LÉOLO

“Léolo” no es una película amable. Es dura, glacial y descarnada. Conforme pasa el tiempo me doy cuenta de que Léolo me ha dejado más huella de lo que imaginaba y, provocadora de demasiadas sensaciones de asimilación lenta, en lugar de olvidarla la recuerdo con insistencia.
Además, aviso: sólo si estás dispuesto a dejarte golpear el alma hasta hacerla jirones, sólo si quieres saber dónde anidan la desesperanza y tus sentimientos más pesimistas o, simplemente, si estás dispuesto a digerir una dosis letal de sordidez y belleza juntas, entonces y sólo entonces puedes y debes de ver “Léolo”.
La infancia y la locura son sus ejes argumentales, aderezados con otras bagatelas como la familia, el amor y el miedo. Un insólito cóctel de emoción, poesía y crudeza, además de una magnífica banda sonora dan como resultado esta película hipnótica que puede llegar a embriagarte.
Léolo es un niño que lucha por escapar de la locura hereditaria, a la que han sucumbido sus hermanos, su padre y su abuelo. Alienta ver como Léolo mantiene la cordura usando el poder de su imaginación.
La “Luz” radiante es la metáfora de la felicidad en la vida. Pero para Léolo, en la crudeza de su existencia, esa luz no existe y tiene que inventarla dentro de un armario, cuya puerta abre con la llave de los sueños. Sus sueños lo mantienen vivo. Y escribe, pasa el tiempo escribiendo sin descanso y leyendo a escondidas el único libro que hay en su casa, con la gélida luz de una nevera.
¿Existe algo más frágil que la infancia? La lucha es desigual, la locura es una sombra degradante y aniquiladora que agota toda luz.
El contrapunto a la sordidez y la mediocridad del ambiente que rodea al niño lo ponen la calidez y la ternura de su madre y sobre todo el amor que él siente por Bianca, su vecina italiana; “Mi amor, mi dulce amor, mi único amor”.
Onírica en medio de la desolación, esta película duele. Y aunque es un dolor seco, improductivo y sin lágrimas, me recordó que estaba viva: “…Porque sueño yo no estoy loco. Porque sueño, yo no lo estoy”.