Entre la Multitud

Entre la multitud y un poco abrumada, empecé a caminar deprisa queriendo, con paso ligero, evitar el agobio que me produce la gente vociferando, pero a la vez estaba en pleno mercadillo porque me apetecía estar allí. Me encantan los mercadillos, siempre los he considerado intemporales y hasta universales; de hecho creo que no hay ningún otro lugar donde uno pueda saberse consciente de pertenecer a la masa informe y experimentar lo que es sentirse un pececillo más en un enorme banco de peces. Y en contraposición a ello -por la misma regla de tres- darse de bruces con su propia individualidad.
En una de las zonas más concurridas, de repente me encontré casi parada detrás de una mujer de mi misma altura, que conversaba por un móvil. Yo, que iba casi pegada a su nuca por imperativos del gentío, pensé realizar una maniobra de adelantamiento pero, de pronto, la mujer alzó la voz -una voz envolvente y sofisticada- y la escuché decir: “Sí, allí estaré, a las 7”. No sé porqué pero empecé a interesarme por la conversación que mantenía una mujer de la que sólo veía su espalda. ¡Qué voz tan seductora ! Se notaba que la modulaba para hacerla más agradable de lo que ya era de por sí, y a la vez quería transmitir dulzura y simpatía: “Para que me reconozcas llevaré un chaquetón marrón y unos pendientes de aro”,” Ciao, cielo”
” ¡Vaya, pensé! Está claro que esta mujer tiene una cita a ciegas esta tarde y es evidente que con alguien a quién pretende gustar. Yo no me pondría en ese caso un chaquetón marrón. En fin, para gustos...
La conversación había terminado, pero ahora se avecinaba lo mejor ya que acababa de decidir adelantarme al señor de la cita, y conocer antes que él -en primicia- la cara y el aspecto de la mujer de sus sueños, a la que aguardaría a las 7 de la tarde. Lo primero que pensé fue de lo más superficial –pero los pensamientos y más en el mercado son así-: (¡anda que si además de la voz que tiene es guapa ¡que suerte va a tener el tipo ese!). Así pues, inicié una rápida maniobra de adelantamiento y me giré para ver su cara en primer plano. Sin poder reprimirme solté una carcajada por lo inesperado de su aspecto; nunca lo habría imaginado. No, no era por guapa, ni por rotundamente fea, aunque tenía mucho más de lo segundo que de lo primero. La sorpresa fue que la señora –de unos cuarenta y tantos- era la más pura y dura personificación de la vulgaridad…¡Dios, pensé!... ¡El pobre hombre, si espera encontrar en esta mujer una distinción o un encanto similar a la de su voz!
Es difícil imaginar la reacción del interfecto al verla, pero creo que ella sí le había dado una pista de lo que se avecinaba acudiendo con sus anodinos pendientes de aro y su anodino chaquetón marrón. Lo único que me llamó la atención de su cara fue un cutis bastante grueso y granuloso y un corte de pelo casi varonil.
Mientras revolvía camisetas de invierno en el puesto de unos gitanos un último pensamiento llegó a mi mente sin venir a cuento y volví a soltar una sonora carcajada: ¡Lo que es el mundo; la individualidad luchando contra la masa! Seguro que si el sujeto de la cita hubiera tenido la posibilidad elegir, mirando por un catalejo mágico, entre la multitud informe en esa mañana de mercado, habría preferido que la que acudiera a su cita vespertina no fuera la mujer anodina de la deliciosa voz que iba hablando por un móvil, sino la que iba unos centímetros más atrás, sonriendo y con expresión distraída. ¡Es lo que tienen los bancos de peces! Y sobre todo es lo que tiene la autoestima, cuando te sale al paso en un mercado, una mañana de Navidad.