Carta de amor

Me he impuesto la promesa de la objetividad aunque sé que no voy a cumplirla. Trataré, al menos, de hacer bueno el aforismo del insigne Bart Simpson: “no puedo prometer que lo intentaré pero intentaré intentarlo”. ¿Y por qué esta pretensión de objetividad, distanciamiento, gelidez analítica, se me antoja poco menos que utópica? Por la sencilla razón de que estas palabras van dedicadas a uno de los amores de mi vida… ¿y quién no es débil ante un amor? ¿Quién, ante él, puede aislar los sentimientos con frialdad médica? No seré yo quien tire la primera piedra, desde luego. Mi amor se llama Daniel. Algunos podrán decirme que eso no es amor: no siento por él atracción sexual o física; no tengo ningún afán de posesión sobre su persona; mi pensamiento no suele estar habitado por su recuerdo, etc. Sin embargo, me subyuga, me fascina y, en diversas ocasiones, me ha hecho feliz. ¿No es eso amor? Incluso profeso por él un componente muy extrañBo (aunque no inexistente) en la temática amorosa: admiración. Por ejemplo, estoy seguro de que Rick Blaine estaba locamente enamorado de Ilsa, empero dudo que éste albergase una gran admiración por el personaje que interpretaba Ingrid Bergman. La admiración y el amor no suelen confluir porque el amor no entiende de lógica, sólo es fuego: arde, quema y siempre es vulnerable a extinguirse. El amor no sabe lo que es un silogismo, lo que es un axioma, ni tampoco lee a Kant; no razona, piensa, discurre, elucubra, delibera, no. El amor siente, padece quiere y, también, odia. No hay odio más potente que el odio que nace del amor. El odio más agresivo es aquel que se proyecta sobre quien más se ha amado… un momento, ¿De que estaba hablando antes de extraviarme por esto vericuetos pseudometafísicos? ¡Ah sí!, del amor y la admiración. Pues sí, lo admito sin ruborizarme: le admiro. Y lo admiró, lo amo, hasta tal punto, fíjense, que el amor que siento por él es comparable al que siento por dos de los amores más poderosos que ha conocido la especie humana: el amor por Dostoievski y el amor por las patatas fritas. Mi amor se llama Daniel Day Lewis.
Debería ahora exponer los datos de su carrera cinematográfica, sus logros, de manera sucinta y carente de ornamentos, pero no lo voy a hacer. Para eso está la “wikipedia” y miles de páginas más que lo pueden hacer mucho mejor y con más detenimiento que yo. Al fin y al cabo, esto no es un conato de biografía sino los delirios de un “cinéfilo” (nunca me ha gustado esa palabra) enamorado. Ahora ustedes puede que se pregunten: ¿Y a cuento de que escribe este hombre esta particular epístola dedicada a ese actor? Aprovecho las circunstancias y la circunstancia es que Daniel Day Lewis, el gran camaleón, va a ser el ganador del próximo oscar. Le concederán la estatuilla por su rol de magnate del petróleo en la película de Paul Thomas Anderson (joven director americano al que siempre hay que seguir la pista como demuestran la infravalorada “Boggie nights” y, la puede que obra maestra, “Magnolia”) “There will be blood”. Aún no la he visto. Ya sé que resulta extraño realizar una afirmación categórica (“va a ganar el oscar”) teniendo en cuenta este último dato. Sin embargo, suelo tener poco margen de error en estas predicciones, ya que todos los años me nutro de información, previa a estos premios (críticos, otros premios…), que me da una idea bastante aproximada de lo que va a ser el devenir de la gala en esta categoría (“mejor interpretación masculina”). A ello hay que sumarle mi instinto innato para este tipo de chorradas. Los últimos 4 años he predicho acertadamente los ganadores con meses de antelación: Forest Withaker, Philip Seymour Hoffman, Jaime Foxx y Sean Penn. Algún día fallaré. Este año no. Me basta ver 30 segundos a Mr. Day Lewis en el trailer de la película para saber que no me equivocaré. Pongo la mano en el fuego.
