UN AÑO MÁS

El verano se ha echado encima y, otra vez, vuelvo a la encantadora aldea que descubrí hace años. Aquí paso siempre una semana idílica; unas auténticas vacaciones. Hoy he visto que todo permanece prácticamente igual que lo dejé. También la gente es la misma; sigue igual. Pero este año todo me resulta distinto y es que por primera vez siento nostalgia… Nostalgia de los años pasados aquí, el recuerdo de las risas con los amigos que venían a visitarnos, las noches de tertulia con las mujeres del pueblo, el cielo tapizado de estrellas, las puestas de sol, los paseos interminables, los libros que leí y la paz… Si no lo fue, se debía parecer a algo que llaman felicidad.
Cada día soy más consciente del paso del tiempo, y me abruma porque ese tiempo es también cada vez más implacable. Leve como un suspiro y repleto de instantes eternos, no tiene misericordia.
Ya cae la tarde. Se escuchan los pájaros y las campanas de las ovejas a lo lejos. El rebaño, como siempre, pasará pronto frente a mi porche. Levanto la vista y la montaña imponente comienza a mostrar su perfil cada vez menos nítido. Está cubierta por todas las tonalidades del verde. La pradera salpicada de sabinas juega también con las luces y las sombras. Los matorrales, hierbas y espigas se abrazan entre ellos para tapar el color de la tierra. Me alegra pensar por un momento que mañana volveré otra vez al campo de lavandas.
Siento como cae la tarde. La noto caer sobre este pueblo y sobre mí, y sin querer esta nostalgia me vuelve a recordar lo insignificante que es todo. Pronto se hará de noche.
(a 30 de junio de 2007)