LA PARED por el Rey del Metro

Creía haber estado vacío hasta encontrarme con las manos repletas de nada, que era no sentir. La situación, por nueva, cabalgaba sobre puentes que apenas insinuaban, en lontananza, un paisaje sobrio de acontecimientos y la mejor unión con lo que suponía que era la incipiente vejez.
El sonar de los recuerdos, la lucha de los pies por encontrar acomodo en el suelo, mandaba los ojos hacia una pared sin fronteras que carecía también de las características propias de la materia.
Alcanzados las 50 años, el cuerpo se hallaba más firme que la cabeza ("las cabezas no están buenas", decían en alguna parte del mundo cuando perdían la carrera en favor del soma.). Las cavilaciones, guardar las hojas del calendario (como la ropa al nadar entre los días) en el bagaje de lo que fuiste, te confería el aire antañón de historias de las que nada sabías. Y soportar, a esas altura la clase de persona que decías que eras sin mayor fundamento en la conciencia de los otros.
Habías trazado, pues, el itinerario expreso en el que el orden faltó desde el comienzo. Un día aquí y otro vete a saber, en la esperanza desparramada de que la distancia tiñiera los ojos de su diverso significado.
Pero a los 30, incluso comenzaste a ver (a olerlo más bien en la plasticidad del aire), que tu figura no reflejaba mas que la falta de configuración que habla con todo lo que te alejaba.
Sería prolijo adelantar aconteceres; planear la memoria sobre sitios, azoteas y tipos con los que, de alguna manera, trabé amistad, la palabra más errática de mi vocabulario. Lo dejo en que, llegado a un punto de tensión muscular; los ojos bañados por la luz de lo cotidiano, me casé y afloró el secreto hasta entonces dormido que atraviesa la galaxia de los sueños, desenterrado como una lanza herrumbrosa; medio narcotizado de experiencias caducas por ser primeras en la pira que consume la unión a fuerza de regularla.
Y una vez más, las facultades estaban reñidas con la personalidad de sus contrarios, y cubierto el expediente, traídos los hijos que era de rigor hacer asomar a este mundo sin corazón, vagué por la cuerda floja que tensaba el trabajo y la casa hasta que con la marcha de los hijos, con la mujer trenzando su inagotable labor personal, desaparecí con la vana pretensión de llegar a lo que, con sorna, llamaba mi destino.
Había quedado tan disipado de mente como cuando hacía el amor, allá por calendas que no recordaba. Un rapto este que, como todo lo bueno, dura tan poco.
Me hundía en ella como en un lago, un fondo de algo donde no había colores, ni luz, porque no hacía falta: sólo el precipitado y escueto gusto por marcharte a otro lugar donde se volatilice el intelecto. Tampoco necesitabas respirar porque no podías y, en definitiva, el alma se alimentaba de no entender ni pensar. De no ser tú. Por eso era tan bueno.
Ahora, vuelto a cambiar de atalaya y mirando la ciudad desde una de sus alturas, minúsculo como es, mi territorio vital, y cual pez de acuario, llega el premio, o lo que debo tomar como tal: he cambiado. Sin haberlo encontrado, sin participar y escrutándome la vida en el nudo sin soltar del estómago, de la parodia de mi ser había logrado no sentir definitivamente nada. El retortijón que reinaba entre el píloro y el cardias, asiento de todas las miserias, sede de tormentos y cocina donde se fraguan las más feroces batallas de los sentidos, había desaparecido para siempre.
Conmigo no había caso. Pasase lo que pasase y gravitase lo que a partir de ahora se fuese a anclar en mi conciencia (si es que la tenia); nada sería lo mismo. No sentía el aguijón de la afrenta; ni la mirada nueva de un niño; ver correr la sangre por el televisor o adentrarme en las procelosas aguas del Mar de los Sargazos que para mí había constituido siempre la vida.