La cinefilia (sigue sin gustarme esta palabra) es un destino y hay varios senderos que llevan al mismo. En mi caso el amor al cine nació del amor a los actores. En mi adolescencia temprana ver películas era una actividad que me gustaba pero que, ni mucho menos, me apasionaba. Un día de aburrimiento me puse a ver una película que estaban echando por la tele (“Confesiones verdaderas”) en la que un actor hacia de cura. No me gustó mucho la película, incluso, creo, no llegué a terminar de verla. Un par de semanas después en la televisión echaron otra película en la que un actor que se parecía muchísimo al que hacia de cura en la anterior película interpretaba a un boxeador. La película se llamaba “Toro salvaje” y el actor no se parecía al otro… ¡E-R-A E-L M-I-S-M-O! Tras inquirir a mi madre supe que ese hombre era un tal Robert de Niro. Me fascinaba esa capacidad de mimesis, de mutación personal. ¿Cómo alguien era capaz de “ser” dos personas distintas, tanto externa como internamente? Desde aquel mismo día, empecé a alquilar, con voracidad compulsiva, todas las películas que protagonizaba ese señor. Resultó que no sólo me gustaba presenciar esos ejercicios de transmutación interpretativa, sino que, paralelamente, también me gustaron muchas de esas películas por sí mismas. Un día, alquile “El padrino II” (en la que tenía un pequeño, pero decisivo papel, mi amado de Niro) y me fijé un actor que se llamaba Al Pacino con el que repetí el mismo ritual. Esta causística se ramificó y multiplicó exponencialmente: Marlon Brando, Montgomery Clift, Jack Lemmon, etc. Por supuesto, ya hace tiempo que extendí mi adoración hacia directores (Billy Wilder, John Ford, Woody Allen, Scorsese…), géneros (neorrealismo italiano, nouvelle vague), actrices (Bette Davis, Katharine Hepburn, Meryl Streep...), guionistas, etc. Pero la génesis de todo fueron los actores. Incluso hoy, después de muchos años, sigo, en cierta medida, esta metodología. No hay reclamo mayor para mí en una película que un actor que me gusta.
Si tuviera que elaborar una hipotética lista de mis actores fetiches, entre los cinco, o, si me apuran, entre los tres primeros estaría, sin duda, Daniel Day Lewis. Mi primer contacto con él fue en la maravillosa “En el nombre del padre” en donde Daniel componía, a mi juicio, el mejor y más veraz retrato de la impotencia que se ha hecho en el cine (dando la réplica a un también impecable Pete Postlethwaite). Me impactó la fuerza interpretativa, la credibilidad de ese actor melenudo. Después vi “The boxer” y “Mi pie izquierdo” (todas del mismo director: Jim Sheridan). Más tarde llegaron “La edad de la inocencia”, “Mi hermosa lavandería”, “El crisol”… hasta completar toda la (escasa) filmografía de este fascinante intérprete. Tras ver todas las películas me quedó un pensamiento o, más bien, una certeza: es el actor más camaleónico de la historia del cine, por encima, incluso, de otros camaleones consagrados y legendarios (Robert de Niro, Alec Guiness, Marlon Brando…). Estos últimos se transformaban en personajes totalmente diferentes, pero siempre había algo en ellos que hacía que no pudiesen escisionar íntegramente su personalidad de estos personajes que estaban interpretando. Marlon en el padrino no es Marlon, es Vito, pero hay un leve destello en sus ojos que hace que ese Vito tenga algo (aunque sea una parte infinitesimal) de Brando. Day Lewis, es, a mi juicio, el único actor que puede, y ha podido, hacer este desdoblamiento de manera absoluta. ¡Como no voy a amarlo, si la etiología de mi enfermedad por el cine nació específicamente, ya no de un actor (Robert de Niro), sino de una cualidad interpretativa como es la adaptación de una persona a diferentes personajes! Daniel, en ese sentido, clava una flecha en mi talón de Aquiles. Además, no hay que reducir su valía a su talento camaleónico. Es un actor convincente, intenso, con capacidad hipnótica, fascinante. The number one.
Esta carta es pasional, anárquica, deshilvanada, incluso puede (lo reconozco) que sea un auténtico coñazo para el lector… Ustedes podrán poner en duda que, como he dicho antes, lo que siento por Daniel Day Lewis sea amor verdadero. Sin embargo, lo que nadie me puede negar es que esta carta, como ven, cumple todos los requisitos para ser catalogada como una carta de amor.
John Self