausadamente, en un tono muy bajo, susurrando palabras, extasiados por la catarsis de escucharse, alejados (¡menos mal!) de la mediocridad que caracteriza al vulgar parloteo.

Cuál sería el aspecto de Sophíe que al diseñador -docto en estéticas imposibles- se le notaba embrujado por la originalísima y delirante imagen que la mujer proyectaba. De hecho no dejaron de hablar desde el momento en que les presenté. Hacer presentaciones formaba parte de mi “trabajo” y no me equivocaba cuando pronostiqué que se produciría el mutuo “flechazo”. Stanislav no sentía el menor pudor en mostrar su mayestática admiración y ella no podía ocultar el gozo de ser embadurnada de halagos por alguien tan cualificado. Hubo un momento en que me sorprendí ensimismada contemplando el mutuo ensimismamiento: él tan tierno y frágil, ella tan etérea y porcelánica.

Yo intentaba aparentar que les escuchaba, inmersa en cruenta batalla contra el bostezo. No me quedaba otra cosa que liberar mis pensamientos para que el tiempo pasase lo más deprisa posible, divagando en cuestiones de inequívoca trascendencia. Primero me empeciné mentalmente en encontrar un nombre adecuado para definir el look de la francesa. Por fin, tras mucho cavilar, di con la solución: era una mixtura perfecta entre Belfegor (el fantasma del Louvre) y Cocó Chanel. Estaba envuelta en velos negros y, para infundir aún más misterio en su aura espectral, lucía unas gigantescas gafas negras en forma de alas de mariposa que escondían las tres cuartas partes de su rostro blanco marmóreo. Oculto en la negritud se vislumbraba la quimera del color, personificada en el rojo sangre (rabioso, iracundo) con el que se había dibujado, con la pericia de un Velázquez, unos labios. Pero lo que le convertía en más que seria candidata al Nobel de la excentricidad era su pelo. No debió resultar fácil, justo es reconocerlo, idear un peinado tan imposible; se requerían grandes dotes imaginativas para expresar la excepcionalidad y la autocomplacencia con la que esta mujer se mostraba al mundo. No ahondaré en un conato de descripción porque es uno de esos casos en los que una imagen vale más que el diccionario de la RAE.

Mis ejercicios de creatividad mental quedaron ahí. Cuando mis elucubraciones parecían dirigirse con entereza a terrenos más metafísicos (en concreto hacia el espinoso tema de “la insoportable levedad” de ser, por ejemplo, un caracol) vi entonces algo conmovedoramente inspirador: Cocó Belfegor mostró una sonrisa tan amplia que exhibió sin recato dos muelas de un oro centelleante. La alquimia de estos componentes estéticos (ropa, peinado, tez, muelas…) conformaban el elixir de la eterna no juventud; un elixir que, por cierto, huele a Chanel número cinco en descomposición. Embriagada por dichos efluvios, recordé un aforismo que reza: “eres más hortera que un cerdo con un diente de oro”. No pudiéndome resistir a la analogía: pensé que no estaba más que rodeada de cerdos con dientes de oro. Pero no había en este pensamiento ningún menosprecio al cerdo ni a los comensales, sólo que la imagen del cerdo (además de la ingenua hilaridad de imaginarlo con semejante pieza dental) se convirtió ya en un contumaz estribillo que no dejó de martillear mi cerebro el resto de la velada.

Por fin, en un acto de audaz determinación, e intentando salir del ensimismamiento porcino, me decidí a hablar y participar de aquel cuadro chagalliano, ya fuera con una delicada pincelada o con un torpe borrón (que con esta gente nunca se sabe). Contraataqué a la diva, sin ambages, con lo primero que se me ocurrió: su magnífico cutis. Empeñada en reinventarse, no advirtió el tono hueco del halago y de esta manera, comenzó un kafkiano circunloquio y luego un enconado debate con el resto de los comensales de aquella tabla redonda sobre los estragos que causan los rayos solares en la piel.

Stanislav no añadía a su aspecto enclenque ningún rasgo que hiciera destacable su presencia. Llevaba el pelo afeitado al uno para disimular lo que en su mundo era una tragedia: una lustrosa alopecia testosterónica. Los contornos faciales, angulosos y cadavéricos, encajaban perfectamente en el patrón –si es que lo hay- de lo que debe ser un diseñador de éxito. Su homosexualidad (revelada o no, obvia), era tan delicada, tan poco agresiva, tan amable, que te hacía sentirte cómoda a tu pesar.

Ellos eran las estrellas cegadoramente relucientes, la atracción de la mesa, pero no había que subestimar al resto de los comensales, en dura pugna por hacer el comentario más ingenioso.

Hay siempre entornos que a uno lo superan. Esos mundos superficiales y prescindibles como el de la moda que, en mi recusable radicalismo, nunca llegaré a entender. Había momentos en que no sabía dónde mirar -¿hubieron momentos en que supe donde mirar?-. Sólo me quedaba resistir y abandonarme al instinto de la supervivencia social, invocando a ese camaleón que todos llevamos dentro y nos permite adaptarnos al medio.

Entonces se hizo el silencio y sólo se escuchó la voz del más joven de los allí reunidos, casi un imberbe, alguien masacrado, pese al maquillaje, por las cicatrices del acné. Éste, sabiéndose en ese momento el centro de atención, quiso tener su minuto de gloria y con tono afectado, etílico y regio canturreó emulando al mejor Alfredo Kraus:

“No hacemos otra cosa que vivirrrrrr en una burbuja, pero a veces, hay que salirrrrrrrrrrr…y sobre todo; fluirrrrrrrrrr…, dejarse llevarrrrrrrrrrr...Y luego, volverrrrrrrr a nuestro mundo, … a la burbuja…”

-Dientes, muelas, trapos, burbujas, pelos, modas, cerditos … cerditos cantarines con dientes de oro… En ese momento me di cuenta de que yo, al igual que el improvisado tenor, también había bebido demasiado.