LA MUERTE SÚBITA

Comencé a estudiar Medicina. Exactamente dos meses. Hasta el día en que bajamos a prácticas de Anatomía Humana y me plantificaron una pierna que parecería de guardarropía si no hiciese elogiables esfuerzos por semejar la cualidad exigible al cartón-piedra. Olía a formol y el escenario se componía de vitrinas con frascos rellenos de fetos y vísceras, a cual más asquerosa.
Rodeando la mesa de disección, veinte novatos y un ayudante. Intentaba -lo juro-, por cualquier medio, no mirar la extremidad que alguna vez habría formado parte de la vida, digo yo, de no haber sido producida por generación espontánea, todo lo cual era esperable.
Tan espeluznante sugería ser la cosa, que en busca de auxilio mis ojos huyeron al rincón más alejado y desfalleciente de la sala, para fijarse sin remisión ni posible marcha atrás en la bañera que presidía la escena como un altar macabro donde se oficiaran misas negras.
Hacia allá se acercó un bedel premunido de un gancho o pértiga y, horrorizado, le vi agarrar un brazo del que jaló con fuerza impropia de sus muchas canas para sacar el torso de una mujer de unos sesenta años.
Era, o había sido -no sabría conceptuarlo-, perceptiblemente gorda; con grandes tetas y la piel más blanca y fina que había visto jamás, casi nacarada.
Pero lo que acabó conmigo fue ver al ayudante acercarse a la mesa de disección, de donde habían retirado la pierna o lo que fuera, para colocar el cadáver de aquella señora y, tras hacerle un corte en el cuero cabelludo, tirar de él hasta dejar el cráneo al aire, con la maniobra de rebanadura en monda de naranja que me hizo echar los bofes y que de niño había visto hacer a mis criadas para despellejar conejos.
A continuación, como si no quisiera privarme de nada, cogió el bárbaro aquel una sierra y le levantó la tapa de los sesos. Para remate de mis jugos gástricos extrajo el cerebro, y ahí acabó mi corta carrera científica…
Al llegar a casa no pude comer. Evidentemente. Por la noche hablé con mi padre y le conté lo sucedido.
Lo entendió el hombre -que en el fondo era razonable-, y entre ambos concluimos que lo mejor era que me matriculase en Derecho, que parecía bastante más aséptico.
Al principio me fue bien; nadie se preocupaba de que diera golpe.
Un día, con la clase de Civil empezada, me senté junto a la pizarra, cerca de una chica.
Al acabar la clase la seguí. La chica marchó hacia la cafetería, donde se juntó con un grupo de compañeros. Ellos con barba y camisas por fuera; ellas de largos vestidos que contorneaban sus caderas; adornadas con pendientes estrafalarios. Lo sugerido: un grupo de clónicos empeñados en salvar su distancia del mundo "pijo", otra de las castas que pululaban por las aulas y que tan ferozmente se disputan el territorio urbano.
Me quedé a pocos metros del grupo - sin quitarles la vista de encima -, y cuando me fui a dar cuenta estábamos solos y me miraban.
Uno de ellos, que parecía el padre de los demás (y él más zarrapastroso), se me acercó y me susurró algo al oído:
Aquello quería decir: “¿Vienes por lo de Perico?”
Yo no conocía a ningún Perico, pero reconocerlo me privaría de conocer a la chica.
-Sí -dije poniendo cara de conocer a Perico.
Uno a uno se fueron presentando. La última, ella. Tenía unos ojos por donde se colaba la velocidad de la vida hasta producir vértigo en los bajos.
Si he de describirla diré que era más alta de lo que me había figurado, y que se llamaba Nieves.
Hice las preguntas de rigor para enterarme de lo que ocurría y luego nos dirigimos a las pistas de atletismo, donde se celebraba una asamblea. Allí supe, por fin, que el tal Perico, objeto de tanto arrebato académico y tanto barullo, estudiaba Derecho como yo -aunque lo de estudiar, en lo que me atañe, estuviera por verse-, y militaba ¡cómo no!, en el pecé, que era lo chachi; una palabra de la época que estúpidamente conservo como un relicario.
En su haber -quiero decir en el de Perico-, estaba haber sido detenido por repartir "Mundo Obrero", lo que acreditaba a cualquiera en la escala flameada de la progresía -roja o no; perlífera o tampoco.
En aquel entonces (principios de la década de los años 70, con la “modernidad” de los 80 asomándose a la Universidad como el viento que cada año traía el invierno del Guadarrama), no solo no me interesaba la lucha antifranquista sino que jamás me interesó después, por años que pasaron y recalcitrante que es uno.
