El TÍO PACO, EL ÚLTIMO ESTOICO


“Cuántas cosas hay que no necesito” (Sócrates)

Los estoicos desaparecieron hace más de 2000 años, pero el mismísimo Diógenes se ha reencarnado en el Tío Paco.
Supe de su existencia por una amiga. De hecho, al que llamamos cariñosamente “el tío Paco”, es su tío y no el mío, aunque yo también tenga un tío Paco de los que hay que echar de comer aparte. (Parece que eso de ser el tío Paco, en algunas familias imprime un carácter singular). No conozco personalmente al tío Paco, sólo sé que existe, porque dan fe de ello sus dos hermanas y unos pocos sobrinos, entre los que se encuentra mi amiga. Para el resto de la humanidad, el tío Paco no existe.
Perteneciente a una familia acomodada, vive como un indigente, devorando libros y comiendo hervidos. Tan sólo sale de su casa para ir a conciertos, exposiciones y conferencias. No tiene otras nociones de la realidad que no sean las culturales, pues nada más le interesa. Su voluntario aislamiento social es total y absoluto.
Domina cinco idiomas, entre ellos el alemán. Los aprendió sin salir de su casa, por su afición por las filologías y gramáticas extranjeras, una vez que la de la propia lengua se le había quedado corta. También domina algunas lenguas muertas, aunque éstas las estudió con la finalidad de leer a los clásicos en estado puro, sin las molestas interferencias de los traductores.
Erudito es poco. Ultra, Hiper o Mega erudito, en todo caso. El tío Paco acabó tres carreras universitarias y vive en el más absoluto aislamiento cavernario. No le preguntes qué es un cajero automático, desconoce la televisión, la radio, los ordenadores…y hasta el teléfono. Su hermana, que vive en su misma ciudad, o va a verle personalmente o se tiene que comunicar con él por carta.
Desaliñado, descuidado incluso en su higiene y su salud personal, sólo vive para leer. Se mantiene con una exigua renta y desprecia olímpicamente el dinero, o simplemente no le interesa. Hace poco se vendió una finca producto de una herencia familiar. Es tal su desapego a lo material que quiso renunciar a su parte del dinero con tal de no tener que ir a la Notaría. En la venta le correspondían 200.000 euros ya libres de impuestos, que rechazó con obstinación. Tras múltiples ruegos y presiones de sus hermanas aceptó que le entregaran 12.000 euros, pero puso como condición que fuera en billetes de 50 y 20 euros. Todo hacía pensar que de alguna manera el tío Paco, por fin, se había dejado seducir por el vil metal, aunque en una mínima media y con el loable motivo de que sus hermanas lo dejaran en paz.
Durante mucho tiempo, no he tenido noticias del tío Paco. Dejé de interesarme por él. Hasta hoy mismo. Esta tarde he recibido una llamada de teléfono desde Madrid. Era mi amiga, que conocedora de mi decepcionada admiración por el tío Paco quería contarme como se había superado así mismo, y me dijo:
-Acabo de estar en casa del tío Paco. Mi madre me había encargado que le llevase ropa presentable, porque tiene que venir a una boda y no nos fiamos que se vaya a presentar con un traje raído sacado de un arcón y unos zapatos llenos de agujeros. ¿Y a que no sabes qué ha ocurrido? Mientras se probaba la ropa, he abierto uno de sus libros (los hay a miles por toda la casa) y ha caído de él un billete de 50 euros. Luego he abierto otro y ha salido un billete de 20 euros, luego ha pasado igual, y así he ido abriendo libro tras libro y de cada uno de ellos salía uno o varios billetes.
En eso que ha vuelto y se ha puesto hecho un energúmeno porque decía que le había quitado los señaladores de las páginas…¡Ahora ya sabemos para qué quería el tío Paco el dinero!... Te cuento esto porque sé que te gustará saberlo.
-Tienes razón, me ha gustado saberlo. Me ha encantado saberlo.

¡Bendito seas, adorable tío Paco!... Diógenes existió y existe.