EL GESTO MÁS TRASCENDENTE (Elogio de la risa)

“Mecerme con el impulso de tu risa
arranca mi máscara de tragedia”
(El mar no cesa. Héroes del Silencio)


¿Acaso lo sublime sólo puede nacer de lo trágico? La risa está devaluada, denostada, injustamente minusvalorada. Al parecer arte es, por ejemplo, un drama metafísico de Ingmar Bergman –conste que me fascina Bergman- pero no una comedia de Billy Wilder. Dicha devaluación no atañe únicamente a la expresión artística: la risa es poco apreciada como acontecimiento humano, suele quedar registrada en el triste anecdotario cotidiano de la existencia. Pues yo reivindico no sólo su valor sino también su trascendencia. La risa, como alguien dijo, es un asunto muy serio.

¿Qué es realmente la risa? La risa es, en primer lugar, evasión. Cuando reímos, reímos de verdad, estamos huyendo de nuestra autoconciencia, de la percepción de nosotros mismos y de nuestras circunstancias. Es un instante mágico que conjuga el placer y el olvido, la catarsis y el absurdo, lo fugaz y lo eterno. En este sentido, la risa es la droga más sana, el orgasmo más pudoroso

La risa es también recuerdo. Si ejercemos el empeño memorístico de desenvolver la maraña de nuestros recuerdos y buscar los momentos más felices de nuestra vida, seguro que en más de uno (y de dos, y de tres...) está implicado, de algún modo, la risa. El nacimiento de un hijo, el primer beso, un ascenso laboral... todos ellos son hitos vitales en los que no hay implicación de la risa y que, potencialmente, pueden encontrarse entre los más felices de nuestra existencia. Sin embargo, entre estos momentos y otros en los que nos reímos existe una sutil diferencia: los primeros se viven, se disfrutan en el tiempo en que se viven y luego se recuerdan. En cambio, cuando recordamos aquello que tanto nos hizo reír, esbozamos una sonrisa y, en cierta manera, volvemos a ser un poco más felices. La felicidad es, en esencia, un poso, y el poso de la risa se puede degustar retardadamente. En nuestra estancia en el mundo no hacemos más que vivir y recordar. La risa es también recordar y vivir.

La risa es amoral. No existen justificaciones éticas, preceptos morales que la encorseten. La risa puede surgir del hecho más trivial. En “Agárralo como puedas” le preguntan a Leslie Nielsen: “¿Quiere una manzanilla?”. Y él contesta: “No, gracias. No me apetece frutilla”. Este diálogo que casi todo el mundo colegirá que es tontorrón, incluso carente de gracia, por mi parte será uno de los más preciados recuerdos que me llevaré a la otra vida. Esta es una de las grandezas de la risa: es un acontecimiento absolutamente personal, intransferible, que nadie te puede robar. En este sentido, la risa es semejante al pensamiento: personal, libre, inviolable. Con el paso de los años la enorme satisfacción que me supuso, por ejemplo, aprobar una oposición laboral se irá diluyendo en mi memoria, sustituyéndose por otros recuerdos más recientes. En cambio, el recuerdo del estallido de risa que me produjo el diálogo de Leslie Nielsen me acompañara, espero, toda la vida. Y, además, cada vez que lo recuerde reviviré en cierto modo esa felicidad. ¿Cómo no va a ser trascendente algo así?

El ínclito Woody Allen dijo en su gran película Annie Hall: El sexo es lo más divertido que he hecho sin sonreír. Todo el mundo interpreta, lógicamente, esta frase como una apología del sexo...

¿Soy yo la única que ve en esta frase un homenaje del director neoyorquino a la risa?