Los dedicados a salvar el mundo y demás Mesías me parecían tan perdidos en sus coordenadas que desbarrancaban galopadamente por sus respectivas abscisas -obligado estoy a precisarlo.
Me sentía, pues, (como ha de notarse), un avanzado de la época; de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte y con la conciencia tranquila de no tener tampoco la lección bien aprendida.
En realidad lo único claro era que Nieves estaba más buena por momentos. Para eso sobraban doctrinas y juicios de valor. Solo ojos y mente limpia para ver la inevitable materia prima de la que estaba hecha, como si fuese un muestrario logrado de la Primavera en “El Corte Inglés”.
Las reuniones -de las que no he de olvidarme-, se sucedían y antes de darme cuenta me vi también con barba y camisa ancha perteneciendo a una célula del pecé. ¡Qué se le iba a hacer!
Lo había logrado. Era un clónico más sin base ortodoxa alguna, y tan imbuido de las ideas de Marx como de las de Groucho, a quienes desconocía a partes iguales. Crudo es decirlo.
Mi contacto en el Partido era Nieves, y de tanto vernos acabó por hacerse una idea manejable de mí, como casera, con lo que un día me trasladé al piso que compartía con otra estudiante -de Logroño, como ella-, para ensayar lo que para mi era una nueva vida y para ella vaya uno a saber.
A Mari, la otra riojana, no le hizo gracia mi traslado. Tampoco consintió -que por algo su padre era Guardia Civil, aunque no en activo- que le lleváramos propaganda subversiva ni hiciéramos reuniones que en el lenguaje de la época se tildaban de clandestinas.
Nuestra relación comenzó por sus pasos, metódicos, que no castos. Hacíamos el amor todos los días, lo que era brutalmente satisfactorio para mi y constantemente obligaba a darme pellizcos mentales para creerlo.
Yo me seguía sintiendo -excuso decirlo- un sátiro picassiano, -y en activo; no como el padre de Mari, que vegetaba en Logroño de portero- desde que vi las poses eróticas de Pablo el Mayúsculo, que exhibía una de las galerías que comenzó a abrir brecha en el hasta entonces vedado campo artístico de la Nación… El sexo era lo único que de verdad me importaba, y lo digo con los atributos de mi mejor virtud, la sinceridad, y mi natural capacidad de empalme.
Fue eso: descubrir de pronto la música, las novelas, la salida del sol, "El Marca", las gambas al ajillo, el corazón tierno y la absoluta incapacidad para cargar con semejante bagaje. Todo en un paquete de acciones por el que no hubieses pagado un duro si no te hubiese sido dado exclusivamente por tu cara bonita, que tampoco era para tanto.
Con la excusa, pues, de que faltaba algo en el dormitorio -un colchón en el suelo, libros en alguna parte, ropa tirada donde se terciara y platos con restos de comida, que Nieves no era ni muy relimpia ni menos ordenada, aunque alardease de lo primero-, nos compramos en régimen de gananciales un espejo del que decíamos que era enorme y precioso, sin mayor fundamento.
Lo pusimos sobre el suelo de forma que desde la cama-colchón podíamos vernos trajinar, como una película porno u otra de John Wayne. Éramos bastante inocentes. Íbamos a salas de Arte y Ensayo y aplicábamos los conocimientos adquiridos a salto de mata en cuestiones de masa y horneo.
Luego nuestro celo se calmó y, más atentos a lo que pasaba en un mundo que creíamos estar fraguando con nuestra juventud y la entrega a la causa, un correo nos trajo la orden de organizar la huelga en la Universidad.
¡Carajo! Cada cual tendría su misión, y la mía consistió en pegar carteles por la Facultad.
Pasamos la noche esquivando patrullas solo vistas en nuestras mentes, que no cesaban de dar vueltas con rejilla incluso en parabrisas y ventanillas por nuestras más huidizas circunvoluciones cerebrales.
La Facultad, sin honor -pero con pintadas-, sin detenciones, sin más lacras que el engrudo en las manos y la tinta que se metía por las uñas, quedó felizmente empapelada.
Vuelto a casa, advertido de la alta tarea que me había encomendado la vida, al entrar en la alcoba encontré a Nieves retozando con Julián, un muchachillo que alardeaba de llevarse al catre a las esforzadas hijas de Lenin.
