SOBRE PERSONAS Y PERSONAJES

En la mañana de ayer se conocían dos hechos luctuosos, ambos en Madrid: moría Francisco Umbral y enterraban a Enma Penella. Era la hora de la siesta, y acostada en el sofá prestaba atención a los informativos de Televisión, cuyos titulares se hacían eco de ambas noticias. Las lógicas palabras grandilocuentes para el escritor, las lógicas palabras de cariño para la actriz. Somnolienta y entrecerrando los ojos, oí decir a alguien que no es que Umbral no llegara a la Real Academia de la Lengua, sino que ésta no llegó a él. A pesar de ese lapsus académico, a Francisco Pérez Martínez (éste era su verdadero nombre) se le premió en abundancia y pudo ver como su obra literaria y periodística era ampliamente reconocida. Provocador y soberbio, se había autodefinido como alguien “brillante”, muy a tono con el personaje sobrado y audaz que había compuesto: “Soy altar de mí mismo”, llegó a decir; lo que bien mirado no son sino las palabras de un sentimental solitario.
Cada vez más dormida escuchaba la sarta de elogios que dedicaban al escritor de la prosa exuberante. Algunos, por cierto, sonaban huecos y muy manidos así que ya nada de lo que pudieran decir me quitaría el sueño… El eco de las noticias se convirtió en un murmullo lejano.
Casi desconectada, vencida y ya sin el menor recato en los brazos de Morfeo, de forma inesperada escuché un desgarrador lamento; era una hija de Enma Penella... En el cementerio, junto al féretro de su madre, le daba su adiós definitivo con una voz dolorida, trémula y con esa musicalidad que sólo sale de la garganta de los niños que lloran sin consuelo: mamaíta… mamaíta… mamaíta… mamaíta… ¡cómo te quiero, mamá!
Abrí los ojos de par en par al notar que alguna lágrima, inoportuna, no encontraba el camino de salida. ¡Dios, eso sí que importa… Llevarse un “te quiero”, allá donde vayas! Tal vez sea lo único que importe.
Ya no pude volver a dormir.