"Jaibas" (III)


La comida fue atroz. Sentados en la mesa de estilo centroeuropeo al borde del jardín, el dueño de la casa demostraba que el buen gusto no tiene por qué estar necesariamente reñido con el dinero. En aquel panorama espléndido, Clara volvía a mirarme. Martínez, sintiéndose obligado, me servía "Casera" y vino barato de "tetra brick" (era un rácano, ya lo sabía, y también le odiaba por eso) y alternaba su interés entre Clara y yo.
En un momento dado, cuando resultaba imposible deglutir la carne, que quizá asustadiza se negaba a bajar por el tubo que le esperaba, Clara me dio con el pie y bajó la mirada. Yo sentí que se fundía Navacerrada y que, convertido en fumarola (todas mis energías calóricas se habían ido de excursión a mi cara), mi corazón se iba a desabrochar de un instante a otro. Pero faltaba la prueba final, de la confirmación sin haber pasado por el bautismo ni la catequesis de esa corriente de atracción que tanto me costaba mantener.
Acerqué el pie entre sus piernas, abiertas en díptico y cuando Martínez creía que contaba algo gracioso (no lo era), seguí hacia arriba hasta que ella soltó un gritito de sorpresa, como de ratona pillada en falta, se puso acalorada y se llevó la servilleta a la cara para disimular turbaciones mientras yo no sabía dónde meterme. Hubiera deseado que el Guadarrama o lo que fuera que fuese lo que veía al lado, con todo lo viejo que era, se pusiera a echar lava de veras y me diera un remojón por indeseable (y a Martínez otro) cuanto antes mejor.
Me despedí ante las prisas que le daban a Martínez por echarme, escamado (había sido psicoanalista y no se le escapaba una) de la familiaridad que habíamos alcanzado Clara y yo en sólo unas horas.
No dejé pasar mucho tiempo sin ponerme en contacto con Clara. La llamé un día en que su recuerdo se me hacía insoportable, ése pie subiendo por sus faldas empujando no sabía cuantos grados de temperatura en mi cabeza; creando burbujas, y no precisamente de "Casera", ante mis ojos. Clara no pareció extrañarse de mi llamada. El nexo que existente entre los dos daba pie, nunca mejor dicho, a una nueva toma de contacto, ya sobre bases más firmes:
- ¿Te extraña que te llame?
- No, en absoluto, ¿por qué? -dijo-. Me preguntaba por qué tardabas tanto...


La decisión resultó completamente acertada. Clara y yo convivíamos en mi piso como si hubiéramos estado juntos desde siempre. Las suspicacias desaparecieron pronto. Había en Clara algo más que trascendía de su cuerpo para conectar con más sutiles razones que me atenazaban a ella. Lo supe al poco de venirse a vivir conmigo, cuando empecé a ver las facetas de su carácter. Era dulce, complaciente, muy bien educada.