El cuerpo de la camarada, rotundo, vestal, rebasaba todos los contornos del espejo, el ganancial. Ganas me dieron, en momento de debilidad, de perdonarlos y sumarme a la fiesta. Pero un prurito de orgullo, que supuse se notaba por encima de la ceja -por descontado la izquierda-, me decía que resultaría impropio de alguien que estaba a punto de matarlos; matarlos, de haber tenido alguna vez resolución para eso y para mucho menos en la vida.
De todos modos, estaba indignado: ¿No le estaba lamiendo el pene, la muy guarra? ¡Un bastón ajeno a quien hasta entonces se beneficiaba de la exclusiva!
Se me quedaron mirando y yo sin reaccionar, como siempre. Tomando notas, eso sí, para futuros soliloquios a los que ya me iría acostumbrando. Bravatas con uno mismo de interlocutor válido a interlocutor válido en las que, de verdad, cogía -con perdón- el toro por los cuernos.
Ella apartó la estaca enhiesta -que obligado es decir, y para mayor oprobio-, seguía sin ser la mía, y le dijo al camarada Julián que se fuera, aliviado o no, lo que hizo visiblemente encorvado, molesto y sujeto a la orquitis inminente que le estaba bien empleada.
Nieves salió a la salita envuelta en un mantón de Manila que se había regalado ella misma, y que no eran bienes gananciales sino propios, por haberla aportado a la vida en común antes de nuestro amancebamiento, por más señas en “Galerías Preciados”:
-¿Cómo te ha ido?- tuvo la desfachatez de preguntar.
-No mejor que a ti -dije imbuido de toda mi dignidad, que era mucha.
-¿No tenías que pegar carteles? -su lógica seguía siendo aplastante, aún en momentos delicados como ese.
-Yo tenía que reclutar gente… -se avino a balbucear, siempre hermosa, que era lo que más rabia me daba.
-Sí, pero no a esos extremos -repliqué ya sin ninguna esperanza de seguir disfrutando de ese cuerpo hasta entonces asequible-. Unas misiones que son más gratas que otras- añadí comprendido que había llegado el momento de decir algo.
Para ilustrar mis intenciones me puse a recoger mi ropa y a estrellar la suya contra las paredes, donde caían sin comentario alguno.
Metí algunos libros (todos de ella) en la maleta y, asomando el pico de unas bragas por la cerradura entreabierta, me puse a sonreír esforzadamente como suponía que se hacía en esos casos:
-¡Ahí te quedas, pequeña. Que te aproveche el juego malabar de tus mandíbulas!
¿Estaba bien la frase? ¿Me habría excedido? ¿Arruinaría, con mi intemperancia verbal y el “¡bestia!” perfectamente audible que soltó la otra, el efecto tan trabajosamente logrado hasta entonces?
-¡Estás celoso! ¡Me encanta!- tuvo la osadía de aclarar-. Sabías desde el principio, y si no es que eres tonto, que lo nuestro era s-e-x-o -alargando el sonido en un insoportablemente coito verbal; -un juego pasajero- remachó.
¿Había visto eso en alguna película de Arte y Ensayo? ¿En una obra del TEU?
Escarbé penosamente en el poco suelo que quedaba bajo mis pies y lo solté, por fin:
-¡Me ha sentado fatal lo del espejo-, y dicho lo cual cogí un pisapapeles también ganancial e igualmente comprado en el Rastro, y lo arrojé contra la lámina que lo reflejaba todo, como una confesión, y aguardé a que se rompiera en todas las partes posibles.
Efectivamente el espejo se rompió mucho. Nieves gritó y los dos optamos, algo fatigados, por seguir derroteros más pacíficos: al fin y al cabo éramos universitarios -nos dijimos.
-¿Solo te molesta eso?- escrutó mi cara, el color arrasando sus mejillas y los hombros tan en alto de su cuerpo que me hubiera hecho alpinista para los restos-. ¿Solo me quieres decir que por el maldito espejo armas la que estás armando, cretino?
Aunque tenía su lógica, nunca me ha gustado esa palabra. Y menos dirigida a mí. Se estaba extralimitando. Debía actuar rápido, sin pensar, que era como mejor me salían las cosas:
¿Y no sabes reclutar gente por medios menos expeditivos, feladora, marrana?
-Pues a ti bien que te gustaba…
Otra vez cogido.
-¡Fetichista!- me soltó.
-¡Puta!
Nos estábamos diciendo auténticas verdades, pero eran tan ridículas que no sabíamos cómo manejarlas.
