"Jaibas" (II)


Martínez, que al final se echó una amiga (una cliente, para más escarnio deontológico), que no podía pasar sin su mentor, pese a la diferencia de edad que los separaba, traspasó el negocio, digo la consulta, y se fue a vivir con ella la sierra. Todo fue tan rápido (yo seguía castigándole con la ausencia de mi persona), que meses después (me encontraba fatal) me acerqué al chalé para pagarle.
Le encontré transformado. No sabía que pintara tan bien. Parecía Renoir en su jardín en los últimos hálitos de su existencia, entre flores varias, árboles protectores y la Naturaleza puesta a sus pies y al servicio de su talento. Conforme me enseñaba telas con los riscos del lugar observaba las piernas de Clara, su compañera. Había sido un acuerdo mutuo. Ella estaba separada de un psiquiatra y ninguno de los dos quería pasar por el embudo del matrimonio a esas alturas. Martínez sobre todo, porque no le llegaban las fuerzas. Una boda es peor que un divorcio, y a esta sólo la supera en despilfarro energético una mudanza. Clara, dominada por ese mujericida, conseguía así la consulta sistemática que quería y daba paso a la hipocondría que cultivaba con esmero.
Martínez seguía igual de cascarrabias y poco considerado. Aceptó sin un apalabra el caudal que representaban los meses que le debía y no hizo la menor concesión al regateo, considerando, quizá, que eran los últimos emolumentos que recibía. No obstante me invitó a una barbacoa, que es lo que se hace en estos casos. Clara echó un filete más a la parrilla y yo me dediqué a mirarla todo lo que el humo de la materia orgánica que se chamuscaba me dejaba. Ella levantó un par de veces la mirada mientras chamuscaba la carne y se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano, consciente del interés que causaba, lo que parecía complacerla. Me sonrió otro par de veces y capté el mohín de su boca y en la expresión (que me hubiera encantado que fuera solaz pero que sólo era producto de la humareda) las posibilidades que existían de entrar en materia también orgánica.
Como todas las situaciones de la vida, lo que cuenta no es lo que trascienden las apariencias sino lo que aventuran. Si en ellas hay algo más que tus deseos, y a poco que los intereses mutuos converjan, lo que hay que hacer es dar el salto, que luego te arrepientes de las dos cosas, de haber saltado y de haberte quedado colgado del alero. Yo hacía caso a mi corazón, que es lo que también se dice en estos casos.