El arte de los hombres tristes

Baby I want you, like the roses want the rain
You know I need you, like a poet needs the pain

Bon Jovi “In These arms”

La poesía tal vez sea una de las formas artísticas más peculiares creadas por el hombre. El fin de la poesía no es la narración, la descripción, propio de otros géneros literarios, sino la expresión. Expresar el lenguaje de las emociones, intentar descifrar los jeroglíficos del alma y con ellos pintar palabras que siempre fueron nuestras. El corazón de la novela, por ejemplo, es la historia y el alma es el estilo. El corazón de la poesía es el corazón y el alma es el alma. No existen filtros entre el sentimiento y la pluma, entre la lágrima y la palabra. Por ello, es un arte de personas desnudas, de personas valientes, de personas emocionales y, generalmente, tristes. Saber que alguien es escritor no nos dice gran cosa acerca de él; saber que una persona es poeta, en cambio, nos define gran parte de sí misma.

La poesía es, también, el arte de caminar por el filo de la navaja. La materia prima es la emoción y la emoción es algo abstracto, intraducible, contradictorio en ocasiones. Resulta paradójico que, trabajando con un material tan "inestable", la poesía exija enorme precisión. Es muy fácil, cuando se trata de poesía, caer ya sea en la hipérbole, en la pedantería, en la cursilería, etc. Hay que buscar el punto exacto. En ese sentido, los poetas se asemejan bastante a los cocineros: cualquier ingrediente de más, de menos... puede echar a perder todo el plato. Hay que hallar el punto exacto, andar por el filo de la navaja con pies firmes y paso seguro. Por ello, para mí el más grande, el mejor cocinero, ha sido Antonio Machado: un hombre, un poeta, que supo expresar como nadie las emociones, los sentimientos, pero logrando que la intensa luz de éstas no lo oscureciese todo, dosificándola pero iluminando la vida de todos los hombres tristes.
(Para D.)