-Te vas porque quieres y porque eres un cabrón. Ya lo habías decidido desde hacía tiempo… Bueno, pues ya tienes la excusa que necesitas -soltó su lengua de bella arpía.
-Esto no funcionaba -dije desfondado, mientras buscaba el apoyo de algo sólido para sujetarme, exhausto por la paliza de la pegada de carteles.
Se me habían acabado los recursos, con ser siempre tan escasos.
-Funcionar según y cómo, porque joder, lo que se dice joder, no paras, macho.
-Gracias por la alusión genérica -barboteé antes de visualizar, oír más bien en mis neuronas, el consabido golpe a la puerta con el que estaba dispuesto a acabar con nuestra relación, que había durado un mes y medio. ¡Todo, y no solo el pescado y la fruta delicada era perecedero en esta vida!, me dije como un Segismundo de pacotilla.
Marchaba con la maleta en la mano; contento de decir la última palabra, pero sin humor ni gracia en el ambiente. Sin la distinción glacial de las películas inglesas en blanco y negro, donde siempre pasa algo. Estaba ya harto de jugármela por unas ideas que solo me garantizaban la cama, y a las que nunca -ni a esas ni a ninguna- dedicaría más de tres minutos seguidos. Lo sabían en Pekín y, sin recurrir a ejemplo tan lejano, en el soviet de barrio, de donde habían colgado ya, con honores, mi etiqueta de revisionista chovinista.
Antes de dar el portazo y marcharme a casa de mis padres -que maldita la gracia que les haría, la verdad, ahora que se habían librado de mi-, y por mostrar flema inglesa, fui a la cocina (estaba empotrada en un armario que servía también de trastero) a prepararme una manzanilla con anís.
Me daría tiempo para ensayar mi papel de hijo pródigo.
Silbaba la cafetera cuando llamaron a la puerta y quince minutos después me encontraba en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, detenido por la Brigada Político-Social, acusado de asociación ilícita.
¡Y decían que Nieves era legal!
Uno de la célula, que debía tener la convicción de principios de una vacuola digestiva, por no decirle excretora, al que pescaron repartiendo los panfletos que convocaban a la huelga, había cantado más que triunfaba Alfredo Kraus en los escenarios de la época.
La visión de los electrodos buscando sus partes más íntimas haría abjurar a cualquiera, pensé en la media hora que tardó mi padre en ir a buscarme, con su certificado de requeté en la mano y una foto borrosa de su hijo de pequeño con correajes y una gorra que le tapaba la frente, con borla, mano en alto, que no sé con ocasión de qué jornada patriótica se sacaría, pero que bastaron.
“Cosas de la juventud”, se disculpó mi padre ante el comisario, cogiéndome de la oreja, -la derecha, por guardar las formas, y por el asunto del efecto que causaba.
Renegué pues, aliviado, de mi condición de peligroso pecero, y en demostración, ante un gris apostado al efecto a la puerta de lo que llamaban “Gobernación”, hube de cagarme, según ritual establecido, en Engels, Marx, Lenin, el padrecito Stalin y creo que hasta en el pobre Kruchev, que menos tenía que ver.
Todo dicho en voz clara, autocrítica y revisionista, como estaba mandado, que si no, no salía de allí, me dijo mi padre tras la charleta con el comisario.
Complacidos los guardianes del orden de mi actitud de acatar razones, propio de un estudiante que a pesar de cursar Derecho descarrilaba momentáneamente (la neurona es tan débil como la carne), me ficharon a continuación, lo que luego me podría haber servido de mucho en la vida -benditos sean-, y al carecer de antecedentes, tras unas pocas amenazas, salí casi indemne de cuerpo (tenía diarrea), y más de alma, que esta estaba contentísima, con la ventaja añadida de que sería expulsado de la Universidad.
Nieves, de esas, volvió a Logroño y no supe nada de ella hasta que hace pocos meses la vi en televisión, en una tertulia sobre la familia. Representaba a la Federación de Madres Conservadoras de Logroño (FEMACOLA). Seguía estando muy guapa.


-Este texto pertenece a una novela inédita ”La Muerte Súbita”, escrita al alimón por un médico y un periodista (el rey del metro). Nadie se ha molestado siquiera en mandarla a una editorial, ni ganas…Yo la conservo (en mi particular colección de “tesoros baldíos” –una colección, por cierto, exclusiva y de valor incalculable- ) y es un placer compartir este capítulo mordaz, vehemente, travieso y políticamente incorrecto, que siempre me ha hecho sonreír.