Si supiese...

Me levantaría tarde (sobre las doce y media del mediodía). No podría ser de otra manera, lo contrario sería traicionarme. Soy un ave nocturna, un nocturno y para los nocturnos las mañanas no son más que una desagradable y eterna transición. Me desperezaría y no haría más que el vago hasta la hora de comer. A eso de las dos de la tarde empezaría a comer. Lo haría solo. Comer es de esas actividades que siempre he disfrutado más en soledad. El menú estaría compuesto por una lata de berberechos, unos trozos de pulpo al horno y, de plato fuerte, cantidades industriales de carne de buey a la plancha. Todo ello rehogado con un buen tinto. De postre tomaría un sorbete de limón con Vodka y una tableta de chocolate blanco. Durante el convite acometería el visionado de un episodio de "Los Simpsons" y otro de "Padre de Familia". Dichos episodios no serían escogidos de forma azarosa sino que los seleccionaría concienzudamente y con antelación. No dormiría la siesta. Haría la digestión escribiendo una carta a un par de amores perdidos. Estas cartas serían exageradas, hiperbólicas, bonitas y quizás poco sinceras. Pero no podrían ser de otro modo. Bien mirado poco sinceras implica intrínsecamente algo sinceras. Un poco antes de las cuatro de la tarde, tras escribir las misivas, me iría de putas. Y lo haría porque no querría tener sexo con ninguna conocida. Buscaría el sexo por el sexo. Buscaría sexo no sexo con. La sesión constaría de dos eyaculaciones ya que una sabría a poco y tres serían demasiado. A partir de las cinco de la tarde vería a cuatro amigos: a X, Y, B y Z. Pero no los vería a todos a la vez sino uno por uno. Primero vería a B, tan sólo necesitaría diez minutos, nunca ha hecho falta más tiempo entre nosotros. Con Y emplearía quince o veinte minutos y tejeríamos nuestras palabras con nostalgia. Con Z bebería cerveza y nos adentraríamos el uno en el alma del otro. Y por supuesto X sería el último. No sé lo que haría con X, eso no importaría. Pero estaría con él media hora. Tal vez le abrazaría. Tal vez le diría cosas que ahora no diría. Alrededor de las seis y media de la tarde estaría con mi familia, todos juntos. A ellos no los abrazaría ni daría muestras de afecto corporal. Sería falso, inoportuno, impostado. Los tequieros serían miradas y los abrazos palabras. Tal vez contaría algunos secretos, sólo tal vez. Sobre las siete de la tarde llegaría el momento de la soledad. Lo primero que haría en mi propia compañía sería leer a un solo autor: Dostoievski. Leería fragmentos de "Los hermanos Karamazov" (entre ellos, por supuesto, las últimas páginas) y el epílogo de "Crimen y castigo". Al terminar la actividad lectora dejaría la habitación en semipenumbra y escucharía con los ojos cerrados un disco de cabo a rabo: "Avalancha" de "Héroes del Silencio". La banda sonora de mi vida. Terminada la escucha vería una película "El hombre tranquilo" y me reconciliaría con el mundo. Cuando terminase el visionado del film de John Ford, vería dos capítulos de la serie "Los Soprano" –que, al igual que con "Los Simpsons" y "Padre de Familia", habría preseleccionado detenidamente–. Al finalizar estos quedaría, más o menos, una hora y media para la medianoche. No cenaría. Me serviría un ron con hielo y limón y emplearía esa hora y media en ver, en DVD, el momento más feliz de mi vida: el partido en el que el Real Madrid ganó su novena Copa de Europa. Vería otra vez la bolea de Zidane y las paradas de Casillas y lloraría. Entonces llegaría las doce de la noche, el nacimiento de un nuevo día.

Si supiese que me queda un solo día en la tierra lo pasaría así.

John Self